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Ningún
mamífero vive en el mar |
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I |
La
ballena es un mamífero |
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Luego: La ballena no vive en el mar |
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Todo
mamífero es unicelular |
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II |
Ningún
pez es unicelular |
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Luego:
Ningún pez es mamífero. |
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Todo
hombre es racional |
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III |
Ningún
caballo es hombre |
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Luego: Ningún caballo es racional |
La
argumentación I tiene como conclusión una proposición falsa y, sin embargo, la
argumentación como tal está bien hecha, es decir: de las premisas se sigue efectivamente
la conclusión; si ésta es falsa, es porque también lo es una de las premisas,
concretamente la primera; la conclusión es una verdadera conclusión, aunque
sea una proposición falsa. Ahora bien, podría ocurrir que en una
argumentación, siendo falsas las premisas (o una de ellas), la conclusión
(entiéndase: verdadera conclusión) resultase ser una proposición verdadera,
como ocurre en el ejemplo II; en tal caso, podemos decir que
la conclusión es «por casualidad» una proposición verdadera. La argumentación II,
como argumentación, es
verdadera, pues la conclusión se sigue efectivamente de las premisas; la
conclusión es una verdadera conclusión, y además es, ciertamente, una
proposición verdadera; pero esto último lo es sólo «por casualidad», es decir:
sin que ello se deba en modo alguno a la argumentación formulada, argumentación
que no puede demostrar la verdad de nada, puesto que parte de una premisa
falsa.
Veamos
ahora el ejemplo III. Aquí
tanto las premisas como la presunta conclusión son proposiciones verdaderas y,
sin embargo, la presunta conclusión no es una verdadera conclusión; es,
ciertamente, una proposición verdadera, pero esto no podríamos decirlo en
virtud de las premisas; de que todo hombre es racional y ningún caballo es
hombre, de esto (solamente de esto) no se sigue que ningún caballo es racional,
aunque esta última proposición sea, por su parte, verdadera.
De todo
lo dicho extraemos las siguientes consideraciones generales:
1. El que una argumentación sea o no sea válida como argumentación
(esto es: el que la conclusión sea o no sea verdaderamente conclusión de las
premisas) es independiente de que las premisas sean o no proposiciones
verdaderas.
2. Si las premisas
son proposiciones verdaderas y la argumentación es válida como
argumentación, entonces la conclusión es necesariamente una proposición verdadera.
Pero,
3. Si uno de los dos factores (verdad de las
premisas y validez de la conclusión como conclusión de esas premisas)
falla, entonces el que la conclusión sea una proposición verdadera o una
proposición falsa es cuestión de «casualidad» y, desde el punto de vista del
análisis de la argumentación, podemos desentendernos de ello; pero, aun así,
hay que distinguir:
a) Si lo que falla es la verdad de las premisas
en sí mismas, mientras que la conclusión se sigue verdaderamente de esas
premisas, entonces hay verdadera
argumentación, y la conclusión es una verdadera conclusión, aunque pueda
ser una proposición falsa.
b) En cambio, si lo que ocurre es que de esas
premisas no se sigue efectivamente esa conclusión, entonces no tenemos una argumentación, sino una
serie de proposiciones que, por error, habíamos tomado como argumentación, y,
por lo mismo, no tenemos una conclusión, sino una proposición que, por error,
habíamos tomado como conclusión.
En
suma, las condiciones en virtud de las cuales una argumentación garantiza que
su conclusión es una proposición verdadera son: a) el que la verdad de
las premisas esté a su vez garantizada; b) el que la argumentación
esté bien hecha, esto es: el que la conclusión se siga efectivamente de las
premisas. Estas dos cosas, a) y b), son independientes entre sí.
A todo lo que forma parte de a) le llamamos materia de la argumentación; a todo lo que forma
parte de b) le llamamos forma
de la argumentación. La palabra «forma», en el lenguaje filosófico,
significa la «esencia», es decir: aquello en lo que consiste el que algo sea lo
que es, por ejemplo: para un caballo, en qué consiste el que un caballo sea
caballo; para un hombre, en qué consiste el que un hombre sea hombre. La forma
de la argumentación es, en efecto, aquello en lo que consiste el que la
argumentación sea efectivamente una argumentación y no sólo una serie de
proposiciones que, erróneamente, hemos tomado por argumentación; la forma es lo
que hace falta para que haya efectivamente argumentación; si la forma está
bien, pero la materia es falsa, podemos decir que hay argumentación y, aunque
la conclusión puede ser una proposición falsa, podemos decir que es una
verdadera conclusión.
Con el fin de precisar qué es lo que pertenece a la materia y qué es lo que pertenece a la forma de la argumentación, trataremos de ver en qué consiste el que la presunta argumentación III no sea en verdad una argumentación. Percibimos con toda claridad que, si la argumentación III fuese válida, lo sería también esta otra:
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Todo francés
es europeo |
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V |
Ningún
alemán es francés |
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Luego:
Ningún alemán es europeo |
cuya no validez salta a la vista. En suma, para determinar la validez de una argumentación como tal (esto es: en cuanto a la forma), podemos prescindir de «francés», «europeo», «hombre», «caballo», etc., y quedarnos con un esquema así:
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Todo a es b |
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V |
Ningún c es a |
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Luego: Ningún c es b |
donde a,
b y c representan «conceptos» cualesquiera, a condición de que,
dentro de un mismo esquema, cada letra represente siempre el mismo concepto y
distinto del que representa cualquier otra letra. Para determinar si hay o no
argumentación válida, en cuanto a la forma, no importa qué conceptos sean a,
b y c; sin embargo, esto sí importa para determinar si cada
proposición es o no verdadera, es decir: para calificar de verdadera o falsa la
materia, no la forma.
Así, pues, la forma de cada uno de los ejemplos de argumentación (o de presunta argumentación) mencionados hasta aquí se deja exponer suficientemente del siguiente modo (teniendo en cuenta las observaciones que hacemos figurar lateralmente):
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Todo a no es b |
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Todo c es a |
I (vale) |
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Luego: Todo c no es b |
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Todo a es b |
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Todo c no es b |
II (vale) |
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Luego: Todo c no es a |
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Todo a es b |
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Todo c no es a |
III-IV-V |
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Luego: Todo c no es b |
(no
vale) |
Para
mayor claridad en lo que sigue, ponemos todas las proposiciones en la forma
gramatical sujeto-atributo unidos ambos términos por «es» o «no es»; por
ejemplo: «es habitante del mar» en vez de «vive en el mar». Además, para que
quede claro cuándo hay «es» y cuándo «no es», ponemos «Todo a no es b»
en vez de «Ningún a es b». Importa no confundir «Todo a no
es b» (== «Ningún a es b») con «No todo a es b»,
que equivaldría a
«Algún a no es b». Finalmente, es obvio que «La ballena es...»
equivale a «Toda ballena es...».
Otros ejemplos de forma válida podrían ser:
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Todo a es
b |
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Todo a no es b |
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VI |
Todo a es
c |
VII |
Algún
c es b |
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Luego: Algún c es b |
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Luego:
Algún c no es a |
El
estudio de las condiciones de la forma de la argumentación (esto es: de cómo
tiene que ser una argumentación para que sea verdaderamente una argumentación)
es lo que se llama tradicionalmente lógica.
Se
suele decir que el «fundador» de la lógica fue el filósofo griego Aristóteles
(384-322 a. C), con lo cual se quiere decir que fue Aristóteles quien
estableció el concepto de una disciplina intelectual que estudiaría las
condiciones de la forma de la argumentación; también se suele decir que
Aristóteles entendió la lógica como un «instrumento» (en griego órganon) de
la ciencia en general, puesto que la lógica debe servir para saber qué
conclusiones pueden obtenerse de premisas dadas y para distinguir las
conclusiones legítimas de las ilegítimas. Todo esto se suele decir. Sobre lo
que dijo y lo que no dijo Aristóteles al respecto, no podemos tratar seriamente
aquí, porque ello nos llevaría fuera del nivel en el que estamos. En todo caso,
ni Aristóteles estableció y delimitó formalmente la disciplina en cuestión, ni
las palabras «lógica» y «órganon» son suyas.
La
mencionada noción de «lógica», inclusive su caracterización como órganon, procede
de los comentarios a las obras de Aristóteles hechos por diversos
autores de época y cultura «helenística» (es decir: siglos ni a. C. y
siguientes), los cuales actuaban en un medio en el que los problemas que se
planteaban no eran ya los de Aristóteles. La lógica que surgió de esos
comentarios, ampliada y revisada a lo largo de la Edad Media, y enseñada aún
hoy, es lo que llamaremos «lógica tradicional»; evitamos la usual expresión
«lógica aristotélica», porque, si bien una gran cantidad de los elementos que
maneja esa lógica procede materialmente de la obra de Aristóteles, no ocurre lo
mismo con el sentido general de la doctrina en cuestión ni con el concepto
mismo de «lógica».
Continuando,
pues, con la lógica, observemos que todas las argumentaciones del tipo que
hemos visto hasta aquí tienen las siguientes características: las premisas son
dos proposiciones, cada una de las cuales consiste en un enlace de dos términos
(en calidad de sujeto y predicado respectivamente). Por «término» entendemos
aquí el punto final al que se llega en el análisis de la argumentación (esto
es: lo que hemos representado por a, b, c, etc.). A una argumentación de este tipo se le llama tradicionalmente silogismo.
No
incluimos en la noción de silogismo nada más que lo que acabamos de decir,
porque todo lo demás que puede decirse del silogismo (inclusive el que las dos
premisas hayan de tener un término común) es consecuencia necesaria de eso y de
la exigencia de que la argumentación sea válida, es decir: todo será respuesta
a la pregunta «¿cómo tiene que ser una argumentación de las características
dichas para que sea verdaderamente una argumentación (esto es: para que sea
verdadera en cuanto a la forma)?». Pero para poder ver esto tenemos
primeramente que decir algo acerca de la proposición en sí misma.
Toda
proposición tiene una de las siguientes formas (designaremos cada una de ellas
con el nombre o la letra mayúscula que colocamos entre paréntesis a su
derecha):
Todo a
es b (Universal afirmativa; A)
Todo a
no es b (Universal negativa; E)
Algún a
es b (Particular afirmativa; I)
Algún a
no es b (Particular negativa; O)
Estamos
suponiendo que a y b son «universales» (es decir: como «hombre»,
«caballo», «animal»). Cabe pensar qué ocurre si en una proposición aparece
como sujeto un individuo, como «Pedro» o «esta silla»; esto sería lo que se
llama una «proposición singular»: «Juan es calvo», «Esta silla está rota».
Ahora bien, de hecho la teoría tradicional del silogismo se construye en principio
para proposiciones universales («Todo...») y particulares («Algún...»),
añadiendo después la indicación de cómo se comportan las proposiciones
singulares. La razón de ello es que Aristóteles (en virtud de la distinta
noción que tenía de lo que es todo esto que llamamos «lógica») excluyó de sus
silogismos las proposiciones singulares, y los lógicos de la Edad Media adoptaron
en lo fundamental esquemas aristotélicos, pero añadiendo (entre otras cosas)
observaciones sobre lo que ocurre cuando se introducen proposiciones singulares
en el esquema de un silogismo.
Las proposiciones de los tipos A, E, I y O
que pueden formularse con un mismo sujeto y un mismo predicado están entre sí
en ciertas relaciones que se llaman de oposición; a saber: A con O, así como E con I son contradictorias, lo cual
quiere decir que no pueden ser las dos verdaderas a la vez ni las dos falsas a
la vez. A y E son entre sí contrarias,
lo cual quiere decir que pueden ser las dos falsas a la vez, pero no verdaderas
a la vez. Estos dos modos de oposición (contradicción y contrariedad) fueron
establecidos por Aristóteles y ello tiene el siguiente sentido:
Podría
pensarse que hay una noción general de proposición, válida de la misma manera
para los cuatro tipos (del mismo modo que la noción «animal» es igualmente
válida para vertebrados e invertebrados) y que la serie de los cuatro tipos es
una posterior división de las proposiciones (como la dualidad vertebrado-invertebrado
es una posible división de los animales) pero al menos en Aristóteles, esto no
es así, sino que la noción, el tipo mismo, de proposición es la forma A, y los
demás tipos son proposiciones en virtud de
la relación que tienen con A, es decir: en virtud que E es lo
contrario de A, O lo contradictorio e I lo contradictorio de lo contrario. Para
entender por qué A es la noción misma de proposición, vamos a ver qué quiere
decir exactamente la fórmula «Todo a es b»:
Quizás
nos imaginamos que «Todo a es b» significa lo siguiente: que, si vemos uno por uno todos los
individuos que responden al concepto a, encontramos que todos tienen la
nota b. Sin embargo, a es por definici5n un «universal», es decir:
una designación que vale para una infinidad de individuos; infinidad, porque
«todo a es b» no se
refiere sólo a los a que hayan podido ser observados de hecho, sino
a todo a posible; por ejemplo: «Todo hombre es capaz de llorar» no quiere decir que de todos los hombres
que se han visto se haya comprobado que son capaces de llorar; quiere
decir que todo lo que sea hombre tendrá que ser —por el hecho de ser hombre—
capaz de llorar. Esta distinción importa en primer lugar por el siguiente
motivo: si quisiésemos decir «Todos los hombres (esto es: uno y el otro y el
otro y así sucesivamente hasta contarlos todos) son capaces de llorar»,
deberíamos imaginar la fundamentación de esta tesis como una serie de
constataciones de datos de la experiencia, y la tesis misma como la expresión
resumida de una serie de observaciones de hecho: vemos que este hombre es capaz
de llorar, que aquel también y así sucesivamente, y resumimos nuestras observaciones
diciendo que todos los hombres (esto es: todos los que hemos visto o de los que
nos han informado) son capaces de llorar; pero entonces ocurre: a) que
sólo sabemos que de hecho ocurre así, no que tenga que ocurrir
así y que no pueda ocurrir de otra manera; b) que la proposición
se refiere a «todos los hombres» que han sido observados, pero no a todo hombre
posible. En cambio, la proposición «Todo
a es b» sólo es verdadera si a a, por el hecho mismo de
ser a, le pertenece b y si, por lo tanto, b pertenece a
todo a posible (no sólo a todos los que de hecho hay o hemos visto);
en otras palabras: la proposición «Todo a es b» expresa necesidad,
expresa que a es necesariamente lo que la nota b dice.
La proposición «Todo hombre tiene un lunar en la barbilla» es falsa no sólo
porque haya hombres sin lunar en la barbilla, sino, antes de eso, porque,
aunque se diese la asombrosa casualidad de que todos los hombres tuviesen y
hubiesen tenido un lunar en la barbilla, la relación de ese predicado
con ese sujeto seguiría siendo contingente (es decir:
no necesaria), seguiría siendo posible un hombre sin lunar en la barbilla. La proposición «Todo a es b» significa
que a a «por sí mismo» (no «por coincidencia») le pertenece el predicado
b.
Esta
determinación del sentido de «Todo a es b» repercute sobre la
determinación del sentido de «Algún a
es b». Ahora tampoco la proposición particular —por
ejemplo: «Algún hombre es manco»— significa que de hecho se haya encontrado
algún hombre manco; lo que significa es que un hombre puede —sin dejar de ser
hombre— ser manco. Así como la proposición del tipo A designa la pertenencia necesaria
del predicado al sujeto, la proposición del tipo I designa la no incompatibilidad (= posibilidad
de coincidencia) del predicado con el sujeto. En cambio, la proposición del
tipo E designa la incompatibilidad; la del tipo O designa la no
necesidad de la pertenencia.
Así,
pues, la noción a partir de la cual se definen los tipos de proposiciones es la
de necesidad (a saber: necesidad de la referencia del predicado al
sujeto), cuya expresión pura y simple es la proposición universal afirmativa
(tipo A); los demás tipos de proposición se definen por las nociones de «no
necesidad» (O), «necesidad de que no» (E) y «no necesidad de que no» (I)
respectivamente, afectando
estas nociones a la referencia del predicado al sujeto; todos los tipos de
proposición se definen, pues, a partir del tipo A. Queda así expuesta la
precedente tesis de que la noción pura y simple de proposición es la forma A.
Los
administradores de la herencia de
Aristóteles ampliaron el cuadro de la
«oposición» entre proposiciones con
otros dos conceptos. Por una parte, a I y O las consideraron «subcontrarias» entre sí, lo cual quiere
decir que pueden ser verdaderas las dos a la vez, pero no falsas las dos a la
vez. Por otra parte, a I con respecto a A y O con respecto a E las llamaron «subalternas», considerando que, en
ambos casos, ocurre lo siguiente: a) si la universal es verdadera,
necesariamente la particular lo es también, por lo tanto: b) si la particular
es falsa, necesariamente lo es también la universal; en cambio, siendo falsa la
universal, la particular puede ser verdadera o falsa y, siendo verdadera la
particular, puede la universal ser verdadera o falsa.
(…)
Digamos finalmente que la lógica no es un
procedimiento para obtener verdades, ni una codificación de los procedimientos
para obtener verdades; es parte de un esfuerzo por entender cómo acontece y
cómo está constituida la verdad en sí misma, es decir: cómo están trabadas unas
determinaciones con otras, cómo tienen unas su fundamento en otras, cómo la
validez de unas lleva consigo la de otras o la excluye. La lógica no es un
«instrumento» para discurrir bien; no puede serlo, porque precisamente supone
que ya discurrimos bien; de lo contrario, no podríamos saber que las cosas que
dice la lógica son verdaderas. Lo mismo que la gramática no enseña a hablar,
sino que es una reflexión sobre cómo se habla, y da por supuesto que se sabe
hablar, igualmente la lógica da por supuesto el ejercicio de la capacidad de
pensar y constituye una reflexión sobre cómo se piensa.
Martínez Marzoa, Felipe Iniciación a la Filosofía, Madrid, Istmo, pp.11-29.
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