En la
dialéctica trascendental, Kant se ocupa de la posibilidad de la metafísica, así
como de la naturaleza y del funcionamiento de la razón. Kant rechaza la
posibilidad de la metafísica.
La
metafísica –entendida como conocimiento de realidades que están más allá de la
experiencia- es imposible, ya que las
categorías solo pueden aplicarse legítimamente a los fenómenos, a los datos
de los sentidos.
La
aplicación de las categorías fuera de la experiencia es lógicamente ilegítima y
da lugar a errores e ilusiones. La misión de la dialéctica consiste en mostrar
que tales errores –especialmente los de la metafísica especulativa– provienen
de pasar por alto la distinción entre fenómeno y cosa en sí.
La dialéctica trascendental es, pues, una
crítica del entendimiento y de la razón en su pretensión de alcanzar el
conocimiento de las cosas en sí, de lo que está más allá de la experiencia.
Pero si
esta aplicación de las categorías es lógicamente ilegítima, es también una
tendencia inevitable de acuerdo con la naturaleza misma de la razón. La razón
tiende a la búsqueda de lo
incondicionado, a extender su conocimiento más allá de la experiencia, a
preguntarse por Dios, el alma y el mundo como totalidad.
El
conocimiento intelectual no se limita a formular juicios, sino que también
conecta unos juicios con otros, formando raciocinios
o razonamientos.
Tomemos
un ejemplo sencillo, utilizado por el mismo Kant: «Todos los hombres son
mortales»; «Todos los investigadores son hombres»; luego «Todos los
investigadores son mortales». Este sencillo silogismo nos muestra cómo la
conclusión, el juicio «Todos los investigadores son mortales», tiene su
fundamento en un juicio más general, la premisa «Todos los hombres son
mortales».
Nuestro
razonamiento puede ir, sin embargo, más lejos: cabría preguntarse por el fundamento
de la premisa mayor, y así cabría el siguiente silogismo: «Todos los animales
son mortales»; «Todos los hombres son animales»; luego «Todos los hombres son
mortales».
El
juicio que en el primer silogismo está como fundamento de la conclusión aparece
en el segundo fundado en un juicio más general aún: «Todos los animales son
mortales». Nuevamente podemos ir en busca de un juicio más general aún, que
sirva de fundamento a la premisa mayor, y puesto que los animales son una parte
de los vivientes, podemos establecer el siguiente silogismo: «Todos los
vivientes son mortales»; «Todos los animales son vivientes»; luego «Todos los
animales son mortales». Y así sucesivamente.
¿Qué
hemos hecho en este ejemplo? La respuesta es sencilla: la razón busca encontrar
juicios cada vez más generales, que abarquen y sirvan de fundamento a una
multiplicidad de juicios particulares.
La
razón es, pues, de tal naturaleza que tiende
a encontrar condiciones (hipótesis, leyes) cada vez más generales, que abarquen
y expliquen un mayor número de fenómenos.
La
razón nos impulsa, pues, a buscar leyes cada vez más generales y capaces de
explicar un número mayor de fenómenos. Mientras esta búsqueda se mantiene
dentro de los límites de la experiencia, tal tendencia es eficaz y amplía
nuestro conocimiento. Pero esta tendencia de la razón lleva inevitablemente a
traspasar las barreras de los datos sensibles, en busca de lo incondicionado:
1) Los fenómenos físicos se pretenden unificar
y explicar por medio de teorías metafísicas acerca del mundo (la «sustancia material» del racionalismo), lo que da lugar a
antinomias.
2) Los fenómenos psíquicos se pretenden
unificar y explicar por medio de teorías metafísicas acerca del alma (la «sustancia pensante» del racionalismo),
lo que da lugar a paralogismos.
3) Unos
y otros se intentan explicar y unificar por medio de teorías metafísicas acerca
de una causa suprema de ambos (la «sustancia infinita» del racionalismo: Dios), lo que constituye el ideal de la
razón.
Dios,
alma y mundo son ideas de la razón,
y aunque no proporcionan conocimiento objetivo alguno, expresan, sin embargo,
el ideal de la razón de encontrar
leyes y principios cada vez más generales: como el horizonte, que no puede ser
alcanzado, pero que nos indica que hay que seguir avanzando, abriendo un
espacio para el uso práctico de la razón.
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