2.1 El racionalismo (siglo XVII)
2.2 El empirismo (siglos
XVII-XVIII)
A pesar
de que pueda recibir distintas acepciones y aplicarse en esferas distintas, el
término «racionalismo» –como categoría historiográfica– se utiliza para
designar específicamente la corriente filosófica del siglo XVII inaugurada por
Descartes, y a la cual pertenecen también los filósofos Spinoza, Leibniz y
Malebranche. La corriente racionalista se caracteriza por adoptar las
posiciones filosóficas que exponemos a continuación.
De modo
general, ha de destacarse que el racionalismo toma las matemáticas como modelo
de saber, como paradigma de conocimiento riguroso (recuérdese que Descartes y
Leibniz fueron matemáticos notables). Con esta aceptación del modelo matemático
están estrechamente relacionados tres rasgos peculiares de la filosofía
racionalista:
1) Su
ideal de ciencia deductiva; es
decir, la convicción de que es posible deducir el sistema de nuestro
conocimiento acerca del mundo a partir de ciertas ideas y principios evidentes
y primitivos.
2) Su
convicción de que el ámbito del
pensamiento se corresponde con el ámbito de la realidad. Spinoza expresará
esta convicción afirmando que «el orden y la conexión de las ideas es el mismo
que el orden y la conexión de las cosas».
3) Su
convicción de que los ámbitos del
conocimiento y de la realidad son necesarios. En efecto, los razonamientos
matemáticos se desarrollan como una cadena, en la cual todo es como tiene que
ser y no puede ser de otro modo. Y puesto que el orden (matemático) de la razón
expresa el orden de lo real, también este último está presidido por la
necesidad.
El
universo se asienta, pues, en un orden necesario que puede ser conocido y
expuesto deductivamente. Esta afirmación de la «necesidad racional» planteó
dificultades a los filósofos racionalistas en relación con la libertad y con la
contingencia. Spinoza se manifiesta claramente sobre ello, como muestra el
texto siguiente:
«Aun cuando
con esto he demostrado, más claramente que la luz del mediodía, que en las cosas no hay absolutamente nada que
permita llamarlas contingentes, quiero ahora explicar en pocas palabras qué
debemos entender por “contingente”; pero antes, qué hemos de entender por
“necesario” y por “imposible”.
Se llama necesaria a una cosa, ya en razón de su
esencia, ya en razón de su existencia. En efecto, la existencia de una cosa
cualquiera se sigue necesariamente, o bien de su esencia y definición, o bien
de una causa eficiente dada. Atendiendo a las mismas razones se llama también imposible a una cosa, a saber: o porque
su esencia o definición encierra una contradicción, o porque no se da ninguna
causa externa determinada a producir tal cosa.
Ahora bien, una cosa cualquiera no se llama contingente
por otra razón que por nuestra falta de conocimiento. En efecto, una cosa
de cuya esencia no sabemos si encierra contradicción, o bien sabemos que no
encierra contradicción alguna, pero no podemos afirmar nada cierto de su
existencia, porque desconocemos el orden
de las causas, una cosa tal no puede aparecernos nunca ni como necesaria,
ni como imposible: por eso la llamamos contingente o posible».
Spinoza, B.:
Etica, I. Proposición XXXIII, escolio
I.
Admitida
la posibilidad de construir deductivamente el sistema entero del conocimiento a
partir de ciertas ideas y principios primitivos, el problema básico consistirá
en determinar de dónde provienen (y cómo es posible formular) tales ideas y
principios. Ante esta cuestión, no caben más que dos posibles respuestas:
1) Los
principios, las ideas y las definiciones que están en la base de las
proposiciones científicas provienen de la experiencia sensible; su origen se
halla en la información que nos proporcionan los sentidos.
2) Esos
principios o ideas básicas no proceden de la experiencia sensible, sino que el
entendimiento los posee en sí mismo y por sí mismo.
Esta
última es la respuesta del racionalismo: los elementos últimos del conocimiento
científico, las ideas claras y precisas que han de constituir el punto de
partida, no proceden de la experiencia, sino del entendimiento, que las posee
en sí mismo. Esta explicación del origen de las ideas se denomina innatismo, ya que sostiene que hay
ideas innatas, connaturales al entendimiento, que no son generalizaciones a
partir de la experiencia sensible.
Una
pieza clave, en fin, de la filosofía racionalista es la noción de sustancia.
Esta noción se basa, en último término, en la convicción anteriormente
mencionada de que el orden del pensamiento y el orden de la realidad se
encuentran en perfecta correspondencia; por tanto, aquello que pueda concebirse
por sí mismo, sin necesidad de recurrir a la idea de cualquier otra cosa, existirá por sí mismo, con
independencia de cualquier cosa.
Descartes
definió la sustancia como «aquello que existe de tal modo que no necesita de
ninguna otra cosa para existir», y distinguió tres tipos de sustancia: infinita
(Dios), pensante (alma) y extensa (cuerpo, materia).
Desarrollando
a su modo la noción cartesiana de sustancia, Spinoza afirmó que solamente
existe una sustancia, Dios, con lo que adoptó una filosofía panteísta: en
efecto, solamente la sustancia infinita puede existir por sí misma y ser
conocida por sí misma.
Leibniz,
por su parte, al poner la esencia de la sustancia en la actividad, afirmó la
existencia de infinitas sustancias (a las que denominó «mónadas»).
El
empirismo, filosofía característicamente inglesa, es una reacción contra el
racionalismo. Los filósofos empiristas más significativos son Locke y Hume.
El
empirismo se caracteriza por su rechazo
radical del innatismo. Según los empiristas, no existen ideas ni principios
innatos al entendimiento. Con anterioridad a la experiencia, nuestro
entendimiento es como una página en blanco en la que nada hay escrito. Podemos,
pues, definir el empirismo como la teoría que niega la existencia de
conocimientos innatos y afirma que todo nuestro conocimiento procede de la
experiencia.
De esta
tesis deduce la limitación de nuestro conocimiento: puesto que procede de la
experiencia, nuestro conocimiento no puede ir más allá de la experiencia. Esta
limitación es doble, por lo demás: en cuanto a su extensión (el entendimiento
no puede ir más allá de lo que permita conocer nuestra experiencia) y en cuanto
a su certeza (solo podemos estar ciertos acerca de lo que se encuentra dentro
de los límites de la experiencia).
Puesto
que todas nuestras ideas –hasta las más complejas y abstractas– proceden de la
experiencia, un asunto filosófico primordial para el empirismo será el estudio
de su génesis; es decir, cómo nuestras
ideas se originan a partir de la experiencia.
El
método al que recurrieron para ello los filósofos empiristas es analítico:
consiste en tomar nuestras ideas más complejas y descomponerlas, hasta
encontrar las ideas simples de que proceden para, a su vez, tomar las ideas
simples y estudiar cómo se combinan y asocian formando ideas complejas. Se trata,
en definitiva, de estudiar los mecanismos
psicológicos de asociación y combinación de las ideas.
Como
puede apreciarse ya por su planteamiento, el análisis que hacen los empiristas
es de tipo psicológico. Este modo empirista de plantear el problema del
conocimiento suele denominarse psicologismo. Por psicologismo se entiende
aquella doctrina según la cual el valor de los conocimientos depende de su
génesis, estudiada desde el punto de vista de los procesos psíquicos de la
mente humana.
Recurriendo
a la experiencia como criterio, el empirismo llevó a cabo una contundente crítica de las doctrinas metafísicas;
particularmente, de las racionalistas. La crítica a la metafísica se radicalizó
en Hume, hasta llegar a una posición escéptica: solamente conocemos nuestras
propias percepciones; nuestro conocimiento no puede ir más allá de lo dado por
los sentidos.
![]() Lic.CC.2.5 ![]() |