Partir de cero
¿A qué estamos jugando?

 

Todos/as nosotras/os hemos partido de cero alguna vez. Por ejemplo todas/os hemos estado alguna vez, en alguna parte, flotando tan agustito y entonces algo ha ido mal, hemos aparecido aquí, nos han empezado a dar golpes, hemos tenido que empezar a respirar, a comer, a dormir, a orinar, es decir, a buscarnos la vida de distintas maneras. Hemos tenido que aprender a llorar, a hacer monerías, a emitir sonidos articulados, a mantener el equilibrio sobre dos patas, etc. En el momento en que nacemos partimos, de alguna manera, de cero, en el sentido de que empiezan a pasar(nos) todo tipo de cosas rarísimas que es que es la primera vez que (nos) pasan. Cada una inaugura, desde cero, un contador.

Además, como nuestros reflejos y nuestros instintos son bastante limitados (chupar, agarrar, sobresaltarnos y poco más), en general ocurre que no sabemos de qué va todo esto que nos rodea, a qué viene, qué hay que hacer con ello, cómo se hace todo. No sabemos nada, porque sólo llamamos, propiamente, saber, a algo que hemos aprendido, no a los instintos y reflejos que traemos de serie. Entonces estamos en el punto (0,0) de nuestro camino hacia el saber,

Es algo parecido a lo que pasa cuando empezamos a jugar a un videojuego. Como nunca nadie se ha molestado en leer las instrucciones de un videojuego, lo que se hace es empezar directamente una partida e ir tocando teclas o mover el ratón o el mando y llevar al muñequito o a la muñequita de un lado para otro “a ver qué pasa”: ¿Qué pasa si aprieto la tecla “X” y la flecha al mismo tiempo? ¿Qué pasa si me como esta seta? ¿Qué pasa si le toco un cuerno al monstruo que está delante de la puerta del castillo? etc. Unas veces pasan unas cosas y otras veces otras y así vamos aprendiendo a jugar.

Nivel principiante

Eso hacemos también cuando empezamos a jugar a ese juego que, siempre ya, estamos jugando desde que nacimos. Tocamos, agarramos, agitamos, tiramos al suelo, lamemos, ingerimos todo lo que nos vamos encontrando. Damos manotazos, patadas, cabezazos, pellizcos a todo lo que se presenta, etc., y probamos “a ver qué pasa”.

Esto es lo que llamamos “experiencia”, palabra que procede de la latina experientia que significa precisamente eso: prueba [1]. Llamamos experiencia al “hecho de presenciar, conocer o sentir alguien una cosa él mismo, por sí mismo o en sí mismo” (según el diccionario de María Moliner), y: al “conocimiento de la vida adquirido por las circunstancias o situaciones vividas” (según el diccionario de la RAE). Lo más característico de la experiencia es que es algo que sólo nos pasa en primera persona, a cada uno/a de nosotras/os, de manera que sólo puedo decir que he experimentado algo si he sido yo mismo/a quien la ha probado o quien lo ha vivido, si ha pasado en mi propia vida. Por muy bien que alguien describa un vuelo en ultraligero o un viaje a París eso no tiene nada que ver con vivirlo nosotros/as mismas/os. Por eso se suele considerar a la experiencia como, en cierta forma, la zona cero o el solar sobre el que se construye todo lo demás.

También se llama experiencia a la “práctica prolongada que proporciona conocimiento o habilidad para hacer algo” (RAE), como cuando decimos que alguien tiene experiencia en la conducción de camiones con remolque para referirnos al hecho de que ha repetido esa experiencia de conducción en diferentes condiciones y circunstancias, y ha acumulando una serie de vivencias relacionadas con la misma. Otra de las primeras características de la experiencia con la que nos encontramos es la de que muchas de esas cosas tan raras que pasan se repiten. La experiencia no es, por tanto, sólo la sucesión de sensaciones, presencias, acontecimientos siempre nuevos, sino también repetidos, hay ciertos ritmos y ciertas regularidades en eso que pasa, y esto hace que nuestras vivencias se puedan ir acumulando, que se puedan ir relacionando unas con otras y reuniendo alrededor de esas cosas que se presentan repetidamente, hasta que empezamos a reconocerlas e incluso a anticiparlas a medida que nos vamos enterando un poco de cómo va esto, y es entonces cuando empezamos a considerarlas como cosas.

Algunas de esas regularidades especialmente frecuentes van separándose cada vez más nítidamente del fondo, del bloque indiferenciado de la experiencia bruta (mamá, papá, el hermanito, el perro, etc.) los/as reconocemos por las diferentes cosas que suelen hacer y nosotras/os mismos/as empezamos a intentar hacer las mismas cosas que hacen. La imitación forma parte del proceso de aprendizaje de todos los animales y también del nuestro. Finalmente descubrimos que hay algunos de esos seres con los que podemos compartir algo más, y adquirimos la que será nuestra herramienta más eficaz (y que ningún otro animal, ni ningún otro ser que conozcamos), posee: el lenguaje.

A través del lenguaje empezamos a recibir cosas tales como órdenes (¡no toques eso!, ¡no te comas aquello!, ¡no te metas el dedo en la nariz!), advertencias (¡tu toca, tira, cómete, etc., eso y verás...!), tenemos que responder preguntas (¿quieres plátano o pera?, ¿tienes sueño, hambre, sed? ¿quieres más a papá o a mamá?), etc. y esto nos hace ver nuestra propia experiencia de otra manera. Ahora no sólo tenemos que preocuparnos de lo que pasa alrededor nuestro sino también de lo que nos pasa a nosotros/as mismas/os: ¿tengo hambre, sed, sueño?, ¿realmente me apetece una pera?, ¿verdaderamente quiero a alguno de estos dos individuos incompetentes y autoritarios que se llaman a sí mismos “mis padres”?, etc. De hecho es ahora cuando empezamos a ser, propiamente, algo así como “nosotros/as mismas/os”, por lo menos para nosotras/os mismos/as. Empezamos a reconocernos en los que sentimos, vivimos o experimentamos como en algo “nuestro”. Soy yo quien tiene sed o, lo que es lo mismo: eso que tiene sed, o sueño o hambre es lo que todos/as, incluído/a yo, llamamos yo. También es a partir de ese momento cuando empezamos a vernos reflejadas/os en el espejo de lo que se espera, desea, exige, etc., de nosotros/as. Eso es lo que denominamos ser conscientes. El término conciencia (del latín conscientia, calcado del griego syneidesis) deriva de cum (= con) y scientia (= saber, conocimiento), y se refiere a algo que acompaña —al menos a partir de ese momento— a nuestros saberes, o a nuestro deseos: la conciencia de que son nuestros. La RAE, por ejemplo, define la conciencia o consciencia como: la propiedad del espíritu humano de reconocerse en sus atributos esenciales y en todas las modificaciones que en sí mismo experimenta”.

Así es, más o menos, como solemos representarnos, retrospectivamente, nuestros inicios biográficos.

 

 

VVAA

 
Notas


[1] La palabra está formada con el prefijo “ex-”  (= separación del interior, que indica también procedencia) y la palabra “periens” (participio del verbo periri = tratar, probar); es decir: lo que sale o surge de la prueba o el ensayo. De ahí proceden, por ejemplo, en castellano términos como “pericia” o “perito” que se usan para referirse, respectivamente, a la habilidad para hacer algo o a la práctica a la hora de hacerlo y a la persona que la posee, e incluso “pirata”, que se aplicaba a quien tenía que probar suerte en el mar. También proceden de la misma raíz otras como “peligro” (derivada de periculum) que pone de manifiesto el riesgo que siempre se corre al hacer esa prueba o al vivir cualquier experiencia. El verbo periri deriva, a su vez, del griego peîra con el mismo significado y del que proceden términos castellanos como “empírico” que quiere decir experimental o basado en la experiencia.