Vocabulario

  Esencia: aquello en lo que consiste pa­ra cada cosa el ser precisamente lo que ella es, y que viene lógicamente represen­tado por la diferencia específica.

  Categoría: cada una de las maneras fundamentales de decir de alguna cosa que es esto o aquello y, por tanto, cada una de las clases en las que se incluyen todos los objetos posibles de conocimien­to. Aristóteles no da una lista cerrada, pe­ro puede decirse que son diez: sustancia, cualidad, cantidad, relación, lugar, mo­mento, posición, posesión, acción y pa­sión.

Sustancia (ousía): derivado del latín substantia, es el término que acabó imponiéndose para la traducción del griego ousía (más propiamente, 'esencia'), que es la palabra utilizada por Aristóteles para designar la primera de las categorías, la entidad o el «algo» de lo que hablamos, cuya prima­cía no es solamente coyuntural, sino tam­bién estructural, puesto que si no hubiese algo (alguna entidad) de lo que hablar, no tendría caso señalar su cantidad, su cuali­dad, su relación, etc.

  Accidentes: es todo aquello que perte­nece a una cosa pero no de modo sustan­tivo o esencial, sino a título contingente o fortuito: mientras que «Sócrates es hom­bre» dice algo esencial del ser de Sócra­tes, «Sócrates está sentado» o «Sócrates ha salido de casa» dicen acerca de Só­crates algo puramente accidental. Tam­bién pueden considerarse «accidentes» (de la sustancia) todas las demás catego­rías distintas de ella, puesto que, como hemos dicho, solo pueden existir merced a ella, como accidentes «de» una sustan­cia (como propiedades de «algo» que ha de precederlas).

Naturaleza (phýsis): tiene en Aristóteles dos sentidos principales y conectados:

1)  El carácter propio de una cosa (algo así como su «esencia»).

2)  El carácter propio de los seres físicos; es decir, de aquellos que llevan en sus propias leyes los principios y las metas de sus cambios y procesos de transfor­mación.

  Hilemorfismo: aunque la expresión no es de origen aristotélico, se designa con este vocablo la circunstancia de que los seres físicos, según Aristóteles, comportan un doble principio, el de la materia (hylé), que constituye su sustrato, y el de la forma (morphé), que define su esencia y su fun­ción.

Finalidad (teleología): la filosofía de Aristóteles está animada enteramente por la teología; es decir, por la idea de que todo en la naturaleza debe ser compren­dido como teniendo un fin (télos), incluso aunque ese fin no esté efectivamente reali­zado en cada momento. El movimiento de los astros, el crecimiento de los seres vi­vos, la técnica mediante la cual los hom­bres «perfeccionan» e «imitan» la natura­leza y la acción libre de los ciudadanos son ejemplos de actividades que solo se hacen comprensibles a la luz de la finali-dad que persiguen.

  Movimiento: mediante este término se traducen varias palabras griegas que no solamente significan movimiento local (cambio de lugar), sino cualesquiera pro­cesos de cambio y transformación, desde el más radical (la aparición o desapari­ción de las cosas, el nacimiento o la muer­te de los seres vivos) hasta el más trivial (la modificación de sus propiedades acci­dentales)

  Causa: para Aristóteles es todo aquello a cual se debe, de algún modo, el que algo sea. Las causas (aitíai) explican el cambio; materia, forma, iniciador del cambio y fin -causa material, formal, eficiente y final- constituyen cuatro maneras distintas de contemplar el fenómeno del cambio. La teoría aristotélica de las causas es una de las teorías paradigmáticas de Aristóteles. Las causas fueron la explicación de los cambios del mundo físico durante siglos, las rechazó la ciencia moderna y alguna de ellas persiste formando parte todavía de nuestro modo de hablar. Las causas no son sólo explicaciones del cambio; pertenecen, en cuanto aspectos de las cosas, a la estructura de la realidad: son las líneas maestras por las que transcurre la comprensión del universo.

  Alma (psiché): partiendo de su hilemorfismo, Aristóteles afirma que el alma es simplemente la forma del cuerpo, su actualización o entelequia. En cuanto que es forma, determina el tipo de vida que puede -potencialmente - tener un determinado cuerpo. Ateniéndose a esto considera tres tipos de almas: la de los vegetales, que se nutren y reproducen (alma vegetativa); la de los animales, que poseen sensación y movilidad (alma sensitiva); y la específicamente humana, que incorpora las funciones anteriores y, además, es racional (alma racional). De esta manera, según Aristóteles, los animales poseen un alma. Ahora bien, mientras que la nutrición, la reproducción y la sensación dependen directamente del cuerpo, el pensamiento o nous es la única actividad que -según él-, puede ser autónoma.

  Praxis: generalmente se considera como sinónimo de  «actividad práctica», en contraposición a la mera «actividad teórica», y entre los griegos designaba también la acción moral. Por ello Aristóteles distinguía entre poiesis y praxis, y consideraba que mientras la poíesis pertenece al ámbito de la técnica, y tiene un fin exterior a sí misma, la praxis pertenece al dominio de la phrónesis (prudencia o sabiduría), y no tiene un fin exterior a sí misma.

  Virtud: Según Aristóteles la virtud moral es el justo medio entre dos extremos. Por ejemplo, la valentía es el justo medio entre la cobardía y la temeridad. Ambos extremos son defectuosos y el equilibrio es la condición de la virtuosidad. Dicha tesis se apoya en su concepción de la virtud, a la que concibe como un hábito que se ha de adquirir voluntariamente a partir de una previa potencialidad, y ha de desarrollarse mediante el aprendizaje (por tanto puede enseñarse), en el caso de las virtudes intelectuales o virtudes dianoéticas, y por la repetición de actos buenos, en el caso de las virtudes éticas. La teoría del justo medio supone la prudencia (ver también eunomía) como guía de la acción moral ya que, puesto que la ética no es una ciencia exacta, solamente la recta razón gobernada por la prudencia garantiza el encuentro de la mesura. Debe tenerse en cuenta que este punto medio entre dos extremos no es equivalente a una defensa de la mediocridad, sino expresión de las directrices racionales, que han de mediar entre los impulsos irracionales, y es expresión del ideal de medida de la cultura griega opuesta a la hybris (desmesura). Esta tesis la desarrolla especialmente en su Ética a Nicómaco, obra en la que va más allá del intelectualismo moral socrático, y que defiende que no es suficiente el saber para obrar justamente.


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