Immanuel Kant, la razón y la rutina

En la historia de la filosofía hay personajes originales, pensadores de miras extrañas, gente que se ha salido de todos los cánones académi­cos e incluso sociales. Pero también tenemos el caso contrario, el del profesor de filosofía prototípico. Immanuel Kant es el nombre que viene a la mente cuando uno piensa en el filósofo de oficio. Un hombre de universidad que dedicó toda su vida a la docencia. Que no tuvo ningún incidente ni acontecimiento digno de mención.

Los poetas leen a Platón. Los políticos, a Aristóteles. Los cientí­ficos, a Epicuro y Lucrecio. Los curiosos, a Montaigne. Los mate­máticos, a Descartes y Leibniz. Los revolucionarios, a Spinoza... Pero ¿quién lee a Kant? Sólo los profesores de filosofía, absurda ca­terva tan incapaz del riesgo del pensamiento como fascinada por el mecanismo de pensar. Kant lo tiene todo para encandilar a los doc­tores: una jerga especializada, una estructuración muy compleja y ambigua, que se presta a la paráfrasis, una pretensión sistemática, pe­queñas oscilaciones de opinión —dentro de una fundamental cohe­rencia— que permiten hablar de un «primer Kant y un «segundo Kant». También ofrece una cierta impenetrabilidad para el profano, notas moderadamente edificantes y una crítica «seria» de la tradición que posibilita la inacabable disputa entre los «tradicionalistas» y los «modernos» en el seno tibio de la Academia. Es el filósofo soñado para un curso, el autor que mejor encaja en el plan de estudios.

Nació en 1724 en la pequeña localidad de Königsberg, en la Prusia oriental, hoy dentro del territorio ruso. Nunca se movió de su ciudad, donde llevó una vida rutinaria. Se dice que los ciudadanos de Königsberg ponían su reloj en hora cuando veían pasar en su paseo diario al profesor Kant, el individuo de hábitos más fijos y ordenados que se pueda imaginar. Sin embargo, la obra que escribió es profun­damente revolucionaria. En la historia del pensamiento hay un antes y un después de Kant.

Kant fue un gran ilustrado. Perteneció al Siglo de las Luces, el siglo XVIII, y él mismo se preguntó y estudió qué podía querer de­cir ser ilustrado. «La minoría de edad —escribe Kant— estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la dirección de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad, cuando la cau­sa de ella no yace en un defecto del entendimiento, sino en la falta de decisión y ánimo para servirse con independencia de él, sin la conducción de otro. Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la divisa de la Ilustración.»

Crítica de la razón pura

Immanuel Kant era de origen humilde. Su padre, un talabartero, pudo afrontar los gastos de la educación de su hijo con enormes sa­crificios. Pero Immanuel mostró enormes aptitudes intelectuales y no tardó en encontrar benefactores que le permitieron continuar su educación en los niveles superiores. Estudió lógica, metafísica, cien­cias naturales, geografía y teología en la Universidad de Königsberg. Al completar sus estudios, se empleó como preceptor en un par de familias nobles y luego ocupó una plaza de ayudante de biblioteca­rio. Para entonces, ya había escrito algunos textos que le dieron pres­tigio académico. Dictó numerosos cursos acerca de materias muy variadas, y era un profesor excelente, además de un lector voraz y apasionado. Sus escritos siguieron apareciendo y llamando la aten­ción. En 1770 fue nombrado finalmente profesor ordinario de lógi­ca y metafísica en la universidad de su ciudad. En su cátedra, Kant exponía la sistematización oficial de la filosofía de la época, aunque ya estaba elaborando su propio sistema. Cuando comenzó la redac­ción de la obra que expondría ese sistema creyó que tardaría unos tres meses, pero trabajó en ello durante once años. El resultado se publicó en 1781 bajo el título de Crítica de la razón pura.

Uno de los temas más debatidos en la filosofía a partir del co­mienzo de la modernidad es si todo lo que sabemos, y podemos conocer, lo recibimos por medio de nuestro sentidos o a través de algo previo a lo que ellos puedan percibir. Los empiristas sajones como Hume y Locke aseguraban que todo nos venía dado desde la experiencia. La línea de Leibniz sostenía, en cambio, que el entendi­miento era en cierta medida previo a los sentidos.

LO QUE APORTA EL EXTERIOR Y NOSOTROS MISMOS

En la Crítica de la razón pura, Kant establece un análisis magistral de la relación entre lo que recibimos por medio de los sentidos y lo que aportamos nosotros como estructura de ese material. Es decir, los individuos tenemos ya una organización mental de nuestras capaci­dades de comprensión, que son alimentadas por lo que recibimos de los datos de los sentidos, pero éstos tienen que configurarse de acuerdo con las condiciones de nuestra forma de conocer. Es verdad que no conocemos nada sin que los sentidos nos proporcionen da­tos experimentales. Pero también es cierto que esa información ex­perimental se recibe y se configura de acuerdo con la propia organi­zación de nuestra forma de conocer, la cual no tiene por qué ser exactamente la única posible. Lo que propone Kant es una síntesis y una superación de las dos corrientes dominantes a lo largo de la fi­losofía moderna: el empirismo de Locke y Hume, y el racionalismo o innatismo de Descartes y Leibniz. Kant piensa que quizá nosotros no conozcamos nunca la realidad en sí, la cosa en sí, lo que él llama noúmeno. Es decir, cómo son las cosas. Sabemos lo que nos dan las cosas a través de los sentidos para influir en nosotros y cómo organi­zamos ese material. Eso es lo que llamamos conocimiento, que es la mezcla entre lo que dan los sentidos y lo que da nuestra estructura cognoscitiva. Eso es lo que nosotros podemos saber. Más allá estarán las cosas que quizá puedan ser vistas por una divinidad. No podemos saber cómo son las cosas en sí, tal como Dios en su absoluta sabidu­ría las vería, sólo sabemos cómo son las cosas para nosotros, es decir, cómo se nos presentan.Y este modo de ser de las cosas, que podemos conocer, depende de nuestra constitución y está limitada por ella. Nosotros podemos ver sólo lo que nuestros sentidos nos dejan ver. Pero también hay sonidos o luces que los humanos no podemos es­cuchar o ver. Un perro puede percibir ultrasonidos que nos son inaudibles. Del mismo modo, lo que recibimos está condicionado por lo que somos capaces de comprender y de organizar. Esa teoría cognoscitiva que resuelve una polémica de siglos es quizá la mayor aportación en el terreno de la epistemología de Kant.

En la Crítica de la razón pura investigó si eran posibles el conoci­miento matemático, el físico y el metafísico. Dicho de otro modo, si la matemática, la física y la metafísica eran posibles como ciencias, con pretensión de universalidad y necesidad. Según él, no debemos considerar el conocimiento desde sus objetos, sino de forma inversa. Los respectivos objetos pueden ser considerados sólo desde las con­diciones que hacen posible nuestro conocimiento de ellos. Kant lla­mó a esta inversión «giro copernicano», por analogía con el audaz gesto de Nicolás Copérnico, que, en vez de considerar que el Sol gi­raba en torno a la Tierra, concluyó que ésta giraba alrededor del Sol. Realizar este movimiento nos permite darnos cuenta de que los ob­jetos no son realidades independientes de nosotros. De hecho, la per­cepción de un objeto no es una recepción pasiva, sino una actividad. El objeto es constituido por el sujeto como cierta unidad sintética de muchas percepciones. Esta actividad sintética ejercida por el sujeto es lo que hace posible el objeto. El objeto es constituido, pues, por el sujeto, a partir de los datos de la intuición sensible. Pero sólo en cuanto objeto, no en cuanto a la cosa que sea en sí. Por ejemplo, veo unas manchas de colores que se hacen más grandes, escucho unos sonidos característicos —digamos, por ejemplo, ladridos—, huelo un olor específico, reúno todas estas sensaciones y digo: «Ahí viene un perro ladrando». Esas sensaciones son organizadas por mi mente de una determinada manera. Pero ¿es la única manera posible? En prin­cipio, no puedo saberlo. Cuando percibo un objeto estoy produciendo una interpretación y síntesis de datos sensibles y no tiene sen­tido que me pregunte cómo sería ese objeto —ese perro o esa silla— independientemente de toda interpretación y síntesis. Por ejemplo, todo objeto espacial me parece tridimensional, pero ¿tendrá el espa­cio tres dimensiones o diecisiete? El hecho es que no puedo percibir un objeto en diecisiete dimensiones. Quizá pueda pensarlo teórica­mente, pero no puedo percibirlo.

Por esa razón, Kant introduce la distinción entre fenómeno y noú­meno. Fenómeno es la cosa en cuanto objeto para un sujeto; como ya he dicho, «noúmeno» es la cosa considerada en sí misma sin relación con ningún sujeto. Sólo lo que es fenómeno puede ser objeto de co­nocimiento científico. Ahora bien, los presuntos objetos de la meta­física, el alma, el mundo y Dios, no son fenómenos de nuestra expe­riencia, puesto que no se apoyan en intuición sensible alguna. La metafísica, pues, carece de cientificidad, supone un uso inadecuado de la razón, e implica razonamientos sofísticos. Pero las ideas meta­físicas no surgen, sin embargo, arbitraria o caprichosamente, sino que se originan en la estructura misma de la razón, la que según Kant tiende siempre a subordinar cada condición a otra más general y tien­de, así, a establecer sintéticamente una condición incondicionada, por horror al progreso al infinito.

Kant rechaza que haya un conocimiento metafísico válido, pero a la vez afirma que las cuestiones metafísicas derivan de la estructu­ra misma de la razón —de modo que son al mismo tiempo inevita­bles e irresolubles—. Según Kant, la razón tiende —en un proceso que él llama «prosilogístico»— a subordinar siempre cada condición a otra más general. Por ejemplo, es lo que hace cada chico cuando empieza con el «¿por qué?».Todo padre sabe que ese «¿por qué?» no tiene fin. Hay un ejemplo famoso, según el cual se preguntó a un sa­bio oriental: Si el mundo está en el espacio, ¿por qué no se hunde en el vacío? La respuesta es: Porque está sobre el caparazón de una enorme tortuga. Se le repreguntó:Y la tortuga, ¿por qué no se cae? La respuesta: Porque está apoyada sobre cuatro inmensos elefantes. Otra pregunta: ¿Y los elefantes por qué no se caen? Respuesta: Por­que no. Kant dice que la metafísica hace algo parecido al postular una condición incondicionada. Una causa primera, una finalidad úl­tima, etcétera. Todas las cosas tienen un origen, pero éste tiene a su vez un origen, y éste otro, y así hasta llegar a un primer origen de todo, que es Dios, y que no tiene origen. ¿Por qué? Porque sí. Este primer origen se pone por horror al progreso al infinito, es decir, por el peligro de que, una vez que entramos en esta cadena de interro­gantes, ya no podamos salir de ella. Pero la razón necesita poder pa­sar a otros temas y entonces postula, por ejemplo, una primera cau­sa, como el padre que, después de pasar un largo rato respondiendo a diversos «¿por qué?» de su hijo termina diciendo «Porque yo lo digo», o «Cuando crezcas lo entenderás».

Esta ilusión trascendental no cesa jamás, pues es natural e inevi­table. De tal modo, nunca podremos conocer los presuntos objetos de la metafísica, pero tampoco podremos dejar de preguntarnos acerca de ellos, o de suponerlos. La metafísica, según Kant, es imposible como ciencia, pero es ineludible como tendencia inherente al hom­bre. Kant dice de la metafísica: «En nada desmerece por el hecho de que sirva más para impedir errores que para ampliar el conocimien­to, antes bien le da dignidad y prestigio por la censura que ejerce, la cual garantiza el orden universal y armonía —y aun bienestar— de la república de la ciencia, evitando que sus animosas y fecundas ela­boraciones se aparten del fin principal, la felicidad universal».

Razón instrumental y razón dialéctica

El logro esencial de Kant es separar radicalmente la razón instru­mental de la razón especulativa o dialéctica, no quedando esta últi­ma condenada a la ilegalidad sino referida a una legalidad diferente. Quizá esta escisión fundamental no es más que la interiorización de­finitiva de la división del trabajo, que hiende el espíritu para domi­nar mejor al hombre. En todo caso, desde un punto de vista históri­co, Kant no sólo no acaba con la metafísica especulativa, sino que acelera su más alto cumplimiento, al destacar el definitivo papel del sujeto en la constitución del objeto. Libre, por obra del mismo Kant, del modelo de la ciencia experimental, la especulación metafísica, es decir, el ejercicio de la razón pura, levanta sus más audaces construc­ciones: los sistemas de Fichte, Hegel y Schelling.

Para Kant, «Dios, el alma, el cosmos universal son sublimes ob­jetos extrasensoriales, creados por la razón pura y fuente inacabable de antinomias paradójicas en cuanto intentan ser pensados como co­sas reales, de las que percibimos con los sentidos». Esta crítica kantiana asestaba un duro golpe a las pretensiones racionales de los metafísi-cos y teólogos tradicionales, de la gran escuela sistemático-especula-tiva. Pero una vez independizado de estos dominios, Kant no aspira a ir más lejos, ni mucho menos a socavar las creencias religiosas y morales establecidas. Por el contrario, halla de nuevo en la concien­cia moral y en el imperativo categórico de acatamiento al deber ins­crito en ella una nueva base, autónoma esta vez, pero no menos efi­caz, para sustentar la creencia en un alma libre e inmortal y un dios omnipotente, que rige justicieramente su destino. La doctrina ético-religiosa tradicional, antes impuesta con autoridad por la jerarquía exterior, se interioriza de modo tan suficiente que el individuo ya no necesita la amenaza dogmática para sustentarla. La mayoría de edad ilustrada, según Kant, como suscribiría posteriormente Freud, es la supresión de la autoridad paterna porque uno mismo ha llegado a convertirse en su propio padre.

Además de su teoría del conocimiento que tanta importancia tiene en el ámbito científico y metafísico, Kant también centró su atención en el tema de la moral. ¿Cómo podemos llegar a descubrir qué es lo específico del conocimiento humano y de la moral? No son, por supuesto, los dogmas, o los mandamientos que varían de un lugar a otro, sino que hay que buscar el núcleo mismo de la moral. Kant lo centró en lo que llamaba un imperativo categórico.

La moral según Kant

Dotado de una gran capacidad intelectual, Kant publicó en pocos años una serie de escritos importantes: los Prolegómenos a toda metafisica futura en 1783, la Fundamentación de la metafísica de las costumbres en 1785, los Principios metafíisicos de la ciencia de la naturaleza en 1786, y la Crítica de la razón práctica en 1788. En ésta, Kant se propuso fun­dar una ética racional y autónoma, que se apoyase solamente en la razón y que no dependiera de inclinaciones subjetivas. En este sen­tido, lo primero que descubrió Kant es que no hay casi nada que pueda ser llamado «bueno» absolutamente, a no ser una buena voluntad.Y sólo es buena una voluntad que actúa por respeto al deber. Kant desarrolló sus ideas éticas como el resultado lógico de su creen­cia en la libertad fundamental del individuo. No consideraba esta li­bertad no sometida a leyes, sino más bien como la libertad del go­bierno de sí mismo, la libertad para obedecer en conciencia las leyes del universo tal como se revelan por la razón.

En un momento advierte que «el hombre sueña con un paraíso de ignorancia y holganza», del que la arrolladura actividad de la ra­zón le saca y cuyo retorno le prohibe: «La razón impulsa a soportar con paciencia fatigas que odia, a perseguir el brillante oropel de tra­bajo que detesta e inclusive olvidar la muerte que le horroriza: todo ello para evitar la pérdida de pequeneces, cuyo despojo le espantaría aún más».

Según Kant, la moral está hecha de imperativos, de órdenes. Hay que hacer esto, aquello, o lo de de más allá, y no hay que hacer esto o lo otro. Todos son imperativos, es decir, mandatos. La mayoría de los imperativos de nuestras vidas son condicionales. Por ejemplo, si quiero coger el avión debo levantarme temprano. Es un imperativo condicionado a algo que yo quiero hacer, si quiero llegar a tiempo al aeropuerto, a la hora que sale el avión, pues tengo que hacerlo, de lo contrario no necesito madrugar. Todo eso es un imperativo condi­cional, o, como también lo llama Kant, hipotético. Es una orden dada en función de una actividad que voy a realizar. Lo que Kant busca, como base de la moral, es qué imperativos hay que no tengan con­diciones sino que tenemos que hacerlos sí o sí, no porque vayamos a conseguir tal o cual cosa sino porque somos seres humanos raciona­les. Un imperativo condicional tiene la forma «si quiero tal cosa, debo hacer tal otra» —por ejemplo, si quiero conservar mi crédito y mi buen nombre, debo devolver el dinero que me prestaron—, pero la moral no puede basarse en ese tipo de imperativos, sino en aque­llos que plantean lo que debo hacer y no sólo lo que me conviene hacer. A veces lo que debo hacer y lo que me conviene coinciden —por ejemplo, en el caso de la devolución del préstamo—, pero fre­cuentemente se oponen. En tal caso, lo ético es lo que debo hacer y ninguna otra cosa. Pero ¿cómo saber en cada caso lo que debo ha­cer? Según Kant, porque mi conducta se debe adecuar a una máxi­ma racional que se me presenta como imperativo categórico. Si cuando voy a hablar a alguien digo la verdad, puedo decir que deseo que todos los seres humanos en las mismas condiciones digan la ver­dad. Si miento, en cambio, no puedo convertir ese principio en ley universal; porque no quiero que me mientan a mí.Yo deseo mentir para obtener una ventaja, pero no quiero que los demás me mientan porque si no el diálogo sería imposible. La mentira no puede ser base de moralidad, porque es imposible que sea convertida en ley univer­sal. Si todos mintieran, nadie creería ninguna afirmación, y entonces la mentira sería ineficaz. Como contrapartida, la verdad, que sí pue­de serlo. El principio verdaderamente moral es aquel que puede convertirse en una ley universal para todos los demás.

Nosotros no somos dueños de todas las consecuencias de nues­tras acciones; dicho de otro modo, vemos permanentemente que ha­cemos cosas cuyos resultados son opuestos o, por lo menos, diferen­tes a lo que habíamos buscado. Entonces, eso nos puede inhibir y preguntarnos: «¿Para qué voy a intentar yo realizar tal o cual cosa si luego los resultados van a ser distintos a los que deseo?». Kant pien­sa que lo práctico, lo verdaderamente moral en cada uno de noso­tros, es la buena voluntad. Es decir, lo único a lo que no podemos re­nunciar es a tener buena voluntad, y si actuamos ateniéndonos a ella, sean cuales sean las consecuencias, nadie puede reprocharnos moralmente nada. Pero ¿en qué se basa la buena voluntad moral? Toda moral está formada por imperativos.Tales imperativos rigen nuestras vidas —constantemente estamos dándonos órdenes a nosotros mis­mos de acuerdo con lo que queremos hacer—; de ahí que haya im­perativos condicionales que respondan a alguna motivación, a algún proyecto. Sin embargo, ingresamos en el ámbito de la moral cuando nos regimos, no por tales imperativos condicionales sino por impe­rativos categóricos. Para Kant, el centro de la moral —lo expresa de varias formas— pasa por que el ser humano debe considerar a los otros individuos como fines en sí mismos y no como instrumentos. En otras palabras, no debe utilizar a ningún hombre como una he­rramienta para objetivos distintos a los que el ser humano puede proponerse a sí mismo. Debemos reconocer que cada uno de noso­tros puede dar una orientación universal a su acción, que lo que bus­ca es el cumplimiento de esos fines de la humanidad que no son compatibles con considerar a los demás como meras herramientas.

Las semillas que hay en el hombre

En 1790, Kant publicó la tercera de sus críticas, la Crítica del juicio, o Crítica de la facultad de juzgar, obra en la que analizó la posibilidad ra­cional de subsumir lo particular en lo general y hallar lo general en lo particular. En ella se ocupó de estudiar el juicio estético y el teleológico.

En 1793, Kant dio a conocer su obra La religión dentro de los lí­mites de la mera razón, que le valió una amonestación por parte del emperador prusiano Federico Guillermo, quien le reclamó una re­tractación respecto de su filosofía religiosa, si quería evitar «doloro-sas consecuencias». Kant no autorizó ninguna modificación en su escrito, pero se comprometió a no hablar de religión a partir de en­tonces, al menos mientras el emperador viviese. En 1795 publicó La paz perpetua, obra en la que abogaba por el establecimiento de una federación mundial de estados legítimos, y en 1797 la Metafísica de las costumbres, donde expuso su teoría jurídica y política. Como ya he explicado antes, Kant creía que el bienestar de cada individuo debía ser considerado, en sentido estricto, como un fin en sí mismo, y que el mundo había de progresar hacia una sociedad donde la ra­zón «obligaría a todo legislador a crear sus leyes de tal manera que pudieran haber nacido de la voluntad única de un pueblo entero, y a considerar todo sujeto, en la medida en que desea ser un ciudada­no, partiendo del principio de si ha estado de acuerdo con esta vo­luntad».

Según Kant, la educación es el elemento fundamental para la formación de los hombres. Sobre este particular escribió: «El hom­bre no llega a ser hombre más que por la educación. No es más que lo que la educación hace de él. Es importante subrayar que el hom­bre siempre es educado por otros hombres y por otros hombres que a su vez también fueron educados. [...] La educación es un arte cuya práctica debe ser perfeccionada a lo largo de las generaciones. Cada generación instruida por los conocimientos de las precedentes es siempre más apta para establecer una educación que desarrolle de manera final y proporcionada todas las disposiciones naturales del hombre y que así conduzca a la especie humana hacia su destino. [...] Por eso la educación es el problema mayor y más difícil que puede planteársele al hombre. En efecto, las luces dependen de la educación y la educación depende de las luces...».

He aquí un principio del arte de la educación que particular­mente los hombres que hacen planes de enseñanza no deberían per­der de vista. No se debe educar a los niños únicamente según el es­tado presente de la especie humana, sino según su futuro estado posible y mejor, es decir, de acuerdo con la idea de humanidad y su destino total. Este principio es de gran importancia. Ordinariamen­te, los padres educan a sus hijos sólo con el objetivo de adaptarles al mundo actual, por corrompido que esté. Deberían más bien darles una educación mejor, a fin de que también un estado mejor pueda surgir en el porvenir. Sin embargo, se presentan dos obstáculos para ello: «Ordinariamente, los padres no se preocupan más que de una cosa: 1) de que sus hijos salgan adelante en el mundo, y 2) los prín­cipes no consideran a sus subditos más que como instrumentos para sus designios. Los padres piensan en su casa, los príncipes piensan en su Estado. Ni unos ni otros tienen como fin último el bien universal y la perfección a la que la humanidad está destinada y para la cual posee también disposiciones. Sin embargo, la concepción de un plan de educación tendría que recibir una orientación cosmopolítica.

¿Acaso entonces el bien universal es una idea que pueda dañar nues­tro bien particular? ¡En ningún caso! Pues incluso si parece que hay que sacrificarle algunas cosas, en el fondo siempre se trabaja mejor por el bien presente si se sirve a esa idea. ¡Y qué magníficas conse­cuencias la acompañan! La buena educación es precisamente la fuen­te de la que manan todos los bienes de este mundo. Las semillas que están en el hombre deben ser desarrolladas. Porque no se encuentran principios que llevan al mal en las disposiciones naturales humanas. La única causa del mal es que la naturaleza no está sometida a reglas. No hay en el hombre semillas más que para el bien».

En 1798, tras fallecer Federico Guillermo y ocupar el trono su hijo Federico Guillermo II, Kant se sintió liberado del compromiso asumido respecto de sus opiniones religiosas y publicó el Conflicto de las facultades, obra en la que estudiaba los límites mutuos de las cien­cias y la relación entre la filosofía y la teología.

La pesadilla final

Cuentan que el viejo Kant, sumido en la arterieesclerosis cerebral de sus últimos días, se vio asaltado por feroces pesadillas que vinieron a perturbar el sueño plácido y sereno del que sempre había disfrutado. Pero no se resignó por ello. Fiel a la vocación disciplinada del siglo luminoso cuyos entresijos desentrañó como nadie, apuntó en la li­breta donde consignaba sus resoluciones y sus proyectos, allí donde con puntillosa cortesía inventariaba los temas de conversación ya manejados en otras sobremesas para no fatigar a sus huéspedes con las redundancias de la chochez, anotó este propósito valeroso: «No entregarse a los pánicos de las tinieblas». Todos los intelectuales que nos consideramos herederos de la tradición que él representa debe­ríamos fijarnos muy seriamente en el mismo lema.

Kant falleció en febrero de 1804 en su casa de Königsberg. La muerte le impidió finalizar una obra en la que estaba trabajando y que fue publicada postumamente con el título, precisamente, de Opus postumum.

LO QUE EL MUNDO LE DEBE A KANT

La figura de Immanuel Kant ha ejercido una gran influencia en la historia profesional de la filosofía. Quizá sus teorías y sus doctrinas no han llegado más que mediatamente a la sociedad. Pero todos los estudiosos de la filosofía lo tienen como una pieza esencial, sobre todo en el período que va de la Ilustración hasta el idealismo ale­mán, y llega a la Edad Contemporánea. Sin su filosofía sería inexpli­cable el pensamiento de Hegel. Incluso sería inexplicable práctica­mente toda la teoría de la epistemología moderna. Asimismo, sigue estando presente en todos los debates éticos y morales. El principio de la moralidad, esa idea de la buena voluntad, de la máxima univer­sal para todos, la búsqueda de los mecanismos formales en la moral, no de los contenidos sino de cómo tiene que ser una fórmula, pue­de ser aceptado como tal. Pero Kant no sólo escribió obras tan abs­tractas, también escribió opúsculos centrados en temas tan concretos como la paz perpetua, en su idea de que los países podían alcanzar un equilibrio, prefigurando la idea de una alianza de naciones, en la cual cada uno de los países renuncia a una parte de su soberanía para poder vivir en conjunto y en armonía como un solo país. Dicho de otro modo, hay una serie de temas, como las Naciones Unidas y grandes instituciones internacionales que responden a principios kantianos, lo sepan o no.

Nos identificamos con la mentalidad de Kant cada vez que quere­mos que algo se haga universal, que un beneficio, un logro de la so­ciedad, sea para todos. El pensamiento kantiano está detrás cuando pretendemos que la sanidad y la educación sean universales, o anhe­lamos que todos colaboremos en el respeto del medio ambiente. En otras palabras, aquellas cuestiones que van más allá de los gobiernos y de las ideologías responden a la visión de Kant, quien explicó su visión sobre el mundo desde esa vida extraordinariamente tranquila, rutinaria, nada espectacular, desde donde fue estableciendo las bases de las grandes revoluciones intelectuales de la modernidad.

 

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Savater, Fernando La aventura del pensamiento, Ed. Sudamericana,
 
  
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