Tomás de Aquino. Suma Teológica, Primera parte. Cuestión 2

Texto y comentario

Artículo 1

DIOS, ¿ES O NO ES EVIDENTE POR SÍ MISMO?

• La Suma Teológica está dividida en tres partes. En su estructura argumentativa sigue

el método común en la Edad Media consistente en dividir la exposición en artículos. En , cada uno de ellos se aportan argumentos diversos, unos a favor y otros en contra, rela­cionados con el tema que da título al artículo. El título se expresa siempre en forma interrogativa. Dentro de cada artículo se exponen, en primer lugar, las objeciones, es decir, los argumentos opuestos a la postura que defiende el autor. Los argumentos favo­rables a esta postura figuran a continuación, siendo encabezados por la expresión "En cambio ...". Viene luego la respuesta de Santo Tomás al tema del artículo, que comienza siempre con la expresión "Solución. Hay que decir ...". Esta puede considerarse como el núcleo central del artículo y en ella se expresa la doctrina del autor. La última parte la constituye la Respuesta a las objeciones presentadas antes. Aquí se consideran uno a uno los argumentos contrarios presentados al principio. No se trata, generalmente, de una negación absoluta de tales argumentos, sino, más bien, de un intento de delimitar la parte de verdad que puedan contener.

• La Metafísica, también llamada "Ciencia Primera" y "Filosofía Primera", consta de dos partes fundamentales: la Ontología, que estudia el ente en cuanto ente, y la Teología Na­tural, que estudia, desde la razón humana, a Dios como causa primera de todos los entes. En este último ámbito es en donde hay que situar el texto de Santo "Tomás y es en él, tam­bién, en donde su pensamiento resulta más original y profundo.

• El propósito de la Teología Natural es hacer comprensible a la razón humana aquello que ha sido conocido mediante la revelación divina y que el hombre acepta mediante la fe.

• La expresión "distinción de personas" hace referencia al dogma según el cual en Dios hay tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Así, pues, como quiera que el objetivo principal de esta doctrina sagrada es llevar al conocimiento de Dios, y no sólo como ser, sino también como principio y fin de las cosas, especialmente de las criaturas racionales según ha quedado demostrado (q.1. a.7), en nuestro intento de exponer dicha doctrina trataremos lo siguiente: primero, de Dios; segundo, de la marcha del hombre hacia Dios; tercero, de Cristo, el cual, como hombre, es el camino en nuestra marcha hacia Dios.

La reflexión sobre Dios abarca tres partes. En la primera trataremos lo que es propio v de la esencia divina; en la segunda, lo que pertenece a la distinción de personas; en la tercera, lo que se refiere a las criaturas en cuanto que proceden de Él.

Con respecto a la esencia divina, sin duda habrá que tratar lo siguiente: primero, la existencia de Dios; segundo, cómo es o, mejor, cómo no es; tercero, de su obrar, o sea, su ciencia, su voluntad, su poder.

Lo primero plantea y exige respuesta a tres problemas:

1. ¿Es o no es evidente Dios por sí mismo?

2. ¿Es o no es demostrable?

3. ¿Existe o no existe Dios?

• Los tres temas que acaba de enunciar Santo Tomás como objeto de su investigación van a ser estudiados a continuación y dan título a los tres artículos que siguen.

• El primer tema que se plantea es el de sí la existencia de Dios es evidente o no. La

tesis de Santo Tomás será la de que no es evidente, por lo que tendrá que plantearse luego si se podrá demostrar o no.

Las tres objeciones que se presentan y que serán, por tanto, favorables a la postura de que la existencia de Dios es evidente, son las siguientes.

1. La existencia de Dios es evidente y este conocimiento está en el hombre de una forma natural.

Se denomina principio a aquello de lo cual procede alguna cosa, sea de la forma que sea esa procedencia. Hay principios reales, como, por ejemplo, la causa de algún efecto, y principios lógicos, como es el caso de los antecedentes respecto de los consecuentes en un razonamiento. Dentro de estos principios lógicos hay unos, llamados primeros principios, que son verdades evidentes de suyo y que no se pueden demostrar. Ejemplo de ello es el principio de no contradicción.

San Juan Damasceno (de Damasco) [674-749] fue un teólogo y filósofo que se opuso a varias herejías, especialmente con su obra La fuente del conocimiento.

Objeciones por las que parece que Dios es evidente por sí mismo:

1. Se dice que son evidentes por sí mismas aquellas cosas cuyo conocimiento nos es connatural, por ejemplo, los primeros principios. Pero, como dice el Damasceno al ini­cio de su libro, el conocimiento de que Dios existe está impreso en todos por natura­leza. Por lo tanto, Dios es evidente por sí mismo.

• La segunda objeción dice que "Dios existe" es evidente por sí mismo. Y esto porque lo evidente es aquello que se comprende con sólo conocer sus términos. Si sabemos lo que quiere decir "Dios", esto es, si sabemos lo que quiere decir su definición, conoceremos que su existencia está contenida en esa definición.

• Por "término" se entiende cada uno de los miembros de una premisa dentro de un silo­gismo. Un término será, pues, el sujeto y otro, el predicado.

"El Filósofo" es uno de los apelativos que se usaron, sobre todo en la Edad Media, para referirse a Aristóteles. También se le designaba como "El primer maestro", "El príncipe de los filósofos" o "El maestro de los que saben ".

2. Más aún. Se dice que son evidentes por sí mismas aquellas cosas que, al decir su nombre, inmediatamente son identificadas. Esto, el Filósofo en / Poster lo atribuye a los primeros principios de demostración. Por ejemplo, una vez sabido lo que es todo y lo que es parte, inmediatamente se sabe que el todo es mayor que su parte. Por eso, una vez comprendido lo que significa este nombre, Dios, inmediatamente se con­cluye que Dios existe. Si con este nombre se da a entender lo más inmenso que se puede comprender, más inmenso es lo que se da en la realidad y en el entendimiento que lo que se da sólo en el entendimiento. Como quiera que, comprendido lo que significa este nombre, Dios, inmediatamente está en el entendimiento, habrá que con­cluir que también está en la realidad. Por lo tanto, Dios es evidente por sí mismo.

• A la evidencia de la existencia de Dios se llega también partiendo de la identificación que hace San Juan entre Dios y la verdad. Que la verdad existe se demuestra por reducción al absurdo.

3. Todavía más. Que existe la verdad es evidente por sí mismo, puesto que quien niega que la verdad existe está diciendo que la verdad existe; pues si la verdad no existe, es verdadero que la verdad existe. Pero para que algo sea verdadero, es necesario que exista la verdad. Dios es la misma verdad. Jn 14,6: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Por lo tanto, que Dios existe es evidente por sí mismo.

• La última objeción es de signo contrario a las anteriores. Por eso comienza diciendo "En cambio ...". En este caso se aduce, basándose de nuevo en Aristóteles, que no se puede concebir lo contrario de algo que se considera evidente. Si alguien ha llegado a pensar que Dios no existe, es que entonces no será ésta una verdad evidente.

En cambio, nadie puede pensar lo contrario de lo que es evidente por sí mismo, tal como consta en el Filósofo, IVMetaphys. y / Poster., cuando trata los primeros princi­pios de la demostración. Sin embargo, pensar lo contrario de que Dios existe, sí puede hacerse, según aquello del Sal 52,1: Dice el necio en su interior: Dios no existe. Por lo tanto, que Dios existe no es evidente por sí mismo.

• Se analizan ahora algunos elementos de esas objeciones, comenzando por la distinción entre diversos tipos de evidencia. La expresión "evidencia inmediata", que aparece en el título del artículo, equivale a "evidente en sí misma".

- Una proposición puede ser:

a) evidente en sí misma, pero no con respecto a nosotros.

b) evidente en sí misma y también para nosotros.

Una proposición es evidente en sí misma si el predicado está contenido en el sujeto. (Pos­teriormente, Kant definirá de forma análoga los juicios analíticos). Si nosotros conocemos el contenido del sujeto y del predicado de una proposición en la que el predicado está incluido en el sujeto, está será evidente en sí misma y también para nosotros, puesto que captamos esa evidencia. Pero si nosotros no conocemos el contenido de uno de esos términos, o de los dos, entonces la proposición seguirá siendo evidente en sí misma, pero no para nosotros.

• En el texto se afirma que la proposición "Dios existe" es evidente en sí misma, ya que en la misma esencia de Dios está incluida su existencia. Sin embargo, no es evidente para nos­otros, pues el hombre, como ser finito que es, no conoce el auténtico contenido de la esen­cia de Dios.

• Si para nosotros la existencia de Dios no es evidente, tendremos que intentar demostrarla partiendo de cosas que nos resulten conocidas.

Boecio [480-524], cuyo nombre completo era Ancius Manlius Tbrquatus Severinus Boetius, fue un filósofo ecléctico que intentó conciliar el platonismo con el aristotelismo dentro del pensamiento cristiano. Su principal obra fue Sobre la conciliación de la filosofía.

Solución. Hay que decir. La evidencia de algo puede ser de dos modos. Uno, en sí misma y no para nosotros; otro, en sí misma y para nosotros. Así, una proposición es evidente por sí misma cuando el predicado está incluido en el concepto del sujeto, como el hombre es animal, ya que el predicado animal está incluido en el concepto de hombre. De este modo, si todos conocieran en qué consiste el predicado y en qué consiste el sujeto, la proposición sería evidente para todos. Esto es lo que sucede con los primeros principios de la demostración, pues sus términos como ser-no ser, todo-parte, y otros parecidos, son tan comunes que nadie los ignora.

Por el contrario, si algunos no conocen en qué consiste el predicado y en qué el sujeto, la proposición será evidente en sí misma, pero no lo será para los que desconocen en qué consiste el predicado y en qué el sujeto de la proposición. Así ocurre, como dice Boecio, que hay conceptos del espíritu comunes para todos y evidentes por sí mismos que sólo comprenden los sabios, por ejemplo, lo incorpóreo no ocupa lugar.

Por consiguiente, digo: La proposición Dios existe, en cuanto tal, es evidente por sí misma, ya que Dios sujeto y predicado son lo mismo, pues Dios es su mismo ser, como veremos (q.3 a.4). Pero, puesto que no sabemos en qué consiste Dios, para nosotros no es evidente, sino que necesitamos demostrarlo a través de aquello que es más evi­dente para nosotros y menos por su naturaleza, esto es, por los efectos.

• Aparecen ahora las respuestas que aporta Santo Tomás a las dificultades planteadas.

Sobre la primera, el autor opina que tenemos algún confuso conocimiento de que Dios existe, entendiendo por Dios aquello que está en la propia naturaleza del hombre como su felicidad. Pero esto no significa realmente que conozcamos a Dios, puesto que, de hecho, cada cual entiende por felicidad una cosa distinta.

Respuesta a las objeciones: 1. A la primera hay que decir: Conocer de un modo general y no sin confusión que Dios existe, está impreso en nuestra naturaleza en el sentido de que Dios es la felicidad del hombre; puesto que el hombre por naturaleza quiere ser feliz, por naturaleza conoce lo que por naturaleza desea. Pero a esto no se le puede llamar exactamente conocer que Dios existe; como por ejemplo, saber que alguien

viene no es saber que Pedro viene aunque sea Pedro el que viene. De hecho, muchos ^ piensan que el bien perfecto del hombre, que es la bienaventuranza, consiste en la ri­queza; otros, lo colocan en el placer; otros, en cualquier cosa. ,

• No está claro ni que la palabra "Dios" signifique lo mismo para todos ni que, aun en el caso de que todos tuvieran en la mente el mismo significado, aquello a lo que se refiere tal palabra exista en la realidad, además de en la mente. Sólo se podría admitir la existencia de Dios si admitiésemos que entre lo real hay algo superior a todo aquello que se puede pensar. Pero esto no lo admiten tampoco todos.

2. A la segunda hay que decir: Es probable que quien oiga la palabra Dios no entienda que con ella se expresa lo más inmenso que se pueda pensar, pues de hecho algunos creyeron que Dios era cuerpo. No obstante, aun suponiendo que alguien entienda el significado de lo que con la palabra Dios se dice, sin embargo no se sigue que entienda que lo que significa este nombre se dé en la realidad, sino tan sólo en la comprehen­sión del entendimiento. Tampoco se puede deducir que exista en la realidad, a no ser que se presuponga que en la realidad hay algo mayor que lo que puede pensarse. Y esto no es aceptado por los que sostienen que Dios no existe.

• Una cosa es que exista la verdad y otra que para nosotros exista la verdad suprema. En consecuencia, no parece que la existencia de Dios constituya una verdad de evidencia in­mediata para nosotros.

3. A la tercera hay que decir Que la verdad en general existe, es evidente por sí mismo; pero que exista la verdad absoluta, esto no es evidente para nosotros.

Artículo

La existencia de Dios, ¿es o no es demostrable?

• Si la existencia de Dios no es evidente, habrá que intentar demostrarla. La posibilidad de esta demostración es lo que se plantea ahora Santo Tomás.

• Expone el autor las dificultades con que puede encontrarse la demostración de la exis­tencia de Dios. La primera la aportan los que piensan que la fe se contrapone a la demos­tración. Si ésta nos permite ver con claridad aquello que demostramos, la fe nos remite precisamente a lo que no vemos.

Objeciones por las que parece que Dios no es demostrable:

1. La existencia de Dios es artículo de fe. Pero los contenidos de fe no son demostra­bles, puesto que la demostración convierte algo en evidente, en cambio la fe trata lo no evidente, como dice el Apóstol en Heb. 2,1. Por lo tanto, la existencia de Dios no es demostrable.

• Si demostramos algo, lo que hacemos es descubrir la naturaleza de ese algo. Pero de Dios no podemos saber lo que es.

2. Más aún. La base de la demostración está en lo que es. Pero de Dios no podemos saber qué es, sino sólo qué no es, como dice el Damasceno. Por lo tanto, no pode­mos demostrar la existencia de Dios.

• La tercera dificultad se basa en la desproporción existente entre Dios, causa infinita de , todos los seres, y éstos, sus efectos, que son finitos. Si partiendo de un efecto finito no po­demos llegar a una causa infinita, entonces no podremos demostrar la existencia de Dios.

3. Todavía más. Si se demostrase la existencia de Dios, no sería más que a partir de sus efectos. Pero sus efectos no son proporcionales a Él, en cuanto que los efectos son finitos y Él es infinito: y lo finito no es proporcional a lo infinito. Como quiera, pues, que la causa no puede demostrarse a partir de los efectos que no le son proporciona­les, parece que la existencia de Dios no puede ser demostrada.

• La última dificultad se fundamenta en la afirmación de San Juan de que lo invisible de Dios se puede conocer a través de lo que ha sido hecho. Pero esto no sería posible si, antes de conocer lo invisible de Dios, no se hubiese demostrado su existencia. Si no fuera así, po­dríamos estar atribuyendo unas cualidades a un ser inventado o imaginado, del cual no es­tuviéramos seguros de que existe.

En cambio está lo que dice el Apóstol en Rom. 1,20: Lo invisible de Dios se hace com­prensible y visible por lo creado. Pero esto no sería posible a no ser que por lo creado pudiera ser demostrada la existencia de Dios, ya que lo primero que hay que saber de una cosa es si existe.

• Distingue Santo Tomás dos tipos de demostraciones:

a) Las que parten de lo que, de una forma absoluta, se considera una causa y es consi­derada como algo evidente en sí mismo, llegando hasta su efecto.

b) Las que parten del efecto y obtienen lo que para nosotros es su causa.

Es este segundo tipo el que posibilita la demostración de la existencia de Dios partiendo de sus efectos conocidos por nosotros.

Solución. Hay que decir: Toda demostración es doble. Una, por la causa, que es abso­lutamente previa a cualquier cosa. Se la llama a causa de. Otra, por el efecto, que es lo primero con lo que nos encontramos; pues el efecto se nos presenta como más evidente que la causa, y por el efecto llegamos a conocer la causa. Se la llama porque. Por cualquier efecto puede ser demostrada su causa (siempre que los efectos de la causa se nos presenten como más evidentes): porque, como quiera que los efectos de­penden de la causa, dado el efecto, necesariamente antes se ha dado la causa. De donde se deduce que la existencia de Dios, aun cuando en sí misma no se nos pre­senta como evidente, en cambio sí es demostrable por los efectos con que nos en­contramos.

• Las respuestas que aporta Santo Tomás a las objeciones anteriores son las que siguen. Aclaremos antes algunos conceptos usados por el autor que entran dentro del campo de las relaciones entre la fe y la razón.

Por artículos de fe entiende Santo Tomás aquellas verdades teológicas, es decir, que han sido reveladas por Dios al hombre y que el filósofo debe aceptar. Los preámbulos o prole­gómenos para la fe son verdades, a la vez teológicas y filosóficas, esto es, que deben ser aceptadas mediante la fe y, también, pueden ser comprendidas racionalmente.

• Según esto, la postura tomista es que la existencia de Dios no es un artículo de fe, sino un preámbulo, que, por consiguiente, puede ser conocido por la razón natural. Esto muestra, según el autor, que la fe da por sentado que es posible el conocimiento racional de la existencia de Dios, de la misma manera que lo perfecto implica que previamente haya algo que pueda llegar a ser perfecto.

• No obstante, se admite la posibilidad de que alguien no sea capaz de conocer racional­mente que existe Dios. En este caso podrá aceptarlo mediante la fe, puesto que a ello puede accederse por los dos caminos.

Respuesta a las objeciones: 1. A la primera hay que decir. La existencia de Dios y otras verdades que de Él pueden ser conocidas por la sola razón natural, tal como dice v Rom. 1,19, no son artículos de fe, sino preámbulos a tales artículos. Pues la fe presupone el conocimiento natural, como la gracia presupone la naturaleza y la perfección lo per­fectible. Sin embargo, nada impide que lo que en sí mismo es demostrable y com­prensible, sea tenido como creíble por quien no llega a comprender la demostración.

Causa es aquello de lo que procede un efecto. La segunda vía, como se verá más ade­lante, demuestra que es necesario que exista una causa primera. Esta causa primera no sa­bemos todavía «lo que es», pero todos la llaman «Dios».

• Para poder llevar a cabo una demostración de la existencia de una causa a partir de un efecto es necesario definir la causa haciendo referencia al efecto. Es decir, que si, partiendo de la observación de seres buenos, queremos demostrar la existencia de un ser, que es su causa, infinitamente bueno, debemos hacer referencia en su definición a la bondad. Sería imposible, en caso contrario, poder llegar a la definición.

• Pero añade el autor que no podemos tomar como base, como punto de partida, lo que esa causa sea, porque para que algo sea, tiene que existir, y aún no sabemos si esa causa existe o no. El punto de partida tiene que ser meramente gramatical, semántico: el signifi­cado de esas palabras, sin presuponer que se corresponden con algo existente.

• En la cuestión 13 probará que lo que le atribuimos a Dios se basa en los efectos que ob­servamos. Es por eso por lo que podemos tomar como base el significado del término Dios para demostrar su existencia.

2. A la segunda hay que decir. Cuando se demuestra la causa por el efecto, es necesario usar el efecto como definición de la causa para probar la existencia de la causa. Esto es así sobre todo por lo que respecta a Dios. Porque para probar que algo existe, es necesario tomar como base lo que significa el nombre, no lo que es; ya que la pregunta qué es presupone otra: si existe. Los nombres dados a Dios se fundamentan en los efectos, como probaremos más adelante (q.13 a.1). De ahí que, demostrado por el efecto la existencia de Dios, podamos tomar como base lo que significa este nombre Dios.

• El problema de la desproporción existente entre los efectos finitos que conocemos y su causa infinita nos impide llegar a un conocimiento completo de ésta partiendo de aquéllos. Pero esto no es obstáculo para que, partiendo de los efectos de Dios, podamos llegar a conocer la existencia de su causa, aunque no podamos obtener un conocimiento exhaustivo de ella.

3. A la tercera hay que decir. Por efectos no proporcionales a la causa no se puede tener un conocimiento exacto de la causa. Sin embargo, por cualquier efecto puede ser demostrada claramente que la causa existe, como se dijo (sol.). Así, por efectos divi­nos puede ser demostrada la existencia de Dios, aun cuando por los efectos no poda­mos llegar a tener un conocimiento exacto de cómo es Él en sí mismo.

Artículo 3 

La existencia de Dios, ¿es o no es demostrable?

• Plantea ahora Santo Tomás la cuestión de si existe o no existe Dios y lo hace partiendo desde su creencia en que Dios existe. Lo que va a intentar hacer es justificar racionalmente esa creencia a través de argumentos metafísicos.

• Si una botella está absolutamente llena de aceite de oliva, no parece que pueda hablarse de que en su interior haya algo de vacío. Esto es lo que ocurre entre Dios y el mal. Si por Dios entendemos el bien absoluto, no parece que pueda hablarse de que el mal exista. Y, sin embargo, el mal existe de hecho, lo cual parece dar a entender que no puede existir Dios. Esta constituye la primera objeción.

Objeciones por las que parece que Dios no existe:

1. Si uno de los contrarios es infinito, el otro queda totalmente anulado. Esto es lo que sucede con el nombre de Dios al darle el significado de bien absoluto. Pues si existiese Dios, no existiría ningún mal. Pero el mal se da en el mundo. Por lo tanto, Dios no existe.

• La segunda objeción consiste en que Dios no tiene por qué existir, puesto que no es ne­cesario. Las cosas naturales son fruto de la naturaleza y lo que es artificial ha sido producido por la razón y por la voluntad del hombre. No hay que añadir otra causa más. *'

2. Más aún. Lo que encuentra su razón de ser en pocos principios, no se busca en mu­chos. Parece que todo lo que existe en el mundo, y supuesto que Dios no existe, en­cuentra su razón de ser en otros principios; pues lo que es natural encuentra su principio en la naturaleza; lo que es intencionado lo encuentra en la razón y en la vo­luntad humanas. Así, pues, no hay necesidad alguna de acudir a la existencia de Dios.

• El argumento de la otra parte se basa en la expresión bíblica según la cual Dios dice de sí mismo «Yo existo» (en otras traducciones, «Yo soy el que soy»). Las interpretaciones de tan peculiar expresión son abundantes. San Anselmo, por ejemplo, la interpretó como la afir­mación de la identidad consigo mismo, característica de la esencia. En Santo Tomás, por el contrario, significa más bien una afirmación de existencia sin restricciones.

En cambio está lo que se dice en Éxodo 3,14 de la persona de Dios: Yo existo.

• Se adentra ahora Santo Tomás en la solución a la pregunta ¿existe Dios? mediante la ex­posición de sus célebres cinco vías. Creemos convenientes algunas consideraciones gene­rales antes de entrar en su estudio.

• De ninguna de las cinco vías concluye Santo Tomás que Dios exista. A lo que llega en cada una es a la necesidad de que exista algo y añade luego que a ese algo lo llamamos Dios. Lo que hace así es identificar su conclusión filosófica con lo que la fe dice sobre Dios. Y este paso no es estrictamente filosófico, sino de fe.

• Recordemos que no se trata de comprobar con estos argumentos lo que previamente ya se cree, sino de aportar una justificación basada en la razón.

• Las cinco vías pueden clasificarse en estáticas y dinámicas.

Las vías estáticas son la tercera y la cuarta. Ambas parten de la limitación de los seres, bien sea en su aspecto temporal —la tercera—, bien en sus perfecciones —la cuarta.

Las vías dinámicas son la primera, la segunda y la quinta. Cada una de ellas abarca uno de los tres puntos de vista desde los que puede considerarse todo aquello que se mueve: el del propio móvil —la primera—, el del que mueve —la segunda— y el del fin al que tiende aque­llo que se mueve —la quinta.

La estructura general de las vías consta de los siguientes pasos, aunque no todos se den siempre de forma explícita:

- Un punto de partida, en el que se constata un hecho de experiencia.

- La aplicación a ese hecho del principio de causalidad eficiente: el hecho ha sido cau­sado.

- Es imposible proceder al infinito en una serie de causas actual y esencialmente subordi­nadas: es necesario llegar a una primera causa.

- Se da esa primera causa y la llamamos Dios. Luego Dios existe.

• La primera vía fue ya utilizada por Aristóteles en un contexto cosmológico. En ella se parte de la constatación de que en este mundo hay cosas que se mueven. Por movimiento hay que entender aquí, como lo hacía Aristóteles, el paso del ente en potencia, en tanto que está en potencia, a acto.

Por potencia se debe entender la potencia pasiva, esto es, la capacidad de ser movido, y no la capacidad de mover a otro, que sería la potencia activa.

• En el segundo paso se afirma que todo lo que se mueve es movido por otro. Lo que se mueve debe estar en potencia y lo que mueve debe estar en acto. No es posible que una misma cosa esté a la vez en potencia y en acto, ni que se mueva a sí misma.

Si lo que mueve a otro es, a su vez, movido, lo tendrá que ser por un tercero y, así sucesi­vamente. No se puede seguir indefinidamente porque no se llegaría al primero que mueve. Este es el tercer paso.

En el cuarto momento se llega a la necesidad de un primer motor que mueva, pero que no sea movido por nadie. A este primer motor lo llamamos Dios.

Solución. Hay que decir. La existencia de Dios puede ser probada de cinco maneras distintas. La primera y más clara es la que se deduce del movimiento. Pues es cierto, y lo perciben los sentidos, que en este mundo hay movimiento. Y todo lo que se mueve es movido por otro. De hecho, nada se mueve a no ser que, en cuanto potencia, esté orientado a aquello por lo que se mueve. Por su parte, quien mueve está en acto. Pues mover no es más que pasar de la potencia al acto. La potencia no puede pasar a acto más que por quien está en acto. Ejemplo: el fuego, en acto caliente, hace que la ma­dera, en potencia caliente, pase a caliente en acto. De este modo la mueve y cambia. Pero no es posible que una cosa sea lo mismo simultáneamente en potencia y en acto; sólo lo puede ser respecto a algo distinto. Ejemplo: lo que es caliente en acto, no puede ser al mismo tiempo caliente en potencia, pero sí puede ser en potencia frío. Igual­mente, es imposible que algo mueva y sea movido al mismo tiempo, o que se mueva a sí mismo. Todo lo que se mueva necesita ser movido por otro. Pero si lo que mueve se mueve, necesita ser movido por otro, y éste por otro. Este proceder no se puede llevar indefinidamente, porque no se llegaría al primero que mueve, y así no habría motor alguno, pues los motores intermedios no mueven más que por ser movidos por el primer motor. Ejemplo: un bastón no mueve nada si no es movido por la mano. Por lo tanto, es necesario llegar a aquel primer motor al que nadie mueve. En éste, todos reconocen a Dios.

• La segunda vía se basa en la causalidad eficiente. Ahora no se consideran las causas del movimiento, sino las causas en general. El punto de partida es que en el mundo nos encontramos unas causas eficientes subordinadas a otras: cualquier cosa es efecto de otra cosa que la ha producido.

• En el segundo paso se dice que no es posible que algo se cause a sí mismo, pues sería anterior —en tanto que causa— a sí mismo —en tanto que efecto—, lo cual es imposible. Esto cabe interpretarlo como que lo que se causa es un cambio sustancial, en cuyo caso, para causarse a sí mismo, tendría que existir antes de causarse; o como que se trata de un cambio accidental, y todo lo que cambia o se mueve es cambiado o movido por otro.

• En el tercer paso se expresa que no se puede proceder al infinito porque la relación entre las causas no es accidental, sino esencial. La primera causa da cuenta de la segunda, y ésta de la siguiente. Si suprimimos la primera causa, nos quedamos sin todas las demás.

• La conclusión es, como era de esperar, que es necesario admitir una primera causa efi­ciente, a la que todos llaman Dios.

2) La segunda es la que se deduce de la causa eficiente. Pues nos encontramos que en el mundo sensible hay un orden de causas eficientes. Sin embargo, no encontramos, ni es posible, que algo sea causa eficiente de sí mismo, pues sería anterior a sí mismo, cosa imposible. En las causas eficientes no es posible proceder indefinidamente porque en todas las causas eficientes hay orden: la primera es causa de la intermedia; y ésta, sea una o múltiple, lo es de la última. Puesto que, si se quita la causa, desaparece el efecto, si en el orden de las causas eficientes no existiera la primera, no se daría tam­poco ni la última ni la intermedia. Si en las causas eficientes llevásemos hasta el infinito este proceder, no existiría la primera causa eficiente; en consecuencia, no habría efecto último ni causa intermedia; y esto es absolutamente falso. Por lo tanto, es necesario admitir una causa eficiente primera. Todos la llaman Dios.

• La tercera es una de las vías estáticas y se apoya en la limitación temporal. El punto de partida es la constatación de que las cosas están en continuo devenir. Unas cosas se pro­ducen y, por tanto, tienen posibilidad de existir; otras se destruyen y, así, pueden no existir. Esto significa que las cosas no son necesarias, sino contingentes.

• Lo que es necesario no necesita de ninguna causa para existir: existe por sí mismo. En cambio, lo contingente no tiene en sí mismo la razón de su existir, de tal manera que si úni­camente hubiera seres contingentes, en realidad podría no haber nada. Para que lo que pueda ser sea, es necesario que antes algo sea y que lo haga ser. Es menester, por tanto, que exista un ser necesario.

• Este ser necesario puede que tenga esa necesidad de forma relativa o absoluta. Si fuera relativa, como es el caso de las cosas creadas que son inmutables, pero contingentes, no tendría en sí mismo la razón de su necesidad. Pero no podemos remontarnos hasta el in­finito con una serie de seres necesarios relativamente. Por tanto, debe existir un ser que tenga en sí la razón de su necesidad, esto es, un ser cuya necesidad sea absoluta.

• Como conclusión, debe existir un ser absolutamente necesario, al que todos llaman Dios.

3) La tercera es la que se deduce a partir de lo posible y de lo necesario. Y dice: Encon­tramos que las cosas pueden existir o no existir, pues pueden ser producidas o destrui­das, y consecuentemente es posible que existan o que no existan. Es imposible que las cosas sometidas a tal posibilidad existan siempre, pues lo que lleva en sí mismo la po­sibilidad de no existir, en un tiempo no existió. Si, pues, todas las cosas llevan en sí mis­mas la posibilidad de no existir, hubo un tiempo en que nada existió. Pero si esto es verdad, tampoco ahora existiría nada, puesto que lo que no existe no empieza a existir más que por algo que ya existe. Si, pues, nada existía, es imposible que algo empezara a existir; en consecuencia, nada existiría; y esto es absolutamente falso. Luego no todos los seres son sólo posibilidad, sino que es preciso algún ser necesario. Todo ser necesario encuentra su necesidad en otro, o no la tiene. Por otra parte, no es posible que en los seres necesarios se busque la causa de su necesidad llevando este proceder indefinida­mente, como quedó probado al tratar las causas eficientes (núm. 2). Por lo tanto, es preciso admitir algo que sea absolutamente necesario, cuya causa de su necesidad no esté en otro, sino que él sea causa de la necesidad de los demás. Todos le dicen Dios.

• La cuarta vía, también estática, parte de la observación de los grados de perfección que hay en los seres. Las perfecciones pueden clasificarse en dos grupos:

- Las perfecciones trascendentales, que son aquellas que se pueden atribuir a todos los seres. Por ejemplo, la bondad, la unidad, etc.

- Las perfecciones no trascendentales, que no se pueden decir de todos los seres, como, por ejemplo, la vida o entender.

Santo Tomás considera en esta vía las perfecciones trascendentales, que son las que ad­miten grados. En efecto, se puede decir de un hombre que es más o menos bueno, pero no que está más o menos vivo.

• De los seres, por tanto, se puede decir que son más o menos buenos, pero el grado de bondad será, en principio, limitado, Esa perfección limitada no puede pertenecer a la esencia del ser en el que se encuentra esa perfección limitada, por lo que debe haber sido comuni­cada por otro ser.

No se puede proceder al infinito con seres que tengan limitadas sus perfecciones. De­berá existir un ser que tenga en su esencia todas las perfecciones y que, por tanto, no se las haya comunicado ningún otro. Este será el máximo en la escala de grados.

• Tendrá que existir un ser que tenga las máximas perfecciones, lo cual equivale a que sea *> un ser supremo. A este ser lo llamamos Dios.

4) La cuarta se deduce de la jerarquía de valores que encontramos en las cosas. Pues nos encontramos que la bondad, la veracidad, la nobleza y otros valores se dan en las cosas, en unas cosas más y en otras menos. Pero este más y este menos se dice de las cosas en cuanto que se aproximan más o menos a lo máximo. Así, "caliente" se dice de aquello que se aproxima más al máximo calor. Hay algo, portante, que es muy veraz, muy bueno, muy noble; y, en consecuencia, es el máximo ser; pues las cosas que son sumamente verdaderas, son seres máximos, como se dice en // Metaphys. Como quiera que en cualquier género, lo máximo se convierte en causa de lo que per­tenece a tal género -así el fuego, que es el máximo calor, es causa de todos los calores, como se explica en el libro-, del mismo modo hay algo que en todos los seres es causa de su existir, de su bondad, de cualquier otra perfección. Le llamamos Dios.

• La quinta vía se basa en el ordenamiento de las cosas. Se constata que hay ciertas cosas que, sin tener conocimiento, tienden regularmente hacia un fin, pero no por azar, sino in­tencionadamente.

• Esta tendencia hacia un fin requiere de alguien que lo dirija hacia él. De aquí Santo Tomás deduce inmediatamente que existe un ser inteligente que dirige todas las cosas hacia un fin. Parece que falta aquí el tercer paso, pero puede considerarse de la siguiente ma­nera; si es necesario un ser inteligente que dirija a otro hacia un fin, ese ser inteligente podría identificarse con su propio acto de entender, en cuyo caso sería Dios; en caso contrario, sería dirigido por otro ser. Es aquí en donde no podemos proceder al infinito, debiendo llegar a un ser inteligente cuya esencia es su propio acto de entender, que dirige todas las cosas y al que llamamos Dios.

5) La quinta se deduce a partir del ordenamiento de las cosas. Pues vemos que hay cosas que no tienen conocimiento, como son los cuerpos naturales, y que obran por su fin. Esto se puede comprobar observando cómo siempre o a menudo obran igual para conseguir lo mejor. De donde se deduce que, para alcanzar su objetivo, no obran al azar, sino intencionadamente. Las cosas que no tienen conocimiento no tienden al fin sin ser dirigidas por alguien con conocimiento e inteligencia, como la flecha por el ar­quero. Por lo tanto, hay alguien inteligente por el que todas las cosas son dirigidas al fin. Le llamamos Dios.

• Para la respuesta a la primera objeción recurre el autor a San Agustín, para el que el mal es permitido para obtener de él algún bien.

Respuesta a las objeciones. 1.A Ia primera hay que decir Escribe Agustín en el Enchiridio: Dios, por ser el bien sumo, de ninguna manera permitiría que hubiera algún tipo de mal en sus obras, a no ser que, por ser omnipotente y bueno, del mal sacara un bien. Esto pertenece a la infinita bondad de Dios, que puede permitir el mal para sacar de él un bien.

• Sobre la no necesidad de Dios en lo que respecta a las cosas naturales, Santo Tomás re­cuerda que Dios es la causa primera de todo lo que hace la naturaleza. El mismo argumento es aplicado a las realizaciones humanas.

A la segunda hay que decir. Como la naturaleza obra por un determinado fin a partir de la dirección de alguien superior, es necesario que las obras de la naturaleza también se reduzcan a Dios como su primera causa. De la misma manera también, lo hecho a propósito es necesario reducirlo a alguna causa superior que no sea la razón y voluntad humanas; puesto que éstas son mudables y perfectibles. Es preciso que todo lo some­tido a cambio y posibilidad sea reducido a algún primer principio inmutable y absolu­tamente necesario, tal como ha sido demostrado, (sol.)

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Casal Fernández, M. y Canseco Redondo, Y. Historia de la filosofía, Edinumen, Madrid, 2009.
 
  
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