El término latino persona tiene, entre otros significados, el mismo que la voz griega prosopon —de la cual se estima a veces que deriva—, es decir, el significado de "máscara". Se trata de la máscara que cubría el rostro de un actor al desempeñar su papel en el teatro, sobre todo en la tragedia. (...) A veces se hace derivar persona del verbo persono (infinitivo, personare), "sonar a través de algo" —de un orificio o concavidad—, "hacer resonar la voz", como la hacía resonar el actor a través de la máscara.
Se ha discutido si los griegos tuvieron o no una idea de la persona en cuanto "personalidad humana". Se suele pensar que no. Pero aunque es cierto que los griegos —especialmente los griegos "clásicos"— no elaboraron la noción de persona en el mismo sentido que los autores cristianos, se puede pensar que algunos tuvieron algo así como una intuición del hecho del hombre como personalidad, y no sólo como "parte del cosmos" o "miembro del Estado-ciudad". Tal podría ser, por ejemplo, el caso de Sócrates.
La noción de persona dentro del pensamiento cristiano fue elaborada sobre todo, por lo menos en los comienzos, en términos teológicos. Contra los que atribuían a Cristo una sola "naturaleza" y también contra los que negaban la "naturaleza" humana de Cristo, se estableció que Cristo tiene una doble naturaleza —la divina y la humana—, pero tiene sólo una persona la cual es única e indivisible.
Uno de los primeros autores —según algunos, el primero— que desarrolló plenamente la noción de persona en el pensamiento cristiano, de tal suerte que podía usarse para referirse (bien que sin confundirlos) a la Trinidad (las "tres personas") y al ser humano, fue Agustín de Hipona, el filósofo cristiano del s. IV d.C. Este autor habló del asunto en varias obras, pero especialmente en De Trinitate.
El asunto, sin embargo, no habría ido muy lejos si Agustín no hubiera llenado sus conceptos con la substancia de la experiencia, y sobre todo de la experiencia que desde entonces se llama justamente "personal" — no una experiencia como las otras, sino una en la cual en la experiencia le va a la persona su propia personalidad: la "intimidad".
La idea de "intimidad" —o, si se quiere, la experiencia y la intuición de la intimidad— le sirvió para hacer de esta relación consigo mismo no una relación abstracta, sino una "concreta" y "real" comparable con la que cualquiera de nosotros/as seguimos aún experimentando.
Uno de los autores más influyentes en la historia de la
noción de persona es la del filósofo romano del siglo V d.C Boecio. Este autor
se refirió al sentido de persona como "máscara", pero puso de relieve
que este sentido es sólo un punto de partida para entender el significado último de 'persona' en el lenguaje filosófico
y teológico. Y en su Liber de persona et duabus naturis (Cap. III) Boecio
proporcionó la definición de persona que fue tomada como base por casi
todos los pensadores medievales: Persona est naturae rationalis individua substancia
— "la persona es una substancia individual de naturaleza racional".
Los autores modernos
no han eliminado estos elementos tradicionales en su concepción de la persona.
Así, por ejemplo, el filósofo alemán del siglo XVII Leibniz dice que "la palabra 'persona' conlleva
la idea de un ser pensante e inteligente, capaz de razón y de reflexión, que
puede considerarse a sí mismo como el mismo, como la misma cosa, que piensa en
distintos tiempos y en diferentes lugares, lo cual hace únicamente por medio
del sentimiento que posee de sus propias acciones" (Nouveaux Essais, II,
xxvii, 9).
El filósofo alemán del s. XVIII Immanuel Kant definió la persona —o la personalidad— como "la libertad e independencia frente al mecanismo de la Naturaleza entera, consideradas a la vez como la facultad de un ser sometido a leyes propias, es decir, a leyes puras prácticas establecidas por su propia razón" (K. p. V., 155). La persona es "un fin en sí misma"; no puede ser "sustituida" por otra, y tiene "dignidad", no "precio".
En lo que respecta a Fichte es interesante destacar, no tanto el carácter "central de la persona" en cuanto actividad moral, como su carácter de ser "foco" o "fuente" de actividades, en su caso relacionadas con la voluntad, la capacidad de tomar decisiones. En todo caso, el concepto de persona ha ido experimentando ciertos cambios fundamentales, por lo menos en dos respectos. En primer lugar, en lo que toca a su estructura. En segundo término, en lo que se refiere al carácter de sus actividades. Con respecto a la estructura, se ha tendido a abandonar la concepción "substancialista" de la persona para hacer de ella un centro dinámico de actos. En cuanto a sus actividades, se ha tendido a contar entre ellas las relacionadas con la voluntad y las emocionales al menos tanto como las racionales. Solamente así, piensan muchos autores, es posible evitar realmente los peligros del impersonalismo, el cual surge tan pronto como se identifica demasiado la persona con la substancia y ésta con la cosa, o la persona con la razón y ésta con su universalidad.
La definición del filósofo alemán del s.XX Max Scheler es al respecto muy explícita. "La persona —escribe dicho autor— es la unidad de ser concreta y esencial de actos de la esencia más diversa, que en sí antecede a todas las diferencias esenciales de actos (y en particular a la diferencia de percepción exterior íntima, querer exterior e íntimo sentir, amar, odiar, etc., exteriores e íntimos). El ser de la persona 'fundamenta' todos los actos esencialmente diversos" (Ética, trad. esp. H. Rodríguez Sanz, II, 1942, pág. 175).
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