Prólogo a la edición de Sobre la libertad de John Stuart Mill

El ensayo Sobre la libertad es, quizá, con El utilitarismo, la obra más divulgada de Stuart Mill. (...) El tema mismo que da nom­bre al libro alude a una de las grandes ideas motoras de toda la historia del hombre de Occidente, y muy especial­mente de su edad moderna, idea que culmina en el si­glo XIX con ese amplio enfervorizamiento que Benedetto Croce pudo llamar "la religión de la libertad".

Claro está que decir "libertad", sin más, es decir muy poco, precisamente porque el vocablo significa demasiadas cosas. Mill, en la primera línea de su libro, se adelanta a decirnos que no va a tratar del libre albedrío es decir, de la libertad en sentido ético o metafísica—, sino de "la libertad social o civil". Pero ni siquiera con esta primera restricción  deja  de   ofrecer  el   término  una  multitud  de significaciones. Y, ante todo, las determinadas por la va­riación de las condiciones históricas, que  hace  que no se parezca en casi nada, por ejemplo, la libertad del mundo antiguo griego o romanoa lo que el hombre moderno ha entendido por tal. (...)

 Durante mucho tiempo, desde la antigüedad nos dice Mill, se entendió por libertad "la pro­tección contra la tiranía de los gobernantes políticos", y, en consecuencia, el remedio consistía en "asignar límites al poder". "Para conseguirlo había dos caminos: uno, ob­tener el reconocimiento de ciertas inmunidades". . ., "y otro, de fecha más reciente, que consistía en el estableci­miento de frenos constitucionales". La segunda fase se vincula a la instauración del principio democrático repre­sentativo. "Un momento hubo" en que "los hombres cesa­ron de considerar como una necesidad natural el que sus gobernantes fuesen un poder independiente y tuviesen un interés opuesto al suyo. Les pareció mucho mejor que los diversos magistrados del Estado fuesen sus lugartenientes o delegados revocables a voluntad". Y entonces, natural­mente, no tuvo ya mucho sentido la limitación del poder. "Lo que era preciso en este nuevo momento del problema, era que los gobernantes estuviesen identificados con el pueblo, que su interés y su voluntad fuesen el interés y la voluntad de la nación'". . . "Esta manera de pensar, o quizá más bien de sentir agrega Stuart Millera la nota dominante en el espíritu de la última generación del liberalismo europeo, y aún predomina según parece entre los liberales del continente".

Mas he aquí que, convertido ya en realidad el anhelado Estado democrático, nuevamente se hace visible la nece­sidad de "limitar el poder del gobierno sobre los indivi­duos, aun cuando los gobernantes respondan de un modo regular ante la comunidad, o sea ante el partido más fuer­te de la comunidad". La larga experiencia democrática realizada prudentemente por Inglaterra, y, sobre todo, la llevada a cabo con mayor pujanza e ímpetu juvenil por los Estados Unidos de América (el famoso libro de Tocqueville, La democracia en América, influyó indudablemente en estas ideas de Stuart Mill), pusieron de manifiesto que "las frases como «el gobierno de sí mismo» (selfgovern-ment) y «el poder de los pueblos sobre ellos mismos» (the power of the people over themselves), no expresaban la verdad de las cosas: el pueblo que ejerce el poder no es siempre el pueblo sobre quien se ejerce, y el gobierno de sí mismo de que tanto se habla, no es el gobierno de cada uno por sí, sino el de cada uno por todos los demás. Hay más, la voluntad del pueblo significa, en el sentido prácti­co, la voluntad de la porción más numerosa y más activa del pueblo, la mayoría, o de los que han conseguido hacer­se pasar como tal mayoría. Por consiguiente, puede el pueblo tener el deseo de oprimir a una parte del mismo"... Es decir, que el principio de la libertad, al plasmarse en formas políticas concretas, evidenciaba llevar en su seno el germen de un nuevo modo de opresión. Stuart Mill, desde la ventajosa posición que le procura el pertenecer a la comunidad británica, esto es, al país de más larga experiencia en libertades políticas de todos los del planeta, advierte el peligro y da la voz de alarma: ..."hoy en la política especulativa se considera «la tiranía de la mayoría» como uno de los males contra los que debe po­nerse en guardia la sociedad". No es él, ciertamente —ni lo pretende tampocoel primero en percibir la posibilidad de tal peligro. La misma frase suya que acabo de transcribir y otras que aparecen en su libro, aún más termi­nantesprueba que era ya una idea frecuentada por los pensadores políticos. En cualquier texto de filosofía o de historia política de la primera mitad del siglo XIX en­contramos, efectivamente, constancia de la presencia de este problema. Por ejemplo, ya en 1828, en la primera lec­ción de su Historia de la civilización en Europa, se pre­gunta Guizot: "En una palabra: la sociedad ¿está hecha para servir al individuo, o el individuo para servir a la so­ciedad? De la respuesta a esta pregunta depende inevita­blemente la de saber si el destino del hombre es puramente social, si la sociedad agota y absorbe al hombre entero". .. etcétera. Otro ejemplo, tomado igualmente al azar entre los libros que están al alcance de mi mano: en su Filosofía del Derecho, aparecida en 1831, escribía E. Lerminier: "La libertad social concierne a la vez al hombre y al ciu­dadano, a la individualidad y a la asociación: debe ser a la vez individual y general, no concentrarse ni en el egoísmo de las garantías particulares, ni en el poder abso­luto de la voluntad colectiva; principio esencial que con­firmarán las enseñanzas de la historia y las teorías de los filósofos". Sería fácil aducir muchos más, con sólo abrir otros volúmenes. Se trataba, pues, de una cuestión común­mente tomada en consideración. No obstante, hasta enton­ces, no pasaba de ser eso: un tópico de "política especula­tiva" y ni siquiera en este orden puramente teórico solía ser discutida a fondo—. En Stuart Mill, en cambio y ésta es la novedad de su punto de vista—, es mucho más que eso: es la conciencia aguda, dolor osa casi si bien aún no del todo clarade un gran hecho histórico que está gestándose, que comienza a irrumpir ya y a hacerse ostensible en las áreas más propicias es decir, en las más evolucionadas en su estructura políticosocial, como Inglaterra y Estados Unidosdel mundo occidental, y que estaba destinado a cambiar la faz de la convivencia humana, a saber: la ruptura del equilibrio entre los dos términos individuo-sociedad, polos activos de la vida his­tórica, en grave detrimento del primero. Ya no se trata de teorizar con principios abstractos, sobre hipotéticas situa­ciones, sino de abordar "prácticamente" una cuestión de hecho, una situación real de peligro, algo que se está produciendo ya. Lo que corre riesgo es, una vez más, la libertad e independencia del individuo, pero ahora en una forma más insidiosa y profunda que cuando se ventilaban solamente libertades o derechos políticos disputados al po­der del Estado, Porque no es ya propiamente el Estado su entidad jurídica o su máquina administrativael enemigo principal (o, si lo es el Estado se entiende, el democrático—, lo es como intérprete de la opinión social, cuyos dictados obedece). La sociedad puede ejercer su acción opresora sobre el individuo valiéndose de los órga­nos coercitivos del poder político; pero, además, y al mar­gen de ellos, "puede ejecutar y ejecuta sus propios de­cretos; y si los dicta malos o a propósito de cosas en las que no debiera mezclarse, ejerce una tiranía social más formidable que cualquier opresión legal: en efecto, si esta tiranía no tiene a su servicio frenos tan fuertes como otras, ofrece en cambio menos medios de poder escapar a su acción, pues penetra mucho más a fondo en los detalles de la vida, llegando hasta encadenar el alma".

Todo el libro de Mill es una voz de alerta frente a este nuevo y formidable  poder  que  inicia  su  marcha  ascendente, frente a este peligro la absorción del individuo por la sociedadque se alza como henchida nube de tor­menta sobre el horizonte del mundo civilizado.

Mill intuye certeramente y hasta cree descubrir en ello una especie de ley históricael signo creciente de esta absorción, y lo denuncia sin vacilaciones como el nuevo enemigo de la libertad. Ya "no basta la protección contra la tiranía del magistrado, puesto que la sociedad tiene la tendencia: 1°, de imponer sus ideas y sus costumbres como reglas de conducta a los que de ella se apartan, por otros medios que el de las penas civiles; 2°, de impedir el des­envolvimiento y, en cuanto sea posible, la formación de toda individualidad distinta; 3°, de obligar a todos los caracteres a modelarse por el suyo propio". La cosa es grave, porque "todos los cambios que se suceden en el mundo producen el efecto de aumentar la fuerza de la sociedad y de disminuir el poder del individuo", y la situación ha llegado a ser tal que "la sociedad actual domina plena­mente la individualidad, y el peligro que amenaza a la naturaleza humana no es ya el exceso, sino la falta de impulsiones y de preferencias personales".

Cuando las libertades políticas elementales han dejado de ser cuestión, y como consecuencia de haber dejado de serlo, se levanta un nuevo poder, el de la mayoría, o, para decirlo con palabra más propia y actual, que también emplea Mili, el de la masa, que representa un peligro más hondo que el del Estado, puesto que ya no se limita a amenazar la libertad externa del individuo, sino que tiende a "encadenar su alma", o, lo que es equivalente, a des­truirlo interiormente como tal individuo. Ahora bien, "todo lo que destruye la individualidad es despotismo, désele el nombre que se quiera".

La colectivización, la socialización del hombre y no en el aspecto económico, naturalmente, sino en el más radical de su espiritualidad—: he ahí la amenaza que rastrea Mill, y ante la que yergue su mente. En haber centrado en ella el eje de su doctrina de la libertad estriba su indiscutible originalidad y lo que hace de su libro, por encima de todas las ideas parciales y ya defini­tivamente superadas que en él puedan aparecer, un docu­mento todavía vivo. (...)

Leed los párrafos siguientes y juzgad si no hay en ellos un sutil presentimiento del "hecho más importante de nuestro tiempo" (es expresión de Ortega y Gasset), cuyo pleno y luminoso diagnóstico, en forma de "doctrina orgánica", no se realizó hasta el año 1930, en ese libro, impar entre los de nuestro siglo, que se llama La rebelión de las masas: "Ahora los individuos escribe Millse pierden en la multitud. En política es casi una tontería decir que la opi­nión pública gobierna actualmente el mundo. El único po­der que merece este nombre es el de las masas o el de los gobiernos que se hacen órgano de las tendencias e impulsos de las masas"... "Y lo que es hoy en día una mayor no­vedad es que la masa no toma sus opiniones de los altos dignatarios de la Iglesia o del Estado, de algún jefe os­tensible o de algún libro. La opinión se forma por hom­bres poco más o menos a su altura, quienes por medio de los periódicos, se dirigen a ella o hablan en su nombre sobre la cuestión del momento". . . "Hay un rasgo carac­terístico en la dirección actual de la opinión pública, que consiste singularmente en hacerla intolerante con toda de­mostración que lleve el sello de la individualidad". . . Los hombres "carecen de gustos y deseos bastante vivos para arrastrarles a hacer nada extraordinario, y, por consiguien­te, no comprenden al que tiene dotes distintas: le clasifi­can entre esos seres extravagantes y desordenados que es­tán acostumbrados a despreciar"... "Por efecto de estas tendencias, el público está más dispuesto que en otras épo­cas a prescribir reglas generales de conducta y a procurar reducir a cada uno al tipo aceptado. Y este tipo, dígase o no se diga, es el de no desear nada vivamente. Su ideal en materia de carácter es no tener carácter alguno mar­cado (...)

 Stuart Mill no preveía, por supuesto, las proporciones inundatorias que el fenómeno iba a adquirir en el siglo siguiente; no contaba tampoco con los nuevos factores de tipo político, técnico, industrial, o simplemente demográ­fico para no hablar ya de la crisis acaecida en el estrato más hondo de las creenciasque debían contribuir a transformar sustancialmente su fisonomía y su virulencia en este siglo nuestro; pero, con todo, en lo esencial, su intui­ción y su pronóstico no pueden ser más penetrantes. (...) Desde el primer párrafo del libro acusamos el impacto de esa resonancia:

"El objeto de este trabajo —comienza diciendo su autor— no es el libre arbitrio, sino la libertad social o civil, es decir, la naturaleza y los límites del poder que puede ejercer legítimamente la sociedad sobre el individuo: cuestión raramente planteada y casi nunca discutida en términos generales, pero que influye profundamente sobre las controversias prácticas del siglo por su presencia latente y que, sin duda alguna, reclamará bien pronto la importancia que le corresponde como la cuestión vital del porvenir".

Stuart Mill cree que el problema tiene todavía solu­ción, por encontrarse en su fase inicial "solamente al principio puede combatirse con éxito contra la usurpa­ción", y aquí es donde su ingenuidad y su buena fe liberal pone en nuestros labios una sonrisa benévolamente irónica. La solución, en efecto, es de una seductora sim­plicidad: consiste en establecer una perfecta demarcación entre las respectivas esferas de intereses del individuo y de la sociedad. Y la clave de esa demarcación, en toda su generalidad, podría resumirse así: la libertad de pensa­miento o de acción en el individuo no debe tener otro lí­mite que el perjuicio de los demás. Ahí comienza, justa­mente, la esfera de interés de la sociedad.

  

Antonio Rodríguez Huéscar

  
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