Platón.
Marco filosófico
Pitágoras de Samos
Pitágoras
de Samos
(ca.570-490 a.C.). Filósofo griego presocrático. Nació en la isla de
Samos. En
aquella época Samos estaba dominada por la tiranía de Polícrates que
logró un
gran desarrollo económico y cultural de la polis. En Samos, Pitágoras
conoció
las obras de Ferécides de Siro y de Hermodamante y, probablemente, de
Anaximandro. Después de su educación viajó por Egipto y Babilonia. Al
parecer,
durante un cierto tiempo, Pitágoras mantuvo buenas relaciones con
Polícrates
(que le recomendó al faraón Amasis en su viaje a Egipto). Pero la vida
disoluta
de la corte y, en general, de sus conciudadanos, casaban mal con los
ideales de
ascetismo y renovación moral de Pitágoras, razón por la cual abandonó
Samos y
se estableció en Crotona, ciudad del sur de Italia (Magna Grecia),
seguramente
por instigación de Democedes, un físico de la corte de Polícrates. Al
llegar a
Crotona se puso en contacto con sus dirigentes, a los que causó una
gran
impresión y, al poco tiempo, logró el poder en dicha ciudad. Al mismo
tiempo,
fundó una secta-escuela de índole místico-religiosa y
filosófico-política que
centraba sus intereses intelectuales en la música y las matemáticas
puestas al
servicio de la renovación de la vida moral. La influencia de la secta o
escuela
pitagórica fue cada vez más importante y varias de las ciudades de la
Magna
Grecia fueron gobernadas por miembros de dicha escuela hasta que se
produjo un
amplio movimiento popular de rechazo del elitismo antidemocrático de
los
pitagóricos, que acabó con la vida de varios de los miembros de esta
escuela, y
los otros tuvieron que exiliarse. Según la tradición, Pitágoras logró
salvarse
y huyó a Locri, desde donde marchó hacia Tarento y, finalmente, murió
en
Metaponto. Según otra tradición, murió asesinado en un campo de habas
(legumbre
que él prohibía comer).
La
secta pitagórica estuvo
fuertemente influenciada por el orfismo, que reformuló, hasta el punto
de que,
a veces, se conoce como escuela órfico-pitagórica. Como sucedía con
otras
sectas de índole religiosa, se veneraba al maestro, al que se tendía a
mitificar y a convertir en personaje legendario, al cual se atribuían
todos los
descubrimientos efectuados en la escuela. No es seguro que Pitágoras
mismo
escribiese ninguna obra, ya que algunos libros que se le atribuyeron a
fines de
la antigüedad (Versos áureos, y Los tres libros) han resultado ser
apócrifos
del siglo I. Ello, junto con el carácter místico y esotérico de la
escuela
pitagórica, dificulta el conocimiento de las verdaderas enseñanzas de
Pitágoras.No
obstante, Diógenes Laercio nombra varios escritos de Pitágoras , y la
crítica
moderna también considera que realmente escribió obras que se han
perdido.
Parece
que se deben a él las
doctrinas religiosas de la inmortalidad y de la transmigración de las
almas,
así como la necesidad de su purificación (catarsis);
el descubrimiento de las relaciones entre la armonía musical, los
acordes y las
proporciones numéricamente expresables, así como los inicios de la
matemática
especulativa y la cosmología filosófica. Pero parece que los
desarrollos más
importantes del pitagorismo se deben a sus discípulos, especialmente a
Filolao,
Hípaso, Arquitas de Tarento, Ecfanto y, en una dirección algo distinta,
a
Alcmeón de Crotona. A veces, se atribuye el descubrimiento del famoso
teorema
de Pitágoras al mismo Pitágoras o, a veces, a Hípaso. De éste se sabe
que lo
divulgó, razón por la cual fue perseguido y, probablemente, asesinado
por
divulgarlo, ya que en la escuela pitagórica los descubrimientos eran
secretos
que sólo podían ser conocidos por sus miembros de pleno derecho, los
matemáticos, que, a diferencia de los acusmáticos (oyentes), tenían
acceso a
las doctrinas profundas de la escuela. Con Pitágoras aparece una nueva
tradición en la filosofía que marcó las llamadas escuelas itálicas, y
aparece
también una nueva vinculación entre la especulación filosófica y los
ideales de
purificación moral. Ver el artículo pitagorismo para una exposición
general de
las líneas básicas de pensamiento de Pitágoras y los miembros de su
escuela,
que tanta influencia tuvieron sobre el pensamiento de Platón.
Heráclito de Éfeso
Heráclito
de Éfeso (ca.
550-c.480 a.C.). Filósofo griego presocrático. Como sucede a menudo con
los
filósofos presocráticos, el conocimiento que se tiene de este autor es
bastante
pobre, pues no hay datos fiables acerca de su biografía, y los datos
que hay se
mezclan con la leyenda. Al parecer es seguro que descendía de una
familia noble
de Éfeso, probablemente de la de los propios reyes. Renunció a sus
derechos dinásticos
en favor de su hermano, y se retiró al templo de Artemisa Efesia donde
depositó
su libro, lejos de la mayoría de los ciudadanos, ya que se manifestaba
un gran
desprecio por «la mayoría», a la que oponía «los mejores»(fragmentos 1,
19, 34,
49, 104). Escribió una obra, cuyo título nos es desconocido, aunque
como la
mayoría de las obras de los presocráticos es conocida como Sobre la naturaleza.
Al
parecer, su obra, escrita
en prosa, trataba fundamentalmente de ser la exposición de una doctrina
novedosa, puesto que Heráclito no fue discípulo de nadie (aunque
conocía la
filosofía de los milesios y la de Pitágoras, al que critica y
desprecia). El
núcleo doctrinal de su pensamiento lo extrajo de su propio
autoconocimiento,
investigándose a sí mismo (frag. 101), siguiendo la sentencia del
oráculo:
«conócete a tí mismo». Y dicho núcleo es la doctrina del logos.
De hecho él se consideraba poseedor de una verdad de la que
sus palabras son solamente transmisión: «no escuchándome a mí, sino al logos» (frag. 50). El logos
es, a la vez, discurso, razón y
«razón de ser» de las cosas; una verdad única que la mente puede
comprender
porque también la mente humana es, en cierto modo, parte o comunión de
este logos que es común a todos,
pero que la
mayoría no entiende.
Para
él la armonía no es,
como para los pitagóricos (a los que combate), fruto de una
reconciliación,
sino que es propiamente la lucha o la tensión. La armonía es producto
de la
lucha de los contrarios. Si ésta cesase acabaría también el cosmos. De
ahí no
se sigue tampoco que Heráclito contraviniera el principio de no
contradicción,
como había afirmado Aristóteles, sino que entiende realmente la armonía
como
tensión continua, aunque a veces esta tensión no aparezca de manera
manifiesta:
«no comprenden cómo lo que está en lucha consigo mismo puede estar de
acuerdo:
unión de [fuerzas] contrarias, como el arco y la lira» (frag.51). Fruto
de la
lucha eterna de los contrarios, regida por la ley universal del logos,
es el perpetuo devenir: todo fluye (panta rei) nada es estático. Esta tesis
se ilustra generalmente con la afirmación según la cual no podemos
bañarnos en
un mismo río (frag.91).
Esta
tesis del devenir
universal, que debe entenderse en el contexto del problema del continuo
suscitado por el descubrimiento de Pitágoras, a veces se ha utilizado
como
contraposición al pensamiento de Parménides, quien recalca la
inmovilidad del
ser. Además, parece que Parménides, que conocía la obra de Heráclito,
quiso
combatir sus tesis, y Platón opuso el pensamiento de ambos autores. No
obstante, hay más puntos de conexión entre ambos pensadores de los que
aparecen
a simple vista: ambos niegan veracidad a
los simples datos sensoriales, y ambos reivindican una
atalaya superior
desde la que comprender la multiplicidad que nos suministra el
conocimiento
general del común de los mortales.
Parménides de Elea
Parménides
de Elea (s. V
a.C.)Filósofo griego presocrático. Originario de Elea, nació hacia el
año 515 o
510 a.C. Parece que fue discípulo de Jenófanes de Colofón (del que
amplió su
panteísmo y lo
convirtió en un
panlogismo) y, según Teofrasto, fue discípulo de Anaxímenes. También
mantuvo
contacto con los pitagóricos, siendo discípulo de Aminias y de
Dioquetas
(personajes sobre los que nada o casi nada se sabe). Pero, en cualquier
caso,
reaccionó vigorosamente contra el pitagorismo. Según Guthrie, la gran
influencia de Parménides permite dividir la filosofía presocrática en
dos: así,
cronológicamente, es posterior a Heráclito; mientras que Empédocles,
Anaxágoras, Leucipo y Demócrito son, tanto cronológica como
filosóficamente,
post-parmenídeos. Es decir, su filosofía no podía ser ignorada y marcó
decisivamente el pensamiento posterior engendrando la ontología y la
metafísica.
Parménides
escribió un
extenso poema de 154 versos hexamétricos dividido en dos partes y un
proemio.
Además de este proemio (compuesto por 32 versos), la primera parte se
titulaba
vía de la verdad y la segunda, vía de la opinión. El proemio describe
cómo
Parménides fue raptado por entes divinos que le conducen mediante un
carro
tirado por yeguas y guiado por las hijas del Sol hacia la presencia de
una
diosa benevolente, más allá de las puertas del día y de la noche. Estas
aurigas
inmortales franquean la puerta guardada por Diké (la justicia) hasta
llegar ante
la diosa que le comunicará la verdad (aletheia).
La diosa le acoge señalándole que ha sido el amor a la justicia y a la
sabiduría quienes le han llevado a su presencia y al auténtico camino
del
conocimiento. Ahora, debe escuchar y entender ya que es necesario que
aprenda a
conocerlo todo, «tanto el inconmovible corazón de la bien redondeada
verdad,
como las opiniones de los hombres», a las cuales «no debe concederles
ninguna
convicción verdadera». No obstante, debe conocerlas para saber qué
juicio le
deben merecer dichas falsas opiniones. El discurso de la diosa
referente a la
«bien redondeada verdad» constituye la vía de la verdad; el discurso
sobre las
falsas opiniones de los hombres constituye la vía de la opinión (doxa). Este proemio puede interpretarse
de
diversas maneras complementarias. Por una parte podría ser realmente la
expresión de una vivencia mística de Parménides que nos narra, a la
manera de
la antigua tradición religiosa, su experiencia de acceso a una verdad
suprema.
Por otra parte, este acceso a la verdad debe entenderse en clave
epistemológica: el viaje de la noche al día, hacia la morada de la
verdad es
una alegoría del proceso del conocimiento. En este sentido, el mito de
la
caverna de Platón, en el que el prisionero del fondo de la caverna es
raptado y
obligado a la fuerza a salir hacia el exterior y enfrentarse a una
realidad más
verdadera que la de las sombras proyectadas en el fondo de la cueva,
podría
entenderse, en cierta forma, como un homenaje al poema de Parménides.
El ser se
corresponde con la verdad, que es intemporal, mientras que la noche o
la
oscuridad representaría el falso conocimiento sometido a la variación,
al
cambio y la multiplicidad.
La
vía de la verdad se
muestra como el único camino realmente practicable para el filósofo,
pues, como
dice la diosa, los dos únicos caminos de investigación que se pueden
concebir
son: «El uno, que el ser es y que el no-ser no es. Es el camino de la
certeza,
ya que acompaña a la verdad. El otro, que el ser no es y que
necesariamente el
no-ser es. Este camino es un estrecho sendero, en el que nada iluminará
tus
pasos. Ya que no puedes comprender lo que no es, pues no es posible, ni
expresarlo por medio de palabras. Porque lo mismo es pensar y ser. Es
necesario
decir y pensar que lo que es, es, ya que el ser es y el no-ser no es;
afirmaciones que te invito a considerar bien.» De esta afirmación de la
diosa
se derivan toda una serie de consecuencias:
a)
El ser es único. Sólo hay
un ser, pues caso que no fuera así, ¿qué los diferenciaría? No podría
diferenciarlos algo que es, puesto que, en cuanto que esta diferencia
es, es
(sigue siendo ser y, por tanto, no es diferente del ser). Ni menos aún
podría
diferenciarlos lo que no es, puesto que lo que no es no es. Así,
mediante un
proceso de razonamiento por reducción al absurdo, Parménides señala la
unicidad
del ser.
b)
El ser es eterno: «No fue,
ni será, porque es a la vez entero en el instante presente, uno,
continuo.
Pues, ¿qué origen puedes buscarle? ¿Cómo y de dónde habrá crecido? No
te dejaré
decir ni pensar que es del no-ser. Ya que no puede decirse ni pensarse
que no
es. ¿Qué necesidad lo hizo surgir más pronto o más tarde, si viene de
la nada?
Así pues, es necesario que sea absolutamente, o que no sea en
absoluto.» No
puede, pues, haber tenido origen ni puede tener fin. Si tuviese origen,
¿de
dónde procedería? No puede proceder de lo que es, ya que entonces no
puede
hablarse de origen (ya es el ser), no puede proceder del no ser, ya que
el no
ser no es.
c)
Igualmente ha de ser
inmóvil e inmutable. Si el ser fuese móvil debería moverse en algo,
pero este
algo, ¿es o no es?. Si es, el ser es en el ser y no puede ser móvil.
Por otra
parte no puede no ser puesto que lo que no es no es. Además, la
mutabilidad o
el cambio consiste en dejar de ser para ser otro. Pero el dejar de ser
no es
posible ya que sería aceptar el no ser.
d)
Por las mismas razones, no
puede tener principio ni fin.
e)
Se da una identidad entre
el pensar y el ser. Sólo el ser puede ser pensado, ya que el no ser, en
cuanto
que no es, no puede ni tan sólo ser concebido. Esta identificación
entre pensar
y ser ha sido interpretada también como una identificación de origen
mágico
entre el símbolo y lo simbolizado; entre el pensar y el decir; entre
las
palabras y las cosas (como en la magia simpática, por ejemplo). Pero
también
puede entenderse como una tesis panlogista: el pensar determina qué es
real en
la medida en que el pensar también es ya ser. De esta manera, partiendo
de la
afirmación: el ser es y el no ser no es, tomada como si de un axioma se
tratase, se llega a la deducción de estas propiedades. Y el movimiento,
la
pluralidad, la temporalidad, la generación y la destrucción «no son más
que
nombres instituidos por los hombres en su credulidad». En cuanto que
ejercicio
deductivo, se ha considerado el Poema de Parménides como un acta de
fundación
de la lógica, ya que, además, según esta interpretación, la verdad de
la que
habla Parménides sería la mera verdad lógica derivada de los principios
de no
contradicción y del tercero excluido. En este caso, el ser del que
habla sería
el ser del juicio.
En
la vía de la opinión, que
es la parte peor conservada del poema, Parménides elabora una filosofía
de la
naturaleza y una cosmología basada en dos principios: el fuego y la
noche
oscura. Se ha discutido mucho el significado de esta tercera parte del
poema:
¿cómo se relaciona con la vía de la verdad?, ¿qué significado tiene?.
Para
unos, es una parte meramente negativa en la cual Parménides expone una
cosmología para criticar y ridiculizar la especulación de sus
predecesores, en
especial los pitagóricos. Para otros, más bien se trata de un intento
de
racionalización del mundo en que vivimos tal como nos lo muestran los
sentidos.
Si por la razón hemos de aceptar que el ser es único, mediante los
sentidos y
la experiencia inmediata hemos de aceptar que, aunque ilusorio en
cierto
sentido (abstracto), el mundo físico (concreto) presenta cambio,
multiplicidad
y alteración. En esta parte, Parménides ofrecería una vía de
explicación de la
realidad aparencial de los sentidos y de la opinión. En este sentido
podría
entenderse como una explicación del saber humano que, no obstante, debe
ser
superada a un nivel superior por el auténtico conocimiento que nos
ofrece la
vía de la verdad. De ser cierta esta interpretación, Parménides
ofrecería una
distinción entre el ser y lo ente. El ser, pues, sería un principio
ontológico
que no debería confundirse con los entes. Desde esta perspectiva no hay
contradicción en decir que el ser es único, eterno e inmóvil y decirlo
mientras
se está caminando, puesto que el discurso sobre el ser y el discurso
sobre los
entes se realiza en planos distintos. Parménides, según esta
interpretación, no
dice que lo ente no cambia; es el ser quien es inmutable, puesto que lo
concibe
de forma puramente conceptual, no como ente ni como cuerpo
espacio-temporal.
Por ello, en el ser, el espacio y el tiempo quedan abolidos.
A
veces se ha contrapuesto la
filosofía de Parménides con la de Heráclito, señalando que mientras el
primero
destaca el carácter inmutable del ser, el segundo elabora una filosofía
del
puro devenir, e incluso se ha dicho que la frase del poema parmenídeo
que acusa
a los hombres bicéfalos o de doble cara («por donde vagan errantes los
hombres
ignorantes, de doble cara») se refería a Heráclito, ya que éste, al
defender el
devenir, estaría afirmando que todo cuanto es, en la medida en que está
continuamente cambiando, es en cuanto que no es. Pero, dejando aparte
que sea
dudosa la atribución de esta frase a una crítica a Heráclito, debe
destacarse
que, en cierta medida, la confrontación entre Heráclito y Parménides no
es tan
radical como puede parecer a simple vista, ya que también Heráclito
hizo una
crítica a los meros datos sensoriales y negó dignidad ontológica a la
multiplicidad
cambiante, al reivindicar la necesidad de un punto de vista superior
representado por el logos. La obra de Parménides fue continuada por los
otros
eleatas: Zenón de Elea y Meliso de Samos.
Las
tesis de Parménides
fueron proseguidas por Zenón de Elea, quien desarrollo el método del
razonamiento por reducción al absurdo con sus famosos argumentos (ver
paradojas
de Zenón), considerados generalmente como el punto de arranque de la
dialéctica
antigua, y como fuente de reflexión fructífera para la matemática y la
lógica.
En estas argumentaciones, Zenón combatía la concepción de sentido común
acerca
del cambio y de la multiplicidad, y defendía, por vía indirecta, la
tesis
parmenídeas. Con dichos argumentos Zenón planteó, por primera vez, los
problemas del pensamiento del continuo.
Cortés
Morató, J y Martínez
Riu, A. Diccionario de filosofía,
Herder,
Barcelona, 1996.
Fuente:
 Lic.CC.2.5  |
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