Elementos de la afectividad

Un ejemplo de realidad puramente psíquica es el del primero de los elementos fundamentales de la motivación, aquel que le proporciona la energía necesaria para su realización, el empujón actualizador: la vida afectiva. En efecto, esa capacidad impulsiva ha venido atribuyéndose tradicionalmente a un tipo de causas internas o fuerzas psíquicas pertenecientes al ámbito de lo que hoy denominamos la afectividad: los apetitos, las pasiones, los sentimientos, etc. Los propios términos históricamente empleados para referirse a este tipo de elementos que constituyen la afectividad desvelan ese carácter impulsor: "tendencias" (de tendere, "tensar"), "inclinaciones", "resortes emocionales", "pulsiones", "atracción" y "repugnancia", etc.

Así, si bien una conducta motivada puede identificarse exteriormente por rasgos como la activación —el organismo experimenta cambios somáticos a menudo muy específicos—, la persistencia —el sujeto desarrolla con mayor constancia una línea de conducta o ensaya más alternativas cuanto más motivado esté— y el vigor —la energía o la urgencia con la que se desarrolla la conducta en cuestión—, la presencia de esos rasgos en el comportamiento se interpreta como el resultado de la intervención de factores internos, en este caso de la presencia de elementos afectivos que no son directamente observables, aunque, al menos en el caso del sujeto humano, sí son introspectivamente experimentables —con independencia del crédito científico que se le dé después a esa experiencia—.

El "afecto" —término cuyo uso en Psicología procede del Psicoanálisis— es algo más que una sensación y algo menos que una representación conceptual, y era concebido por Freud como algo que "comprende, en primer lugar, una intervención motora determinada o unas descargas y dos tipo de sensaciones, la percepción de las acciones motoras y las sensaciones directas de placer o displacer". El primero de esos elementos —esas acciones motoras y esas descargas— es exteriormente detectable, pero el  otro elemento fundamental —la sensación directa de placer o displacer— es de naturaleza enteramente psicológica y es sólo subjetiva e internamente experimentable. Es a través de este último como las reacciones afectivas intervienen decisivamente en los actos de querer introduciendo en ellos un elemento de asimetría que acompaña a la representación que el sujeto se hace de la situación inclinándole así a la acción, unas fuerzas que suscitan en él un deseo o una tendencia, orientando esos actos en un determinado sentido sobre el eje atracción/repulsión, placer/displacer, e iniciando así un movimiento incluso allí donde queda todavía indeterminada la dirección concreta en la que se prolongará esa línea de conducta. La manera en la que los sujetos psicológicos experimentan esa asimetría es, en efecto, de tipo "afectivo", lo cual quiere decir que los sujetos lo experimentan no como algo que ellos mismos puedan decidir voluntariamente, sino como una manera determinada en la cual les afectan los hechos o las representaciones de estos, como ciertas fuerzas (de atracción o resistencia) que producen en ellos un cierto "estado de ánimo" respecto del cual los sujetos orientan su conducta.

Ningún organismo puede decidir que a partir de un cierto momento le va a gustar más una comida que otra o el estar a una temperatura más que el estar a otra. Puede obviamente, acostumbrarse a ello y que así le llegue a gustar, pero eso es algo muy distinto, y consistirá además, precisamente, en —digamos— dejarse afectar repetidamente por ello sin oponer resistencia, y no en tomar la decisión de que ello le agrade como se toma voluntariamente la decisión de levantarse o quedarse sentado o de ir hacia la izquierda o hacia la derecha.

Lo más propio, por tanto, de las inclinaciones o de los afectos, es esa doble dimensión somática (relacionada con el cuerpo) y psíquica (relacionada con las causas interiores de naturaleza psicológica) que les caracteriza.

Así los elementos de que se compone la vida afectiva pueden distinguirse, en primer lugar, como decíamos por su intensidad física, por el grado de actividad corporal que llevan asociado, es decir, por su mayor o menor implicación somática. Esto nos permite hablar, por ejemplo, por una parte de reacciones reflejas o instintivas, de reacciones emocionales o bien de sentimientos.

Las primeras, las reacciones reflejas y las reacciones instintivas se producen cuando un organismo recibe determinados estímulos y reacciona a ellos desarrollando, de forma inmediata, una conducta. Aunque los reflejos y los instintos tienen, ciertamente, causas internas de tipo hereditario y están relacionados con la afectividad —al menos con la parte más "visceral" de la misma— se encuentran más próximos a los movimientos puramente mecánicos o fisiológicos que a la conducta motivada y podríamos decir, por tanto, que constituyen, el extremo inferior de este fenómeno, si bien han sido considerados por algunas escuelas de orientación más materialista (por ejemplo en la teoría del impulso de Hull) como la base real del mismo. Los instintos sólo se diferencian de los reflejos (según Lorenz) por su mayor complejidad, por el hecho de implicar a todo el sujeto y no sólo a algún órgano del mismo.

Las emociones se caracterizan por su mayor carga somática ya que suelen ir asociadas a cambios fisiológicos claramente detectables —mediados por actividades endocrinas— que son a veces muy violentos y que causan lo que se denomina la "activación" del organismo (el arousal del neoconductismo anglosajón). Esta produce cambios en la actividad electrodérmica —enrojecimiento, erección del vello, sudoración— en el funcionamiento del corazón, los pulmones, los órganos digestivos etc., e incluso en la actividad del sistema nervioso central; pudiéndose llegar a alterar la propia capacidad autoceptiva y perceptiva del sujeto. Las emociones están ya a medio camino entre lo mecánico y lo intencional ya que, en gran parte remiten, como los instintos, a mecanismos de adaptación a los cambios en el entorno que tienen que ver con la supervivencia y el aprendizaje. Pero se trata también de elementos individual y socialmente modificables, como lo  prueban las múltiples modulaciones socio-culturalmente diferenciadas de la emoción que pueden encontrarse en distintas comunidades antropológicas y grupos sociales.

La potencia de este tipo de actividad moduladora ejercida por la sociedad se demuestra a través del modo en que un mismo sujeto puede llegar a ser socialmente adiestrado para experimentar ciertas emociones ante ciertas situaciones o bien unas completamente contrarias y de que puede llegar a experimentarlas con tal intensidad que un fuerte condicionamiento llegue a conducirle a través de las alteraciones orgánicas de tipo emocional producidas en él por una cierta situación socialmente construida a la muerte biológica, como se ha observado al estudiar el ritual de la muerte vudú.

Los sentimientos en cambio son menos detectables somáticamente, aunque son más duraderos y más complejos que las emociones. No obstante, si bien es más difícil acceder a ellos a través de la interpretación de modificaciones orgánicas —lo cual no quiere decir que no las haya— es, hasta cierto punto, más fácil hacerlo por otras vías como la introspección y la percepción subjetiva debido a que tienen un carácter más consciente y más racionalizable.

No deja de ser significativo a este respecto el hecho de que incluso en aquellos casos en los que los sentimientos se encuentran reprimidos y se ocultan al propio sujeto pueda hacérselos aflorar —como en la terapia psicoanalítica— a través de las huellas que estos imprimen en las propias expresiones lingüísticas y discursivas del sujeto. Así, si bien las emociones estarían más próximas a lo significativo a la hora de expresarse, los sentimientos estarían más cercanos y serían más visibles en los aspectos connotativos de la expresión, razón por la cual resultan ser, a menudo, para la propia psicología científica, una fuente mucho más rica a la hora de estudiar los sentimientos las propias manifestaciones artísticas —encontrándose con frecuencia alusiones a la literatura o a la pintura o la música en los trabajos de muchos psicólogos relativos a este tema— que los experimentos que se realizan en los laboratorios.

Las pasiones son, por su parte, algo que suele identificarse con un tipo de sentimiento especialmente intenso hasta el punto de poder llegar —como ocurre con las emociones— a superar la posibilidades de control consciente del propio sujeto. Las pasiones pueden, pues, generar estados duraderos alteración no sólo en la emotividad sino en el comportamiento del individuo que pueden llegar a afectar al modo en el que éste percibe su entorno.

 

   
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