La res extensa  y su determinación cartesiana

Para remitir todo conocimiento a la certeza, Descartes somete todo a la prueba de la duda, a lo que se ha llamado "la duda metódica uni­versal", que consiste en dejar fuera (en "considerar falso") todo aquello de lo que no sea absolutamente imposible dudar. Ya sabemos que lo pri­mero que sucumbe a la duda es lo empírico y sensible: lo empírico y sen­sible por ser tal, por lo tanto todo ello: de los sentidos sabemos que al menos pueden engañarnos; por lo tanto, de todo lo que nos dan pode­mos dudar. Quedan en pie las matemáticas; pero precisemos: ¿qué son (ahora en el sentido de: de qué tratan) las matemáticas?; Descartes pre­tende generalizar la noción, no atenerse a lo que la aritmética y la geo­metría contienen de hecho, sino desprender de ellas (y de todo lo que posea "matemática") aquel contenido esencial que precisamente sea el que hace posible ese carácter no empírico y por lo tanto la certeza; así pretende obtener la noción de una enseñanza universal, una mathesis universalis. Descartes dice que el tema de la matemática en sentido amplí­simo es el orden y la medida. El orden y la medida constituyen una ley a priori de la mente; todo lo presente a la mente aparece en el horizonte de orden y medida; por ello, en todo tiene que ser expresamente reco­nocible una medida (todo tiene que ser dimensión, medible) y expresa­mente reconocible un orden; "orden" en el "uno, y luego otro, y luego otro", como los puntos de una línea o la serie numérica (el "contar"); "medida" es el resultado del orden, o el orden visto como totalidad: que algo "mide" 3 quiere decir que contamos hasta tres: una unidad, luego otra, luego otra; las figuras geométricas "miden" (son medibles, tienen una medida) porque son ante todo órdenes de unidades, en último tér­mino de puntos: es la repetición del punto lo que constituye la línea, lue­go la superficie, etc. Y este orden (el orden en sí mismo) no es un orden de cosas, entendiendo ahora por "cosa" algo dotado de cualidades ca­racterísticas (en tal caso ya habría algo distinto del puro orden), sino un orden de unidades descualificadas, cada una de las cuales es absoluta­mente igual a la anterior; es el puro "uno y otro y otro..." absolutamen­te uniforme, la pura extensión.

Descartes concibe todo lo corpóreo como reductible a magnitud, y la magnitud como suma de unidades, como un "uno al lado de otro". Esto implica que para Descartes toda magnitud es adecuadamente re-presentable por la magnitud espacial, por la extensión; lo cual es lo mis­mo que decir que toda magnitud es reducible a extensión, porque dos tipos de realidad que pueden ser conocidos totalmente de la misma ma­nera no son dos tipos, sino uno.

Descartes establece la reductibilidad recíproca (por lo tanto la iden­tidad) de la extensión espacial y el número. Consideremos la recta tra­zada horizontalmente en la figura; tomado el punto O como "cero" y elegida una unidad, a todo número le corresponde un punto de la recta y sólo uno, y viceversa: a cada punto de la recta le corresponde un nú­mero y sólo un .

 

Sobre esta base, Descartes es el creador de una nueva geometría, cuyo principio es el siguiente: cada punto del plano está de­finido por dos cantidades: el punto P es (x1, y1, el punto Q es (x2, y2, etc.; una curva está definida por aquella ecuación que establece la rela­ción entre las cantidades x e y válida para cualquier punto de la curva en cuestión y no válida para ningún punto que no pertenezca a ella (es decir: una curva es la suma de todos los puntos que cumplen cierta con­dición). Una vez determinada la expresión en el nuevo sistema de cier­tos hechos geométricos fundamentales, se opera «algebraicamente» con las ecuaciones de las líneas en vez de hacerlo geométricamente sobre las líneas mismas. Así, en vez de diversos procedimientos de operar con esta o aquella curva definible de esta o aquella manera, se tiene un modo absolutamente general de determinar cualquier curva, independiente­mente de su mayor o menor complicación; cualquier problema de en­contrar un punto se convierte en el problema de encontrar las solucio­nes (x e y) de un sistema de ecuaciones; etc.

Con vistas a simplificar lo que más adelante diremos de Leibniz, y para no introducir la suposición de que el lector sabe matemáticas, digamos que:

A los valores x e y correspondientes a un punto se les llama respec­tivamente «abscisa» y «ordenada» de dicho punto; a la recta trazada horizontalmente en la figura 2 se le llama «eje de abscisas»; si represen­tamos los valores y sobre otra recta, perpendicular a la anterior por O, como en la figura 3, a esta segunda recta se le llama «eje de ordenadas»; a la abscisa y la ordenada de un punto se les llama «coordenadas (cartesianas)» de dicho punto. Toda ecuación que tenga la forma y = a .x + b (siendo a y b cantidades determinadas) corresponde a una recta; a a se le llama pendiente de la recta en cuestión, y es igual a la tangente trigonométrica del ángulo que dicha recta forma con el eje de abscisas.

 


Lo matemático, en el sentido en que lo ha definido Descartes, es lo claro y distinto, lo cierto. Es claro porque se nos aparece evidentemente, sin lugar a dudas, mientras que lo empírico se nos aparece de modo cam­biante y siempre sospechoso de error; es distinto porque eso que se nos aparece sin lugar a dudas está perfectamente definido; y ¿por qué está perfectamente definido?; precisamente porque el espíritu asiste a su de­finición, a su determinación, a su construcción; una línea es algo que se construye en la mente; lo matemático no sólo lo vemos como hecho, sino que se hace en la mente misma; en cambio, lo empírico sólo nos lo encontramos como hecho, no podemos construirlo, por lo tanto no ve­mos qué es. El ideal de la ciencia sería reducir todo a matemático: que la diferencia (ahora empírica, es decir: confusamente percibida) entre el rojo y el azul quedase reducida a algo del tipo de la diferencia que hay entre

sólo entonces la diferencia entre el rojo y el azul quedaría elevada al ni­vel de algo percibido clara y distintamente.

 
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Martínez Marzoa, Felipe Historia de la Filosofía, Madrid, Istmo, 1994.