El hombre, desde que nace hasta que muere, vive con otros hombres. Aislado de sus congéneres, un hombre no podría jamás llevar una vida humana. Sin la ayuda de algún tipo de sociedad el hombre no podría ni siquiera sobrevivir ya que tras su nacimiento sigue siendo dependiente de otros, para su alimentación y cuidado, durante mucho tiempo. Existen, sin embargo, casos, de seres humanos que han sido criados por distintos tipos de animales, pero las escasísimas historias verídicas de niños-lobo prueban palpablemente hasta qué punto el hombre necesita de otros seres humanos para construir su personalidad, como lo demuestra el caso del niño salvaje encontrado en Francia en 1799 Victor de Aveyron.
Conocemos
también muchos animales que viven durante toda su vida en sociedad. E incluso
existen sociedades animales enormemente complejas, tanto por el número de sus
miembros como por la división del trabajo establecida entre ellos: piénsese en
una colmena o en un termitero.
¿En qué
se distingue la sociedad humana de una sociedad animal?
La
mayor parte de las actividades de un animal están basadas en el instinto. Una
determinada especie de hormiga construye sus hormigueros siempre igual, el
número de miembros que componen su colonia es más o menos constante —o, en todo
caso, varía de modo fijo según los cambios ambientales— y su organización no se
modifica aunque se vayan sucediendo las generaciones. Por el contrario, el
hombre no encuentra dentro de sí un repertorio de instintos que le indiquen en
cada momento qué debe hacer y cómo hacerlo. El ser humano tiene que construirse
su propia vida. Veámoslo en un ejemplo muy simple. Cada especie animal posee un
hábitat determinado. Existe un clima y una vegetación en la cual la especie
está adaptada a vivir. En cambio, el hombre carece de hábitat propio.
Ciertamente viven hombres en todas las partes del Planeta, pero en ningún lugar
de la Tierra encuentran su hábitat propicio. El hombre siempre construye casas;
se fabrica su propio hábitat, porque por instinto no está adaptado a vivir en
ninguno. Además, los hombres construyen sus viviendas de múltiples formas, pues
el instinto no les enseña cómo han de hacerlo. Tienen que ingeniárselas por sí
solos.
Claro
está que no queremos dar a entender que los animales carezcan totalmente de la
capacidad de aprender. Si los gatitos observan a su madre cazar ratas, la mayoría
de ellos, a partir de los cuatro meses de edad, comenzarán a cazar ratas. Pero,
si criamos los gatitos con ratas, cuando se hagan adultos, ninguno matará ratas
del tipo de aquéllas con las que han crecido y sólo unos pocos (aproximadamente
un 15 por 100) perseguirán ratas de otros tipos. Esta experiencia muestra que
los animales aprende y no sólo aprenden individualmente (con los tipos de
aprendizaje estudiados en el tema 5), sino que son capaces de un aprendizaje
social. Sin embargo, en este aspecto están muy lejos de asemejarse al hombre.
En los animales la proporción de conducta innata frente a la conducta aprendida
es muy baja (y mucho más baja aún es la proporción entre conducta aprendida
socialmente y conducta innata). En el hombre esta proporción se invierte
totalmente; su conducta innata es insignificante comparada con su conducta
aprendida.
El
aprendizaje social es un tercer tipo de aprendizaje, puesto de relieve
especialmente por Bandura, que consiste en la modificación de la conducta en
virtud de la imitación. Cuando se observa que una determinada conducta (modelo)
reporta a quien la ejecuta un refuerzo positivo, el observador tiende a
imitarla. La propia sociedad modela por este medio la propia afectividad
de los individuos, es decir les enseña a ver como más atractivos o como
repulsivos ciertos modelos de comportamiento que son los socialmente
aceptados o considerados como deseables, y de este modo influye en la motivación
de la conducta de los individuos de forma permanente, como veíamos en
la unidad anterior. Desde siempre se ha admitido este tipo de
aprendizaje. Los pedagogos
de todos los tiempos han hablado del valor edificante de los castigos y
recompensas no sólo para la persona implicada directamente, sino también para
todos aquellos que lo contemplan. El caso de los gatos antes descrito cae
dentro del aprendizaje por imitación o aprendizaje social. Sin embargo, donde
ampliamente se da el aprendizaje social es entre los hombres.
¿Cómo
es posible esta enorme capacidad de aprender que presentan los seres humanos?
Sólo tiene explicación si reparamos en que el hombre es el único ser que posee
la facultad de hablar.
Únicamente
el hombre es capaz de un lenguaje simbólico. Sin duda, los animales se
comunican. Pero sus lenguajes constan nada más que de signos índices y, quizás,
signos iconos. Ejemplos de signos índices, en los animales, son las marcas de
orina o de otras secreciones que depositan para delimitar el territorio. En
todos los signos índices, el significado y el significante están asociados por
naturaleza, y no convencionalmente
como en los símbolos. Un caso frecuente de signo índice es aquél
en el que
significado y significante están en una relación de causa y efecto. La
boca
abierta de los polluelos mostrando el fuerte color rojo de la mucosa
bucal es
un signo de que sienten hambre. Ahora bien, el abrir la boca es un
efecto del
estado fisiológico de sentir hambre. El significado es la causa del
significante. Ambos están asociados por naturaleza (por el instinto
animal) y
no de modo convencional, como ocurre en los signos que son símbolos. En
efecto las palabras, por ejemplo, que pertenecen a nuestro lenguaje
simbólico humano no tienen una relación directa con lo que significan
(como el humo cuando se toma como índice respecto del fuego) y, a
menudo, son muy diferentes las palabras que unos idiomas y otros
utilizan para referirse a las mismas cosas. Su relación es convencional
y por eso tiene que ser aprendida.
Aprender a usar el lenguaje es uno de los primeros pasos que dan los
seres humanos hacia su socialización y el lenguaje forma, como veremos,
una parte muy importante de la cultura de una sociedad.
Vemos,
pues, que la inmensa capacidad de aprendizaje que muestra el ser humano depende
de modo esencial del lenguaje y, a su vez, la necesidad del aprendizaje social
es el fundamento del carácter social del hombre. Dicho con las palabras del
filósofo y antropólogo contemporáneo Claude Lévi-Strauss: «Quien dice hombre, dice
lenguaje, y quien dice lenguaje, dice sociedad». (Tristes
Trópicos.)
La
relación intrínseca entre lenguaje y sociedad fue conocida ya desde la época
clásica. Las dos definiciones de hombre más nombrados son: «el hombre es un
animal racional» (zoon logikón) y «el hombre es un animal social» (zoon
politikón). Ambas se
deben al genio de Aristóteles. Aunque distintas en apariencia, son
equiparables, pues las dos señalan una característica exclusiva del hombre: la
posesión de la palabra.
Normalmente
llamamos «culto» a una persona que sabe mucho. Los sociólogos (esto es, los
estudiosos de las sociedades) emplean el término cultura en un sentido
completamente diferente. Para ellos, la cultura es el conjunto de pautas de
comportamiento, creencias y valores que comparten todos los miembros de una
sociedad. De acuerdo con esta concepción de la cultura, es absurdo afirmar que
ciertas personas pertenecientes a una sociedad poseen cultura y otras no.
Por su
parte, una sociedad es un conjunto de personas que viven juntas durante un
cierto tiempo, ocupan un territorio y, lo más importante, comparten una
cultura. Es imposible que exista una sociedad sin que exista una cultura y
viceversa.
Por
otro lado, los elementos de una cultura no son innatos, sino aprendidos (como veíamos que ocurría con el lenguaje) y,
además, aprendidos socialmente. Por ello, de no haber una sociedad, no
existiría la cultura. Cultura y sociedad son dos caras de la misma moneda. Sin
una cultura común las personas nunca forman una sociedad, aunque estén juntas
espacialmente. Sin una sociedad no podría generarse una cultura. Para decirlo
con una expresión gráfica empleada por dos sociólogos americanos, J. L. Gillin
y J. P. Gillin, «la cultura es como la argamasa que une a unos con otros,
dentro de una sociedad, a los distintos individuos que la componen».
De
manera similar a como el auténtico lenguaje separa las sociedades humanas de
las sociedades animales, la escritura distingue las sociedades primitivas de
las sociedades modernas. En una sociedad preliteraria el ámbito que abarca su
cultura está limitado por la capacidad de la memoria humana. Por el contrario,
el uso de la escritura permite una expansión casi ilimitada del acervo cultural
de una sociedad. Como es claro de ver, el hecho de vivir en una sociedad
literaria o preliteraria influye incluso en la vida de las personas
analfabetas, pues toda su vida está organizada de acuerdo con lo que los demás
extraen del conjunto de escritos existentes en esa sociedad.
La
definición clásica de cultura en los estudios sociológicos es la que propuso
Sir Edward Taylor en 1871 y dice así: «cultura es un conjunto complejo que
incluye el conocimiento, la creencia, el arte, la moral, la ley, la costumbre y
cualquier otro hábito y aptitud que ha adquirido el hombre como miembro de una sociedad».
Esta definición y, asimismo, la que proponíamos unos párrafos antes, pecan de
una cierta oscuridad, pues, de acuerdo con ellas, de alguna manera, todo sería
cultura. Conviene, por tanto, intentar precisar un poco más qué es lo que la
sociología moderna entiende bajo el término «cultura».
Ante
todo, la cultura puede dividirse en cultura material y cultura no
material. La no material consistiría en el conjunto de saberes, creencias y
hábitos que poseen los individuos pertenecientes a una sociedad. La cultura
material está constituida por los objetos que el hombre fabrica. Para poner un
ejemplo concreto, en el baloncesto, la cultura material incluye la cancha, las
canastas, la pelota, la vestimenta de los jugadores, etc. Mientras que la
cultura no material comprendería las reglas de juego, la técnica, las tácticas,
el comportamiento de los espectadores (por ejemplo, los gritos de apoyo al
equipo propio o el abucheo al jugador contrario que va a lanzar un tiro libre).
Tras
realizar esta distinción, dos cosas aparecen con claridad. En primer lugar, la
cultura material es siempre el resultado de una cultura no material. Si nuestra
sociedad olvidase el juego del baloncesto, las canastas carecerían de toda
significación para nosotros. En segundo lugar, por importante que sea la
cultura material, mucho más lo es la no material. Una catástrofe natural o una
guerra, a pesar de los destrozos que lleva a cabo, no suele dejar efectos
perdurables, pues deja intacta la cultura no material. En cambio, la desaparición
de una cultura no material es irremplazable. En nuestros días sería imposible
la construcción de grandes catedrales góticas. Nuestra cultura no material no
es la misma que la de la sociedad de la Baja Edad Media que las edificaron.
Hemos perdido no sólo e„l saber técnico necesario para construirlas (no
sabemos, entre otras cosas, cuál es el proceso exacto de fabricación de sus
espléndidas vidrieras), sino —lo que es más importante— los ideales y valores
que hicieron atractiva a una sociedad una empresa tan colosal.
La
cultura de una sociedad comprende en primer lugar cómo interpreta ésta el mundo
(las ideas y las creencias) y, segundo, las pautas de comportamiento que espera
(o que estaría dispuesta a aceptar de sus miembros). Las pautas de comportamiento que constituyen
una cultura son de varios tipos. Los folkways son la manera acostumbrada
de hacer ciertas cosas una determinada sociedad. Para vivir, un grupo humano ha de llevar a
cabo un cierto número de actividades. Estas actividades pueden realizarse de
modos diversos. Pensemos en una sola: comer. Cuántas veces comer, qué comer,
con quién, cómo (de pie, sentado, recostado, ...; con las manos, con
instrumentos, ...) con abluciones o sin ellas, en qué orden (en la España
Medieval las comidas comenzaban con lo que ahora tomamos de postre: frutas y
dulces), etc. Los mores son también formas acostumbradas de llevar a
cabo ciertas actividades. Se distinguen de los folkways en que la
sociedad considera su cumplimiento imprescindible para su supervivencia y los confiere
una obligatoriedad moral de la que carecen los folkways. Abandonar a los
hijos en un descampado es un acto que los mores de muchas sociedades
prohiben. Comer nuestra sopa con cuchara y no bebiéndola directamente del plato
es un folkway en nuestra sociedad.
Algunos
de los folkways y de los mores de una sociedad se convierten en leyes en el momento en que se codifican en un
código jurídico y se especifica la sanción que trae consigo su incumplimiento.
Sólo serán eficaces (esto es, se cumplirán) aquellas leyes que sean la
expresión de una determinada pauta cultura (folkways o mores). Imaginemos,
por ejemplo, lo inútil que sería que nuestros parlamentarios, a fin de
asemejarnos a ciertos países musulmanes, prohibiesen a las mujeres caminar por
la calle sin velo. Sin embargo, en numerosas ocasiones en una cultura se dan folkways
y mores contrapuestos (pagar o no los impuestos). En esos casos la
ley puede ir formando poco a poco los folkways y mores de la
sociedad.
Las instituciones sociales son un conjunto de folkways y mores centrados alrededor de una importante necesidad humana. En las sociedades modernas se encuentran generalmente cinco instituciones sociales: la familia, la iglesia, el estado, el sistema educativo y el sistema económico.
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