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PAPA
SAVATER NOS ILUSTRA SOBRE EL VALOR DE EDUCAR.
LAS
ANTINOMIAS DE LA EDUCACIÓN.
“¿Debe
la educación preparar aptos competidores en el mercado laboral
o formar hombres completos? ¿Ha de potenciar la autonomía de cada
individuo, a menudo crítica y disidente, o la cohesión social?
¿Debe desarrollar la originalidad innovadora o mantener la identidad
tradicional del grupo? ¿Atenderá a la eficacia práctica o apostará
por el riesgo creador? ¿Reproducirá el orden existente o instruirá
a los rebeldes que pueden derrocarlo? ¿Mantendrá una escrupulosa
neutralidad ante la pluralidad de opciones ideológicas, religiosas,
sexuales y otras diferentes formas de vida (drogas, televisión,
polimorfismo estético...) o se decantará por razonar lo preferible
y proponer modelos de excelencia? ¿Pueden simultanearse todos
estos objetivos o algunos de ellos resultan incompatibles? En
este último caso, ¿cómo y quién debe decidir por cuáles optar?...”
(Fernándo Savater El valor de educar. Ed.Ariel. Barcelona
1997, 2ªde. Prólogo p.13-14. Las citas que siguen provienen de
este librito).
Savater
dice aceptar, sin detenerse a resolver, todas estas contradicciones,
para poder seguir adelante. Pero su silencio sobre las aparentes
antinomias de la educación no significa una indecisión al respecto,
sino que supone su no tematización, quizá para que no resalten
sus apuestas conservadoras por los elementos más normalizantes
entre los binomios expuestos.
La
premisa mayor que se siente obligado a aceptar Savater es la que
dice que “sin coacción no hay educación” (cfr.p.89), estando su
discurso inmerso en la idea de educación compulsiva, coercitiva
y represiva, la educación policial. “De cuanto venimos diciendo
se deduce lo absurdo y hasta inhumano de los recurrentes movimientos
antieducativos que se han dado una y otra vez a lo largo de la
historia, en ciertas épocas en nombre de alguna iluminación religiosa
que prefiere la ingenuidad de la fe a los artificios del saber
y en la modernidad invocando la <espontaneidad> y la <creatividad>
del niño frente a cualquier disciplina coercitiva” (p.28-29).
Es decir, que lo suyo es Educación, que requiere la coerción,
y lo demás son 'movimientos antieducativos', algo así como angelicalismo
religioso o salvajismo ingenuo paradisíaco. A tales claudicaciones
'realistas' se debe su declarado 'pesimismo ilustrado' u 'optimismo'
(cfr.p.17). Con Freud, acepta nuestro <imitamonas de Voltaire>
que el impulso de la civilización, la cultura, surge a partir
de la represión de los instintos, con lo cual la educación resulta
a primera vista más un proceso de castración contínua (represiva)
que aquello que -también Freud- calificó como: aprendizaje sobre
la orientación de los instintos hacia fines socialmente relevantes
por medio de actividades que nos resulten placenteras (sublimatoria).
El aspecto represivo de la educación, eclipsa, en Savater, el
fundamental aspecto lúdico y placentero del aprendizaje, consecuencia
de una completa disociación entre el 'principio del placer' y
el 'principio de realidad', que olvida su razonable y ética coexistencia
epicúrea; entrevista insuficientemente por Freud en su teoría
de la sublimación, pero ni olfateada por el imitamonas neoilustrado.
Entre las acusaciones antifreudianas de Foucault vemos con acierto
su critica al excesivo peso prestado a la represión en detrimento
del placer, por motivos morales, junto a la condena del psicoanálisis
como instrumento de normalización y medio de reconducir al disidente
hacia el rebaño.
En
el tercer capítulo de su libro sobre la educación, titulado 'El
eclipse de la familia', Savater añora el retorno de 'la autoridad
patriarcal' a la que denominará suave y contemporizadoramente
tanto 'autoridad familiar' como 'autoridad paternal'.
Habiendo
citado al comienzo de su libro la sátira del nacionalcatolicismo
de Andrés Sopeña 'El florido pensil' (prólogo, p.8), sorprende
que luego nos deleite con una recuperación de la institución familiar
autoritaria.
“En
la familia el niño aprende -o debería aprender- aptitudes tan
fundamentales como hablar, asearse, vestirse, OBEDECER a los mayores...,
rezar a los dioses (si la familia es religiosa),...etc. Todo ello
conforma lo que los estudiosos llaman <socialización primaria>
del neófito, por la cual éste se convierte en un miembro más o
menos estándar de la sociedad” (p.55, la mayúscula es mía).
Aquí
se nos hace una valoración positiva de la 'normalización' y negativa
de la 'anomalía'. La sociedad es lo vigente y a ello hay que integrarse
porque contra menos fisuras en la socialización, mayor éxito social.
Incluso
Savater reconoce, freudianamente, que “el clima familiar está
recalentado de afectividad” (p.53). Entonces mejor el fútbol y
sus emociones afectivas para educar al pueblo que la política
y el ejercicio racional. La proliferación de inteligencias afectivas
o emocionales centran hoy el debate educativo y Savater no iba
a ser menos. El reino de la enseñanza reside en el reino de la
emoción, la televisión nos lo demuestra día a día, la telenovela
afectiva es mucho mejor -piensa Savater- que la fría y calculadora
racionalidad objetiva y dialéctica. Los niños han de ser socializados
primeramente por la emotividad, luego, ya medio formaditos, nuestro
ilustre catedrático los esperará a la vuelta de la socialización
secundaria, con ciencia tan potente como la que nos lega en este
libro suyo que estamos comentando.
“El
aprendizaje familiar tiene pues como transfondo el más eficaz
de los instrumentos de coacción: la amenaza de perder el cariño
de aquellos seres sin los que uno no sabe aún cómo sobrevivir”
(p.56). Papa Estado nos quitará el fútbol si nos portamos mal
y ya no sabremos que hacer en el mundo, perdidos, vagaremos sin
rumbo, sin identidad personal y nunca llegaremos a ser lo que
somos.
“El
grito provocador de André Gide -<<¡familias, os odio!>>-
que tanto eco tuvo en aquellos años sesenta propensos a las comunas
y al vagabundeo, parece haber sido sustituido hoy por un suspiro
descretamente murmurado: <<familias, os echamos de menos...>>“
(p.59). Papá Savater, desde su hipódromo y su puro del corrupsoe
de los noventa, ha comprendido la necesidad de la familia y de
su defensa, en la carrera meritocrática ganada con triviales éticas
para amados cerditos. Ello le permite despreciar a esos barbudos
y melenudos, entre los que se contaba él mismo antes de ser educado
y maduro, que se pasaron la vida holgazaneando, defendiendo dictaduras
stalinistas, rechazando premios Nobel y retrasando el advenimiento
del Nuevo Orden Internacional.
“La
autoridad en la familia debería servir para ayudar a crecer a
los miembros más jóvenes, configurando del modo más afectuoso
posible lo que en jerga psicoanalítica llamaremos su <<principio
de realidad>>“ (p.64). ¡Novedad para el psicoanálisis!.
Ahora resulta que ya no es la afectividad paternal la que configura
la moral, el super-yo, el papá represivo trasunto de Dios y del
Estado, sino que configura nada menos que el principio de realidad,
aquello que nosotros y toda la tradición psicoanalítica, consideraba,
ingenuamente, que era más bien la instancia configuradora del
yo. ¡Increible consecuencia de la lectura de múltiples novelas
de literatura infantil!. Desde ahora ya no es la realidad (principio
de realidad) la que configura el yo (conciencia) y a la que éste
deberá enfrentarse si quiere llevar una vida adulta madura y cuerda,
sino que resulta ser la 'autoridad de la familia' la que configura
'la realidad'.
Pero
no cedamos ante la confusión, que pronto nos llegan las aclaraciones:
“Lo más desagradable del principio de realidad es que tiene su
origen en el miedo” (p.65). Vaya, ya lo pueden ustedes
ver, nos equivocabamos, seguro, porque creíamos que el principio
de realidad tenía su orígen en la realidad, y sin embargo, lo
tiene, no ya en la autoridad de la familia, como podría pensarse
ante la lectura del párrafo anterior, sino en 'el miedo en cursiva'.
“El
miedo no es sino la primera reacción que produce contemplar de
frente el rostro de nuestra finitud. El Eclesiastés asegura que
el temor es el principio de la sabiduría y con razón, porque el
saber humano comienza con la certidumbre aterradora de la muerte
y las limitaciones que esta frágil condición perecedera nos impone...
Del miedo a la muerte provendrá el 'respeto' por la realidad y
en especial el respeto por los semejantes, colegas y cómplices
de nuestra finitud” (p.65). Hemos de confesar que este párrafo
nos desborda, pero intentaremos, no obstante, en la medida de
nuestras escasas luces, su comentario y explicación. El miedo
(ahora ya sin cursiva), lo produce la contemplación de un Rostro
(esto nos suena a Levinas), porque nuestra finitud tiene un rostro
(pálido, claro) que provoca una reacción originaria (primera,
ontológica), la del miedo sin cursiva.
Hasta
aquí todo claro, transparente y riguroso. Lo del Eclesiastés ya
me cuesta más entenderlo porque después de leerlo enterito un
par de veces no he encontrado lo de que “el temor es el principio
de la sabiduría” y eso que lo leí todo, no quise restringirme
a lo que “asegura...con razón” sino que incluso debí leer también
lo que aseguraba sin ella. Lo más parecido que he podido encontrar
en la Bíblia es aquello del libro de los Proverbios I.7: Timor
Domini principium sapientiae (El temor de Dios es el principio
de la sabiduría), pero no creo que tenga que ver con Savater,
porque siempre dice que es ateo. Lo que si resulta paradójico
es que se viertan citas falsas, erróneas y descontextualizadas
en un libro sobre la educación, lo cual, nos parece muy poco educativo.
Pues
bien, continuemos. Resulta que lo de aquí es todo lo contrario
que Epicuro recomendaba a Meneceo: “Acostumbrate a pensar que
la muerte nada es para nosotros, porque todo bien y mal reside
en la sensación y la muerte es privación del sentir”. Propio de
ignorantes y fuente de las supersticiones religiosas consideraba
Epicuro el miedo a la muerte, y sabio al que se libraba de tales
errores. Más como hemos dicho, lo de Savater, a la inversa (quizá
este cercana su conversión): lo primero para ser sabios es cagarse
de miedo ante la muerte, de lo contrario, ignorante, que es aquél
que no llama Dios ni Realidad a lo que nos sobrepasa y por tanto,
que no tiene 'respeto con cursiva'. El irrespetuoso, deduce Savater,
se cree inmortal. No parece concebir que pueda existir un ignorante
irrespetuoso que se sepa mortal, limitado y puteado, como los
demás, y que no se cague de miedo ante la muerte. Claro, Savater
siempre dice que en la mili lo pasó muy mal, pero no porque era
gordito y le hacían trotar y madrugar, no por lo gritos, las ordenes
y las vejaciones, ya que él aprendió desde niño a “obedecer a
los mayores (socialización primaria)” (cfr.p.55), sino por lo
del miedo a la muerte, seguro.
“El
objetivo de la educación es aprender a respetar por alegre interés
vital lo que comenzamos respetando por una u otra forma de temor”
(p.65). Al salir de la niñez freudiana, del estadio primitivo
de salvajismo en su correlato filogenético, dominado por los fantasmas
y los miedos, por el temor al castigo afectivo, llegaremos a respetar
no ya mediante la razón de un yo adulto consciente del principio
de realidad, como quisiera Freud, sino “por alegre interés vital”.
Como a lo que antes llamaban usura y era considerado odioso hoy
lo llaman interés y es muy bien visto, quizá estamos aquí ante
un guiño de Savater hacia las categorias económicas que rigen
el devenir contemporáneo. Pero el interés debe ser vital y alegre,
lectura profunda del gay saber nietzschiano por nuestro gran especialista,
que nos recuerda la beatífica sonrisa de Teresa de Calcuta.
“Pero
no podemos abolir el miedo del comienzo del aprendizaje y es ese
miedo primero, controlado por LA AUTORIDAD PATERNAL, el que nos
vacunará para que no tengamos más tarde que estrellarnos contra
terrores frente a los que no estaremos preparados” (p.65, mayúscula
mía: en minúscula en el original). El miedo ontológico (primero)
no se puede eliminar -dice nuestro genio- sino que ha de ser sabiamente
controlado por Papá, aquí sí que representa al Estado ¿no?. Conforme.
Contra el terror, contra lo que no sea socialdemocracia capitalista
(con régimen autonómico y monarquía parlamentaria en la idiosincrasia
española), nos vacuna el miedo, pero el miedo tiene que ser, para
ser una vacuna eficaz, un terror en miniatura, lo que significa
que nuestro héroe de las letras ha descubierto en el hombre al
dictador en potencia, el miedo que tenemos ante la muerte es en
realidad un miedo a matar, algo para lo que no estamos preparados
y de lo que nos salvará solamente la 'autoridad paternal'.
“Es
debido insistir también en que cada uno de nosotros nacemos de
un apasionamiento físico entre personas de sexo complementario
y que ambas figuras -paterna y materna- son esenciales para el
desarrollo psíquico equilibrado del individuo” (p.89).... “La
enseñanza siempre implica una cierta forma de coacción” (cap.4,
p.89). Sin la disciplina-coacción el niño no aprende, nos dice
Savater. Pero la disciplina no tiene porqué adquirirse por ni
ser sinónima de la coacción. La 'disciplina libre' es un hábito
adquirido sin compulsión mientras que la disciplina represiva
savateriana resulta de una imposición exterior.
“En
cierto sentido, la tiranía es real. Hablamos de <<tiranía>>
cuando quien tiene el poder fuerza a otros para que hagan o dejen
de hacer algo en contra de su voluntad. Y no cabe duda de que
esto es lo que sucede en los primeros años de cualquier tipo de
enseñanza” (p.90)..... “El neófito comienza a estudiar en cierta
medida 'a la fuerza'. ¿Por qué? Porque se le pide un esfuerzo
y los niños no se esfuerzan voluntariamente más que en lo que
les divierte. La recompensa que corona el aprendizaje es diferida
y además el niño sólo la conoce de oídas, sin comprender muy bien
de qué se trata” (p.94).
Aceptado
el carácter disciplinario y normalizador que Foucault analizó
entre los saberes y considerándolo Savater (no Foucault) como
eterno, esencial e inevitable, declara que es mejor su constricción
volteriana que la inquisitorial de Torquemada. Toda educación
es mala -nos dice Savater-, puestos a elegir, cogeremos la menos
mala.
Luego
cita a Platón (Rep.536e-537a) cuando nos recuerda que al niño
no se le debe hacer fuerza sino que <se le debe enseñar jugando>,
pero niño/a, Savater se olvida, se es hasta los 10 o 12 años,
no cuando te han salido ya pelos en los cojones o tetas que desafían
la ley de la gravedad. El joven de la educación secundaria no
es un niño, pero Savater le trata como tal y por tanto le convierte
en tal. Y como la enseñanza y el aprendizaje, con placer y voluntario,
le parece a Savater cosa inexistente, exclama: “sin embargo, la
mayoría de las cosas que la escuela debe enseñar no pueden aprenderse
jugando” (p.103). Entiende la noción de juego no en su componente
hedonista sino como trivialidad infantil. Lo superficial y vulgar
es juego y divierte, lo serio y profundo no es juego y aburre:
“Los adultos no sólo juegan, sino que sobre todo se esfuerzan
y trabajan” (p.104). Con ello nos enseña Savater sus dotes de
representante del rebaño, regalándonos manidos tópicos que pasan
por filosofía. El esfuerzo y el trabajo son lo contrario del juego.
Triste y cristiana vida la del que concibe su trabajo de profesor
universitario como una tortura esforzante (8 horas de clase a
la semana, para matar a cualquiera). Nuestro ilustre profesor
¿no ha oido hablar acaso del, eso si, privilegiado dada nuestra
sociedad y mentalidad, trabajador que se divierte y disfruta haciendo
lo que hace? ¿No ha visto que en el juego hay tanto o más esfuerzo
invertido que en cualquier otra actividad humana? ¿Es que Savater
jamás ha practicado ningún deporte disfrutando del ejercicio físico
y sin importarle el cansancio? No es lúdico lo que no nos cuesta
esfuerzo, sino todo aquello que nos reporta placer, no ya diferido
(en relación con el resultado final) sino sobre todo simultáneo.
Al placer obtenido con la actividad misma y simultáneamente a
la misma se le puede denominar componente lúdico de la actividad
humana, y con ello puede concebirse una noción de juego muy distinta
a la tradicional-conservadora que por influencia católica nos
ha imbuido la asociación trabajo y sufrimiento, actividad humana
y expiación de culpas, mundo humano y valle de lágrimas, esfuerzo
y dolor. Se contradice Savater al citar más adelante a Montaigne
presentando a la Filosofía como <lo más alegre, regocijante
y festivo> (cfr.cap.5,p.120) y al declarar, que la actividad
de la lectura no se debe imponer como obligación sino contagiar
como placer (p.141); cuando aquí separa el esfuerzo del placer.
Con
lo que antecede no queremos insinuar que todas las actividades
humanas son o puedan ser hoy placenteras para el que las realiza.
A diferencia de la actividad humana libre y voluntaria, grata
y esforzada, a diferencia del trabajo concebido como esencia del
hombre, del <trabajo social> y del <trabajo libre>
en cuanto actividad esencialmente humana, nos encontramos en un
mundo regido por el <trabajo asalariado> y asocial, cuyos
componentes de alienación y explotación no hará falta recordar.
Este es el mundo del trabajo católico-capitalista, sufriente y
padecido, en y para el que Savater ve inevitable y necesario educarse
y aprender dolorosamente, eso es lo serio, la única manera de
ganar dinero y hacerse respetable, y lo demás es juego.
Pero
Savater no quiere ser coherente con sus argumentos, lo que sería
antidemocrático, y después de condenar a los niños a un traumático
paso cercenante desde el juego infantil placentero hasta el trabajo
adulto doloroso, propuestos como antinómicos, nos habla de lo
gratificante: “La gran verdad es que un empeño laborioso y disciplinado
puede ser no sólo gratificante en sí mismo sino requisito inexcusable
para comprender 'desde dentro' la tarea cultural que nos humaniza
(sic) debe ser hoy reafirmada con más fuerza que nunca” (p.104-105).
Ahora nos dice que el albañil marroquí que vive en una chabola
y trabaja 12 horas diarias en la construcción de chalets de lujo
por 60.000 pesetas al mes, puede encontrar gratificación en su
quehacer mismo y comprender en sus carnes el capitalismo que nos
humaniza.
Para
el caso de los niños “la autoridad debe ejercerse sobre ellos
de modo contínuo, primero en la familia, luego en la escuela:
si a un período de abandono caprichoso le sigue una brusca irrupción
autoritaria el resultado es fácil que desemboque en desastre.
La autoridad de los mayores se 'propone' a los menores como una
colaboración necesaria para ellos, desde luego, pero en ciertas
ocasiones también ha de <imponerse>” (p.107). No obstante
las desafortunadas resurrecciones que Savater propone para mejorar
la educación, nada menos que la autoridad paternal y la anulación
del juego mediante la disciplina, también nos ilustra con algún
párrafo afortunado, en relación con los educandos más jovenes:
“es evidente que algo no marcha bien. La infancia y la adolescencia
están cada vez con mayor frecuencia inmersas en la práctica de
la violencia: en ciertos lugares padeciéndola, en otros ejerciéndola
y en no pocos lo uno y lo otro, sucesivamente. Dentro de este
panorama, la función humanizadora de la educación se convierte
a veces en un sueño impotente...” (p.109). Lo que no marcha bien
es Savater y su función humanizadora es lo que genera, no ya en
los jovencitos de 15 años, sino en mí mismo, las ganas de partirle
la cara al bocazas de turno que me habla de derecho humano a la
vivienda mientras le pago a un cabrón, dueño en propiedad privada
de cuatro edificios, la mitad de mi sueldo por el alquiler de
uno de sus pequeños apartamentos.
Siempre
mesurado, nos recomienda <la insolencia>, no la arrogancia
ni la brutalidad, como talante admisible por el educador en el
educando: “la capacidad de vivir en el conflicto de forma civilizada
pero no dócil es una seña de salud mental y social” (p.110). La
insolencia es tolerada, en cuanto crítica, por la reconciliación
savateriana entre magisterio y autoridad. La autoridad del maestro
admitirá la práctica de “la irreverencia o de la disidencia razonada
(o burlona)” (p.111), sin que ello merme el respeto que le es
debido.
El
profesor debe ser capaz de seducir sin hipnotizar, porque sin
esa capacidad se convierte fácilmente en gramófono o policía -nos
dice Savater- ya que la pedagogía tiene mucho más de arte que
de ciencia (cfr.p.111). Si el arte de la erótica fue sustituido
por la ciencia de la sexualidad -como nos recordó Foucault- igualmente
puede decirse que el arte de la enseñanza fue sustituido, hace
ya tiempo, por la ciencia de la pedagogía y que los maestros de
los que en ocasiones nos habla Savater ya no existen.
La
virtud formadora de seres humanos de la enseñanza no reside en
las materias ni en sus contenidos sino en la forma de impartirlas
-dice Savater- (cfr.p.119), de lo cual resultará, en el límite,
que se puede formar hombres libres impartiendo clases de nazismo
y formar esclavos o asesinos impartiendo las enseñanzas de Teresa
de Calcuta. Acierta aquí Savater, aunque quizá no por las razones
que cree, sino porque toda materia o contenido es susceptible
de manipulación ideológica. “El profesor de bachillerato no puede
nunca olvidar que su obligación es mostrar en cada asignatura
un panorama general y un método de trabajo a personas que en su
mayoría no volverán a interesarse profesionalmente por esos temas”
(p.125). Savater identifica “no interesarse profesionalmente”
con no interesarse en absoluto, no lo dice explícitamente, se
lo calla el cabrón, pero lo sabe.
La
educación nunca ha sido una mera transmisión de conocimientos
sino que el proceso de enseñanza se acompaña siempre “de un ideal
de vida y de un proyecto de sociedad” (p.145). Esto es tanto como
decir que la educación es siempre educación político-ideológica
y que la pretensión, no ya de enseñar filosofía, sino de participar
en la formación de una conciencia crítica y no gregaria no entra
dentro del programa del PSOE..
Savater
reconoce que la educación está determinada socialmente y que por
tanto, resulta conservadora más que innovadora o revolucionaria
(cfr.p.146). Pero se olvida de distinguir entre educación dominante
y educaciones marginales, entre educación oficial y el corpus
educativo que forma la reacción contra ella. Para rebelarse contra
algo ha de estarse sujeto a ello primero, así, la educación secundaria
debería ser una rebelión contra la primaria y la universitaria
contra la secundaria y la contínua y permanente contra la parcial.
Sin embargo se quiere entre las primeras una continuidad que desemboque
en el trabajador asalariado cualificado que ya no estudia más
porque tiene que producir.
Toda
educación es partidista, no existe la neutralidad y lo determinante
es elegir el partido (p.152) -dice Savater- que va a adoptar el
maestro. A nosotros nos parece que sea cual sea el partido que
tome el maestro lo más importante es que el alumno obtenga información
sobre todas las ideologías que lo circundan y pueda hacerlas dialogar
y elegir preferentemente entre ellas como resultado de su reflexión
racional. Si el maestro inocula una sola ideología consigue prosélitos
y les niega la capacidad de elección, porque no se elige entre
lo que se desconoce.
Savater
escoge el vago partido de “la universalidad democrática” (p.153),
universalidad significa no dejar a nadie fuera de la educación
básica -dice Savater- (cfr.p.154-155), pero ¿por qué sólo de la
básica?, le preguntaríamos nosotros. Nos contestamos que la educación
superior sigue siendo el privilegio de los poderosos que quieren
súbditos educados básicamente.
Contra
el genetismo nazi tiene razón nuestro portavoz de corrupsoe al
decirnos que “en la inmensa mayoría de los casos es la circunstancia
social la herencia más determinante que nuestros padres nos legan.
Y esa circunstancia empieza por los padres mismos, cuya presencia
(o ausencia), su preocupación (o despreocupación), su bajo o alto
nivel cultural y su mejor o peor ejemplo forman un legado educativamente
hablando mucho más elevante que los mismos genes” (p.160). Pero
si la sociedad, el legado social que todos nos encontramos al
nacer, preserva de la injusta desigualdad genética, ¿por qué no
se nos preserva de la injusta desigualdad familiar?, ¿por qué
Savater no mienta junto a los atributos paternos su riqueza (o
pobreza) y su posición social privilegiada (o aplastada)?. La
familia introduce una desigualdad de partida entre los ciudadanos.
Ya mucho antes de descubrirse la ciencia de los genes, la biología,
y antes de la mismísima ciencia económica, la palabra herencia
designaba lo que por causas familiares constituía económicamente
el factor de desigualdad más determinante de todos, la detentación
de la riqueza por unos pocos. El hijo trisómico 21 de un Rey reinará,
con independencia de sus méritos. En una sociedad de la desigualdad,
quienes tienen privilegios (quienes detentan la riqueza, en definitiva)
los perpetúan, endogámicamente, por transmisión de los mismos
a sus vástagos independientemente de las aptitudes y formación
de los mismos. Existe un nazismo biológico y también un nazismo
económico que quieren perpetuar las desigualdades por vía hereditaria.
Pero suprimir la herencia exigiría suprimir la propiedad privada
y a ésto muy pocos detentadores de propiedad estarían dispuestos.
¿Estaría dispuesto Savater a suprimir su biblioteca personal y
formar con ella y con todas las demás, bibliotecas públicas de
uso colectivo?. Seguramente no, ya que seguramente se la querrá
dejar en herencia a su vástago Amador.
No
obstante en su Epílogo, nuestro autor protesta ante la ministra
de Educación por la globalización de la economía y la no globalización
de los derechos humanos (p.181-182), por la cultura economicista
en lugar de la cultura humanista (p.183). Pero lo que más nos
sorprende es que termine hablando de la educación permanente,
de la que sólo él y cuatro privilegiados pueden disfrutar: “El
bien educado sabe que nunca lo está del todo pero que lo está
lo suficientemente como para querer estarlo más; quien cree que
la educación como tal concluye en la escuela o en la universidad
no ha sido realmente 'encendido' por el ardor educativo sino sólo
'barnizado' o decorado con sus tintes menores” (p.184). Curioso
epílogo cuando su libro no ha cuestionado en ningún momento la
aberración de asegurar a los ciudadanos tan sólo la dedicación
de una muy pequeña parte de su vida a la formación humanísta o
educación. Savater sólo recomienda y defiende a lo largo del ensayo
el aseguramiento de la educación básica, que sabemos que en el
mejor de los casos es llevada hasta la universidad, sin cuestionar
que el resto se dedique en exclusiva al trabajo asalariado, a
la producción y al consumo.
LA
FILOSOFÍA EN LA SECUNDARIA.
La
televisión es un arma, por eso la OTAN bombardeó la televisión
serbia en la guerra de Kosovo. Un arma empleada a fondo y, hoy
en día, el mayor agente de socialización. Sobra el colegio
cuando la televisión adopta el papel de conformar la conciencia
de los ciudadanos y ¡qué conciencia!, dos horas de ética a la
semana intentando impartir, entre la vigilancia y el castigo,
nociones contradictorias con las cuatro horas de televisión diaria
que ven hijos y padres no mueven más que a risa.
“La
Filosofía es un rollo”, termina creyendo el 95% de los estudiantes
que cursan esa asignatura. El sistema educativo así lo quiere
y lo exige: “¡Formemos técnicos productivos y dóciles que piensen
lo menos posible!” parecen decir. Quien cursa hoy el Bachillerato
Humanístico LOGSE, se encuentra en el 2º curso con cinco textos
de la Historia de la Filosofía que constituyen una barbaridad
para quien no ha leído nunca en su vida absolutamente nada perteneciente
a dicha especialidad. Cuando a mí me pregunta un amigo “¿qué
puedo leerme, yo que no he leído nada de Kant, para empezar?”,
le recomiendo “La paz perpetua” o “¿Qué es ilustración?”,
pero no se me ocurriría nunca mandarle a la “Fundamentación
de la Metafísica de las Costumbres” enterita, que, para ser
francos, no la entiendo ni yo. A menos que desee que desista en
su empeño de leer filosofía y, considerándola un rollo intragable,
para locos, se ocupe de cosas más “productivas y útiles”.
Se
me dirá que “La paz perpetua” no es un texto representativo
de la totalidad del pensamiento del autor, a lo que responderé
que tampoco lo es “El Menón” del pensamiento de Platón.
No
se puede abordar un texto filosófico complejo por el mero hecho
de que se sepa leer. Tras mucho tiempo de leer cuentos cortos,
se pasa a la lectura de novelas, tras lo cual, se puede empezar
a visitar la literatura filosófica o la filosofía literaria (tipo
Voltaire o Unamuno). El desarrollo de la capacidad del pensamiento
abstracto conlleva el concurso de otras disciplinas como las matemáticas,
la del pensamiento analítico y clasificatorio, el concurso de
la biología, la capacidad sintética, sólo la domina el que es
capaz de relacionar disciplinas entre sí. Por tanto, no hay una
iniciación a la filosofía, como lo hay en las matemáticas (operaciones
simples) o en la lengua (gramática elemental), sino que el estudio
de la filosofía implica a las demás iniciaciones.
EL
TEISMO EN EL PROGRAMA DE FILOSOFIA.
Entre
los responsables del nuevo programa de filosofía se encuentran
varios teístas militantes, razón de que quien se encuentra impartiendo
la asignatura se pase todo el año dando Teología (hablando de
Dios) más que Filosofía. En Platón (Menón) la virtud (areté)
se obtiene por favor divino, de ahí se pasa a Aristóteles para
inmediátamente cristianizar a ambos (San Agustín y Santo Tomás)
a fin de arribar a Dios y la inmortalidad del alma como postulados
de la razón pura práctica de Kant; para lo cual hay que haber
pasado por el Dios garante de la verdad de Descartes y la decepcionante
imposibilidad de saber nada del escepticismo de Hume. En eso se
va el curso entero, sin poder preparar para la opción A de selectividad,
más abierta y totalmente inalcanzable para los alumnos. Curso
que se ha de culminar deprisa, con un trivial Nietzsche del que
se dice que era un nazi, un ateo y además que se volvió loco;
y con un Ortega que fortalezca el españolismo con la consideración
de nuestra puñetera circunstancia.
FILOSOFAR
A LOS 17 AÑOS DE HOY.
Algunas
personas han apuntado hacia la necesidad de copiar el modelo estructuralista
francés, donde se estudian las ideas, siempre actuales, con ayuda
de las consideraciones que sobre ellas hicieron en cualquier tiempo
y lugar los grandes pensadores, un estudio sincrónico; para ponerlo
en lugar de nuestro modelo historiográfico, que estudia lo pretérito
de forma cronológica sin atender a lo que sigue vigente frente
a lo que ha sido superado. Así, historiográficamente, los lectores
de secundaria del Menón no se darán cuenta de que lo que
allí se dice del color está equivocado, y no podrán separar los
aciertos teóricos de Platón, aún vigentes, de sus errores.
Tal
tratamiento puede resultar más fructífero, sin embargo, de cualquier
manera, no podemos olvidar que entre esas dos alternativas todavía
se podría plantear una tercera: eliminar la filosofía de la Enseñanza
secundaria. ¿Es posible estudiar filosofía a los 17 años?, ¿a
los 17 años de hoy?. ¿No debería, más bien, empezar a estudiarse
en el último año de carrera de todas las facultades?. Gustavo
Bueno no se ha atreviso a desdecirse del todo todavía pero cada
vez más la coherencia de su propio discurso le exige dar la razón
a Manuel Sacristán.
LA
FILOSOFIA ES UN SABER COMPLEJO.
El
programa de Filosofía de la secundaria es absurdo, para empezar
porque el profesor de Matemáticas no tiene que explicar las ecuaciones
de la teoría de la relatividad de Einstein a sus alumnos de secundaria,
sino que les enseña a, por ejemplo, resolver polinómios. Para
leer textos fáciles de filosofía hay que ser capaz de leer, antes,
literatura, (y los alumnos no leen ni el periódico); igual que
para resolver polinomios hay que saber antes sumar, restar, dividir
y multiplicar. Sin embargo, la capacidad filosófica se le presupone
a todo individuo. Todo el mundo que no es físico reconoce ser
incapaz de entender un libro de Mecánica cuántica, pero nadie
reconoce ser incapaz de leer un libro de filosofía. Pretender
enseñar el pensamiento de Kant, leer y comprender la “Fundamentación
de la Metafísica de las Costumbres”, equivaldría en Matemáticas,
a enseñar el pensamiento de Einstein y leer y comprender las ecuaciones
que demuestran la teoría de la relatividad.
¿QUÉ
ES FILOSOFAR?.
Ahora
bien, no existe el equivalente de los polinomios en Filosofía.
Lo que se ha venido a llamar “Programa de Filosofía para niños”
no es más que una estupidez, producto de la errónea idea de que
filosofar es sinónimo de razonar, atributo no sólo humano sino
de muchos otros seres de la escala zoológica. Filosofar
no es sólo razonar, no es filósofo el que razona ni filosofía
lo que se razona. Sin embargo matemático es el niño que realiza
la operación de sumar, y matemáticas lo que realiza, la suma,
aunque sean operaciones muy simples. ¿Se entiende la diferencia?
¿Se comprende que la filosofía no se pueda hacer al nivel de la
suma? ¿se entiende que se trate de una actividad compleja y sólo
abordable desde la finalización de un muy largo y laborioso trabajo
previo?
La
filosofía es un saber de segundo orden que implica a otros saberes
y por ello no puede enseñarse ni aprenderse sin una preparación
previa. Cierto que el profesor de matemáticas no puede enseñar
las operaciones con polinomios a los jovencitos de 15 años si
éstos no saben sumar, restar, dividir y multiplicar. (En una clase
de Matemáticas de 4º de la ESO en el Instituto donde impartí clases
estaban enseñando a multiplicar por tres). Tampoco el de literatura
puede enseñar a leer poesía a quien no sepa ya leer prosa, ni
el de francés puede enseñar el imperfecto si no se domina el presente.
Pero la filosofía no tiene una propedéutica interna a sí misma,
sino que es indispensable la familiaridad con otras disciplinas
para poder llegar a ejercitarla. Cada pregunta filosófica involucra
a los demás saberes y el desarrollo de la capacidad de pensar
hasta el nivel de ser capaz de pensar filosóficamente no lo adquiere
el ser humano al nacer, como la razón, ni coincide en absoluto
con la muy extendida capacidad de opinar.
La
filosofía no consiste en generar preguntas tan solo, sino fundamentalmente
en contestarlas, y no de cualquier manera. Cuando nacemos lo hacemos
en un entorno social que nos proporciona respuestas sociales a
las preguntas individuales, tales respuestas no son filosóficas,
sino culturales, ideológicas, y si todo el mundo se cree capaz
de hablar de cuestiones filosóficas es porque está provisto de
dichas respuestas y enarbola las creencias sociales como si fuesen
ideas filosóficas. Creen que las creencias vigentes son sus ideas
propias y no se dan cuenta de que las han tomado prestadas. Tiene
que haberse pasado por la adquisición de los patrones sociales
compartidos para poder elevarse por encima de ellos y comenzar
a filosofar. Por eso la socialización precede a la filosofía,
que si surge, lo hace en su contra, en contra de la admisión de
los tópicos vigentes como criterios de la existencia, en contra
del discurso de la subjetividad, que no suele ser otro que la
voz del rebaño. ¿Cómo entonces enseñar a rebelarse contra las
creencias a quien todavía no ha cuajado siquiera esas creencias?
Para reaccionar ante algo y elevarse por encima de ese algo se
ha de estar previamente inmerso en ello.
La
filosofía presupone la socialización para poder ser una reacción
contra ella. Es lo mismo que dice Richard Rorty al indicar en
su terminología que la filosofía edificante presupone la
sistemática. La educación incluye la socialización normalizada
y es una vez que estamos familiarizados con esa parte de la educación
que forma el discurso normal de las ciencias naturales y de la
filosofía sistemática que podemos reaccionar en su contra. Intentar
el discurso anormal por ignorancia es un absurdo o una locura,
adoptar un discurso exterior, ya sea rechazando o conservando
el normal, es una posibilidad siempre abierta para quien sea capaz
de realizar semejante esfuerzo de bilingüísmo. Cada sociedad forma
un discurso normal y una serie de discursos anormales, junto a
los que, para llenar una laguna de Rorty, podríamos llamar <discursos
exteriores>, <discursos ignorantes> (reacción contra
la normalidad sin familiarizarse suficientemente con ella y, consecuentemente,
incapacidad de proponer una opción alternativa interesante) y
<discursos exteriores ignorantes> (rechazo de la normalidad
-con o sin familiaridad- pese a estar profundamente inmerso en
la ideología dominante y pretensión de adoptar un vocabulario
externo alternativo sin familiarizarse suficientemente con él).
Es
por eso que venimos diciendo que la filosofía es un saber,
concretamente la ontología y la epistemología, que
aunque pueda ejercitarse con el mero manejo de conceptos (principios)
y operaciones lógicas, tiene que englobar finalmente en su interior,
como teoría general, a las teorias particulares. No es un saber
terminado, esto es, un sistema cerrado, sino una sabiduría que
se busca (filo-sophia). Y las puestas en duda de la posibilidad
misma de ese saber, el discurso anormal, la crítica escéptica,
el escepticismo como motor de la dialéctica, sólo se puede ejercitar
como máxima sutileza de la filosofía que una vez constituida se
problematiza a sí misma.
El
que la filosofía exija finalmente la familiaridad con otras disciplinas
es algo que puede ilustrarse con el siguiente caso, ¿qué ocurre
cuando Platón se pregunta qué es el color? Caso que lejos de refutar
la idea platónica de filosofía, esto es, la idea de filosofía
que surgió en Grecia y que ha llegado, muy mermada, hasta nuestros
días, la confirma; ya que nos muestra que la teoría del ser
en general, no es la reflexión que pueda llevarse a cabo en
primer lugar, aunque sea la reflexión primera o filosofía primera,
sino la reflexión que siempre tiene que llevarse a cabo en último
lugar. Si Platón pretendía en su República educar a los
ciudadanos para que llegasen a cultivar la filosofía a partir
de los 30 años y sobre todo a partir de los 50, es porque previamente
al tratamiento con conceptos generales, ontología como teoría
del ser en general, consideró necesaria una formación y familiaridad
previa con teorías particulares. Bucear y nadar con soltura en
algunas ciencias particulares se llegó a considerar como propedéutica
ineludible para navegar en búsqueda de la ciencia de las ciencias
o filosofía.
UN
EJEMPLO DE FILOSOFÍA: PLATÓN TAMBIÉN SE EQUIVOCA: ¿QUÉ ES EL
COLOR?).
“Sócrates:
-¿No admitís vosotros, de acuerdo con Empédocles, que hay ciertas
emanaciones de las cosas?... -¿Y que hay poros hacia los cuales
y a través de los cuales pasan las emanaciones?... -A partir de
esto, entonces, <comprende lo que te digo>, como
decía Píndaro; el color es una emanación de las figuras, proporcionado
a la vista y, por tanto, perceptible.... Menón: -Excelente
me ha parecido, Sócrates, esta respuesta que has dado. Sócrates:
-Seguramente porque la he formulado de una manera a la cual estás
habituado; además, creo, te has dado cuenta que a partir de ella,
podrías también decir qué es el sonido, el olor y otras cosas
similares” (Menón 76 c-d).
Ni
es sonido ni el color, ni el olor, son propiedades físicas
de los objetos, como erróneamente creía Platón en este texto.
Aunque el color no sea, en sentido estricto, una propiedad de
los objetos, sí que lo es la forma en que los objetos emiten,
reflejan o transmiten las distintas longitudes de onda de la gama
que el ojo humano puede detectar. No es el color una propiedad
de los objetos sino de la forma en que éstos interactúan con los
observadores (incluyendo en último término los procesos que tienen
lugar en el cerebro). La retina identifica esas sensaciones como
color de un tono determinado tras procesarse la información recibida,
en el cerebro. Al igual que nuestra vista para con los colores,
nuestros sentidos del oído y del olfato también tienen unos umbrales
de percepción, esto es, una gama limitada de sonidos y olores
que somos capaces de percibir a través de los sentidos.
Nuestra
percepción del color está totalmente condicionada por la acción
de la luz sobre los objetos. En la última mitad del siglo XVII,
Isaac Newton demostró que los colores eran componentes
integrantes de la luz blanca y no propiedades de las cosas. Para
hacerlo, dejó pasar un haz de luz blanca a través de un prisma
de cristal. La luz se dispersó en una banda de diferentes colores:
rojo, naranja, amarillo, verde, azul, índigo y violeta (los colores
del arco iris). Luego, al dejar pasar los rayos de colores a través
de una lente convergente y sobre un segundo prisma, se unieron
todos formando una luz blanca. Cosas éstas que no sabía Platón,
que da por no válida, (previamente a la exposición de la teoría
de las emanaciones), la explicación correcta:
“Sócrates:
-Y si de nuevo, ahora acerca del color, te preguntara del mismo
modo qué es, y al responderle tú que es blanco,
el que te preguntara agregase, después de eso: <¿Es el blanco
un color o el color?>, ¿le contestarías tú que
es un color, puesto que hay además otros?. Menón: -Claro.
Sócrates: -Y si te pidiera que nombrases otros colores,
¿le dirías otros colores que lo son tanto como el blanco lo es?.
Menón: -Sí” (Menón 74 c-d).
Al
responder a la pregunta, ¿qué es el color?, diciendo que
es blanco, Menón hubiese acertado sin saberlo, por chiripa.
Sócrates no daría por válida la respuesta porque no sabe que el
blanco es tanto un color como el color y tampoco sabe que
los otros colores no lo son tan colores como el blanco,
sino que éste los contiene a todos y hace falta la agrupación
de al menos tres de ellos (colores primarios: azul, verde,
rojo) para dar lugar a éste.
Los
experimentos de Newton demostraron que si se unían los
rayos de colores producidos por la dispersión de la luz blanca,
de la forma que se ha explicado anteriormente, formaban otra vez
luz blanca. La luz visible se puede definir como el espectro de
energía radiante que el observador humano es capaz de percibir
a través de la retina. Dentro del espectro electromagnético existe
una zona muy estrecha que se denomina luz visible. A efectos
prácticos se pueden considerar las radiaciones luminosas movimientos
en forma de onda. Cada radiación se caracteriza por su longitud
de onda. Los seres humanos somos sensibles a la radiación electromagnética
comprendida entre los 390 nanómetros, violeta, y los 760 nm, rojo,
a esta franja se la denomina espectro visible de la luz. Más allá
del rojo están los rayos infrarrojos y más allá las ondas de radio.
Más allá del violeta están las longitudes de onda de los rayos
ultravioleta, los rayos x y los rayos gamma.
Aunque
el ojo humano responda simultáneamente a todas las longitudes
de onda que recibe, no puede aislarlas. Lo que hacemos es combinar
ciertas longitudes de onda que estimulan la sensación de un color
complejo. La luz solar que percibimos como blanca, o falta
de color, está compuesta por la luz proveniente de todo el espectro
visible en proporciones más o menos iguales. Dependiendo del tipo
de iluminación que recibamos la respuesta a una estimulación del
color será distinta.
Existen
problemas fisiológicos que alteran la percepción humana del color
como es el caso del daltonismo, que provoca generalmente
la confusión entre algunos de los colores que se perciben o la
no percepción de determinados colores. No es casual que fuese
el físico inglés del siglo XVIII, John Dalton, que padecía dicha
alteración o enfermedad, quien primero la estudiase a partir de
las reflexiones newtonianas.
Así,
el análisis del color, la respuesta a la pregunta ¿qué es el
color?, ha de ser analizada en cuatro niveles fundamentalmente:
1)
El nivel físico: donde el color se nos revela como una propiedad
de la luz y no de los objetos que la emiten (p.ej. alguien que
viviera permanentemente bajo fuentes de luz de neón azul diría,
erróneamente, que todo “es” azul, que todos los objetos que le
rodean son azules).
2)
El nivel fisiológico o biológico: donde se aprecia que son áreas
específicas del cerebro las que se encargan de identificar los
distintos colores (el daltonismo es aquí un buen ejemplo de cómo
ni siquiera la inclusión de la luz en nuestra explicación del
color da cuenta de todos los aspectos).
3)
Un nivel psicológico y social: donde hay que analizar si se pueden
tener impresiones subjetivas relacionadas con los colores sin
que haya ningún estímulo visual objetivo actual (por ejemplo en
los sueños o en el recuerdo, esto es, en la memoria). Y si la
cultura influye en la percepción de los colores, en cuyo caso
no sólo será innata sino también adquirida (como afirman los estudios
antropológicos al registrar que los esquimales distinguen hasta
14 matices de blanco o que los dowayo del Camerún, no identifican
una foto de elefante con el elefante que tienen enfrente, al no
estar habituados a percibir imágenes bidimensionales, esas que
tan tramposamente representan la tercera dimensión en fotos y
cuadros, a lo que se denomina perspectiva).
4)
Un nivel filosófico: donde se tienen que integrar los resultados
de todas las investigaciones precedentes dentro de una teoría
ontológica y epistemológica general que, al explicar, ¿qué
es el ser?, ¿cómo se conoce? y, lo que es lo mismo, ¿qué
es verdadero o falso?, comprenda, como parte coherente y lógicamente
articulada en su interior, una teoría del color en particular,
que de cuenta de la pregunta ¿qué es el color?. Es entonces
cuando se empieza a hacer filosofía.
¿QUÉ
ES LA FILOSOFIA?.
Hay
tres formas de concebir la filosofía: de manera absoluta, moderada,
o literaria. La primera ha recaido, frecuentemente, a lo largo
de la historia, en el dogmatismo, la tercera en el escepticismo.
Ejercer y entender cualquiera de las tres sólo es posible con
conocimientos previos en otras disciplinas particulares. Veámoslas
más despacio.
A.
EL DISCURSO DE NADIE: LA FILOSOFIA COMO CIENCIA DE LOS PLATÓNICOS.
Las
creencias, por justificadas que puedan estar, nunca sirven de
guía teórica ni práctica, porque encierran los discursos en las
subjetividades que los producen. Sólo en la ciencia (matemática),
la lógica y la filosofía, tal y como las concibieron por primera
vez los griegos en la antigüedad, se puede lograr un discurso
que no sea ideológico, que no sea fruto de la opinión y de la
creencia, ni fruto de la opinión justificada o de la creencia
justificada, sino fruto de la razón que rige el cósmos y que,
asombrosamente, puede captar el hombre. Por eso tanto Platón
(Teeteto,155c) como Aristóteles (Metafísica A,2982b11)
han visto el origen de la filosofía y del filosofar en el asombro.
Hay un punto ciego en el que el hombre desaparece para llegar
a sintonizar con las leyes del universo.
La
idea de Sistema de pensamiento, la filosofía entendida
como conjunto de organizado de ideas explicativas y coherentemente
interrelacionadas del universo en su conjunto. La pretensión de
proporcionar una explicación ordenada y holística a partir de
los principios más generales, nace en Grecia. Las matemáticas
(geometría) y la astronomía que fueron importadas de Egipto
y Babilonia por los primeros filósofos, quienes las fueron desligando
de sus funciones religiosas y meramente técnicas, ofrecerán un
modelo de reflexión adecuado para la empresa cognoscitiva que
se aventuraban a abordar; un modelo aplicable a todas las esferas
de la vida humana.
Conocer
las cosas será conocer lo que verdaderamente son, lo que
tienen de común y de permanente, el arché, lo uno, y finalmente,
el ser. Conocer la realidad será dar las razones
del cambio, explicar sus causas o razones, las leyes o
el motor (physis) del movimiento; explicar por qué lo uno
es percibido como múltiple. Los griegos estaban convencidos de
que por muy útil que sea el conocimiento sensible, los sentidos
no bastan para proporcionarnos tal conocimiento. Antes al contrario,
los sentidos les mostraban una multiplicidad de individuos, de
apariencias y estados cambiantes y accidentales o contingentes.
Luego era a través de la razón que se podría alcanzar lo
necesario, lo no arbitrario, lo que tenía que ser de un modo
y no podía ser de otro, lo que tenía que ser igual para todos
los hombres porque no era una arbitraria construcción u opinión
de alguno de ellos. Fueron las matemáticas, que explicaban
dando razones necesarias y válidas permanente y universalmente,
las que les sirvieron de modelo para elaborar sus propuestas filosóficas.
Ésta
concepción de la ciencia que será la misma que la de la filosofía
no la importaron los griegos de Egipto y babilonia, porque los
egipcios y los babilonios contemplaron la ciencia, como un procedimiento
técnico que procuraba una serie de utilidades, a la vez que
como un ritual religioso que cimentaba el poder del gobernante;
no llegaron a captar el poder de la ciencia, su vocación de ser
un discurso de nadie, un discurso universal, eterno, inmutable,
imperecedero, desinteresado, descubrimiento griego que está en
el origen del pensamiento filosófico.
EL
EXPERIMENTALISMO Y LA CONVERSIÓN DEL DISCURSO DE NADIE EN EL DISCURSO
DE TODOS.
El
experimentalismo como visión técnica de la ciencia
tuvo su resurgir en la ciencia alejandrina y, desarrollado tras
el Renacimiento, (tras el lapsus de la concepción teológica medieval
de la ciencia), con el proceso de modernidad que culminaría en
el método experimental newtoniano y en la Ilustración; (que promovería
el surgimiento de la sociedad capitalista e industrial), se impondrá
hasta nuestros días.
Desde
el siglo XIX hasta nuestros días las más variadas disciplinas
se han arrogado el estatuto de científicas en razón de
su utilización del método experimental. Así, la sociología,
la política y la psicología se denominan científicas en virtud
de que hacen encuestas, estadísticas, es decir, recolecciones
de datos empíricos. Son ciencias desde el siglo XIX porque desde
entonces se han vuelto experimentales, institucionales y producen
información pública como cualquier otra industria produce sus
manufacturas. Además, la actividad desempeñada es reconocida con
tal estatus por aquellas personas que la desempeñan, es decir,
que los politólogos reconocen que son científicos y por eso lo
son. (Por el contrario un matemático e incluso un físico no suelen
aceptar que la sociología o la política o la psicología sean ciencias).
Pongamos
un breve ejemplo de ello extraido de uno de los libros que se
deben estudiar todos los alumnos del primer curso de Ciencias
Políticas de la UNED. Pertenece a la asignatura Introducción
a la Ciencia Política del curso 98-99:
“Lo
que se conoce como Ciencia Política, es decir; una rama más del
conocimiento, suele responder en principio a un saber moderno.
El término se refiere a un trabajo especializado, que cumple con
las condiciones de rigor, objetividad y experimentación propias
de las ciencias modernas... La ciencia política como actividad
investigadora con un estatus reconocido entre los científicos,
aparece y se consolida a finales del siglo XIX. En 1880 se crea
la <School of Political Science> en Columbia University.
En 1903 se funda la American Political Science Association,
comenzando a editarse la American Political Science Review
tres años más tarde (pág.19)”. Según el autor de las explicaciones
precedentes el objeto de la ciencia política es “el comportamiento
registrable de los individuos en la sociedad (pág.23)”, es decir,
el mismo objeto que tiene la psicología conductista. “Todas las
estrategias de investigación en el estudio empírico del comportamiento
político pretenden llegar a descubrir con nitidez y prontitud
las leyes generales que lo rigen y con ellas explicar los fenómenos
observados (pág.37)”. Pero lo que se tiene en tal ciencia política
por leyes generales no son más que sondeos de opinión. (Andrés
de Blas Guerrero&Jaime Pastor Verdú (coordinadores) Fundamentos
de Ciencia Política. UNED. Madrid 1997. U.D.I. Categorías
y Teorías de la Ciencia Política, por Javier Roiz).
La
antropología es una ciencia porque realiza trabajos de campo y,
por tanto, recoge información sobre el terreno, preguntándo a
los indiecitos cómo les va la vida. Es el experimentalismo la
esencia de la sociedad de la información contemporánea,
que ha borrado del mapa la ciencia griega, teórica y deductiva,
en favor del procedimiento inductivo de adquirir una abigarrada
acumulación de datos. Ni siquiera es ya un método hipotético-deductivo
el empleado (reivindicado por el racionalismo crítico para la
filosofía), no hay teoría con la que contrastar los datos sino
que una colección de datos se ofrece como la teoría misma. Con
ello tiene mucho que ver el que la sociedad de la información
sea también la sociedad capitalista (hay que producir información)
y la sociedad de la opinión pública (todo el mundo es sabio
sin serlo); un mundo en el que la opinión predominante es la verdad.
2.
LAS CREENCIAS JUSTIFICADAS: NEOEMPIRISMO Y NEOCRITICISMO COMO
RACIONALISMO CRÍTICO.
Se
suele denominar como racionalismo crítico a la concepción
de la filosofía que concibe la verdad como la mejor
conjetura hasta el momento. La hipótesis teórica del pensador
funcionará como teoría de la verdad mientras no haya otra más
potente que obligue a desecharla o transformarla. Será aplicable
mientras que no haya casos particulares que la refuten por no
adaptarse a sus esquemas de explicación ni hipótesis teóricas
alternativas.
Si
la teoría falla habrá que intentar repararla o construir otra
más potente que resista las pruebas a las que sucumbió la anterior
y recoja, a su vez, todos sus éxitos. Pero la crítica racional
de la nueva teoría superior nunca quedará cerrada y, por tanto,
siempre será provisional, válida mientras no se encuentre otra
mejor. El conocimiento avanza a través de la refutación reintegradora
siendo todas las leyes científicas susceptibles de revisión y
mejora. Incluso las leyes más generales, los principios de la
lógica, serán de este tipo, aunque resulte muy difícil pensar
en que alguna vez surgirán nuevas teorías más potentes o datos
inmanejables que obliguen a desechar el principio de no contradicción
o el de identidad, para sustituirlos por otros más explicativos
y comprensivos.
Se
trata de una concepción de la filosofía que quiere prevenirse
contra el dogmatismo (prohibición de discutir) y que pretende,
aun reconociéndole límites a la razón, apostar por la posibilidad
de conjeturar refutativamente cada vez con más precisión sobre
la verdad. Aunque no hay manera de demostrar que el proceso de
refutación y sustitución de unas teorías por otras tenga necesariamente
que ser una aproximación a lo verdadero. Se habló por eso en tiempos
de la Ilustración de fe en la razón, que se reconocía limitada
sincrónicamente pero ilimitada para el tiempo futuro. La verdad
existe y puede descubrirse, (pues de lo contrario no existiría
lo verosimil, que es lo que se parece a la verdad), pero no se
ha descubierto todavía, y quizá no se descubra nunca. Sólo podemos
continuar su búsqueda y contentarnos con las mejores verosimilitudes
que podamos encontrar por el camino. Esta idea de la filosofía
es la que se ha venido a denominar filosofía moderna y que ha
caracterizado a la llamada Modernidad.
En
consonancia con lo antecedente el filósofo norteamericano Richard
Rorty se define, según sus propias palabras, como un “intelectual
burgués postmoderno que habla en un mundo de ricos y obesos que
hacen poco caso a sus desvaríos literarios” (¿Qué es filosofia?
Lo bello y lo sublime. (Primera conferencia pronunciada en
la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid
el 26/5/98. Acompañada de un paper con el mismo título).
Define al filósofo profesional, profesor universitario generalmente,
como un personaje que tiene que justificar su salario y procurar
edificar (educar ético-estéticamente). Y se manifiesta contra:
a) la filosofía sistemática o académica, b) el esencialismo (Ontología),
c) el lenguaje único e unívoco, d) el representacionismo (Teoría
del Conocimiento), e) la verdad como visión, la metáfora del espejo
y el ojo, f) la deducción de lo ético de lo teórico, g) el cientifismo
y el tecnologismo. Lo hace desde una postura, indica, moderadamente
relativista, según la cual, puede presumirse superior la
conversación en comunidad a cualquier investigación gremial
o académica. Las justificaciones son preferibles a la verdad absoluta,
pero las justificaciones son relativas a una audiencia (opinión
pública) que les debe dar asentimiento. Nos pide asumir la contingencia,
la duda y la pluralidad de alternativas, en sintonía con lo que
se ha venido llamando postmodernidad o hermenéutica.
continúa
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