El
absolutismo político generó su propio pensamiento político (o, si se prefiere,
su propia ideología) expresado en la teoría de la monarquía absoluta de derecho divino. De acuerdo con esta doctrina,
el poder del monarca procede directamente de Dios (origen divino del poder
real). La conclusión de esta tesis era, obviamente, que el poder real es
absoluto e ilimitado, y que el monarca responde de su gobierno solamente ante
Dios, y no ante instancia humana alguna.
El
teórico más conocido de esta concepción fue el filósofo y teólogo católico
Bossuet (1627-1704), autor, entre otras obras, de una titulada Política extraída de las palabras mismas de
la Sagrada Escritura.
El
debate sobre el origen del poder se había producido ya con anterioridad, a
finales de la Edad Media y durante el período renacentista. Aparentemente no se
trata, por tanto, de algo nuevo. Sin embargo, el contexto sociopolítico de la
Edad Media tardía y del Renacimiento era muy distinto del correspondiente a la
Modernidad: entonces se trataba del enfrentamiento entre el papa y el
emperador, enfrentamiento que se mantuvo como conflicto entre los poderes del
papa y de los soberanos nacionales.
En el
siglo XVIII, la situación era, sin embargo, muy distinta: el poder absoluto del
monarca era cuestionado desde la propia sociedad, bajo la presión popular, y
particularmente por la burguesía y por los profesionales que veían en el
Antiguo Régimen un sistema injusto e inadecuado.
Desde
el punto de vista teórico, la crítica del absolutismo fue llevada a cabo por
los pensadores de la Ilustración. La
Ilustración constituye el movimiento cultural y filosófico más característico
del siglo XVIII.
Más
adelante nos ocuparemos ampliamente de ella y de los temas filosóficos que
desarrolló (véase el apartado dedicado a «La Ilustración», en el epígrafe
tercero de esta unidad). Sin embargo, conviene recordar ahora dos
circunstancias fundamentales desde el punto de vista sociopolítico:
1) La
Ilustración proclamaba y defendía un conjunto de valores y derechos
fundamentales, como la libertad económica y el derecho de propiedad; la
libertad de expresión; la igualdad política, y los derechos a una justicia
equitativa y a la educación.
2)
Estos derechos se correspondían con las demandas sociales y, muy
particularmente, con las demandas de la burguesía.
Las
ideas y la propaganda política de los ilustrados llegaron a prender en algunos monarcas
absolutos, que se propusieron gobernar de acuerdo con los principios de la
Ilustración. Como consecuencia de ello surgió el despotismo ilustrado.
Monarcas
ilustrados hubo en distintos países de Europa, desde Rusia y Suecia hasta
Portugal y España (Carlos III). Esta solución no dejaba, sin embargo, de ser
históricamente precaria e, incluso, contradictoria, como pone de manifiesto la
expresión misma de «despotismo ilustrado». En efecto, la idea de despotismo
contradice la idea de ilustración.
Antes y
entre tanto, en Inglaterra se había producido una importante transformación
política, gracias a las revoluciones de 1642 y 1688, cuyo resultado fue un
sistema parlamentario que comportaba el control de la acción del rey por el
Parlamento y la división de poderes. Este modelo político llegó a ser
considerado un sistema digno de ser imitado, particularmente por el modo en que
se separaban y se distribuían en él los distintos poderes del Estado.
La primera de las revoluciones tuvo lugar con la independencia de los Estados Unidos de América, en cuya declaración de independencia (1776) se recogen los principios del liberalismo político. Años más tarde, durante la última década del siglo XVIII, se produjo la Revolución Francesa, acontecimiento decisivo, ya que con ella se destruyó definitivamente el Antiguo Régimen, incorporándose programáticamente los principios políticos de la Ilustración.
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