Cantidad y cualidad

I. La física teórica es una física matemática

Las argumentaciones expuestas en la primera parte de esta obra nos han enseñado exactamente cuál ha de ser el objetivo que debe proponerse el físico a la hora de construir una teoría.

Una teoría física será, pues, un sistema de proposiciones lógi­camente encadenadas, y no una serie incoherente de modelos mecánicos o algebraicos. Y el objetivo de ese sistema no será pro­porcionar una explicación, sino una representación y una clasi­ficación natural de un conjunto de leyes experimentales.

Exigir que un número elevado de proposiciones se encade­nen en un orden lógico perfecto no es una exigencia menor ni fácil de satisfacer. La experiencia de siglos nos muestra con qué faci­lidad se desliza el paralogismo en la serie de silogismos aparen­temente más irreprochable.

Sin embargo, hay una ciencia en la que la lógica alcanza un grado de perfección tal que hace fácilmente evitable el error, y fácilmente reconocible cuando se ha cometido: esta ciencia es la ciencia de los números, la aritmética, y su prolongación que es el álgebra. Esa ciencia debe su perfección a un lenguaje simbóli­co extremadamente reducido, en el que cada idea está represen­tada por un signo cuya definición excluye cualquier ambigüedad, en el que cada frase del razonamiento deductivo es sustituida por una operación que combina los signos según reglas rigurosamente fijas, mediante un cálculo cuya exactitud siempre es fácilmente verificable. Ese lenguaje rápido y preciso le asegura al álgebra un progreso que ignora, o prácticamente ignora, las doctrinas opues­tas y las luchas entre escuelas.

Uno de los grandes méritos de los genios más ilustres de los siglos XVI y XVII fue reconocer esta verdad: la física no será una ciencia clara, precisa, exenta de las perpetuas y estériles disputas de que ha sido objeto hasta ahora, capaz de conseguir que sus doc­trinas obtengan el consenso universal, hasta que no hable la len­gua de los geómetras. Ellos fueron los que crearon la verdadera física teórica cuando comprendieron que debía ser una física mate­mática.

Creada en el siglo XVII, la física matemática ha demostrado que era el método físico correcto gracias a los prodigiosos e ince­santes progresos que ha hecho en el estudio de la naturaleza. Hoy en día sería imposible negar, sin chocar con el más elemental sen­tido común, que las teorías físicas han de exponerse en lenguaje matemático.

Para que una teoría física pueda exponerse mediante un enca­denamiento de cálculos algebraicos, hace falta que todas las nocio­nes que utiliza puedan ser representadas por números. Esto nos obliga a plantearnos una cuestión: ¿Qué condición requiere un atri­buto físico para poder ser representado por un símbolo numérico?

II. Cantidad y medida

Una vez planteada esta pregunta, la primera respuesta que se nos ocurre es la siguiente: para que un atributo que hallamos en los cuerpos pueda expresarse mediante un símbolo numéri­co, es suficiente y necesario, según palabras de Aristóteles, que este atributo pertenezca a la categoría de la cantidad no a la cate­goría de la cualidad; es necesario y suficiente, utilizando un len­guaje más comúnmente aceptado por el geómetra moderno, que este atributo sea una magnitud.

¿Y cuáles son las características esenciales de una magnitud? ¿En virtud de qué reconocemos, por ejemplo, que la longitud de una línea es una magnitud?

Si comparamos entre sí distintas longitudes, encontraremos las nociones de longitudes iguales y longitudes desiguales, y esas nociones presentan dos características fundamentales:

a) Dos longitudes iguales a una misma longitud son iguales en­tre sí.

b) Si una primera longitud es mayor que una segunda, y ésta es mayor que una tercera, la primera longitud es mayor que la ter­cera.

Estas dos características nos permiten ya expresar que dos longitudes A y B son iguales entre sí utilizando el símbolo arit­mético = y escribiendo que A = B; nos permiten expresar que la longitud A es mayor que la longitud B escribiendo A > B o bien B < A. En efecto, las únicas propiedades de los signos de igualdad o de desigualdad que se invocan en aritmética o en álgebra son las siguientes:

1) Las dos igualdades A = B, B = C dan lugar a la igualdad A = C;

2) Las dos desigualdades A. > B, B > C dan lugar a la desi­gualdad A > C.

Estas propiedades también las poseen los signos de igualdad y de desigualdad cuando se utilizan en el estudio de las longitudes.

Pongamos varias longitudes A, B, C..., una tras otra, y obte­nemos una nueva longitud S; esta longitud resultante es mayor que cada una de las longitudes que la componen A, B, C, y no cam­bia si se altera el orden en el que se suceden; tampoco cambia si se sustituyen algunas de las longitudes que la componen B, C, por la longitud obtenida si las ponemos una tras otra.

Estas pocas características nos permiten utilizar el signo arit­mético de la suma para representar la operación que consiste en poner varias longitudes una tras otra, y escribir

S = A + B + C +...

En efecto, según lo que acabamos de decir, podremos escribir:

A + B>A, A + B>B,

A + B = B + A, A + B + C = (A + B + C).

Ahora bien, estas igualdades y estas desigualdades repre­sentan los únicos postulados fundamentales de la aritmética; todas las reglas de cálculo imaginadas en aritmética para combinar los números se extenderán a las longitudes.

La extensión más inmediata es la de la multiplicación; la lon­gitud obtenida poniendo una tras otra n longitudes iguales entre sí e iguales a A podrá ser representada por el símbolo Axn. Esta extensión es el punto de partida de la medida de las longitudes, que nos permitirá representar cada longitud por un número acom­pañado de la mención de una cierta longitud-patrón que se elige de una vez para siempre.

En efecto, elijamos una longitud-patrón, por ejemplo el metro, es decir, la longitud que presenta, en unas condiciones bien deter­minadas, una barra metálica depositada en el Centro Internacio­nal de Pesos y Medidas.

Ciertas longitudes podrán ser reproducidas poniendo una tras otra n longitudes iguales a un metro; el número n acompañado de la mención del metro representará plenamente esa longitud; diremos que es una longitud de n metros.

Hay otras longitudes que no podrán ser representadas de esa manera, pero podrán ser representadas poniendo uno tras otro p segmentos iguales, mientras que q de esos mismos segmentos, puestos uno tras otro, reproducirán la longitud del metro; seme­jante longitud será conocida en su totalidad cuando se conozca la fracción p/q acompañada de la mención del metro; será una lon­gitud de p/q metros.

Un número irracional, acompañado siempre de la mención del patrón, permitirá representar igualmente cualquier longitud que no se incluya en una de las dos categorías que aca­bamos de definir. En resumen, conoceremos perfectamente cual­quier longitud cuando digamos que es una longitud de x metros, siendo x un número entero, fraccionario o irracional.

Entonces la suma simbólica A + B + C +..., mediante la cual representamos la operación que consiste en poner una tras otra varias longitudes, podrá ser reemplazada por una verdadera suma aritmética. Bastará medir cada una de las longitudes A, B, C... con una misma unidad, el metro por ejemplo, y obtendremos núme­ros de metros a, b, c... La longitud S que forman las longitudes A, B, C... puestas una tras otra, medida también en metros, será representada por un número s, que será la suma aritmética de los números a, b, c..., que miden las longitudes A, B, C... La igual­dad simbólica

A + B + C + ... = S

entre las longitudes que la componen y la longitud resultante será sustituida por la igualdad aritmética

a + b + c + ... = s

entre los números de metros que representan estas longitudes.

Así, gracias a la elección de una longitud-patrón y a la medi­da, concedemos a los signos de la aritmética y del álgebra, creados para representar las operaciones efectuadas sobre los números, la capacidad de representar las operaciones ejecutadas sobre las lon­gitudes.

Lo que acabamos de decir acerca de las longitudes podría­mos repetirlo respecto a las superficies, los volúmenes, los ángulos, los tiempos; todos los atributos físicos que son magnitudes presentan características análogas. Veríamos que los diversos esta­dos de una magnitud presentan siempre relaciones de igualdad a de desigualdad susceptibles de ser representadas por los signos =, >, <; podríamos someter siempre esta magnitud a una opera­ción que posee la doble propiedad conmutativa y asociativa, y, por consiguiente, susceptible de ser representada por el símbolo arit­mético de la suma, por el signo +. Mediante esta operación, la medida se introducirá en el estudio de esta magnitud y permitirá definirla plenamente por medio de la reunión de un número ente­ro, fraccionario o inconmensurable, y de un patrón. Esa asocia­ción se conoce con el nombre de número concreto.

III. Cantidad y cualidad

La característica esencial de todo atributo que pertenece a la categoría de la cantidad es, por tanto, la siguiente: cualquier esta­do de magnitud de una cantidad siempre puede formarse, por adi­ción, por medio de otros estados más pequeños de la misma can­tidad; cada cantidad, por medio de una operación conmutativa y asociativa, es la suma de cantidades menores que la primera, pero de la misma especie que ella, que son sus partes.

La filosofía aristotélica expresaba esa característica median­te una frase, demasiado concisa para dar plena cuenta de todos los detalles del pensamiento, que decía: La cantidad es lo que tiene unas partes fuera de las otras.

Todo atributo que no es cantidad es cualidad.

«Cualidad -dice Aristóteles- es una de esas palabras que se toman en muchos sentidos.» Cualidad es la forma de una figura de geometría, que hace de ella un círculo o un triángulo; cuali­dades son las propiedades sensibles de los cuerpos, como lo caliente y lo frío, lo claro y lo oscuro, lo rojo y lo azul; tener buena salud es una cualidad; ser virtuoso es una cualidad; ser gramático, geó­metra o músico son cualidades.

«Hay cualidades -añade el Estagirita- que no son susceptibles de más o de menos; un círculo no es más o menos circular; un triángulo no es más o menos triangular. Pero la mayoría de cualidades son susceptibles de más o de menos; son susceptibles de intensidad: una cosa blanca puede llegar a ser más blanca.»

Ante todo, querríamos establecer una relación entre las diver­sas intensidades de una misma cualidad y los distintos estados de magnitud de una misma cantidad; comparar el aumento de inten­sidad (intensio) o el debilitamiento de intensidad (remissio) con el aumento o la disminución de una longitud, de una superficie o de un volumen.

A, B, C... son distintos geómetras. A puede ser tan buen geó­metra como B, o mejor que B, o peor que B. Si A es tan buen geómetra como B y B tan buen geómetra como C, A es tan buen geó­metra como C. Si A es mejor geómetra que B y B mejor geómetra que C, A es mejor geómetra que C.

A, B, C... son telas rojas cuyos matices comparamos. La tela A puede ser de un rojo tan intenso, menos intenso o más inten­so que la tela B. Si el matiz de A es tan intenso como el matiz de B y el matiz de B tan intenso como el matiz de C, el matiz de A es tan intenso como el matiz de C. Si la tela A es de un rojo más vivo que la tela B y ésta de un rojo más vivo que la tela C, la tela A es de un rojo más vivo que la tela C.

Así pues, para expresar que dos cualidades de la misma espe­cie son o no de la misma intensidad, se pueden utilizar los signos =, >, <, que mantendrán las mismas propiedades que en aritmé­tica.

Y con esto se acaba la analogía entre las cantidades y las cua­lidades.

Una gran cantidad, como hemos visto, siempre puede estar formada por la suma de cierto número de pequeñas cantidades de la misma especie. La gran cantidad de granos que contiene un saco de trigo siempre puede ser obtenida por la suma de monto­nes de trigo cada uno de los cuales contenga una cantidad menor de granos. Un siglo es una sucesión de años; un año, una suce­sión de días, de horas, de minutos. Un camino de muchas leguas se recorre poniendo uno tras otro los cortos segmentos que el caminante supera a cada paso. Un campo de gran extensión pue­de dividirse en parcelas de menor superficie.

No ocurre nada parecido con la categoría de la cualidad. Si reunimos en un gran congreso a todos los geómetras mediocres que podamos encontrar, no tendremos el equivalente de un Arquímedes o de un Lagrange. Si cosemos varios pedazos de tela de color rojo oscuro, la pieza resultante no será de un rojo brillante.

Una cualidad de una cierta especie y de una cierta intensidad no es de ningún modo el resultado de varias cualidades de la mis­ma especie y de intensidad menor. Cada intensidad de una cuali­dad tiene sus características propias, individuales, que la hacen totalmente distinta de las intensidades menos elevadas o de las intensidades más elevadas. Una cualidad de una cierta intensidad no contiene, como parte integrante, la misma cualidad con una intensidad menor; y tampoco está incluida, como parte, en la com­posición de la misma cualidad más intensa. El agua hirviendo está más caliente que el alcohol hirviendo, y éste está más caliente que el éter hirviendo, pero ni el grado de calor del alcohol hirviendo ni el grado de calor del éter hirviendo son partes del grado de calor del agua hirviendo. Quien dijera que el calor del agua hirviendo es la suma del calor del alcohol hirviendo y del calor del éter hir­viendo diría un despropósito. Diderot preguntaba bromeando cuán­tas bolas de nieve hacían falta para calentar un homo; la cuestión sólo es problemática para el que confunde cualidad y cantidad.

Así pues, en la categoría de la cualidad, no hay nada que se parezca a la formación de una gran cantidad por medio de peque­ñas cantidades que son sus partes; no encontramos ninguna ope­ración, a la vez conmutativa y asociativa, que pueda merecer el nombre de suma y ser representada con el signo +; de modo que de la cualidad no se puede tomar la medida, que surge de la no­ción de suma.

IV. La física puramente cuantitativa

Siempre que un atributo es susceptible de medida, que es una cantidad, el lenguaje algebraico es apto para expresar los diver­sos estados de este atributo. ¿Esta capacidad de ser expresadas algebraicamente es exclusiva de las cantidades y las cualidades carecen totalmente de ella? Los filósofos que en el siglo XVII crea­ron la física matemática así lo creyeron. Desde entonces, para practicar la física matemática que pretendían, tuvieron que exi­gir que sus teorías considerasen exclusivamente cantidades y que toda noción cualitativa fuera rigurosamente rechazada.

Por otra parte, esos mismos filósofos veían en la teoría físi­ca no la representación, sino la explicación de las leyes de la expe­riencia; las nociones que esta teoría combinaba en sus enuncia­dos no eran para ellos los signos y los símbolos de las propiedades sensibles, sino la expresión misma de la realidad que se oculta bajo esas apariencias. El universo físico, que nuestros sentidos nos presentan como un inmenso conjunto de cualidades, debía ofrecerse a los ojos de la razón como un sistema de cantidades.

Esas aspiraciones, comunes a todos los grandes reformado­res científicos de principios del siglo XVII, desembocaron en la creación de la filosofía cartesiana.

Dejar las cualidades totalmente al margen del estudio de las cosas materiales es el objetivo y la característica de la física cartesiana.

Entre las ciencias, sólo la aritmética, junto con el álgebra, que es su prolongación, está exenta de cualquier noción que proce­da de la categoría de la cualidad; sólo ella coincide con el ideal que Descartes propone para toda la ciencia de la naturaleza.

Desde la geometría, el espíritu choca con el elemento cuali­tativo, ya que esta ciencia permanece «tan ceñida a la conside­ración de las figuras que no puede ejercitar el entendimiento sin fatigar mucho la imaginación». «Las reticencias de los anti­guos a usar en geometría términos de la aritmética, reticencias que se debían exclusivamente a que no veían suficientemente cla­ra su relación, causaban gran oscuridad y confusión en su forma de explicarse.». Esta oscuridad y confusión desaparecerán si se expulsa de la geometría la noción cualitativa de forma y de figu­ra, y sólo se conservan la noción cuantitativa de distancia y las ecuaciones que unen entre sí las distancias mutuas de los diversos puntos estudiados. Aunque sus objetos sean de naturalezas distintas, las diversas ramas de las matemáticas sólo consideran en esos objetos «las distintas relaciones o proporciones que hay en ellos», de forma que basta tratar esas proporciones en general por las vías del álgebra, sin preocuparse de los objetos donde se encuentran, de las figuras donde están realizadas; de este modo, «todo lo que pertenece al ámbito de consideración de los geóme­tras se reduce a una misma clase de problemas, que consiste en buscar el valor de las raíces de alguna ecuación». Las matemáti­cas se reducen enteramente a la ciencia de los números, sólo tra­tan de cantidades; las cualidades ya no tienen cabida en ellas.

Una vez expulsadas las cualidades de la geometría, hay que arrojarlas fuera de la física. Para conseguirlo, basta reducir la físi­ca a las matemáticas, convertidas exclusivamente en la ciencia de la cantidad. Es la tarea que intentará llevar a cabo Descartes.

«No admito en física principios no admitidos también en materia de las cosas corpóreas que aquélla cuya división, figura o movi­miento puede ser de cualquier tipo, es decir, la que los geómetras llaman cantidad, y toman por objeto de sus demostraciones; y en esta materia no considero sino sus divisiones, sus figuras y sus movimientos; y en fin, referente a esto, no quiero admitir por ver­dadero nada que no sea tan evidentemente deducido de aque­llas nociones comunes, de cuya verdad no se puede dudar, que pueda ser objeto de una demostración matemática. Y puesto que de este modo se puede dar razón de todos los fenómenos de la naturaleza, como se verá por lo que sigue, no considero que deban ser admitidos otros principios en la física, ni que haya moti­vo para desear otros que los explicados.» (Descartes, Principia Philosophiae, pars II, art. LXIV.)

¿Qué es, ante todo, la materia? «La naturaleza de la materia no consiste en ser una cosa dura, o pesada, o coloreada, o que afecte a nuestros sentidos en cualquier otra forma», sino sola­mente «en ser una sustancia extensa en longitud, anchura y pro­fundidad», (Descartes, op. cit, pars II, art. IV.) en lo «que los geómetras llaman cantidad» o volumen. De modo que la materia es cantidad; la cantidad de una cierta materia es el volumen que ocupa, un vaso contiene la misma mate­ria, tanto si está lleno de mercurio como de aire. «Los que dis­tinguen la sustancia de la extensión y la magnitud o no entienden nada por la palabra sustancia, o forman solamente una idea con­fusa de la sustancia incorpórea.» (Descartes, Principia Philosophiae, pars II, art. IX.)

¿Qué es el movimiento? También es una cantidad. Si multiplicamos la cantidad de materia que contiene cada uno de los cuerpos de un sistema por la velocidad de que está dotado este cuerpo, y sumamos todos estos productos, tendremos la cantidad de movimiento del sistema. Mientras el sistema no choque con ningún cuerpo extraño, que le quite o le ceda movimiento, man­tendrá una cantidad de movimiento invariable.

Así pues, en todo el universo está esparcida una materia úni­ca, homogénea, que no se puede comprimir ni dilatar, de la que nada sabemos sino que es extensa. Esta materia es divisible en partes de diversas figuras, y estas partes pueden moverse en rela­ción unas con otras. Éstas son las únicas propiedades verdaderas de lo que forma los cuerpos, y a esas propiedades deben reducir­se todas las aparentes cualidades que afectan a nuestros sentidos. El objeto de la física cartesiana es explicar cómo se hace esta reducción.

¿Qué es la gravedad? El efecto producido sobre los cuerpos por remolinos de materia sutil. ¿Qué es un cuerpo caliente? Un cuerpo «compuesto de pequeñas partes que se mueven cada una por separado con un movimiento muy repentino y muy violen­to». ¿Qué es la luz? Una presión ejercida sobre el éter por el movi­miento de los cuerpos inflamados y transmitida instantáneamente a grandes distancias. Todas las cualidades de los cuerpos, sin excepción alguna, quedan explicadas por una teoría que sólo con­sidera la extensión geométrica, las distintas figuras que se pue­den trazar en ella y las distintas construcciones de que son sus­ceptibles esas figuras. «El universo es una máquina en la que no hay absolutamente nada que considerar sino las figuras y los movi­mientos de sus partes.» Así, toda la ciencia se reduce a una espe­cie de aritmética universal de la que está radicalmente desterra­da la categoría de cualidad.

V. Las diversas intensidades de una misma cualidad se pueden expresar mediante números

La física teórica, tal como la concebimos, no tiene capacidad para captar, bajo las apariencias sensibles, las propiedades rea­les de los cuerpos; de modo que no podría, sin exceder el alcance legítimo de sus métodos, decidir si estas propiedades son cua­litativas o cuantitativas. Cuando el cartesianismo aporta una afir­mación sobre este punto, revela unas pretensiones que ya no nos parecen sostenibles.

La física teórica no capta la realidad de las cosas, sino que se limita a representar las apariencias sensibles por medio de sig­nos, de símbolos. Ahora bien, nosotros queremos que nuestra físi­ca teórica sea una física matemática, partiendo de la base de que esos símbolos sean símbolos algebraicos, combinaciones de núme­ros. Ahora bien, si solamente las magnitudes pueden ser expre­sadas por números, no deberíamos introducir en nuestras teorías ninguna noción que no fuera una magnitud. Sin afirmar que en el fondo mismo de las cosas materiales todo es cantidad, no admi­tiríamos nada que no fuera cuantitativo en la imagen que cons­truimos de las leyes físicas; la cualidad no tendría cabida en nues­tro sistema.

Ahora bien, no hay ninguna razón para suscribir esta con­clusión. El carácter puramente cualitativo de una noción no impi­de que los números se utilicen para representar sus diversos esta­dos. Una misma cualidad puede presentar una infinidad de intensidades distintas, y esas intensidades distintas se pueden fijar y numerar, poniendo el mismo número cuando la misma cualidad se presenta con la misma intensidad, y marcando con un segundo número más elevado que el primero en el caso de que la cualidad considerada sea más intensa.

Por ejemplo, existe la cualidad de ser geómetra. Cuando unos jóvenes geómetras se presentan a un examen, el examinador que debe calificarles otorga una nota a cada uno, que será la misma para dos geómetras que le parezcan igualmente buenos; en cam­bio, pondrá una nota mejor a uno que a otro, si el primero le pare­ce mejor geómetra que el segundo.

Tenemos unas piezas de tela roja, y unas son de un rojo más intenso que otras. El comerciante que las ordena en los estantes les pone números; a cada número le corresponde un matiz rojo bien definido: cuanto más elevado es el número, más intenso es el brillo del rojo.

Tenemos unos cuerpos calientes; el primer cuerpo está tan caliente, más caliente o menos caliente que el segundo cuerpo. Un cuerpo está en este instante más o menos caliente que el otro. Cada parte de un cuerpo, por pequeña que se suponga, parece dotada de cierta cualidad que denominamos lo caliente, y la inten­sidad de esta cualidad no es la misma, en el mismo instante, entre una parte del cuerpo y otra; en un mismo punto del cuerpo varía de un instante a otro.

Podríamos hablar en nuestros razonamientos de esta cuali­dad, lo caliente, y de sus diversas intensidades; pero en nuestro deseo de utilizar al máximo el lenguaje del álgebra, sustituiremos la consideración de esta cualidad, lo caliente, por la de un sím-bolo numérico, la temperatura.

La temperatura será un número atribuido a cada punto de un cuerpo y en cada instante, y estará vinculado al calor que reina en este punto y en este instante. A dos calores de igual intensidad les corresponderán dos temperaturas numéricamente iguales. Si en un punto hace más calor que en otro, la temperatura del pri­mer punto se marcará con un número más elevado que la tem­peratura del segundo punto.

Así pues, si M, M', M" son distintos puntos, y si T, T", T" son los números que expresan su temperatura, la igualdad aritméti­ca T = T' tiene el mismo sentido que la siguiente frase: hace tan­to calor en el punto M' como en el punto M. La desigualdad arit­mética T > T" equivale a esta frase: hace menos calor en el punto M' que en el punto M".

La utilización de un número, la temperatura, para represen­tar las diversas intensidades de una cualidad, lo caliente, se basa enteramente en estas dos proposiciones:

Si el cuerpo A está tan caliente como el cuerpo B y el cuer­po B tan caliente como el cuerpo C, el cuerpo A está tan caliente como el cuerpo C.

Si el cuerpo A está más caliente que el cuerpo B y el cuerpo B más caliente que el cuerpo C, el cuerpo A está más caliente que el cuerpo C.

En efecto, estas dos proposiciones son suficientes para que los signos =, >, <, puedan representar las relaciones que las dis­tintas intensidades de calor pueden tener entre sí, del mismo modo que permiten representar las relaciones mutuas de los números o las relaciones mutuas de los distintos estados de magnitud de una misma cantidad.

Si se me dice que la medida de dos longitudes está represen­tada por 5 y 10 respectivamente, sin darme ningún otro dato, se me proporciona cierta información acerca de estas longitudes: yo sé que la segunda es más larga que la primera, incluso sé que es el doble. No obstante, estas informaciones son bastante incom­pletas: no me permitirán reproducir una de estas longitudes, ni siquiera saber si es grande o pequeña.

Estas informaciones se completarán si, en vez de darme sola­mente los números 5 y 10 que miden esas longitudes, se me dice que estas longitudes están medidas en metros y si se me presen­ta el metro-patrón o una de sus copias. En ese caso, podré reproducir y realizar esas longitudes cuando me plazca.

Así pues, los números que miden magnitudes de la misma especie sólo nos informan plenamente de estas magnitudes si dis­ponemos además del conocimiento concreto del patrón que repre­senta la unidad.

Unos geómetras se presentan a un examen, y me informan de que las notas que han merecido son 5, 10 y 15. Con eso se me proporciona cierta información que me permitirá, por ejemplo, clasificarlos. Pero esta información es incompleta, ya que no me permite hacerme una idea del talento de cada uno. Desconozco el valor absoluto de las notas que se les han otorgado, necesito conocer la escala a la que se refieren esas notas.

Igualmente, si se me dice solamente que las temperaturas de distintos cuerpos están representadas por los números 10, 20 y 100, se me informa de que el primer cuerpo está menos caliente que el segundo, y éste menos caliente que el tercero. Pero, ¿el pri­mero está caliente o frío? ¿Podría hacer fundir el hielo? ¿Me que­maría el último? ¿Podría cocer un huevo? No lo sabré hasta que se me proporcione la escala termométrica a la que se refieren esas temperaturas de 10, 20 y 100, es decir, un procedimiento que me permita conocer de una manera concreta las intensidades de calor que representan esos números 10,20 y 100. Si me dan un vaso de cristal graduado que contiene mercurio, y me informan de que la temperatura de una masa de agua deberá considerarse igual a 10, a 20 o a 100 cuando, al sumergir en el vaso el termómetro, el mer­curio alcance la décima división, la vigésima o la centésima, enton­ces todas mis dudas quedarán disipadas. Siempre que se me indique el valor numérico de una temperatura, podré, si quiero, compro­bar efectivamente que una masa de agua tiene esta temperatu­ra, puesto que dispongo del termómetro en el que se lee.

Así como una magnitud no se define simplemente por un número abstracto, sino por un número unido al conocimiento concreto de un patrón, tampoco la intensidad de una cualidad está totalmente representada por un símbolo numérico; a ese símbo­lo hay que añadirle un procedimiento concreto que permita obtener la escala de esas intensidades. Solamente el conocimiento de esta escala permite dar un sentido físico a las proposiciones algebraicas que se refieren a los números que representan las dis­tintas intensidades de la cualidad estudiada.

Naturalmente, la escala que sirve para marcar las distintas intensidades de una cualidad siempre es algún efecto cuantitativo que tiene por causa esta cualidad. Se elige este efecto de tal modo que su magnitud vaya creciendo al mismo tiempo que la cualidad que lo causa se vuelve más intensa. Así, en un recipien­te de cristal que rodea un cuerpo caliente, el mercurio sufre una dilatación aparente, y esta dilatación es tanto mayor cuanto más caliente está el cuerpo. Éste es un efecto cuantitativo que pro­porcionará un termómetro, que permitirá construir una escala de temperaturas apta para señalar numéricamente las distintas inten­sidades de calor.

En el ámbito de la cualidad no tiene cabida la noción de suma; en cambio, la encontramos al estudiar el efecto cuantitativo que proporciona una escala apta para marcar las distintas intensidades de una cualidad. No podríamos sumar entre sí distintas intensidades de calor, pero se pueden sumar las aparentes dila­taciones de un líquido en un recipiente sólido; se puede hacer la suma de varios números que representan las temperaturas.

Así, la elección de una escala permite sustituir el estudio de las distintas intensidades de una cualidad por la consideración de números, sometidos a las reglas del cálculo algebraico. Las ventajas que los antiguos físicos pretendían obtener sustituyendo por una cantidad hipotética la propiedad cualitativa que los sen­tidos les revelan, y midiendo la magnitud de esta cantidad, se pue­den obtener con frecuencia sin necesidad de recurrir a esta can­tidad supuesta, sino simplemente mediante la elección de una escala adecuada.

La carga eléctrica nos ofrece un ejemplo de lo que hemos dicho.

Lo que la experiencia nos muestra en un principio en cuer­pos muy pequeños electrizados es algo cualitativo; muy pronto, esta cualidad, la electrización, deja de parecer simple, y es sus­ceptible de adoptar dos formas que se oponen entre sí y se destruyen mutuamente: puede ser resinosa o vítrea.

Tanto si es resinosa como vitrea, la electrización de un cuer­po pequeño puede ser más o menos potente: es susceptible de diversas intensidades.

Franklin, OEpinus, Coulomb, Laplace, Poisson, todos los crea­dores de la ciencia eléctrica, creían que las cualidades no podían ser admitidas en la constitución de una teoría física; que sola­mente las cantidades tenían en ella carta de ciudadanía. Así pues, bajo esta cualidad de electrización que sus sentidos les revelaban, su razón buscaba una cantidad, la cantidad de electricidad. Para llegar a concebir esta cantidad, imaginaban que cada una de las dos electrizaciones era debida a la presencia, en el seno del cuer­po electrizado, de un determinado fluido eléctrico; que la electri­zación de ese cuerpo era tanto más intensa cuanto mayor era la masa de fluido eléctrico que contenía. La magnitud de esa masa proporcionaba así la cantidad de electricidad.

La consideración de esta cantidad desempeñaba en la teo­ría un papel esencial, que derivaba de las dos leyes siguientes:

La suma algebraica de las cantidades de electricidad espar­cida en un conjunto de cuerpos, suma en la que las cantidades de electricidad vítrea llevan el signo + y las cantidades de electrici­dad resinosa el signo -, no cambia mientras ese conjunto no entre en comunicación con ningún otro cuerpo.

A una distancia determinada, dos cuerpos pequeños electri­zados se repelen con una fuerza que es proporcional al produc­to de las cantidades de electricidad de que son portadores.

Pues bien, estos dos enunciados podemos mantenerlos ínte­gros sin necesidad de recurrir a fluidos eléctricos hipotéticos y poco verosímiles, sin despojar a la electrización del carácter cua­litativo que le otorgan nuestras observaciones inmediatas; basta elegir la escala adecuada a la que referimos las intensidades de la cualidad eléctrica.

Cojamos un cuerpo pequeño electrizado vitreamente de una forma siempre idéntica a si misma y, a una distancia elegida de forma definitiva, hagamos actuar sobre él cada uno de los pequeños cuerpos cuya electrización queremos estudiar. Cada uno de esos cuerpos ejercerá sobre el primero una fuerza cuya magnitud podemos medir, y que marcaremos con el signo + cuan­do sea repulsiva, y con el signo - en el caso contrario. Entonces, cada pequeño cuerpo electrizado vitreamente ejercerá sobre el primero una fuerza positiva tanto mayor cuanto más intensa sea su electrización; cada pequeño cuerpo electrizado resinosamen­te ejercerá una fuerza negativa cuyo valor absoluto crecerá a medi­da que la electrización sea más potente.

Esta fuerza, elemento cuantitativo, susceptible de medida y de suma, que elegiremos como escala electrométrica, es la que nos proporcionará los distintos números positivos que sirven para representar las distintas intensidades de la electrización vítrea, y los distintos números negativos con los que se marcarán los dis­tintos grados de la electrización resinosa. A esos números, a las indicaciones proporcionadas por este método electrométrico, pode­mos darles, si queremos, el nombre de cantidades de electricidad. Y así los dos enunciados esenciales que formulaba la doctrina de los fluidos eléctricos volverán a ser razonables y verdaderos.

Ningún ejemplo nos parece más adecuado para poner en evi­dencia esta verdad: para hacer de la física, como quería Descar­tes, una aritmética universal, no es necesario imitar al gran filósofo y rechazar toda cualidad, ya que el lenguaje del álgebra permite razonar tanto sobre las distintas intensidades de una cualidad como sobre las distintas magnitudes de una cantidad.

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Duhem, Pierre. La teoría física, Herder Editorial, Barcelona, 2003.

 

  
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