Formas de organización política

Por “política” se entiende, en sentido general o histórico, lo relativo a la polis, entendiendo ésta a su vez como la comunidad más amplia, última, resultado y condición de de la plena realización humana. La política es, por tanto, la serie de actividades, instituciones, saberes y haceres que se refieren a la polis.

En sentido restringido (la política propia del Estado contemporáneo), se entiende por política el conjunto de principios, medios, actividades e instituciones con que se dirige un grupo humano, de carácter público y colectivo a distintos niveles.

El ser humano es un ser social, lo que quiere decir que le es inherente el agruparse y organizarse en comunidades más o menos numerosas para garantizar su supervivencia. Las formas de organización política adoptadas dependerán de numerosos factores, entre los que se cuentan el número de individuos que integran el grupo, la extensión del territorio o sus medios de producción. A partir de un cierto grado de complejidad -sociedades con excedentes en la producción, que han de organizarse en torno a la repartición de tales excedentes, con altos niveles demográficos y territorios extensos, etc.- la exigencia de organización es también mayor.

Estado y Gobierno

Las formas de organización política de los distintos territorios pasarán a denominarse genéricamente, a partir de un determinado momento “Estado”.

El Estado es el conjunto de órganos de gobierno de un país o territorio, la unidad impersonal de gobierno y soberanía que dirige un territorio demarcado por fronteras. En este sentido, podemos definir el Estado como una asociación (una organización jurídica social) establecida por la sociedad y dotada de personalidad jurídica, que en virtud de su autoridad o poder ejerce su soberanía sobre un grupo de seres humanos en los límites de un territorio.

La mayor parte de los contenidos expresados por la palabra "Estado" (poder, organización, dominio, soberanía, etc.) son muy antiguos. Muchos de estos elementos se encuentran ya presentes en los grandes imperios de la Antigüedad, en los imperios de Egipto, Mesopotamia, Persia… y sin duda alguna en la organización griega y en el Imperio Romano.

Sin embargo, el propio término "Estado" es relativamente reciente, así como las definiciones que de él dan diferentes autores, y diferentes son las explicaciones sobre su origen; el término Estado surgió a comienzos del siglo XVI y tuvo su origen en el político Maquiavelo, quien, en su obra El príncipe, con esta palabra se refiere a la autoridad o al poder que ejerce un gobernante sobre las personas que habitan en un determinado territorio: "todos los Estados, todas las soberanías, que han tenido y tienen autoridad sobre los hombres fueron y son repúblicas o principados". Posteriormente, el sociólogo Max Weber propone una definición del término Estado que se ha convertido en canónica: "Estado es aquella comunidad humana que dentro de un territorio aspira con éxito al monopolio legítimo de la violencia". A partir de estas definiciones podemos, por tanto, establecer las principales características del Estado:

El Estado ejerce su autoridad sobre un territorio demarcado por fronteras

En ese territorio se asienta una población que constituirá una sociedad. El Estado se define en contraposición al concepto de sociedad civil, conformada por los individuos sobre los que el Estado ejerce su autoridad

El estado es soberano, esto es, que no se encuentra sometido a ningún otro poder superior. Desde este punto de vista, el Estado es una organización social que tiene por misión garantizar su propia seguridad y la de las personas, grupos y sociedades que se encuentran bajo su jurisdicción, tanto contra los peligros externos como contra los internos

Para ejercer tal soberanía, el Estado posee el monopolio legítimo de la violencia, expresándose este monopolio en la existencia de unas fuerzas de seguridad propias que contengan las amenazas, tanto internas como externas

Ese ejercicio ha de llevarse a cabo mediante la ley y ha de someterse en todo momento a ella

La función del Estado es regir la vida pública de una sociedad a través de una serie de instituciones que ejercen el poder público, normalmente bajo la forma de los tres poderes del Estado (legislativo, ejecutivo y judicial) y todas las estructuras administrativas que les corresponden. Estas instituciones no son otra cosa que el mismo Estado que está presente en muchos aspectos de la vida social

Este concepto de Estado es moderno y su extensión como forma de organización política es relativamente reciente. La definición es estrictamente aplicable a los estados-nación modernos, aunque muchos de sus elementos definen también al Estado feudal o son originarios de los modelos griego y romano.

Dentro el marco general de ordenación política establecido por el Estado encontramos diferentes formas de gobierno, dependiendo de cuántos y quiénes sean los individuos que ostentan el poder efectivamente dentro del Estado. El término gobierno designa a un grupo de individuos que comparten una determinada responsabilidad en el ejercicio del poder. Si el gobierno es soberano, ostenta el monopolio del poder coactivo en la comunidad política, representa la autoridad legítima y protege y dirige a la comunidad mediante la adopción y ejecución de decisiones políticas. Estado y gobierno se confunden, pues, en el ejercicio del poder concreto. En las democracias parlamentarias puede observarse muy bien, sin embargo, lo que separa a ambos términos: mientras que el gobierno (el conjunto de individuos que ostentan el poder) se renueva cada 4 ó  años, el Estado es lo que permanece, esto es, la estructura general de ordenación social, administrativa y jurídica que se encarga de dirigir el gobierno con medidas particulares.

Teorías acerca de la organización política

 La pregunta acerca de la legitimidad del poder coactivo (entendiéndolo indistintamente como Estado o gobierno), es decir, acerca de por qué se impone un grupo de individuos sobre otro para dirigir la vida común con el consentimiento del grupo dirigido, ha sido desde un determinado momento histórico, que podemos situar en el Renacimiento, el centro de la reflexión política. Así, mientras que los griegos se preguntaban fundamentalmente por el mejor modo de organizarse políticamente, los modernos se han preocupado más por el hecho mismo de la necesidad de organización.

Existen dos grandes teorías sobre la naturaleza del gobierno, que dan lugar a dos paradigmas opuestos sobre la naturaleza misma de la política. Estos dos paradigmas suponen, además, dos concepciones opuestas sobre la naturaleza del hombre y la sociedad.

En primer lugar, un grupo de teorías que podríamos llamar organicistas, que anteponen la comunidad al individuo, tanto temporal como lógicamente: el individuo lo es propiamente en el marco de una comunidad que establece las condiciones de su plena realización como ser moral. Esta sería la concepción griega de las relaciones entre polis y polites, ciudad y ciudadano. Para Platón y Aristóteles, la polis encarna, o debe encarnar, la realización de la virtud a nivel supraindividual, de modo que no es posible formar ciudadanos virtuosos con un modelo de Estado corrupto. Estas teorías presuponen la bondad o al menos la maleabilidad moral del ser humano, y la organización política elegida debe serlo en función de su capacidad para formar ciudadanos virtuosos. Tradicionalmente (desde Herodoto hasta Platón y Aristóteles) se han establecido tres formas posibles de organización política, siguiendo el criterio del sujeto de la autoridad (según sea uno, unos pocos, o muchos): monarquía, aristocracia y democracia. Estas tres formas de gobierno, de ser ejercidas incorrectamente, dan lugar a sus tres respectivas degeneraciones: tiranía, oligarquía y demagogia.

En segundo lugar, aparecen las teorías que pueden denominarse atomistas o contractualistas, para quienes existiría un tiempo previo a la organización política, el estado de naturaleza, en el que los individuos aislados actuarían como solos defensores de sí mismos y enemigos del resto en la lucha por la supervivencia. La aparición de una organización política vendría pues de la necesidad de establecer un pacto para asegurar la supervivencia de los individuos, de donde resultaría el grupo. El gobierno o Estado aparece, pues, a través de un contrato entre los distintos individuos, que convienen delegar el poder (y la fuerza coactiva que lleva aparejada) en un solo individuo que vele por la seguridad de todos ellos. En este grupo se encuadran las teorías de Rousseau, Locke o Hobbes, las cuales suponen al individuo como realidad originaria, y ciertamente tendente hacia el mal en el estado de naturaleza. “El hombre es un lobo para el hombre” si la supervivencia del individuo depende de sí mismo y de lo que sea capaz de defender como suyo.

Formas de organización política

Las formas de organización política son las distintas formas que puede elegir una colectividad para la gestión de sus asuntos públicos. Atañen, por tanto, a las instituciones de orden público, las que a pesar de su estructura clasista, económica, racial, religiosa, están erigidas sobre todo para el control político de la colectividad y para la obtención de sus fines. En el contexto público el poder se ejerce, en primer lugar, a través de un gobierno.

Max Weber establece una sistematización interesante de los diversos tipos de gobierno y organización política correlativa. Son los “tipos puros de la autoridad legítima”:

Gobiernos de autoridad carismática; se basan en la devoción a la santidad, heroísmo o carácter ejemplar, específicos y excepcionales de una persona individual, y en el patrón normativo u orden político por ella revelado u ordenado. La autoridad carismática es relativamente efímera, presentando posteriormente rasgos de rutinización.

Gobiernos de autoridad tradicional; se basan en una creencia establecida sobre la santidad de ciertas instituciones inmemoriales y en la legitimidad del status de quienes las representan. La estructura política se justifica según leyes y costumbres hereditarias.

Gobiernos de autoridad legal-racional; se basan en la creencia en la legalidad de sistemas de normas políticas explícitas y en el derecho de unos individuos dotados de autoridad de dar órdenes dentro de los límites marcados por la ley. Obedecen a la idea de que la ley es la expresión de la soberanía popular; a su vez, ésta es considerada como la única fuente de legitimidad. Es un sistema de garantías, que pide la participación de los ciudadanos en la creación de la ley y en la vida política.

Los anteriores son tres tipos ideales de gobierno que en ningún lugar se encuentran en estado puro. Tal es el caso, por ejemplo, de las monarquías parlamentarias, en las que un gobierno legal-racional convive con otro de tipo tradicional.

Conviviendo con esta clasificación, puede presentarse también la propuesta por  Eysenck, que conjuga dos ejes: el de izquierda-derecha y el de duro-blando (basado éste último en la distinción de W. James entre temperamentos “blandos” y temperamentos “duros”). Puede clasificarse así, por tanto, tanto la “forma” del Estado y el Gobierno como su “materia” ideológica. Esta clasificación es aplicable a partidos, gobiernos y hombres políticos.

Finalmente, podemos clasificar las formas de organización política en dos grandes clases: absolutistas y no absolutistas, dependiendo del reparto de poder y el nivel de participación ciudadana en cada una de ellas

Las formas de gobierno absolutistas son aquellas en las que existe un control monopolístico absoluto del aparato político por parte del gobierno. Hay tres tipos fundamentales de gobiernos absolutistas:

Las tiranías, o monarquías de autoridad tradicional en las que el déspota ha traspasado los límites discrecionales que le concedía la tradición. La monarquía estamental es de este tipo. Gobierno de uno solo, a quien se le atribuye algún tipo de cualidad especial que le confiere el poder político. Durante a Edad Media, significó la unificación de los distintos estamentos de poder, para propiciar un poder concentrado y centralizado, que será el que luego reclame “el pueblo”.

Las dictaduras, más típicas del estado moderno, consisten en un control absoluto del Estado por un grupo o coalición de grupos, sin admisión de oposición política. La ideología, aunque importante, es secundaria. Históricamente ligada, a lo largo del siglo XX, al fascismo, régimen basado en la desigualdad inherente a los seres humanos, y los valores de la familia, a raza, la guerra y la patria.

El Estado totalitario impone una dominación minuciosa, burocrática y paramilitar de la sociedad. La ideología es fundamental y la minoría absolutista se justifica siempre a través de ella. Requieren el uso sistemático del terror y la propaganda para mantenerse.

La aristocracia; su nombre es un término griego que significa “gobierno de los mejores”. Forma de gobierno ligada a un modelo de sociedad cerrada, en la que los pocos que ostentan el poder lo hacen en virtud de la posesión de ciertas características; pretendida e idealmente, por ser portadores de la virtud, pero efectivamente y en la mayoría de los casos por ser terratenientes. En la idea platónica de aristocracia encontramos la exigencia de la preparación de los gobernantes; la aristocracia, por tanto, se erige un modelo de gobierno deseable pues se es gobernado por quien sabe hacerlo, el poder no se dispersa, pero, a la vez, no reside en la voluntad de un solo individuo. La degeneración de la aristocracia en oligarquía viene cuando se supedita el bien común al interés de los gobernantes.

Las formas de gobierno no absolutistas son aquellas en las que existe una división de poderes, de manera que el poder no recae todo él en una misma institución o persona. En este grupo encontramos la democracia moderna con todas sus variantes.

En un sentido genuino la democracia es una forma de vida según la cual cada ciudadano participa libremente en el funcionamiento de la vida política. En sentido más restringido la democracia es la posibilidad real de que todos los ciudadanos participen del poder, bien por la apertura del acceso a los cargos públicos, bien por el voto, bien mediante el influjo de la opinión pública. La democracia nace en la Grecia clásica, de donde proviene su nombre, que significa “gobierno del pueblo”. Desde entonces hasta el siglo XIX no se conocen Estados democráticos. Los primeros referentes modernos de Estados democráticos son los estados resultantes de la revolución francesa y americana. La ideología democrática se configura, históricamente, en dos fases. En primer lugar, el liberalismo (fines s. XVIII-s. XIX) nace como defensa de la libertad de los individuos contra el poder absoluto del Estado. Es la época de la reclamación de las libertades individuales. Se propone entonces la limitación del poder del Estado mediante la división de dicho poder (independencia del legislativo, ejecutivo y judicial); las bases ideológicas son las teorías contractualistas y utilitaristas. Más tarde (finales s. XIX y principios del XX) empiezan a reclamarse derechos comunitarios, como el sufragio universal y los derechos de asociación y participación política. El liberalismo se tiñe de una tendencia social y democrática. Esta línea irá acentuándose hasta la aparición de la democracia liberal-social, propia del occidente del s. XX, que propone un Estado intervencionista en materia económica y garante de ciertos derechos sociales y económicos cuyos valores son la igualdad y seguridad socioeconómicas. Se exige al Estado una actuación redistributiva, naciendo así el “Estado de Bienestar” (Welfare State).

La democracia de los Estados modernos se caracteriza además por darse en el marco de un “Estado de derecho”, esto es, un Estado cuyas competencias se hallan definidas por la ley y cuya actuación se encuentra sometida a esa ley. Las características, pues, de las democracias liberales son las siguientes:

Las democracias actuales son normalmente regímenes parlamentarios, basados en el equilibrio entre los poderes ejecutivo y legislativo.

 

 

García Norro, Juan José y García-Baró, Miguel. Filosofía , Alhambra, Madrid, 1984

 

  
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