La
muerte de Dios, que es un hecho histórico consumado fruto de un largo
proceso de laicización, puede engendrar un movimiento ambiguo: por una
parte, es la condición del nacimiento del superhombre pero, por otra
parte, es también la condición de la aparición del último hombre. Este
último, es ese «pulgón inextinguible» que es el más duradero y el más
despreciable, aquél que se contenta con un mero pragmatismo,
cientifismo o tecnocracia; el que ha sustituido a Dios por su
comodidad, el que ya no es capaz de despreciarse a sí mismo y cree que
ha inventado la dicha; un hombre cuya vida, sin Dios, carece de
sentido, y que representa la ruina de la civilización y es la
culminación de la decadencia.
Cuando
Zaratustra hubo dicho estas palabras contempló de nuevo el pueblo y
calló: «Ahí están», dijo a su corazón, «y se ríen: no me entienden, no
soy yo la boca para estos oídos.
¿Habrá
que romperles antes los oídos, para que aprendan a oír con los ojos?
¿Habrá que atronar igual que timbales y que predicadores de penitencia?
¿O acaso creen tan sólo al que balbucea?
Tienen
algo de lo que están orgullosos. ¿Cómo llaman a eso que los llena de
orgullo? Cultura lo llaman, es lo que los distingue de los cabreros.
Por esto no les gusta oír, referida a ellos, la palabra 'desprecio'. Voy a hablar, pues, a su orgullo.
Voy a hablarles de lo más despreciable: el último hombre».
Y Zaratustra habló así al pueblo:
Es tiempo de que el hombre fije su propia meta. Es tiempo de que el hombre plante la semilla de su más alta esperanza.
Todavía
es bastante fértil su terreno para ello. Mas algún día ese terreno será
pobre y manso, y de él no podrá ya brotar ningún árbol elevado.
¡Ay!
¡Llega el tiempo en que el hombre dejara de lanzar la flecha de su
anhelo más allá del hombre, y en que la cuerda de su arco no sabrá ya
vibrar!
Yo
os digo: es preciso tener todavía caos dentro de sí para poder dar a
luz una estrella danzarina. Yo os digo: vosotros tenéis todavía caos
dentro de vosotros.
¡Ay!
Llega el tiempo en que el hombre no dará ya a luz ninguna estrella.
¡Ay! Llega el tiempo del hombre más despreciable, el incapaz ya de
despreciarse a si mismo.
¡Mirad! Yo os muestro el último hombre.
"¿Qué es amor? ¿Qué es creación? ¿Qué es anhelo? ¿Qué es estrella? -así pregunta el último hombre, y parpadea.
La
tierra se ha vuelto pequeña entonces, y sobre ella da saltos el último
hombre, que todo lo empequeñece. Su estirpe es indestructible, como el
pulgón; el último hombre es el que más tiempo vive.
"Nosotros hemos inventado la felicidad" -dicen los últimos hombres, y parpadean.
Han
abandonado las comarcas donde era duro vivir: pues la gente necesita
calor. La gente ama incluso al vecino, y se restriega contra él: pues
necesita calor.
Enfermar
y desconfiar considéranlo pecaminoso: la gente camina con cuidado. ¡Un
tonto es quien sigue tropezando con piedras o con hombres!
Un poco de veneno de vez en cuando: eso produce sueños agradables. Y mucho veneno al final, para tener un morir agradable.
La gente continúa trabajando, pues el trabajo es un entretenimiento. Mas procura que el entretenimiento no canse.
La
gente ya no se hace ni pobre ni rica: ambas cosas son demasiado
molestas. ¿Quién quiere aún gobernar? ¿Quién aún obedecer? Ambas cosas
son demasiado molestas.
¡Ningún
pastor y un solo rebaño! Todos quieren lo mismo, todos son iguales:
quien tiene sentimientos distintos marcha voluntariamente al manicomio.
"En otro tiempo todo el mundo desvariaba" -dicen los más sutiles, y parpadean.
Hoy
la gente es inteligente y sabe todo lo que ha ocurrido: así no acaba
nunca de burlarse. La gente continúa discutiendo, mas pronto se
reconcilia -de lo contrario, ello estropea el estómago.
La gente tiene su pequeño placer para el día y su pequeño placer para la noche: pero honra la salud.
"Nosotros hemos inventado la felicidad" -dicen los últimos hombres, y parpadean».
Y
aquí acabó el primer discurso de Zaratustra, llamado también «el
prólogo»: pues en este punto el griterío y el regocijo de la multitud
lo interrumpieron. « ¡Danos ese último hombre, Zaratustra, -gritaban-
haz de nosotros esos últimos hombres! ¡El superhombre te lo regalamos!»
Y todo el pueblo daba gritos de júbilo y chasqueaba la lengua. Pero
Zaratustra se entristeció y dijo a su corazón:
No me entienden: no soy yo la boca para estos oídos. [...]
Y ahora me miran y se ríen: y mientras ríen, continúan odiándome. Hay hielo en su reír.
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Así habló Zaratustra, Alianza, Madrid 1981, 9ª ed., p. 39-40.
Asumir la muerte de Dios implica saber que se está sin brújula, sin
valores. Esto es el nihilismo que, en su aspecto negativo, es el
movimiento histórico propio de la cultura occidental en cuanto
cumplimiento de la esencia de la metafísica, que había puesto lo
verdaderamente ente como un más allá y, por tanto, conduce a una
aniquilación de los valores vitales. Pero, por otra parte, en la medida
en que se muestra que no hay realmente valores fundados fuera de la
vida, el nihilismo es positivo, pues sólo en ausencia de todo valor se
hace patente la necesidad de distanciarse de los antiguos valores y
acometer su transvaloración. El reconocimiento pleno de la ausencia de
sentido es la condición para que pueda surgir un sentido, para que
pueda surgir la presencia del devenir que no ha de justificarse fuera
de sí. Esta es la base que permite la aparición del superhombre: un
dios terrenal capaz de recuperar los predicados divinos para el hombre.
El superhombre es el que asume con todas sus consecuencias la muerte de
Dios y no lo sustituye por otros valores (la ciencia, el Estado, la
comunidad, la técnica, etc.), sino que asume plenamente la vida. En
este sentido, es propiamente el más fuerte, el más noble, el señor, el
legislador, el auténtico filósofo, en cuanto que no precisa de unos
falsos valores; es el que supera la prueba del eterno retorno. Es el
creador de «otro sentido», no meramente el inversor del sentido de lo
decadente, sino creador de nuevos valores, razón por la que aparece
como un demente para los últimos hombres. El superhombre es el capaz de
superar y transvalorar los valores reactivos y contrarios a la vida que
han caracterizado la historia de la cultura de occidente. No se trata,
pues, de un hombre biológica o racialmente superior, sino que el
superhombre, que es «el sentido de la tierra», es el más real de los
hombres, el que se opone al «último hombre», es decir, el que se opone
al hombre caracterizado por el resentimiento contra la vida. En la
medida en que «el hombre es una cuerda tendida entre la bestia y el
superhombre», este último es solamente anunciado, ya que actualmente
vivimos la etapa del último hombre. El proceso de generación del
superhombre es el que expone Nietzsche en la metáfora de las tres
transformaciones: el camello, que toma sobre sí la pesada carga de la
moral invertida, se transforma en león, que critica la moral del
deber-ser, para transformarse a su vez en un niño, creador espontáneo
de su propio juego.
Tres transformaciones del
espíritu os menciono: cómo el espíritu se convierte en camello, y el
camello en león, y el león, por fin, en niño.
Hay
muchas cosas pesadas para el espíritu, para el espíritu fuerte,
paciente, en el que habita la veneración: su fortaleza demanda cosas
pesadas, e incluso las más pesadas de todas.
¿Qué es pesado? así pregunta el espíritu paciente, y se arrodilla, igual que el camello, y quiere que se le cargue bien.
¿Qué es lo más pesado, héroes? así pregunta el espíritu paciente, para que yo cargue con ello y mi fortaleza se regocije.
¿Acaso
no es: humillarse para hacer daño a la propia soberbia? ¿Hacer brillar
la propia tontería para burlarse de la propia sabiduría?
¿O acaso es: apartarnos de nuestra causa cuando ella celebra su victoria? ¿Subir a altas montañas para tentar al tentador ?
¿O acaso es: alimentares de las bellotas y de la hierba del conocimiento y sufrir hambre en el alma por amor a la verdad?
¿O acaso es: estar enfermo y enviar a paseo a los consoladores, y hacer amistad con sordos, que nunca oyen lo que tú quieres?
¿O
acaso es: sumergirse en agua sucia cuando ella es el agua de la verdad,
y no apartar de si las frías ranas y los calientes sapos?
¿O acaso es: amar a quienes nos desprecian y tender la mano al fantasma cuando quiere causarnos miedo?
Con
todas estas cosas, las más pesadas de todas, carga el espíritu
paciente: semejante al camello que corre al desierto con su carga, así
corre él a su desierto.
Pero
en lo más solitario del desierto tiene lugar la segunda transformación:
en león se transforma aquí el espíritu, quiere conquistar su libertad
como se conquista una presa, y ser señor en su propio desierto.
Aquí
busca a su último señor: quiere convertirse en enemigo de él y de su
último dios, con el gran dragón quiere pelear para conseguir la
victoria.
¿Quién
es el gran dragón, al que el espíritu no quiere seguir llamando señor
ni dios? «Tú debes» se llama el gran dragón. Pero el espíritu del león
dice «yo quiero».
«Tú
debes» le cierra el paso, brilla como el oro, es un animal escamoso, y
en cada una de sus escamas brilla áureamente el « ¡Tú debes! ».
Valores
milenarios brillan en esas escamas, y el más poderoso de todos los
dragones habla así: «todos los valores de las cosas -brillan en mí».
«Todos
los valores han sido ya creados, y yo soy -todos los valores creados.
¡En verdad, no debe seguir habiendo ningún 'Yo quiero!'». Así habla el
dragón.
Hermanos
míos, ¿para qué se precisa que haya el león en el espíritu? ¿Por qué no
basta la bestia de carga, que renuncia a todo y es respetuosa?
Crear
valores nuevos -tampoco el león es aún capaz de hacerlo: mas crearse
libertad para un nuevo crear- eso si es capaz de hacerlo el poder del
león.
Crearse libertad y un no santo incluso frente al deber: para ello, hermanos míos, es preciso el león.
Tomarse
el derecho de nuevos valores -ése es el tomar más horrible para un
espíritu paciente y respetuoso. En verdad, eso es para él robar, y cosa
propia de un animal de rapiña.
En
otro tiempo el espíritu amó el «tú debes» como su cosa más santa: ahora
tiene que encontrar ilusión y capricho incluso en lo más santo, de modo
que robe el quedar libre de su amor: para ese robo se precisa el león.
Pero
decidme, hermanos míos, ¿qué es capaz de hacer el niño que ni siquiera
el león ha podido hacerlo? ¿Por qué el león rapaz tiene que convertirse
todavía en niño?
Inocencia
es el niño, y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que se
mueve por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí.
Sí,
hermanos míos, para el juego del crear se precisa un santo decir si: el
espíritu quiere ahora su voluntad, el retirado del mundo conquista
ahora su mundo.
Tres
transformaciones del espíritu os he mencionado: cómo el espíritu se
convirtió en camello, y el camello en león, y el león, por fin, en niño.
Así habló Zaratustra. Y entonces residía en la ciudad que es llamada: La Vaca Multicolor.
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Así habló Zaratustra, Alianza, Madrid 1981, 9ª ed., p. 49-51.
Los nuevos valores no son conmensurables con los establecidos ni con ningún criterio externo a ellos mismos, pues ellos son precisamente la nueva norma.
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