El saber filosófico
Bien pensado Javier Pérez Carrasco, Pearson/Alhambra, Madrid 2008, pp. 9-16

 

Unidad 1 El saber filosófico

2. Del saber mítico al saber filosófico

2.1 La concepción mítica de la realidad

(...) Los mitos, narraciones anónimas en las que cristaliza la memoria colectiva de una cultura —por eso son etnocéntricos, cada cultura tiene sus propios mitos—, cuentan las historias de los dioses, semidioses o héroes, y sus relaciones recíprocas con los mortales. Los mitos ofrecen un saber que presenta los siguientes rasgos fundamentales:

    • Irracional, lo que significa que:

      — lo que el mito cuenta (por ejemplo, que Atenea nace de la cabeza de Zeus) no es susceptible de discusión: o se cree o no se cree;

      — el significado del mito suele estar codificado por la tradición, de tal modo que entender un mito no es reinterpretarlo según las luces de cada cual, sino desvelar el significado que la tradición guarda y le atribuye. y

    •  Normativo, porque establece el conjunto de valores y normas que deben regir la comunidad, y que tienden a ser atemporales, es decir, válidos para todo tiempo y lugar. Por eso en las sociedades míticas el peso de la tradición es tan importante, porque no se trata de cambiar lo que se es y se tiene, sino de conservarlo como si fuese sagrado.

    •  Como es normativo, el mito legitima, o deslegitima, el orden social vigente según este respete las directrices del mito o no.

    •  Por último, el saber mítico, al explicar al hombre el puesto que ocupa en el cosmos, establece el sentido de la existencia de los seres humanos: qué somos y qué debemos hacer con relación a los dioses y a los otros hombres. Así, el mito nos enseña que debemos justicia a los demás hombres, y que debemos a los dioses la piedad de los rituales religiosos (en los que tratamos de seducir a los dioses para que nos ayuden a que se cumplan nuestros deseos, a cambio de generosas ofrendas).

2.2 La concepción filosófica de la realidad

(...) La concepción de la realidad que tenían los antiguos griegos se nos presenta como un saber que tiene las siguientes características:

    •  Racional, lo que supone:

      — que, aportando las razones pertinentes, todo se puede discutir. La crítica (y autocrítica) argumentada es inherente a la filosofía. Y por eso la filosofía es un saber histórico, porque las razones del futuro pueden impugnar las del pasado;

      — que la argumentación ha de ser lógicamente coherente, y no se puede decir algo y lo contrario al mismo tiempo.

    •  Universal: porque reflexiona sobre toda la realidad —universalidad del objeto de conocimiento— tratando de comprenderla desde argumentos válidos para todos —universalidad del sujeto de conocimiento.

    •  Radical y última: la filosofía trata de ofrecernos aquella explicación más allá de la cual no se puede ir (por eso es la última a la que nos podemos remitir), porque es la que explica las cosas desde su raíz (volveremos sobre este aspecto en el epígrafe 5).

    •  Profana: pero no porque la filosofía niegue a los dioses, pues no los niega en innumerables ocasiones, sino porque se acerca a ellos con afán de comprensión racional y no con afán de devoción.

    •  Normativa: porque trata de explicarnos cómo debemos vivir individual y colectivamente.

Este último rasgo establece la dimensión práctica de la filosofía, que tratará de enseñarnos cómo comportarnos y, por encima de las propuestas concretas, nos invitará  a vivir, en lo individual y en lo colectivo, ateniéndonos a la verdad y a las razones que la sustentan. De nuevo, frente a la vida del vegetal o del animal, solo la vida examinada o reflexionada es la que resulta verdaderamente humana.

3. La filosofía y sus especialidades

Bien, ya sabemos con qué rasgos fundamentales nació la filosofía. Este saber, durante sus ya 2.000 años de antigüedad, se ha ido articulando en una serie de disciplinas o especialidades:

    • La metafísica (u ontología) es aquella parte de la filosofía que trata de darnos una descripción de la totalidad de la realidad. Su pregunta fundamental es: ¿qué es la realidad y cómo está ordenada?

    • La gnoseología (o epistemología, o noología) es aquella parte de la filosofía que estudia el fundamento del conocimiento: ¿cómo conozco la realidad?, o ¿cómo establecemos la verdad del conocimiento?

    • La ética (o moral) es aquella parte de la filosofía que trata de la vida que resulta buena para el hombre desde una perspectiva individual. Su pregunta: ¿cómo debo vivir?

    • La política es la parte de la filosofía que trata de la buena convivencia entre los hombres. Su pregunta: ¿cómo debemos convivir?

    • La estética es la parte de la filosofía que se ocupa del arte y de la belleza. Su pregunta fundamental es: ¿qué es la belleza?

    • Por último, la antropología filosófica es la parte de la filosofía que reflexiona sobre el hombre. Su pregunta fundamental es: ¿qué es el ser humano?

Dicho lo cual, hay que añadir que todas las disciplinas filosóficas están articuladas entre sí, y no se puede abordar una olvidándose por completo de la otra. Por ejemplo, si un filósofo se dedica a la ética y concluye que los ingredientes de la vida buena son «tal y cual», se le puede y se le debe preguntar, por ejemplo:

    • ¿Y cómo ha llegado a esa conclusión? (cuestión epistemológica)

    • ¿Qué función desempeña la belleza en la vida buena? (cuestión estética)

    • ¿Por qué cree que eso que dice es posible? (cuestión metafísica)

4. La filosofía no es...

Ya tenemos una idea aproximada de lo que es el saber filosófico. Ahora vamos a profundizar en la respuesta a nuestra pregunta tratando de diferenciar la filosofía de aquellos saberes que, aunque no son filosofía, están en relación con ella. ¿Qué diferencia la filosofía de la ciencia, la religión y la literatura?

4.1 La filosofía no es ciencia porque...

La base del conocimiento científico es la coherencia lógica (en las ciencias formales) y la observación y experimentación (en las ciencias naturales y humanas). La filosofía, por supuesto, tiene que ser lógicamente coherente y ha de respetar los conocimientos que, desde la observación y experimentación, establecen las ciencias naturales y humanas.

Pero el fundamento de la filosofía no es la observación y experimentación que emplean las ciencias. La filosofía se basa en todo el amplio espectro de la experiencia humana, desde la observación del mundo natural hasta la mística religiosa, pasando por el estremecimiento que nos produce la belleza y el sentimiento de culpa al traicionar los bienes disponibles. Más aún (y este es un asunto verdaderamente complicado que aquí solo podemos mencionar), la filosofía trata de describir esa experiencia humana de la realidad en la que todo otro saber tiene su anclaje, y de la que surge la descripción científica, la valoración estética, la posibilidad moral, etc.

La filosofía tiende a dar una visión sistemáticamente global de la realidad, integrando en ella la totalidad de los saberes disponibles, mientras que la ciencia tiende a la especialización y a la fragmentación del objeto de estudio.

Si la ciencia progresa fundamentalmente gracias al desarrollo de la experimentación —y en esto los avances tecnológicos desempeñan cada vez más un papel de mayor importancia, pues permiten experimentaciones desconocidas hasta la fecha—, la filosofía es esencialmente reflexiva, lo que tiene una consecuencia fundamental: a fuerza de reflexionar sobre todo, la filosofía alcanza a reflexionar sobre sí misma, se pregunta por sus propias condiciones de posibilidad. Los filósofos se preguntan: ¿cómo es posible la filosofía —y la ciencia, y el arte, y la religión—? Pero los científicos no se preguntan: ¿y cómo es posible el conocimiento científico?, porque esta es una pregunta filosófica.

La filosofía tiene vocación  práctica, es decir, pretende ser un saber que nos ofrezca orientaciones, consejos para la vida buena, cosa que la ciencia en tanto que ciencia no puede hacer, porque se limita a describir fenómenos, pero no a prescribir conductas. Por ejemplo, suponiendo que sepas lo que es la salud, un médico puede decirte que «para estar sano hace falta...». Pero la cuestión es, ¿y por qué debo estar sano? A lo mejor, más importante que estar sano es acompañar a un enfermo a pesar del peligro de contagio, o renunciar a la medicación para seguir desarrollando mi creación artística. El establecimiento de lo bueno y de lo malo es asunto propio de la reflexión filosófica, no de la ciencia.

Hasta aquí hemos señalado las diferencias fundamentales entre ciencia y filosofía, pero de ellas se derivan otras dos que queremos mencionar, y que preocuparon mucho a un filósofo llamado Immanuel Kant. Son las siguientes:

    • Porque la filosofía reflexiona sobre sí misma, todo filósofo, si de verdad quiere hacer filosofía, tiene que revisar la tradición filosófica que le precede y adoptar una postura frente a ella: «estoy de acuerdo con...», «y en desacuerdo con...». Digamos que no puede dar por bueno ningún saber acumulado en la tradición, que la reflexión tiene que empezar, por así decirlo, desde el principio. En ciencias esto no pasa, o no pasa tanto. El científico puede dar por válida buena parte de la enorme cantidad de información que la tradición pone a su disposición. Se puede decir, por tanto, que en filosofía no se da una acumulación del saber como acontece en la ciencia.

    • Esta tendencia a la acumulación del saber, se traduce en la tendencia al acuerdo entre los científicos sobre las teorías fundamentales de referencia, mientras que los filósofos viven en perpetua e irreductible discrepancia y, por eso mismo, son muy poco amigos de la idea de la acumulación del saber en filosofía. Se puede decir, en conclusión, que en filosofía es muy raro el acuerdo entre los filósofos.

4.2 La filosofía no es religión

Supongamos que sabemos lo que es la religión. Pues bien, el saber filosófico se diferencia de la religión en que:

    • En filosofía no hay lugar para un saber revelado.

    • El saber filosófico es el que conquista el hombre desde la reflexión racional sobre la totalidad de la experiencia de la humanidad.

Esta conquista se realiza a través de razones, porque conocemos aquello de lo que podemos dar razón. La filosofía es, como hemos visto, un saber racional. En religión hay, sin embargo, una, dimensión del saber que no se basa en la razón, sino en la fe: «creo...», porque, aunque no lo pueda entender con mi razón, confío en la palabra de quien me lo revela.

El saber de la filosofía es un saber de comprensión de la realidad hasta donde esta es inteligible al hombre. La religión se postula a sí misma, desde luego, como un saber de lo real (quien afirma la existencia de Dios o la divinidad de Cristo dice algo sobre la realidad que cree verdadero), pero es también un saber de salvación: la religión aspira a la salvación del hombre mediante su retorno a lo sagrado.

La religión da lugar a:

    • Un dogma, el conjunto de creencias fundamentales que definen una opción religiosa.

    • Un ritual, el repertorio ceremonial con el que el hombre expresa su vínculo con lo sagrado.

    • Una moral, fundada en la devoción que lo sagrado demanda de los hombres.

Frente a ello, nada hay dogmático en el saber filosófico, pues, razonando, todo es discutible; no hay ritual, y las orientaciones morales que propone la filosofía nunca se remiten para su justificación al saber que nos ha sido revelado.

Establecidas las diferencias entre filosofía y religión, hay que decir que las relaciones entre ambas han sido uno de los puntos que mayor discrepancia han producido en la historia de la filosofía: desde los filósofos que ven en la religión una mentira y perversión moral de la que hay que liberarse definitivamente, hasta aquellos que ven la religión como el saber que culmina el anhelo oculto que alienta en la filosofía.

4.3 La filosofía no es literatura

Son dos los tipos de diferencias que separan la literatura de la filosofía: de forma y de contenido.

    • En cuanto a las diferencias formales, es obvio que la literatura trabaja con tramas y personajes en la novela y el teatro, y con imágenes y evocaciones en la poesía. Sin embargo, la filosofía aspira a ofrecer textos que presenten conceptos verdaderos y argumentaciones correctas (a veces, por cierto, con muy poca claridad, esa que Ortega y Gasset reconocía como cortesía exigible a los filósofos). Estas diferencias formales obedecen a preocupaciones fundamentales diferentes: la de la filosofía es primariamente gnoseológica, la verdad de cuanto se dice; la de la literatura, estética, la belleza de la palabra escrita.

    • En cuanto a las diferencias de contenido, la filosofía tiende a integrar las experiencias individuales en teorías sistemáticas de la totalidad de lo real, en tanto que la literatura tiende a consagrar lo que lo individual tiene de único e irrepetible. Supongamos, por ejemplo, que poeta y filósofo se enfrentan a un mismo hecho de experiencia individual: la muerte.

    — El poeta cantará lo que la muerte supone para él, la frustración de sus proyectos, la separación de los seres queridos, etc.

    — El filósofo se preguntará qué función desempeña la muerte en la estructura de la realidad y en la vida humana, qué valor confiere la muerte a la vida de que disponemos.

    Podemos concluir, por tanto, que si bien la filosofía no es ciencia, religión ni literatura, filosofar exige tener presente lo que cada una de estas disciplinas nos desvela de lo real.