Las religiones en la Edad Media

La historia como salvación

Desde el punto de vista de la filosofía griega, el mundo aparece, ante todo, como cosmos; esto es, como ordenación armoniosa de las cosas. Otra forma de expresar la misma visión consiste decir que, para los griegos, el mundo aparece, ante todo, como physis; esto es, como naturaleza.

En la mayor parte de esa tradición, dicha naturaleza es, por lo demás, eterna. En efecto, tratándose como se trata del todo de lo que es, tendría, caso de haber surgido, que haber surgido de la nada. Pero es principio general de la filosofía griega que la nada ni existe ni es posible pensarla como origen de nada.

Desde el punto de vista de la experiencia cristiana, en cambio, el mundo aparece ante todo como efecto de una Creación. Eso quiere decir que se trata de algo radicalmente temporal: ahora, desde luego, existe, pero no siempre ha existido, y antes o después dejará de existir.

El cristianismo, finalmente, explica el origen de esa Creación en términos enteramente contrarios al principio sustentado por los griegos: surgió de la nada, ex nihilo, como producto de la decisión de un «Agente» dotado de poder infinito.

A la luz de estas consideraciones, no es extraño que el mundo de los cristianos fuese un mundo atravesado por la historia. No es que los griegos, desde luego, desconocieran un concepto que fueron los primeros en articular. Pero por más que descubrieran el arte de narrar lo acontecido según razón, el cosmos helénico siguió siendo, en lo esencial, un universo estático, intemporal, en el que no pocas veces vino a predominar la idea de retorno cíclico.

La aceptación cristiana de la idea de acontecimiento, vinculada en especial a los sucesos incomparables de la vida de Jesús, favoreció en cambio la instauración de una visión de la vida como drama, como desarrollo de una trama única de instantes irrepetibles y cargados de significación.

Para el cristianismo, el drama de la vida será un drama de salvación (o condena). La historia del mundo, como la de cada uno de sus individuos, es la historia del camino por el que las cosas, salidas de Dios, consiguen o no regresar a Él. En ese sentido, la existencia terrenal del hombre es concebida como un estar de camino («stare in via») cuya meta final es acceder a la visión de Dios.

La razón griega y la Revelación cristiana

En este contexto, el cristianismo sostiene, por lo general, que esta lectura de la realidad, pese a ser irrecusablemente verdadera, no hubiese podido surgir nunca de modo espontáneo en la mente del hombre natural, de los filósofos, de los «paganos».

Antes bien, se trata, como vemos, de una apertura a la dimensión sobrenatural de la existencia para la que, en opinión de los cristianos, la mente natural podía, desde luego, encontrase potencialmente capacitada, pero que en ningún caso hubiese podido concretar por sí misma.

Frente a la confianza griega en el omnímodo poder de la especulación, del logos, de la fuerza de la razón, los cristianos proclamaron, pues, la necesidad de que esos conocimientos, vitales como ningún otro, nos fueran concedidos libremente por medio de la Revelación.

En consecuencia, los textos y los testimonios de todo tipo en los que se acepte la presencia de ese contenido cognoscitivo, salvífico, constituido por la Revelación, pasarán a gozar del respeto y el crédito que se concede a las autoridades (en paralelo con el carácter de «autoridad» cognitiva que, por ejemplo, se concede en otros ámbitos reflexivos a fuentes distintas de conocimiento, como la experiencia sensorial o la «auto-evidencia» de ciertos axiomas).

El principio de autoridad

Se ha debatido mucho, a este respecto, el papel jugado por la «autoridad» en la construcción del edificio especulativo medieval.

Un reproche muy extendido es que estos pensadores hicieron poco menos que dejación de sus poderes intelectivos autónomos, de su razón, y aprobaron con los ojos cerrados los dogmas de su fe, tal y como estos les fueron impuestos, por ejemplo, por el magisterio de su Iglesia (o por los imperativos de la ley).

Desde luego, no hay duda alguna sobre lo inconmovible del asentimiento que muchos de ellos, sino todos, dieron a sus creencias. Ahora bien, debe tenerse en cuenta que la lista de las «autoridades» (auctoritates) a que podía acudir un maestro de la escolástica comprendía muchas más fuentes que el Antiguo y el Nuevo Testamento o los dogmas de los artículos de fe.

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Navarro Cordón, Juan Manuel y Pardo, José Luis. Historia de la Filosofía, Madrid, Anaya, 2009
 
  
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