Reseñas
 
 

AMÉRY, Jean:

 
  Más allá de la culpa y la expiación. Valencia, Pre-Textos, 2001.
  193 págs. 1322 .
Reseña de: Miguel Á. Vázquez Villagrasa [*]  


 
 


Jean Améry, conciencia desgraciada.

 

No me angustia ni el ser ni la nada ni dios ni la ausencia de dios,
sólo la sociedad: pues ella, y sólo ella, me ha infligido el desequilibrio
existencial al que intento oponer un porte erguido. Ella y sólo ella
me ha robado la confianza en el mundo. La angustia metafísica
es una preocupación elegante de alto estanding.

Jean Améry es indigesto, irreconciliable... "el anhelo individual de reversibilidad de los procesos irreversibles". Es el grano, la yaga, la herida que ha tomado voz propia frente al cuerpo y se resiste a ser una parte más entre las partes. Es la eterna hemorroides de la Historia tomando conciencia de sí, la herida identificándose a sí misma y exigiendo su reconocimiento. Figura del desarraigo por excelencia y mancillado por "la lógica de las SS", la revuelta y el rencor contra el olvido han tejido la vida y la obra de Jean Améry hasta ahogarse entre barbitúricos en la primavera de 1978, finalmente vencido por la resignación y el olvido. Pero el pesimismo de Améry no es sentimentalista ni da concesiones literarias al dramatismo; aborrece los efectismos, los rodeos y los lagrimones... porque él es real. Detesta los artificios demostrativos y, sin embargo, con él, al hilo de la cruda fenomenología de su sangre, se tejen y se despachan los argumentos de Platón, Nietzsche o Carnap; la lucidez de los ociosos seminarios de toda Europa es puesta patas arriba, en ridículo y amenazada (como lo fue el propio Améry intelectual en el campo ) por la lucidez de una brutal realidad hecha carne.

La obra de Améry es un hervidero de rencor contra la realidad triunfante y olvidadiza, un fino hervidero que todo lo teje bajo la lucidez del absolutamente aplastado. Los pesimismos y optimismos de seminario no dejan de ser actitudes estéticas más o menos respetables frente al horror y la violencia (y no "la nada") de una única realidad: la realidad social. La Nada es el lujo de los no aplastados; más aún, es la moneda con la que trafican los que aplastan, los que reniegan de su condición de prójimos. Frente al horror de esa realidad, Améry no pide mera venganza ni odio, tan sólo la conciencia del duelo. Ése sería, según él, el cometido objetivo de sus resentimientos, la única cura posible a su herida: el recuerdo, acaso, de la realidad sellada en su semblante. Su propio retrato es un desafío a las alegres y superficiales reconciliaciones, a cualquier baratija filosófica de quinto grado. Su rostro pide su integración en nuestra alegría, no su traición ni su olvido: la inconsciente alegría es cómplice de la realidad que lo marcó, la ingenua inocencia es, acaso, el preludio del crimen. Su rostro mismo es una "prueba de fuego" para cualquier estómago y su obra, una verdadera batidora de metafísica.

Su pensamiento no ha brotado de ninguna ilusión; se ha tejido a partir de la sola brutalidad y desarraigo de su experiencia biográfica. Su "novela ensayístico-autobiográfica" (junto a Revuelta y resignación, Años de peregrinaje nada magistrales y Levantar la mano sobre uno mismo) está completamente alejada de cualquier filosofía de campus. Y no, desde luego, porque él no haya sido asimismo carne de campus, sino porque su obra ha cuajado (literalmente) a la intemperie, como filosofía de campo, como un auténtico humus filosófico; sus ideas no se han catalizado en ninguna especie de "taller", la tradición filosófica no ha quedado recogida en él desde ningún maximum racional, desde ningún supuesto de criba ideológica autoconsciente, sino desde la herida a carne viva. Es una obra tejida en los límites mismos de la razón y el lenguaje, pues su semilla germina en un terreno que "neutraliza" objetivamente cualquier referente social: "la lógica de las SS" en el campo de concentración, donde la trascendencia y la espiritualidad son "absolutamente irreales" o "lujos prohibidos", donde queda anulado cualquier tipo de consuelo a través de reminiscencias estéticas... su obra no brota ante ni tras el primer golpe recibido en comisaría, sino más allá de él, en la absoluta desconfianza y extrañamiento del mundo: su "autoconciencia crítica" no es sino la conciencia de una epidermis mancillada, de cada uno de los límites materiales y corpóreos del sentido social (placer, lengua, patria...). Jean Améry (pseudónimo de Hans Mayer) es conciencia desgraciada consumada, es conciencia errante y desarraigada más allá de la identidad cultural judía.

Más allá de la culpa y la expiación no es "un documento más" sobre Auschwitz; la fenomenología de esa conciencia individual que fue Jean Améry de su experiencia del campo, pese a la particularidad histórica del nacionalsocialismo y de la propia existencia de Hans Mayer, trasciende cualquier tipo de particularidad histórica o personal. Quienes se acerquen a esta obra al modo de aquellos que (como Adorno, Blanchot o Levinas) creen estar ante la expresión de algo "distinto", absolutamente extraño y ajeno, y quedan embebidos por el problema de "seguir pensando después de Auschwitz", probablemente traicionen el propio cometido de Améry: la conciencia de que el horror y la violencia se esconde tras "los rostros comunes". Sin duda, la conciencia de Améry es una conciencia límite, pero no ya sólo de Auschwitz, sino de los límites materiales y corpóreos ( trascendentales a la Historia) del sentido social, de la socialización; y límites, por cierto, que no eran abstracto-negativos respecto a las realidades sociales históricas, sino presentes (efectivos) y, por tanto, conjugados (aun en diversos grados, desde luego) con los propios procesos socializadores: los límites mismos que alcanzaron su máxima expresión en la "experiencia nazi"... pero también en la persona Hans Mayer a la que, por ejemplo, su madre le dijo que no sería nadie en la vida.

Pero por ello también la conciencia de Améry es la expresión más pura o más prístina de lo que pudiera entenderse por "conciencia socialista" en las tradiciones anarco-marxistas y, por ende, mucho más profunda que el romo sentido en el que se ha devaluado como "conciencia proletaria": "La conciencia de mi ser judío, formada en la catástrofe, no es ideología. Es comparable a la conciencia de clase que Marx pretendió desenmascarar para el proletariado del siglo XIX". La "conciencia socialista" trasciende por completo la condición económica, sin negarla: es trascendental a ellas: se diría que la conciencia judía, si por tal entendemos una conciencia que trascienda la propia tradición cultural y sus alusiones teológicas (por tanto, una conciencia judía secularizada) es el fundamento irrenunciable de cualquier conciencia socialista, la verdadera conciencia de clase: la de los desheredados y desarraigados, la de los extrañados del mundo, la de los aplastados en su impotencia ante la segregación y la injusticia:

Ser judío significaba, por un lado, aceptar como universal la sentencia de muerte dictada por el mundo, frente a la cual fugarse hacia la interioridad habría sido sólo ignominia pero, por otro lado, también cabía oponer rebelión física...

... "ser judío" significaba sentir en el fuero interno la gravedad de la tragedia pasada [...] no significa sólo soportar en mi interior una catástrofe acontecida ayer y que no cabe excluir en el futuro, sino que, además de un deber, entraña miedo...

La solidaridad respecto a la amenaza es todo cuanto me vincula a mis contemporáneos judíos, tanto creyentes como agnósticos, tanto de tendencias sionistas como asimilacionistas. Para ellos esto es poco o casi nada. Para mi persona y mi estabilidad, empero, significa mucho [...]. Sin el sentimiento de afinidad con los amenazados sería un exiliado de la realidad que renuncia a sí mismo...

Quien se acerque a la obra de Améry se encontrará con un "ser judío" brotado de la propia brutalidad y el extrañamiento social, un "ser judío" noble y sin artificios (sin lujos, pues); se encontrará, me parece, con una pulcra fenomenología del núcleo de lo que Marx pudo entender por "conciencia de clase proletaria", conciencia devenida en autodestrucción por la imposibilidad de "exteriorizarse y actualizarse". "La herida Améry" (para utilizar la expresión de Enrique Ocaña, emulando a Adorno) no se tiene más que a sí misma. No tiene más identidad que el desarraigo mismo. Ése fue su único soporte personal, su único asidero de realidad. No hay reconocimiento más allá de ella. Ésa es, probablemente, la desgracia más profunda del herido, la de que no puede reconocerse ni ser reconocido más que entre los heridos; no hay puente que salve la distancia con "los otros" ni palabra de consuelo al dolor del desarraigo más que el propio duelo... pero el duelo ya supone estar herido y no hay conciencia de duelo más allá de la herida. La "extrema soledad" que pide que los torturadores "se nieguen a sí mismos" para que recuperen su condición de prójimos con las víctimas sólo obtiene silencio y culpa por respuesta: "la culpa colectiva pesa sobre , no sobre ellos. El mundo, que perdona y olvida, me ha condenado a mí, no a aquellos que asesinaron o consintieron el asesinato. Yo y la gente como yo somos los Shylocks, no sólo moralmente condenables a los ojos de los pueblos, sino también estafados en nuestra libra de carne. El tiempo ha consumado su obra. En silencio".

"Sólo perdona realmente quien consiente que su individualidad se disuelva en la sociedad"; "...todo perdón y olvido forzados mediante presión social son inmorales". "Se me ha infligido una herida. Necesito desinfectarla y vendarla, no reflexionar sobre por qué el verdugo me asestó el golpe, y de esa guisa, al comprender sus motivos, acabar medio disculpándolo". La "condición de prójimo" es, acaso incluso pese a Améry, una ilusión. No hay oídos al otro lado de la franja. No hay respuesta. La incomunicabilidad forzada de la herida hace que se pudra en la soledad más absoluta, más allá de la culpa y la expiación. Pero el anhelo de socialización o bienestar jamás podrá levantarse sobrevolando sus propias heridas, las producidas por el propio proceso socializador. Entonces el anhelo se convierte en nada, en angustia, en traición. Se hace cómplice entonces del "pecado original", pues la nada no es, en efecto, sino una de las maneras en que se dice el ser, es decir, la destrucción...


[*] Miguel Ángel Vazquez Villagrasa es doctorando en la Facultad de Filosofía de la UCM.

 
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