Los
términos «lógica» y «ontología» no pertenecen al vocabulario de Aristóteles,
aunque por diferentes razones.
La
lógica, tal y como posteriormente se ha reconocido en cuanto saber específico
acerca de las reglas formales del razonamiento correcto, no existía en tiempos
de Aristóteles, y su aparición como un saber autónomo que trata de la forma
adecuada de construir y combinar enunciados hunde sus raíces en la
clasificación que hicieron algunos de los herederos de Aristóteles al catalogar
sus escritos sobre este tema bajo el nombre de «Organon» ('instrumento'),
dando así origen a la consideración de la lógica como una ciencia independiente
que ha de servir de herramienta a todas las demás ciencias, consideración que
jamás estuvo en la mente de Aristóteles.
Así
pues, la «lógica», en los escritos de Aristóteles, no es una ciencia, sino el
conjunto de observaciones «acerca del logos», donde logos significa
simplemente el decir (el decir «algo de algo»), en el sentido de que este
decir no es concebido como la acción arbitraria de un sujeto que compone palabras
para emitir un juicio, sino como el modo mismo en que las cosas se muestran
en su verdad y aparecen en su ser.
Lo
anterior significa, por tanto, que no puede darse para Aristóteles
una
separación entre la «organización» de nuestro pensamiento y el orden mismo de
las cosas, puesto que el logos se refiere conjunta e inseparablemente a
ambas esferas, cuya separación no podría ser, en este esquema, otra cosa que la
falsedad misma. No procede, entonces, distinguir entre lógica (la organización
del pensamiento) y ontología (la ordenación de las cosas), puesto que la
lógica misma es ontológica.
El término «ontología» no solamente
no es de Aristóteles, sino que su acuñación es notablemente posterior y no de
época antigua, sino moderna; probablemente, no anterior al siglo XVII. Sin embargo, y teniendo en
cuenta lo que acabamos de decir, esta denominación resulta pertinente para
designar la investigación que, en la Metafísica de Aristóteles, se
describe como «ciencia del ser en cuanto ser».
Aristóteles
procede a la clasificación de los diferentes saberes en estos tres campos:
1) El saber
productivo, que es técnico y remite a la «fabricación» de cosas
útiles.
2) El saber
práctico, que es ético-político y remite a la acción libre o electiva,
porque busca la virtud, la regla de la «buena acción».
3) El saber
teórico, referido al modo de ser de las cosas mismas (y no al agente que
fabrica con ellas algo o que emprende a partir de ellas alguna acción).
A
propósito de esta clasificación de las ciencias, conviene recordar una vez más
que el término «ciencia» no tiene en la Grecia antigua las connotaciones que
hoy reviste para nosotros, y que, por tanto, no importa cuál sea su
«superioridad» con respecto al conocimiento ordinario, nunca se aparta del todo
de la noción común de saber entre los contemporáneos de Aristóteles, que
siempre es un saber arraigado en la acción y relacionado con el uso.
Por
otra parte, la clasificación en sí misma está relacionada con la concepción
general de Aristóteles:
1) Las
ciencias productivas remiten al carácter «necesitado» de la vida humana, en el
sentido de que exige la satisfacción de ciertas necesidades elementales para
mantener la vida, necesidades que demandan una actividad «productiva» por
parte de los hombres.
2) El
saber práctico no se relaciona con «las necesidades de la vida», sino, por el
contrario, con la posibilidad de una «vida buena»; es decir, aquella que
ya no está orientada a la satisfacción de las necesidades primarias, sino al
ejercicio de la libertad.
3) La
actividad «teórica» es para Aristóteles la mejor de todas las vidas posibles
para el hombre libre, que en nada puede ejercitarse con más propiedad que
en el conocimiento superior.
Las
ciencias teóricas son las ciencias «superiores» en el sentido de que, como
hemos dicho, toman su fundamento de la cosa misma que investigan y no de los
propósitos que frente a ella persiga el agente o el productor; es decir,
investigan las leyes de lo real.
Aristóteles
reconoce explícitamente este estatuto a la física (que en su tiempo no se
diferenciaba temáticamente de lo que hoy llamaríamos «biología»), a las
matemáticas y a la teología, considerando a esta última «primera» entre las
superiores (a veces llamada «filosofía primera») porque su objeto, Dios, es el
más eminente de los objetos posibles.
Otra
manera de decir que las ciencias teóricas tienen su fundamento en la cosa misma
que investigan es afirmar que su campo de investigación se atiene estrictamente
a un género, término este último que nos remite a lo ya dicho acerca de Platón
y su concepción de la dialéctica, pero que en Aristóteles adquiere un perfil
peculiar.
Ante
todo, hemos de evitar la tentación de pensar que Aristóteles parte de un campo
de experiencia ya roturado en «géneros y especies» y que la actividad «lógica»
de su conocimiento consiste en confirmar esta roturación.
Por el
contrario, la lógica de Aristóteles busca en la experiencia aquellos «núcleos
de estabilidad» en donde la experiencia muestra la suficiente determinación,
claridad o precisión como para ser objeto de conocimiento: el género (aquello
que la experiencia tiene de universal, de finito, de definido) es, pues, la condición
de determinabilidad del objeto de conocimiento, lo que señala y permite la
posibilidad de un discurso científico.
Lo que
podríamos llamar la «psicología» del conocimiento tiene en Aristóteles el
interés de hacernos notar una vez más la «inversión» que el saber antiguo
supone respecto del moderno.
En este
sentido, investigar no es, para Aristóteles, someter a la naturaleza a
determinadas pruebas que la fuercen a confesar su verdad, sino de algún modo
entregarse a la propia naturaleza, cuyas especies «sensibles» (es decir, el
modo como las cosas son en su mismo aparecer) se transmiten al alma liberadas
de su materia, como un sello se imprime en la cera dejando en ella solamente su
figura. Estas especies por sí solas no constituyen conocimiento superior, sino
que este acaece cuando el entendimiento capta lo que hay de universal en la
experiencia.
Así
pues, la tesis aristotélica de que «solo hay ciencia de lo general» no
significa un desprecio por lo particular o lo individual, sino que repite la ya
mencionada indicación de que solo hay ciencia (teórica) de aquello que
pertenece a un género determinado de cosas; es decir, de aquello que se
perfila de forma clara y adecuada.
Lo que
pertenece a un género puede, pues, ser objeto de discurso teórico, porque es
lo definido, lo susceptible de definición. La definición «dice» lo que la cosa
en cuestión es, o sea, dice su esencia, pues solo cabe definición de
aquello que tiene esencia, de aquello que es de una manera determinada.
Por
tanto, para que algo esté definido es preciso identificar el género al que
pertenece la cosa de la que se trata y señalar, dentro de ese género, cuál es
la diferencia específica que distingue a esa cosa de todas las demás
especies de su mismo género (en el ejemplo tantas veces repetido de la
definición del hombre como «animal racional», «animal» es el género y
«racional» la diferencia específica, la esencia que lo distingue de los demás
animales).
Obviamente,
el discurso «científico» no monopoliza la verdad: decir la esencia de una cosa
no es el único modo de hablar de ella. Al definir el granito como «cuarzo,
feldespato y mica», intentamos decir su esencia, la «forma sustancial» del
granito, pero claro está que se pueden decir muchas otras cosas de esta roca
-el color que ha adquirido, su localización, su antigüedad— que también
resultarán verdaderas, aunque no sean esenciales (serán «formas accidentales»
del granito).
El
hecho de que los géneros sean la condición de determinabilidad del logos significa
también que este «procedimiento» tiene límites. Aunque es cierto que el
saber va ganando en determinación y claridad cuando nos «elevamos» desde lo
individual a lo específico y desde lo específico a lo general, no es menos
cierto que un discurso que pretendiese sobrepasar esa generalidad ya no sería
un discurso determinado (es decir, ya no hablaría de algo definido y estable),
sino, como a veces dice Aristóteles, un discurso vacío precisamente por exceso
de extensión o de amplitud.
Esto es
importante porque, para Aristóteles, aquellos géneros que ya no están incluidos
en ningún otro (a veces, llamados «géneros generalísimos» o «mayores»)
constituyen límites absolutos del saber teórico: es decir, que no hay nada más
general que el género, o que esos géneros mayores no están incluidos en algo
así como un «hiper-género» que los contendría a todos ellos, sino que su pluralidad
es irreductible.
«Tener
un color» es más general que «ser rojo» y «tener alguna cualidad» es más
general que «tener un color», pero ya no hay nada más general que «tener alguna
cualidad», porque este género ya incluye todos los objetos. El género «cantidad»
no puede alcanzarse por este procedimiento, ya que constituye una totalidad
lógica diferente a la cualidad e irreductible a ella.
Pero
también hay, en consecuencia, un «límite inferior» del logos por debajo
del cual el conocimiento pierde su determinación, y este viene señalado por
aquellas especies que ya no contienen ninguna otra subespecie, que ya no se
pueden seguir «dividiendo» en el sentido indicado al hablar de Platón.
Un
hombre se diferencia de un besugo por su especie, por su «concepto», pero,
aunque dentro de la especie humana se sigan pudiendo establecer diferencias (de
altura, de sexo, de complexión o de color de piel), el concepto de hombre es
único para toda la especie humana, y las diferencias internas a la especie
carecen de relevancia lógica, aunque puedan establecerse empírica, material o
numéricamente.
En el
discurso científico, la esencia o definición es el punto de partida de un
razonamiento (silogismo) que, de forma reglada, permite llegar a conclusiones
seguras y seguir el procedimiento demostrativo (apodíctico) que
Aristóteles considera como el distintivo de las ciencias teóricas.
Por
ejemplo, si dividimos a los animales en vertebrados e invertebrados, y a los
vertebrados, a su vez, en mamíferos y aves, estamos reconociendo relaciones de
exclusión lógica entre mamíferos y aves y entre mamíferos e invertebrados
(ningún mamífero puede ser ave, ningún invertebrado puede ser mamífero) y
relaciones de inclusión lógica (todo mamífero es vertebrado y es animal),
relaciones que articulan la clasificación y que el logos debe seguir
para razonar adecuadamente.
Haber
puesto por primera vez de manera formal estas consideraciones y haber
explicitado reglas de exclusión o inclusión como las del ejemplo es lo que ha
hecho a Aristóteles merecedor del título de fundador de la lógica formal.
Navarro Cordón, Juan Manuel y Pardo, José Luis. Historia de la Filosofía, Madrid, Anaya, 2009
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