Descartes y la certeza

Las Regulae empiezan por la afirmación deque la sabiduría humana es una sola cosa. Todas las ciencias no son sino esta sabiduría humana, la cual permanece la misma cualquie­ra que sea el objeto al que se aplica. Por medio de esta afirmación, Descartes recoge aquella noción del saber que fue ya la de los griegos: la sabiduría no es acumulación de conocimientos, sino una actitud que consiste en regirse por..., ¿"por" qué?: por la verdad, por el ser, por el principio. Al plantear la cuestión de esta sabiduría una, Descartes plantea de nuevo la cuestión del principio; porque la cuestión en de la unidad del saber es la cuestión de lo que de antemano hace posible todo saber esto o saber aquello.

La cuestión del saber como tal, de las condiciones generales del saber, es en el fondo la cuestión del ser, porque «saber» es en definitiva presencia (que algo se manifiesta como algo). Por lo tanto, al plantear esta cuestión, Descartes entra (lo sepa o no) en abierto diálogo con los griegos. La cuestión del saber es en Descartes la cuestión de qué sentido tiene el «esto es así», ya que el saber es el «esto es así». De la determinación de este sentido que Descartes va a hacer dependerá toda la filosofía moderna. El carácter especial de esta filosofía frente a la antigua y medieval empieza a revelársenos ya en el hecho de que Descartes plantee la cuestión del ser como cuestión del saber; ciertamente, no deja de ser la cuestión del ser, porque el saber es el «esto es así», la presencia; pero es la cuestión del ser planteada desde un lado muy determinado: la cuestión del ser como, cuestión de la posibilidad de afirmar que algo «es», Lo primero que dice Descartes es que el rasgo fundamental del saber es la certeza, y por «certeza» entiende la imposibilidad de dudar. El que conoce muchas cosas de todas las cuales cabe dudar es radicalmente ignorante; el que sólo conoce unas pocas de las que no cabe dudar es, al menos en la medida de lo que conoce, sabio. Y esta imposibilidad de dudar la entiende Descartes como imposibilidad absoluta, no como lo que hoy diríamos imposibilidad de dudar «ra­zonablemente». Por lo tanto no hay «subjetivismo» (en el sentido corriente del término) en la posición de Descartes, porque no se trata de que yo, por unas u otras razones, no me encuentre capaz de hecho de dudar «en la práctica», sino de que de suyo sea absolutamente imposible dudar; por ejem­plo: yo podré no ser capaz en la práctica de dudar de que estoy dando una clase, pero eso no es de suyo absolutamente indudable; yo puedo estar soñando que doy una clase, o padecer una alucinación. Así pues, el concepto cartesiano de la duda y la imposibilidad de dudar no tiene nada de subjetivo ni psicológico.

El saber es el «estar cierto de» ( = no poder dudar de). La verdad es la certeza. La certeza, la imposibilidad de dudar, es la nueva versión de la «presencia» griega. Insistamos enérgicamente en que Descartes no subjetiviza la presencia, porque no le interesa la duda como hecho, sino la posibilidad o imposibilidad absoluta de dudar.

Descartes nos dice que, de las ciencias que conoce, sólo en «la aritmética v la geometría» (luego veremos hasta que punto en la lógica) ha encontrado este proceder que no concede nada de lo que quepa dudar. Pero, lejos de sacar de ahí que la matemática es la única ciencia, lo que hace es preguntarse a qué se debe en el fondo el hecho de que las demás ciencias no se encuentren en la noción de verdad; en vez de encumbrar la matemática al puesto de única ciencia verdadera, lo que hace Descartes es tratar de obtener de la certeza de la matemática una lección acerca de cómo tiene que ser la ciencia en general: ¿a qué se debe el privilegio de certeza que tiene hasta ahora la matemática? Responde: Lo que se admite como conocido en las ciencias en general procede de dos fuentes y de la colaboración entre ambas: la experiencia y la deducción (por «deducción» no entiende en particular el silogismo, sino todo pasar de una cosa a otra en la mente). En la deducción se da efectivamente la imposibilidad de dudar; no decimos que todo lo que suele pasar por deducción posea absoluta certeza; decimos sólo lo siguiente: en que, si es verdad A, ha de serlo B, tiene sentido afirmar que es absolutamente imposible dudar. No así en la experiencia; la experiencia siempre puede por principio ser engañosa, y por lo tanto la posibilidad de dudar es general, en este terreno: la experiencia puede dar ahora un resultado y luego otro; siempre podemos haber visto mal (errores de los sentidos, alucinaciones, etc.); en definitiva: la experiencia es por principio incierta. Pues bien, la matemática no recibe nada de la experiencia. La matemática es «del entendimiento», y «entendimiento» significa aquí el proceder puro de la mente según su propia ley, lo opuesto a la receptividad de la experiencia. Pero Descartes hasta tal punto toma en serio el que esta espontaneidad no es invención, sino sujeción, que a la presencia (en el entendimiento) de eso que el entendimiento concibe en sí, sin deber nada a la experiencia, la designa con un término que significa «ver»: intuición; el entendimiento no establece arbitrariamente que 2 + 2 = 4 sino que lo ve. La presencia en la mente de eso que no viene de afuera, sino que es ley de la mente misma, es incluso lo único verdaderamente obligatorio; que yo tengo ahora una tiza en la mano, y que esta tiza es blanca, yo conservo la libertad de no creerlo (puedo estar soñando, o alucinado, o padecer un trastorno visual); en cambio, si yo veo dos y otros dos, veo cuatro, esté en sueño o en vigilia, y jamás podré pensarlo de otra manera; y, si a cuatro le quito uno, lo que queda son necesariamente tres, aunque la operación tenga lugar sólo en mi imaginación; y, si me imagino (o sueño) un triángulo, ese triángulo nunca podrá tener dos ángulos rectos u obtusos.. Todas esas verdades que no admiten duda son verdades que no dependen en absoluto de ninguna experiencia, verdades que el entendimiento ha de construir en sí mismo. El verdadero conocimiento es «concepción en la mente», espontaneidad del entendimiento. Es un concebir en la mente, pero al mismo tiempo es un ver, por que no es un concebir arbitrario, sino el sometimiento a la ley de la propia mente, que no es mero «hecho», sino necesidad, absoluta, la verdad misma. Desde el momento en que la verdad se concibe como certeza, como imposibilidad absoluta de dudar, la verdad es por completo algo que acontece en la mente: sigue siendo la adecuación de la mente a..., pero concretamente la adecuación de la mente a la mente misma, a su propia ley absoluta. La regla de la mente, que discierne lo verdadero, de lo falso, lo cierto de lo incierto, la regla de sometimiento de la mente a su propia ley, es lo que Descartes llama el método. La ley de la mente es ley absoluta, es imposibilidad absoluta de dudar, y por lo tanto la cosa escapa a todo capricho; así son, por ejemplo, las demostraciones matemáticas: son construcción mental, y sin embargo son el modelo mismo de lo obligatorio, de lo que no deja lugar a duda ni arbitrariedad, lo vemos así sin escapatoria posible; su necesidad no es una necesidad psicológica, sino una necesidad a secas, una necesidad de la cosa misma.

La mente ha dejado de ser un ente simplemente privi­legiado y distinto de los demás, para ser lo patológico: no algo ente, sino aquello en lo que consiste ser. El «ser» es la certeza, y la certeza consiste en la necesidad del proceder de la mente, en el método; es ente —por definición— aquello de lo que la mente puede estar absolutamente segura, cierta. Es a partir de ahora cuando la palabra «sujeto» (sub-iectum, su-puesto), empleada absolutamente, debe reservarse para la mente, porque es ésta lo que está supuesto en el ser de todo ente. Pero también es a partir Se ahora cuando «objeto» (ob-iectum: puesto delante, puesto enfrente) debe designar lo ente en cuanto tal; la palabra obiectum designaba en la Edad Media lo puesto enfrente, lo representado en la mente en cuanto meramente representado (independientemente de que su contenido corresponda o no a la realidad en sí), por lo tanto ens rationis; en cambio, ahora, obiectum va a ser lo ente, lo real, porque: lo real es por definición lo que resulta asegurado, en el proceder seguro de la mente, y, por lo tanto, es el objeto; lo «objetivo» es lo que es puesto en aquel proceder de la mente que excluye toda posibilidad de duda; lo «subjetivo» es aquello que está en la mente de forma que podemos dudar de ello, que, por lo tanto, sólo pertenece a lo contingente y mudable de la mente, que la mente no lo pone, no lo asienta firmemente, sino que se limita a tenerlo; en una palabra: objetivo es lo indudable.

El mencionado poner delante no es arbitrio ni invención, sino sometimiento, por lo tanto: conocimiento, percepción (noein). ¿Cuáles son las notas de la percepción en la que hay certeza (del verdadero noein) ?; Descartes las formula así: claridad y distinción: que una cosa (o la percepción de una cosa) es clara quiere decir que la cosa es «presente y manifiesta»: Que es distinta quiere decir que está perfectamente delimitada, que «es de tal modo precisa y diferente de todas las demás que no comprende en sí más que aquello que aparece manifiestamente al que la considera como conviene» (Principia, 1.a parte, par. 45), digamos: que no hay contornos borrosos. Una percepción puede ser clara sin ser distinta, p. ej.: yo puedo sentir claramente un dolor y, sin embargo, no separar la pura sensación de dolor de toda otra cosa (p. ej., de la idea que me hago sobre su realidad física); en cambio, para que algo sea distinto, tiene que ser claro, pues la noción misma de «distinción» supone la claridad («... aparece mani­fiestamente...»). Emplearemos «oscuro» como la negación de «claro», y «confuso» como la negación de «distinto».

Obsérvese que el criterio de la claridad y distinción no quiere decir que lo que yo percibo clara y distintamente (por lo tanto con certeza, con imposibilidad absoluta de dudar) «exista» extramentalmente, en la «realidad en sí» (aun suponiendo que esta noción tenga algún sentido); significa sólo que lo que yo percibo clara y distintamente es así, tal como yo clara y distintamente lo percibo; yo puedo percibir clara y distintamente algo sin que de esa percepción forme parte (clara y distintamente) la nota de «existencia extramental» (aun suponiendo que la expresión «existencia extramental» pueda en algún caso designar algo claro y distinto).

Para remitir todo conocimiento a la certeza, Descartes somete todo a la prueba de la duda, a lo que se ha llamado "la duda metódica uni­versal", que consiste en dejar fuera (en "considerar falso") todo aquello de lo que no sea absolutamente imposible dudar. Ya sabemos que lo pri­mero que sucumbe a la duda es lo empírico y sensible: lo empírico y sen­sible por ser tal, por lo tanto todo ello: de los sentidos sabemos que al menos pueden engañarnos; por lo tanto, de todo lo que nos dan pode­mos dudar. Quedan en pie las matemáticas; pero precisemos: ¿qué son (ahora en el sentido de: de qué tratan) las matemáticas?; Descartes pre­tende generalizar la noción, no atenerse a lo que la aritmética y la geo­metría contienen de hecho, sino desprender de ellas (y de todo lo que posea "matemática") aquel contenido esencial que precisamente sea el que hace posible ese carácter no empírico y por lo tanto la certeza; así pretende obtener la noción de una enseñanza universal, una mathesis universalis. Descartes dice que el tema de la matemática en sentido amplí­simo es el orden y la medida. El orden y la medida constituyen una ley a priori de la mente; todo lo presente a la mente aparece en el horizonte de orden y medida; por ello, en todo tiene que ser expresamente reco­nocible una medida (todo tiene que ser dimensión, medible) y expresa­mente reconocible un orden; "orden" en el "uno, y luego otro, y luego otro", como los puntos de una línea o la serie numérica (el "contar"); "medida" es el resultado del orden, o el orden visto como totalidad: que algo "mide" 3 quiere decir que contamos hasta tres: una unidad, luego otra, luego otra; las figuras geométricas "miden" (son medibles, tienen una medida) porque son ante todo órdenes de unidades, en último tér­mino de puntos: es la repetición del punto lo que constituye la línea, lue­go la superficie, etc. Y este orden (el orden en sí mismo) no es un orden de cosas, entendiendo ahora por "cosa" algo dotado de cualidades ca­racterísticas (en tal caso ya habría algo distinto del puro orden), sino un orden de unidades descualificadas, cada una de las cuales es absoluta­mente igual a la anterior; es el puro "uno y otro y otro..." absolutamen­te uniforme, la pura extensión.

Descartes concibe todo lo corpóreo como reductible a magnitud, y la magnitud como suma de unidades, como un "uno al lado de otro". Esto implica que para Descartes toda magnitud es adecuadamente re-presentable por la magnitud espacial, por la extensión; lo cual es lo mis­mo que decir que toda magnitud es reducible a extensión, porque dos tipos de realidad que pueden ser conocidos totalmente de la misma ma­nera no son dos tipos, sino uno.

Descartes establece la reductibilidad recíproca (por lo tanto la iden­tidad) de la extensión espacial y el número. Consideremos la recta tra­zada horizontalmente en la figura; tomado el punto O como "cero" y elegida una unidad, a todo número le corresponde un punto de la recta y sólo uno, y viceversa: a cada punto de la recta le corresponde un nú­mero y sólo uno.

Sobre esta base, Descartes es el creador de una nueva geometría, cuyo principio es el siguiente: cada punto del plano está de­finido por dos cantidades: el punto P es (x1, y1, el punto Q es (x2, y2, etc.; una curva está definida por aquella ecuación que establece la rela­ción entre las cantidades x e y válida para cualquier punto de la curva en cuestión y no válida para ningún punto que no pertenezca a ella (es decir: una curva es la suma de todos los puntos que cumplen cierta con­dición). Una vez determinada la expresión en el nuevo sistema de cier­tos hechos geométricos fundamentales, se opera «algebraicamente» con las ecuaciones de las líneas en vez de hacerlo geométricamente sobre las líneas mismas. Así, en vez de diversos procedimientos de operar con esta o aquella curva definible de esta o aquella manera, se tiene un modo absolutamente general de determinar cualquier curva, independiente­mente de su mayor o menor complicación; cualquier problema de en­contrar un punto se convierte en el problema de encontrar las solucio­nes (x e y) de un sistema de ecuaciones; etc.

(...)

Lo matemático, en el sentido en que lo ha definido Descartes, es lo claro y distinto, lo cierto. Es claro porque se nos aparece evidentemente, sin lugar a dudas, mientras que lo empírico se nos aparece de modo cam­biante y siempre sospechoso de error; es distinto porque eso que se nos aparece sin lugar a dudas está perfectamente definido; y ¿por qué está perfectamente definido?; precisamente porque el espíritu asiste a su de­finición, a su determinación, a su construcción; una línea es algo que se construye en la mente; lo matemático no sólo lo vemos como hecho, sino que se hace en la mente misma; en cambio, lo empírico sólo nos lo encontramos como hecho, no podemos construirlo, por lo tanto no ve­mos qué es.

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Martínez Marzoa, Felipe Historia de la Filosofía, Madrid, Istmo, 1994.
 
  
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