Las verdades matemáticas

Vamos a suponer que pudiésemos conformarnos con que la proposición «Todos los cuerpos caen» tenga una validez semejante a la de un hábito; vamos a suponer esto mismo, por el momento, para todas las llamadas leyes físicas. Hay, sin embargo, como vamos a ver a continuación, al menos un campo en el que no es po­sible dejar de reconocer proposiciones universales y ne­cesarias que, sin embargo, no son juicios analíticos; tal campo adquirirá, por tal razón, desde los comienzos de la filosofía moderna, una importancia decisiva.

Consideremos esta proposición: «Todo triángulo tiene por suma de sus ángulos 180o». Si consideramos la definición del concepto «triángulo» y luego la defini­ción de cada una de las notas que entran en esa defi­nición, etc., no encontraremos ninguna nota relativa a la suma de los ángulos; el predicado según el cual la suma de los ángulos es 180° no forma parte del propio concepto «triángulo»; por lo tanto, la proposición con­siderada no es un juicio analítico; no la obtenemos analizando el concepto «triángulo», sino haciendo una construcción; trazamos por un vértice cualquiera de un triángulo cualquiera (sea el vértice A del triángulo ABC) una paralela al lado opuesto, y entonces vemos que los ángulos 2 y 3 de la figura son respectivamente iguales a B y C (en virtud del paralelismo de sus lados y de su orientación en el plano), es decir: vemos que el ángulo 2 y el B pueden superponerse el uno al otro mediante cierto movimiento, y lo mismo el C y el 3;

ahora bien, los ángulos 1, 2 y 3 suman, como se ve en la figura misma, 180°; luego también esto es lo que suman los ángulos 1, B y C, que son los tres án­gulos del triángulo ABC. La proposición aludida queda demostrada porque vemos que la construcción hecha po­dría hacerse sobre cualquier triángulo posible; pero se trata de una construcción, de un trazado, no del aná­lisis de un concepto en sus notas

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Consideremos ahora la tesis «Los números tres y dos tienen por suma el número cinco». Tampoco esta proposición expresa el análisis de un concepto, sino una operación que efectuamos; por así decir: conta­mos hasta tres y luego dos más; «tres» y «dos» expre­san los «datos» para esa operación, los materiales para esa construcción, y «suma» es el concepto de la ope­ración misma, pero la operación la hacemos realmente, no nos limitamos a analizar su concepto. Por lo tanto, tampoco aquí se trata de un juicio analítico. Si decimos que, una vez dicho «la suma de tres y dos», está ya pre­sente «cinco», lo que queremos decir no es que «cinco» esté presente como nota de un concepto, sino que es el resultado necesario de la operación que indicamos al decir «la suma de tres y dos».

Estamos viendo que las proposiciones de la mate­mática no son juicios analíticos. Sin embargo, son ver­dades universales y necesarias. La demostración arriba expuesta de que la suma de los ángulos de un triángulo es 180° demuestra absolutamente que en todo trián­gulo posible ocurrirá eso y que no podríamos imaginar un triángulo en el que la suma de los ángulos fuese otra cosa que 180°. Igualmente, 3 + 2 = 5 significa que no puede haber tres objetos y dos objetos (ni siquiera tratándose de objetos puramente imaginados) que, en total, sean otra cosa que cinco objetos. Más arriba (pág. 87) dijimos que la experiencia no puede darnos nada universal y necesario, porque la experiencia nos dice que la cosa es de hecho así en todos los casos experimentados, pero no que tenga que ser así en todo caso posible. Luego las verdades matemáticas no tienen su fundamento en la experiencia, y, en efecto, es fácil ver que las verdades matemáticas no requieren, para su demostración, de ningún dato empírico; son, pues, válidas «antes» de toda experiencia, lo cual ex­presa Kant diciendo que son a priori. El sentido de este «antes», de este «a priori», requiere aún la si­guiente observación:

La matemática no es válida en virtud de la expe­riencia, pero es válida precisamente en y para la ex­periencia, en y para todos los posibles objetos de la experiencia (por lo tanto también para los puramente imaginados). Que el cuadrado de la hipotenusa de un triángulo rectángulo es igual a la suma de los cuadra­dos de los catetos no lo sabemos por haber medido muchos triángulos rectángulos y haber visto que así se cumple, es decir: no lo sabemos por la experiencia, sino por una demostración que lo demuestra de una sola vez para todo triángulo rectángulo posible y que (lo que es lo mismo) no toma nada del contenido de la experiencia, sino que es totalmente a priori; ahora bien, lo que esta demostración a priori demuestra no es otra cosa que una ley que todo posible objeto de la experiencia misma tiene que cumplir, a saber: que todo objeto de la experiencia, en la medida en que sea un triángulo rectángulo (y tanto más exactamente cuanto más exactamente lo sea), ha de tener por medida de la hipo­tenusa la raíz cuadrada de la suma de los cuadrados de los catetos. Las verdades matemáticas, pues, se demuestran independientemente de la experiencia, pero no porque constituyan un campo aparte, al margen de la experien­cia; por el contrario, su validez absoluta consiste preci­samente en la absoluta certeza de que todo objeto de la experiencia ha de cumplirlas. Podemos desarrollar a priori las propiedades de una figura geométrica o de una fórmula numérica sin saber en absoluto si hay o no algún objeto o algún fenómeno empírico que tenga esa figura o se produzca según esa fórmula, pero la validez de lo que demostremos en ese desarrollo con­siste en que cualquier posible objeto o fenómeno que respondiese a esa figura o a esa fórmula (y tanto más exactamente cuanto más exactamente respondiese) tendría que cumplir lo demostrado. La matemática no depende de la experiencia, pero no porque sea al margen de la ex­periencia, sino porque legisla de antemano («de ante­mano» = «a priori») acerca de la experiencia; es la experiencia la que tiene que ser con arreglo a la ma­temática.

Descartes (1596-1650) se pregunta, lo mismo que Platón y Aristóteles, en qué consiste el ser, esto es: en qué consiste el que algo (lo que en cada caso afir­mamos) sea tal como lo afirmamos. La pregunta adopta en Descartes una forma peculiar que es característica de la filosofía moderna (de la que Descartes puede ser considerado como el fundador): Descartes se plantea la cuestión así: ¿cuándo (= bajo qué condiciones) se está verdaderamente autorizado a decir que algo es? Como primer paso en el desarrollo de esta pregunta, Des­cartes establece que el que algo sea (el que estemos verdaderamente autorizados a decir «esto es así») con­siste en que no se pueda poner en duda ese algo (en que no sea posible dudar de que «esto es así»); consiste, pues, en la certeza (= imposibilidad de duda).

A primera vista parece que, con esto, Descartes remite la determinación del ser a un fenómeno «subjetivo», «humano», puesto que la imposibilidad de dudar es algo que me acontece a mí, que pertenece a mi «vida psíquica». Si se admite que la imposibilidad de dudar de determinadas cosas afecta a todos los hombres, entonces tal imposibilidad pertenecería a «la natura­leza humana» y, por lo tanto, seguiría siendo algo hu­mano, y seguiríamos estando en que Descartes remite a un fenómeno «humano» la determinación del ser. Ahora bien, ya esta última consideración nos hace pensar que estamos interpretando a Descartes en una vía que acaba en callejón sin salida; en efecto, ¿cómo podríamos saber que ningún hombre posible podría dudar de algo, si no fuera porque ese algo, la cosa misma, se nos presenta de un modo especial, de un modo que hace absolutamente imposible la duda al respecto? Cuando reconocemos por válida la demostración de que la suma de los ángulos de un triángulo es 180°, lo que hacemos es reconocer que, una vez trazada la paralela a uno de los lados, el que el ángulo 2 sea igual al B y el 3 igual al C, y el que los ángulos 1, 2 y 3 sumen dos rectos, etc., son cosas que se nos presentan de un modo que excluye toda posibilidad de duda; «vemos» absolutamente no sólo que ello es así, sino que tiene que ser así y que no podría ser de otra manera (que no podría haber un triángulo en el que no ocurriese lo mismo). Es, pues, la cosa misma la que posee certeza, es decir: la que se presenta no sólo como hecho, sino como necesidad, a diferencia de lo que ocurre, por ejemplo, cuando yo afirmo que sobre mi mesa hay un mechero, porque, en este caso, la presencia de un mechero sobre mi mesa, aun suponiendo que de hecho acontezca, podría no acontecer, no es una necesidad (yo puedo perfectamente imaginar el caso de que sobre la mesa no haya un mechero), y, por lo tanto, en cuan­to al hecho de que yo veo el mechero sobre mi mesa, siempre cabe la posibilidad de pensar que yo estoy soñando o alucinado y que no hay ningún mechero sobre mi mesa. ¿No podríamos también, en el caso de la suma de los ángulos de un triángulo, pensar que podemos ser víctimas de una ilusión al reconocer la evidencia de la demostración? No (si verdaderamente hemos recorrido la demostración, entendiendo perfec­tamente todos sus pasos), porque hay una diferencia fundamental entre la «evidencia» del mechero sobre mi mesa y la evidencia de la demostración referente a la suma de los ángulos de un triángulo: yo puedo tan perfectamente imaginar o soñar que sobre mi mesa no hay ningún mechero como que lo hay, mientras que, en cambio, no puedo imaginar ni soñar un triángulo sobre el cual no se pueda trazar una paralela a uno de los lados por el vértice opuesto o sobre el cual, trazada esa paralela, no resulten las igualdades de án­gulos antes mencionadas. Yo puedo soñar o imaginar mecheros, pero, necesariamente, si una pieza o una cara de un mechero es triangular, entonces la suma de sus ángulos es 180° con total independencia de que el me­chero sea real, imaginado o soñado. La validez de las verdades matemáticas es independiente del hecho de la experiencia y por eso es absoluta. En cambio, todo lo que nos es dado en la experiencia es un hecho, no una necesidad, es decir: es algo que acontece, pero de lo que nada nos impide pensar o imaginar que no acontezca, algo que podría no acontecer; por ello, siempre podemos pensar (como cosa posible) que nues­tras constataciones empíricas se deban a error nuestro; incluso si hacemos una experiencia con la ayuda de aparatos muy precisos, al ver (por ejemplo) que la aguja indicadora marca 60, podemos pensar que puede ocurrir que estemos padeciendo una alucinación y que la aguja marque en realidad 70, o que no haya aguja ni aparato ni experiencia, porque todo sea un sueño.

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Martínez Marzoa, Felipe Iniciación a la Filosofía, Madrid, Istmo.


  
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