Num.17
Num.17: sumario y editorial
 
 

 

Mesa redonda

con Montserrat Galcerán Huguet
y Carlos Fernández Liria
[*]


 
 

[pág. ant.]

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J. M. Navarro Cordón -- No, a mí me parece que la intervención de Montserrat Galcerán --tenemos que hablar con toda libertad, dentro de la amistad y el compañerismo-- ha venido a distorsionar absolutamente lo que yo creo que se estaba debatiendo. Yo creo que tú, Carlos, has cometido un par de excesos, pero creo que vienen dados por el plan retórico y teatral de tu intervención. Y uno de ellos es decir que la Universidad no tiene que rendir cuentas ante nadie. No, yo creo que sí: la Universidad tiene que rendir cuentas a aquella instancia que la inspira y con respecto a la cual tiene que justificar su propia acción, porque, si no, eso sería tanto como hacer de la Universidad pues..., en fin, una entidad autónoma, autárquica, angélica, etc., etc. Y, por consiguiente, yo creo que sí, que la Universidad debe rendir cuentas. Ahora bien, la intervención de Montserrat a mí me parece que ha exagerado mucho, muchísimo..., no sé; claro que no conozco vuestra cuitas y vuestros diálogos, y a lo mejor está dentro del guión. Pero a mí me parece que tú, Montserrat, has hecho una lectura de la intervención de Carlos absolutamente exagerada y distorsionada, ¿no? Se han utilizado palabras como ‘espacio público’, ‘sociedad’, ‘Estado’..., pero esas palabras no dicen absolutamente nada mientras no nos pongamos de acuerdo y precisemos muy bien qué se entiende al elegir tales términos. Por ejemplo, ¿vamos a apelar al instituto donde está Chomsky para decir entonces que una sociedad privada es la verdadera Universidad pública? ¡Vamos! Me parece que es buscar tres pies al gato. A mí la intervención de Carlos me parece que está muy clara, y el problema que plantea no es el tema del que estáis hablando ahora, sino más bien [el de la concepción de la Universidad implícita en] la ley. Y lo que has querido decir, Carlos, para mí estaba también muy claro: la Universidad, tal y como está concebida por la LOU, no es sino una fábrica que tiene que producir la rentabilidad fijada de antemano por la sociedad. Pero entendiendo por sociedad no la sociedad de ciudadanos o la ciudadanía, sino la sociedad que está movida por centros productivos y que exigen rentabilidad; y esto es lo que me parece que ha querido decir Carlos. ¿Necesita esta Universidad [así concebida] tener una grandísima libertad de pensamiento y de acción? [Si la cuestión es ésta,] a mí me parece que la referencia al deber ser y al ideal es exagerada, ¿no, Montserrat? Es como si quisiésemos plantear, a estas alturas, pues..., no sé..., el tema éste del ser y el deber ser..., es decir, la ‘falacia naturalista’ de Hume entre el ser y el deber ser. En fin, si me parece que Montserrat ha distorsionado mucho la intervención de Carlos, es porque lo que ha querido decir Carlos es que el modelo de Universidad que expresa esta ley es el modelo que le interesa a un Estado que no es verdadero Estado, que está hipotecado. Que está hipotecado por unas sociedades multinacionales y capitalistas de intereses muy claros. Y es esa Universidad la que Carlos ha criticado. Que para eso haya querido contraponerle una Universidad como Academia [como la Academia platónica], aislada (‘que no entre aquí nadie que no sepa matemáticas’), a la que la sociedad no tiene acceso..., bueno, quizá ese tono es retóricamente exagerado; pero [que sea precisa una construcción ideal para pensar el problema] no quiere decir que una Academia tal [y, por tanto, una concepción de la Universidad opuesta a la de la LOU] sea un mero ideal, ni un deber - ser separado de la realidad... Vamos, es que yo no lo veo, la verdad. Mi intervención no quiere sino expresar la perplejidad que a mí me ha producido tu intervención, porque ha dado a entender que la ponencia de Carlos venía a ser no materialista, pero sí los otros dos términos: platónica y kantiana. Al fin y al cabo, a lo mejor Platón y Kant tienen algo que ver [con el problema que aquí discutimos], pero no porque sean "idealistas", ni "filósofos del deber -- ser"... No entiendo cómo has podido hacer esa lectura de la intervención de Carlos... Parece como si yo quisiera defender a Carlos... No, no defiendo a Carlos. Expreso la perplejidad de que, a partir de una cosa tan clara como la que ha sido expuesta, ahora resulte que se nos está proponiendo una Universidad..., en fin, que es una urna de cristal. No, no, a mí me parece que lo que está diciendo es que la Universidad, tal como queda definida en el preámbulo de la LOU y en su articulado, obedece a unos intereses que no son los intereses de la ciudadanía (o, como tú decías, "de los ciudadanos"), y que tampoco son los intereses de un verdadero Estado, de un Estado que sea, de verdad, Estado. Porque, en definitiva, el concepto de Estado que estaría detrás de todo esto sería el de Adam Smith, sencillamente. O sea: [la máxima de] dejar que, justamente, los intereses de la sociedad busquen la realización de sus objetivos y que el Estado se limite a conservarlos y a garantizar la viabilidad de esa búsqueda... En este sentido, me parece que sí tiene que haber un Estado como Dios manda, pero, claro, un Estado como Dios manda no puede ser un Estado estalinista, o no puede ser un Estado que imponga a la fuerza... No, no sé si... En fin, no he asistido a vuestras cuitas y no conozco los entresijos de vuestros discursos, pero lo que sí me ha parecido es que, salvo que os hayáis puesto de acuerdo, habéis montado un cirio que, para mí, hace ahora mismo inviable el debate que hoy nos reunía aquí, que es el sentido de la LOU y lo que estábamos discutiendo... O lo que teníamos que empezar a discutir. Bueno, como veis, no he venido sino a traer más confusión y paradoja al debate éste, pero, desde luego, tendré cuidado cuando debatáis los dos, porque ya sabré que vais a montar el teatro. A mí me habéis distorsionado bastante.

Moderador 3 -- Bueno, yo, si no te importa, Montserrat, me gustaría contestar antes. Para que no haya ahí un diálogo... Yo creo que tendríamos que definir los conceptos. Yo sí que estoy de acuerdo con eso, o sea, para mí, por ejemplo, habría que definir qué se entiende, qué entendéis, por Universidad pública y privada, porque a mí esta Universidad me parece más privada que pública. O sea, yo entiendo por público esa forma pública de actuación, esa actuación ciudadana... Y cuando estamos hablando de la LOU, retomando lo de tensar la cadena, cuando nosotros vamos a decir a este Estado: ‘no a la privatización’, tendremos que reivindicar, pero reivindicar, ¿desde dónde? No creo yo que encontremos en esta Universidad, concretamente, en la Facultad de Filosofía, espacios públicos de actuación. No hay ninguno, a no ser que creamos que el Claustro... El único espacio público que yo creo que existe en la Universidad es la Asamblea, donde se abre un espacio para la discusión, para vernos las caras, para mirarnos a la cara. Entonces yo creo que hay que partir de esa base, de, por un lado, unas reivindicaciones, un tensar la cadena, como hemos estado hablando en estos días, pero por otro lado hay que hacer una actividad pública. Entonces, ¿dónde encontramos esa actividad pública? Yo no lo encuentro, yo no lo estoy encontrando en este debate. Pero a la par que tensar esas cadenas en este debate, esas cadenas se tienen que tensar desde una posición que no solamente es teórica, sino que tiene que ser práctica y que, muchas veces, por estar en una Facultad nos creemos que vivimos solamente en lo teórico, en un plano teórico, donde tensamos las cadenas y vivimos en el aire. O sea, que luego cuando nosotros volvemos al barrio, volvemos al trabajo, esa globalidad sigue actuando en lo cotidiano, entonces yo creo que el debate también tendrá que contextualizarse no solamente en la reivindicación, sino en esa actuación, y desde dónde esa actuación.

M. Galcerán -- Bueno, yo, rápidamente. Yo me pregunto qué debe ser un Estado como Dios manda, debe ser una cosa espantosa, porque claro, Dios manda mucho, y un Estado como Dios manda...

J. M. Navarro Cordón -- Utilizar estas argucias retóricas puede quedar bien, pero no ayudan a discutir claramente. A mí me parece que eso es una argucia retórica, que puede estar bien para iniciar un speech, pero que no se puede tomar... Pero, en fin, ¡puedes decir lo que quieras! "Como Dios manda"...: lo que no sabemos es qué clase de dios. Porque hay dioses y dioses (si quieres que juguemos al rococó, pues jugamos a rococó).

M. Galcerán -- Pero bueno, a parte del Estado como Dios manda, quizá el punto esté, en mi opinión, en que la distinción público / privado, que es una distinción aparentemente muy clara, en este momento no es una distinción tan clara. ¿Por qué no es una distinción tan clara? Porque --en la medida en que el capital actual es un capital que está sujeto, obviamente, a la propiedad privada, pero que es, también, un capital que de alguna manera se ha amparado en la sociedad, se ha convertido en el poder hegemónico en la sociedad-- es capaz de apropiarse para su beneficio, digamos, la rentabilización económica del conjunto del capital social, y es capaz de hacerlo, proponiéndose a sí mismo como el único horizonte vital para los ciudadanos. Me explico. Las grandes compañías, las grandes corporaciones, pueden, por una parte, plantear cómo el avance científico en este momento y la potenciación del conocimiento en determinadas ramas no es solamente un negocio para ellos, sino además una necesidad vital para el conjunto de la sociedad para acceder a niveles de sanidad, de no sé qué, de no sé cuántos, mucho más amplio. Y desde el momento en que configura el espacio, el horizonte vital de los ciudadanos, aquel espacio en el cual ellos van a poder vivir y progresar, puede subsumir en sus propios intereses instituciones públicas, entre otras, la propia Universidad. Entonces, a mí me parece que es ese punto en donde el análisis debe ser más preciso, es decir, no pensar que lo privado es solamente aquello que es de ‘El Corte Inglés’ y lo público es aquello que es del Estado; porque puede ocurrir que en este momento el capitalismo globalizado y enormemente expansivo --que además choca con movimientos antiglobalización potentes, obviamente, pero que para el conjunto de los ciudadanos se convierte casi en la única posibilidad, en el único horizonte social de vida--, es muy posible que, justamente, sea capaz de poner en su propio proyecto a instituciones públicas, y que de alguna manera al defender ingenuamente lo público estemos defendiendo sin demasiados matices, porque no lleguemos a comprender el poder de lo privado sobre lo público, la subsunción de lo público en lo privado. Y la segunda cuestión, y ahí posiblemente no estemos de acuerdo, quizá me paso de empírica, pero llevo veintitantos años en la Universidad, y lo de ‘el interés académico’ no me lo creo, o sea, me parece una retórica de legitimación, porque creo que la Universidad, tanto la de franquismo en la que yo estudiaba como la posterior, es una Universidad atravesada no solamente por los conflictos políticos que han existido en nuestro país, sino por toda la confluencia de intereses privados, públicos, políticos, sociales, etc., etc. Estamos inmersos en ese campo. Hasta en una oposición nos peleamos para que salga éste en vez de que salga aquél. Vamos, no descubro ningún misterio. No es la capacidad intelectual de mengano o fulano, tampoco es el interés de ‘El Corte Inglés’, muchas veces son intereses enormemente corporativos, que la escuela de mengano o el poder de fulano, la capacidad de este Departamento para sobrevivir o no sobrevivir. Yo creo que estas cosas hay que tenerlas en cuenta, o al menos yo no las puedo quitar de mi cabeza, y por tanto me hace muy difícil aceptar un discurso tan, tan...

J. M. Navarro Cordón -- No, vamos a ver: estoy de acuerdo en que no podemos dejar de ser empiristas. Lo que yo he puesto un poco en tela de juicio es esa tan facilona oposición (que solamente con decirla se ve acompañada de un juicio de rechazo) entre el ser y el deber ser, la realidad y el ideal. Es decir: [si por empirismo se entiende atenerse a la realidad] ¡naturalmente que todos tenemos que ser empiristas! y lo que tú has dicho refleja rigurosamente la realidad, rigurosamente la realidad. Ahora, si fuese verdad que nosotros tenemos un mínimo de interés público, universalizable, por nuestra institución, quizá lo primero que tenemos que reconocer es la parcialidad y la privaticidad que estamos proyectando en una institución como la Universidad, cuando (por ejemplo) estamos en los tribunales y sucede lo que tú has dicho. Ahora bien, no hace falta oponer el ser y el deber ser para constatar lo que pasa. Lo que tú has subrayado es justamente una vigencia y una apuesta por intereses privados vergonzantes e inconfesables. Y, si realmente fuésemos un poquito de lo que queremos y decimos ser, tendríamos que cambiar las cosas. Decías tú que hoy nuestra Universidad es más bien un centro privado. Pues me parece, desgraciadamente, que sí. Y ¿dónde puedo reconocer ese carácter privado de nuestra Universidad --por no hablar de nuestra Facultad de Filosofía /Filología--, dónde lo vemos? Lo vemos en que cada uno hace de su capa un sayo. Porque cada profesor estima, quizá, que él tiene que hacer lo que hace, y no tiene que rendir cuentas a nadie; porque los alumnos estiman, quizá, que también ellos pueden hacer lo que quieran y no tienen ninguna obligación ni ningún deber. Porque cada uno hace de su yo y de su ombligo el centro del mundo, y porque sólo cuando se ve en peligro la situación individual de alguien, entonces se apela a instancias universales o generalistas, porque es el modo de que uno (en un argumento universal o racional) se salve del hundimiento. En resumen: lo que acabas de decir yo creo que es verdad, nuestra Universidad hoy es una Universidad privada. Pero privada no porque penda de instituciones privadas, sino porque cada uno de nosotros hacemos de nuestra acción una acción absolutamente privada, interesada, egoísta. Y naturalmente que hay que abrir espacios, como tú dices refiriéndote a las asambleas, pero no tienen por qué ser sólo las asambleas los espacios en cuestión. Esos espacios tienen que ser también los Departamentos, y las Juntas. Pero para eso hace falta que también tengamos convicción en defenderlas; y también hace falta que haya gente dispuesta, que asuma la responsabilidad de llevar a cabo lo que son acuerdos de mayorías. Ahora, si tenemos suspicacia con respecto a las instituciones y a los organismos, y huimos de ellos porque están infectados de un poder que consideramos espúreo, pues naturalmente todos los espacios quedarán... Es decir, esto quizá sea muy poco empirista, pero en cualquier caso es algo que emerge de una saturación de empirismo. Quizá deberíamos mejorar un poco más nosotros mismos, cada uno individualmente, y quizás entonces la situación cambiaría. No estoy diciendo que un atomismo sociológico dé como resultado una acción transformadora, no. Lo que estoy diciendo es que fácilmente proyectamos [responsabilidades] en el otro, y no estamos dispuestos a asumir cada cual la responsabilidad que tenemos. Eso es lo que estoy diciendo. Y, desde luego, si no tenemos una mínima exigencia de lo que tiene que ser la Universidad y lo que no puede ser, pues podemos quedar emborrachados de empirismo, emborrachados de empirismo. Decir, frente a esto, que hay que ser realista..., por supuesto que sí, pero no con un realismo craso. ¿O quizá lo que tenemos que hacer es dejar las cosas como están, porque acaso hay una realidad todavía más violenta que la que estoy describiendo? Dejémoslo así, si el criterio es un realismo empírico clásico, ¿no? Dejémoslo. Pero, en cambio, lo que aquí se estaba planteado no era eso. Lo que aquí se estaba planteando es si el modelo de Universidad, al servicio de una determinada concepción de la sociedad, es realmente lo que nosotros queremos. Y lo que me parece es que la respuesta es bastante sencilla: compromiso de la Universidad con la sociedad, pero una sociedad distinta. Capaz de construirse de una manera distinta de la manera en que, hoy por hoy, está construida y capaz de moverse por unos criterios distintos de los que la LOU aduce al caracterizarla.

María José Callejo -- Sí, yo quería decir una cosa también, por incordiar un poco en otro sentido. A mí me parece que Montse no plantea solamente una cuestión de empirismo puro y duro, o de realismo craso, me parece que plantea en su discurso una cierta distinción que es de iure, me refiero a la distinción entre Estado y Público [y, a partir de ahí, entre lo estatal y lo público]. Es decir, si lo que queremos es afinar el concepto de lo público, pues me parece que es elemental distinguir lo público de lo social, como creo que se está haciendo; incluso en lo social distinguir una interpretación solamente económica de la sociedad, en virtud de la cual lo social es ciertas empresas, o ciertas corporaciones, distinguir eso de lo social, de la ciudadanía, o de la sociedad políticamente constituida; pero ya digo, además de distinguir lo público de lo social -- donde lo social mayoritariamente, en este discurso, es lo privado agigantado, lo privado colectivo, digamos -- [es preciso elaborar un poco más la cuestión de lo público. Vamos a ver:] si por lo social entendemos lo privado colectivo está claro que estamos distinguiéndolo, en principio, de esa otra cosa llamada ‘lo público’. Lo que Montse plantea es si en la comprensión de lo público, una vez demarcado, en un primer abordaje de lo social... Lo que digo es que me parece que Montse sí plantea una cuestión (siento que no esté Juan Manuel...), una cuestión de iure, que es la distinción entre lo estatal y lo público, al menos como una pregunta, y me parece problemáticamente legítima, si a ello además le sumamos, digamos, un factum [a saber]: uno se podría preguntar apelando, por ejemplo, a un cierto kantismo (a ningún hegelianismo), por qué hay, en el propio Kant, conceptos como el de ‘mal radical’, por ejemplo. Pues, quiero decir, lo único que plantea Montse es algo así como que no podemos hacer del Estado la panacea, y no solamente porque se podría distinguir entre Estados despóticos y Estados republicanos (es decir, sin y con separación de poderes), sino porque incluso dentro de los Estados republicanos en su constitución solamente estatal pueden introducirse factores de perversión, digamos, en sus administraciones e instituciones públicas, factores por ejemplo como los que ha denunciado, de tribalización, es decir, de deslizamiento subrepticio, digamos, de elementos estrictamente privados que forman parte del hecho de que los funcionarios además de ser funcionarios son hombres y mujeres, son hijos de padres y tíos de sobrinos, etc., etc., [elementos] que se pueden meter también dentro de la propia institución, de las propias instituciones estatales. Entonces en este sentido, Montse lo que plantea --con un criterio que, por lo menos a mí, me recuerda los discursos de finales del siglo XVIII, no sé si cierto fichteanismo, en todo caso discursos ilustrados plenamente -- es la necesidad de que, efectivamente, se constituya Público, eso a lo que Kant, por ejemplo, alude, [cuando habla de la libertad] de hacer uso público de la razón, pues el uso público de la razón, la libertad irrestricta del uso público de la razón, es la libertad de escribir para un público, para un público lector, que en principio no es solamente el público de Madrid, o el público de España, sino en principio es el público cosmopolita, es decir, [los seres racionales] de todo el universo, y ahí pues sí, efectivamente, hace falta verdadero Público [es decir, lo que hace falta es que, aun entre hombres, esté constituido ese público en sentido estricto]. Y, claro, si hay un pensador preocupado en que haya público pues ése es Platón, que precisamente lo que denuncia, en Atenas, pongo por caso, es que por muy ciudadanos que son los ciudadanos, quiero decir: muy propietarios, muy capaces de decidir la guerra, muy tantas cosas..., luego les pueden, sencillamente, en una sesión pública, les pueden sus ganas de gustar a los demás o sus ganas de riqueza, es decir, son seducibles por los retóricos, por los sofistas, ¿o qué pasa? ¿Que porque tenemos, digamos, ciudad o ciertas instituciones, incluso dentro de la comunidad científica no se introducen vicios privados? Cómo conseguir [un Público de verdad] por tanto, creo que es [lo esencial de] la pregunta de Montse, y a mí... (en esta ocasión..., siento que no esté Juan Manuel, porque hacíamos así un cuadrilátero perfecto, ¿no?, y hacíamos Juan Manuel y yo nuestro teatro, si es que hay que llamarle así), pues creo que lo que Montse plantea es absolutamente central cuando lo que se ha dicho es que la solución para garantizar el vacío ése, que todos reclamamos para que, precisamente, se puedan iniciar series causales en el mundo es el Estado, qué menos que aparte de constatar el posible secuestro de los Estados por las corporaciones, por qué no hablar del posible secuestro de los puestos de profesor por sus neurosis, pongo por caso, por usar un argumento que sabes que te estoy robando a ti [haciendo referencia a C. Fernández Liria], por qué no hablar del secuestro de los jueces por sus propias posibilidades internas de corrupción, que me parece que no es una cuestión meramente empírica, que también pertenece al plano de lo trascendental de los problemas. Planteemos, pues, qué pasa con el mal, ¿o es que no tiene nada que ver con las condiciones transcendentales de la posibilidad de lo que pasa?, ¿o es que se trata sólo de un vector empírico del que se puede prescindir?, ¿o es que en Platón no hay un problema del mal, entonces..., y en Kant, y en el materialismo... (¡espero! De eso yo ya...)? A lo que voy, a lo que voy, me parece que lo que plantea Montse es sencillamente una pregunta: ¿Es lo mismo lo estatal que lo público? Y no porque lo estatal no sea de iure -- aparte de que de facto pueda estar privatizado -- público, sino que para que se mantenga público, para que se conserve en su publicidad, ¿no necesita una instancia no estatal, y que a su vez sea, naturalmente, corregida por las instancias estatales en sus desvíos para que a su vez el propio Estado, las propias instituciones estatales, no se vuelvan, sencillamente, narcisistas, neuróticas y corrompidas?, ¿o cómo se libra el Estado de la corrupción?, podrás contestar, ‘mediante la inspección de servicios’, te contesto yo a mi vez: ‘me parece insuficiente’. Me parece insuficiente. Y otra cosa, entiendo que digas lo de los funcionarios, porque realmente una de las cosas que te permiten hablar con libertad es no ver amenazado tu puesto de trabajo..., pero quiero simplemente recordarte que en el fondo en el fondo estás ampliando lo que era un argumento -- ampliándolo a las condiciones actuales, quizá --, lo que era el argumento de los viejos liberales, sólo que los viejos liberales decían: ‘mira, la forma de que no te amenace nadie, de que puedas discutir con libertad en la asamblea, es tener propiedad’, es decir, lo que los griegos y los antiguos liberales, a los que pertenecía Kant, defendieron siempre, contra el sufragio universal era el sufragio censatario, es decir, que solamente votaran los que realmente no podían ser coaccionados, y esos eran los señores propietarios, es decir, ya, puestos a reivindicar que todo el mundo sea funcionario, prefiero reivindicar, en la línea quizá del distribucionismo de Chesterton, que os parecerá una extravagancia, que todo el mundo sea propietario, sencillamente. No hace falta ser funcionario, con que todo el mundo tenga un pedazo de tierra, y un suelo suyo, ¡que le amenacen con que podrá perder su trabajo! Pues podrá cultivar su tierra. A lo que voy es a que, a fin de cuentas, lo que estás hipertrofiando --y no porque no tengas razón, sino porque habría que ver el sistema de condiciones completo-- es cuáles son las condiciones previas a partir de las cuales puedes definir la ciudadanía, condiciones prepolíticas de que exista la política, y en este sentido está claro que entre muertos de hambre no puede haber política, pero no porque esté bien que haya muertos de hambre y que no tengan política, sino porque es una enorme injusticia que haya muertos de hambre; pero entonces la solución no es hacerles funcionarios, la solución es propiedad, para todos. En este sentido, una propuesta de definición de lo público: lo público se debe defender, a mi juicio, desde dos vectores: [primero] desde el punto de vista de la propiedad, como lo que es propiedad común, o sea, público es aquello cuya propiedad es común. En este sentido, si esta Facultad está pagada por todos, ¿qué es eso de que los estudiantes se van al jardín o a no sé qué espacios llamados [por ellos los] ‘verdaderamente’ públicos de asambleas, etc., y no están donde estáis ahora, en el Paraninfo, pero también en la Junta de Facultad, pero también en los Departamentos y aprovechando todas las posibilidades de aquello que, a fin de cuentas, es propiedad de todos, propiedad común, como el edificio de la Facultad y como en general todo lo que es de propiedad estatal, que se dice, desde los ordenadores hasta todo? O sea, llamaría ‘público’, en este contexto -- pero es una primera aproximación a la cuestión -- a lo que, para empezar, es propiedad común, como eran las tierras comunales de los Ayuntamientos, y como a los efectos lo fueron en su momento las tierras de la Iglesia, porque hicieron en ciertos momentos de la historia un papel análogo; pero a lo que voy, sería público, en principio, lo que es patrimonio común. Pero además [segundo vector] sería público, desde el punto de vista del modo de pensar, aquello que tiene que ver con fines que es un deber proponerse, es decir, con lo que necesariamente interesa a todos. Porque hay fines que uno se puede proponer y otro no, que está en la mano de cada uno [el decidir si son o no sus fines], hay fines arbitrarios [y contingentes], pero hay fines que es que es un deber proponérselos; estoy apelando al concepto kantiano de ‘fines que son deberes’, y, por ejemplo, una constitución civil republicana es un fin que es un deber. Y todos aquellos, aquel conjunto de fines que es un deber tener, que no se puede no tener, y que Kant agrupa en el concepto mundano de ‘filosofía’, esos, digamos que son el conjunto de materias de las que se debe ocupar aquello para lo cual hay propiedades comunes y públicas, y de las cuales se deben ocupar los juristas, los científicos, etc., etc., [pero, ante todo, los hombres en tanto que ciudadanos, en tanto que destinados a la vida de la Ciudad]. Mi intervención..., siento, insisto, en que no esté Juan Manuel, porque, en parte, era una respuesta a Juan Manuel también.

C. Fernández Liria -- Así que me toca a mí. Bueno, yo también siento que no esté Juan Manuel, porque quería responder un poquito, aunque solamente sea decir que en lo único que no estoy de acuerdo es en que yo hubiera pretendido exagerar retóricamente, que va, no, no, no. Yo no intentaba exagerar, lo que he dicho era exactamente lo que quería decir. No, no, no era un truco retórico. Yo no quería ser exagerado retóricamente. O sea, yo he defendido un abismo entre sociedad y Universidad no porque esté en contra de que la Universidad rinda cuentas a la sociedad, sino porque lo que digo es que la única cuenta que la Universidad puede rendir a la sociedad es precisamente conservar ese abismo muy bien guardadito, o sea, que el mejor servicio que la Universidad, exactamente igual que el poder judicial, puede rendir a la sociedad es, precisamente, preservarse de ella, ¿no?, preservarse de ella, y eso no es nada exagerado. O sea, yo defiendo el friso de la Academia de Platón, vamos.

Primera intervención -- [...] ...otra posibilidad sería apoyar movimientos, apoyar movimientos, apoyar espontaneidades, ya que hemos salvaguardado aquella instancia desde la que podemos apoyar determinadas espontaneidades frente a otras, ya que hemos salvaguardado aquella instancia desde la que podemos decir que determinados movimientos se adecuan más a lo que deber ser la realidad que a lo que la propia realidad es, ¿no? Entonces, claro, tenemos o revoluciones de santos o apoyar estos movimientos y espontaneidades que supongan, en un sentido claro, este progreso del que hemos hablado antes. [...] ...vamos a exigir que los movimientos que se introduzcan en la Academia --sin dejar de ser movimientos, probablemente no acciones--, sean, por ejemplo, movimientos antiglobalización y no sean los movimientos..., como la noticia que aparece hoy en ‘El Mundo’, de que este año han salido el 200% más de plazas convocadas que el curso académico anterior y se han convocado 8026 plazas de aquí al final de curso para eludir los tribunales de habilitación. Quiero decir, es que, de hecho, estamos con un montón de movimientos. Las posibilidades son: metamos otros movimientos que supongan un progreso en el sentido en que lo hemos definido antes. Y yo creo que un ejemplo muy claro de esto lo tendríamos en el movimiento obrero. Quiero decir, en el movimiento obrero no podemos prescindir en ningún caso de que fuese un movimiento, vamos, sería de una ingenuidad política... Yo no sé a qué tipo de conocimiento estaríamos apelando para pedirle al conocimiento obrero que dejase de ser movimiento. Y si el movimiento obrero ha tenido verdadera potencia es porque ha habido una masa de población en la que, por algún motivo, han coincidido un montón de inclinaciones en una masa suficientemente significativa de la población, inclinaciones por aquello que desde la Academia o desde los tribunales debería llamarse inequívocamente progreso. Respecto a lo que comentaba María José, acerca de la tierra..., pues, vamos a ver, yo creo que podría estar incluso de acuerdo con el principio que estás defendiendo, desde el que estás diciendo eso; pero es que también podría ocurrir que, si podemos distinguir, así a grosso modo como tres factores de producción, de los cuales dos serían ‘tierra’, serían ‘capital’, vamos a decir, serían ‘tierra’ y serían ‘maquinaria’, no vale apelar sólo a un pedazo de tierra, es que a lo mejor tienes que apelar también a maquinaria, y a lo mejor puede ocurrir que la maquinaria no se deja parcelar con la facilidad con que se deja parcelar la tierra. Quiero decir, un tornillo de una cadena de montaje no te sirve para absolutamente nada, a lo mejor éste mismo proyecto político que tú estás defendiendo, de verdadera autonomía..., la verdadera autonomía pasa por la propiedad..., a lo mejor pasa por algo así como ‘propiedad estatal’, y esto sería un discusión enorme, vamos, esto sería una discusión infinita, probablemente, pero pasaría por algo así como ‘propiedad estatal de los medios de producción’, de tal forma que a cada individuo le correspondiese una parte de esa propiedad de los medios de producción, ¿qué parte?, cualquiera, dado que no se deja parcelar en partes y distribuirlas, que le correspondiera una parte de esos medios de producción y le correspondiera de tal forma que no se le pudiera, en ningún caso, arrebatar. Eso a lo mejor es un funcionario, ¿no? Quiero decir, es un funcionario no ocupando periódicos o no ocupando puestos en la Academia, pero sí ocupando un papel de funcionario o algo parecido en una economía estatalizada; es que a lo mejor una economía estatalizada, de tal forma que esté algo así como asegurada tu participación en todo este mecanismo, sería una cosa mucho más parecida que pedir que a cada uno se le dé un trozo de tierra.

María José Callejo -- [Por alusiones. Mi intervención ha pretendido subrayar la existencia de] ...el sistema de las condiciones prepolíticas de la política [que no debe confundirse con la política misma], y lo único que he dicho es que hay que hacer el sistema completo. He puesto el ejemplo de la propiedad, pero no he hecho el sistema; lo que he dicho es que hay condiciones prepolíticas de la política. La misma técnica, el desarrollo tecnológico es una condición prepolítica de la política, pero no es la política, y lo que digo -- que eso no lo he dicho antes, pero lo añado ahora -- es que, de todos modos, no nos vayamos a emocionar tanto haciendo el sistema de las condiciones prepolíticas de la política, que sustituyamos la política por las condiciones prepolíticas de la política. Eso no lo he dicho en la intervención de antes, pero lo digo ahora aprovechando -- y esto ya no era por alusiones. O sea, digo que hay que hacer el sistema completo, que podemos discutir largamente eso que has dicho de la maquinaria y si eso nos convertiría a todos en funcionarios virtuales, aunque no fuésemos profesores de Universidad o jueces; pero por esa garantía..., o sea, podríamos discutirlo. Pero en todo caso pido dos cosas: uno, que se hiciera el sistema de las condiciones prepolíticas de la política -- y que, de todas formas, la emoción ante semejante hallazgo (que por cierto tampoco está inventado, quiero decir, que tampoco hay que inventarlo ahora [ya lo han hecho] ...algunos autores de la tradición clásica, entre los cuales está el que planea sobre tu discurso o el que sustenta una parte de tu discurso) -- ...digo que, aparte de eso, [dos] aparte de hacer el sistema de condiciones, lo que no vale tampoco es que nos emocionemos tanto ante él que lo confundamos con la política misma, sería como confundir la construcción de la muralla de la ciudad con la vida en la ciudad, ¿verdad? (por aludir también yo a otra autora que sujeta mi discurso), o confundir a las leyes con la aplicación de las leyes; porque una cosa es fabricar las leyes -- como fabricar la muralla -- y otra cosa es vivir la vida de un ciudadano dentro de la ciudad, es decir, vivir la vida, no micrológicamente, no microlegalmente, [sino como] ...un ciudadano libre. Por tanto, las dos cosas.

M. Galcerán -- Voy a ir un poco rápido porque me parece que estamos monopolizando el debate, y tampoco sé si se trata de eso. Yo intentaría definir lo público como aquel espacio al cual no se puede prohibir el acceso ni se puede expulsar a ningún miembro de la ciudadanía. Es decir, aquel espacio que en principio es accesible y del cual no se puede expulsar a ningún ciudadano. Obviamente, si lo definimos así, retrotraemos el problema, y yo me imagino que inmediatamente se le planteará a cualquiera: ‘bueno, ¿y quién es ciudadano y quién no es ciudadano?’ Entonces, ¿qué pasa pues con los inmigrantes, etcétera, etcétera? Es decir, llevamos el problema a otro lado, pero en cualquier caso, a mí me parece que eso pone un determinado umbral en la discusión, es decir, si un espacio es público no se puede excluir a nadie ni por sexo ni por religión ni por discriminación económica, etc., etc., y eso me parece que son elementos que sustentan el discurso de lo público, y por tanto, lo público sería, no tanto "aquello que pertenece a todos" --a mí no me gustaría definirlo en términos de propiedad-- cuanto, definido en términos de acceso y de uso, "aquello que puede ser usado por cualquiera" y del cual no se puede excluir a fulano o mengano porque resulta que no tiene las credenciales necesarias. Ahora bien, vamos a otro problema. Para poder defender ese derecho de uso, y por tanto de apropiación, se supone que los estudiantes tienen derecho a usar las instalaciones universitarias, a usar los libros, a usar a los profesores --en la medida en que nos dejemos-- , etc., etc., porque por eso es una Universidad pública. Ese derecho debe ser defendido de alguna manera, o debe ser garantizado de alguna manera, y, evidentemente, ahí es donde puedo ver cierta vinculación con la legislación y con el Estado, y es donde, evidentemente, el poder rápidamente introduce el problema: ‘la biblioteca es pública, pero sin embargo, para poderla usar tiene que estar usted matriculado’. Mientras que una legislación, digamos, de otra manera, podría decir: ‘puede ser accesible absolutamente a todos los ciudadanos, a todo el mundo’. Por tanto, es ahí donde se introduce ese matiz. Y yo diría que, en el sentido en el que he dicho antes, si a su vez la Universidad pública genera conocimiento, y ese conocimiento es un conocimiento de gran valor, ¿qué es lo que ocurre?, que las grandes corporaciones que ven ahí negocio subsumen a la Universidad pública dentro de sus propios planes de financiación, apropiación, etc. Por tanto, me parece que defender la Universidad pública quiere decir defender el uso y la apropiación y la defensa de ese espacio frente a intereses económicos que están interviniendo en la sociedad, y que tienen un poder tan fuerte que pueden apropiársela, que pueden, digamos, secuestrarla. ¿Cómo se hace eso? Evidentemente como mínimo se me ocurren tres formas de hacerlo: una por vía legislativa, pero evidentemente la legislación está, del mismo modo que cualquier poder del Estado, en peligro de poder ser o no ser subsumida, a su vez, por estos grandes intereses que hemos dicho antes; otra por la activación de los propios ciudadanos, que de alguna manera tienen interés en usar y en apropiarse de ese espacio, y ahí esos ciudadanos pasan por todo ese tipo de movimientos, entre otros, por movimientos estudiantiles, por movimientos de usuarios, por movimientos de no sé qué tipo, y defienden su apropiación y su uso de esos espacios públicos ya o de su posible uso público en un futuro --defender la Universidad pública, para muchos ciudadanos, supone defender la posibilidad de que sus hijos puedan acceder a una carrera universitaria, porque no van a poder pagar a una privada o porque están en contra ideológicamente de las privadas que hay, y por tanto es la única posibilidad que pueden tener de defender ese futuro uso para su propia gente. Por tanto, estos movimientos defienden ese espacio; y tercera --y posiblemente hay más, pero son las que se me ocurren en este momento como más importantes--, una democratización de los espacios públicos, ¿por qué?, porque eso significa mayor presencia de esos presumibles usuarios o apropiadores de ese espacio. En cambio, a mí me parece que si se restringe el poder de los que detentan, de los que gestionan ese espacio, de alguna manera se mejora, porque claro, ¿qué pasaría si los autobuses fueran solamente sujetos, estuvieran solamente sujetos al poder de los que conducen y de los que están en las estaciones?, pues evidentemente es muy posible que se les olvidaran determinados derechos, que sin embargo a los usuarios nos interesan muchísimo. Obviamente, la Universidad no son los autobuses, pero podemos, si queréis, extrapolar un tanto. ¿Qué pasa cuando la Universidad está solamente bajo el poder de los docentes y administrativos? Pues que realmente hacemos de nuestra capa un sayo, y eso lo sabemos todos, vamos. Y frente a esa especie de apelación a la santidad de nuestro Decano, pues, la verdad, yo prefiero un cierto control por parte de aquél que está justamente conmigo usando ese servicio, ¿por qué?, porque los profesores necesariamente tenderemos a defender nuestros intereses por encima de los intereses de los estudiantes, y además, los convenceremos de que es en interés de nuestro saber. Por tanto, a mí me parece que, de alguna manera, legislación, activación y democratización, son tres correctivos, justamente, o tres elementos necesarios para que los espacios públicos puedan mantenerse como tales, y puedan, por tanto, defenderse frente a la apropiación privada de esos espacios por parte del gran capital y de las grandes corporaciones.

[pág. sig.]


[*] Montserrat Galcerán y Carlos Fernández Liria son profesores de la Facultad de Filosofía de la UCM

 
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