Reseña del libro Deservedly forgotten Sages de Daniel Hasselhoff
De lo que no es ni en no siéndolo, ni de lo que tampoco es que no sea

Michael Chevalier


En su monumental estudio monográfico Deservedly forgotten Sages, Daniel Hasselhoff recoge el lema que, según Terateo de Clamea, se hallaba grabado al pie de la estatua de Hermes Mephistophéles en el templo que se erigió al dios en la ciudad de Sanfarria —próxima al Delos Metatársico— tras la batalla de Peleón, en la que los ochocientos sanfarrios mandados por el rey Lamondas a combatir a los careos fueron cruelmente masacrados por los macarrenses, al ser confundidos por éstos últimos con los setecientos melonios enviados poco antes por Pirátides a destruir el estadio de Macaria tras la humillante derrota sufrida por éstos en los Juegos Panpolipómenos merced a la actuación de Ascalístides de Megatón, quien desoyó de esta manera el oráculo hermético que había predicho la victoria final de los melonios.

El lema —que tanto Pilón de Siles como Celedonio de Jubilea atribuyen al sabio Nitemeneas (el cual aparece en algunas de las listas de los siete sabios como maestro de Menelao de Miluntes (el mago y contratista que huyó de Sanfarria con los fondos destinados al arreglo de las murallas durante la guerra con los foscos) y como autor de una constitución —de vida efímera— para esta última ciudad en la que se instituía el Consejo de los Venticuatromil —donde participaban todos los habitantes de la polis así como sus visitantes ocasionales más todos los animales de tiro (salvo las yeguas)—, rezaba —según la mayoría de las versiones conservadas— de la siguiente manera: “Si hay que morir se muere, pero morir pa ná es tontería”.

La aparición de la expresión “pa ná” o “para ná” —que Pilón y Celedonio traducen (respectivamente) como “inopinadamente” o “sin comerlo ni beberlo”— en el lema, es interpretada por ambos autores como una clara manifestación del deseo de los sanfarrios de librar de cualquier responsabilidad en la masacre a los macarrenses (cuya superioridad militar era notable), considerando el hecho como un mero “sucedido” 1. De este modo, tanto las muertes de los ochocientos valientes sanfarrios comandados por Lamondas (a los que se referiría la inscripción según Pilón), como las de aquellos hipotéticos compañeros suyos que hubieran perecido en caso de intentar cobrarse alguna venganza entre los macarrenses (y a los que propiamente iría dirigida la inscripción según Celedonio), habrían podido ser consideradas, todas ellas por igual, como casos comprendidos bajo la misma regla, que condenaría así, de forma genérica, cualquier pretensión de proyectar de un modo tan desmesurado la responsabilidad humana hacia aquello que, con toda evidencia, está más allá del alcance de cualquier mortal como lo es el “sucedido” —cuyo carácter divino (en agudo contraste con aquello que deben constituir, propiamente, las preocupaciones humanas) atestiguan numerosos fragmentos pertenecientes a esa misma tradición 2—.

Sin embargo, la línea de investigación seguida por Heman y Grayskull — que toma, principalmente, como base, los textos del Pergamino de Aupa y los fragmentos de la obra perdida de Refóciles de Acatonia conocida como el Katastrofón 3 (del que, lamentablemente, sólo nos han llegado las citas procedentes del Exabrupto adversus Rioplatensis de San Braulio Aserejeta contenidas en el Papiro McCormick 4)—, reconstruye una interpretación algo distinta del sentido de la inscripción hermética, apoyada también por el testimonio (habitualmente poco fiable —dada su afición a la bebida—) de Filemón de Ipanema, quien atribuía la redacción del lema a Sofocón de Escrófula, el cual, como es sabido, se destacó por sus acusaciones de doblez y de mala fe dirigidas a los macarrenses con ocasión de la famosa batalla, y las de cobardía y privación de virilidad proferidas —en idénticas circunstancias— contra los ciudadanos de Sanfarria —localidad en la que en la que el sabio había abierto su famosa escuela de restauración— por su negativa a devolver el golpe. Las acusaciones de Sofocón no cesarían hasta que fue condenado al destierro 5. El sabio basó sus acusaciones, principalmente, en el testimonio de varios supervivientes de la batalla según los cuales el propio rey de los sanfarrios habría cruzado repetidamente el campo exclamando en altas voces: “¡Soy Lamondas! ¡Soy Lamondas!”, para deshacer el error; no logrando con ello sino enardecer aún más a los ánimos de los macarrenses 6. Esto, unido al hecho de que poco después de la contienda los macarrenses ocuparan el valle del Sanfón y la propia ciudad de Sanfarria —para “evitar el caos y proteger a la población” 7—, dio pie a que se popularizasen —entre los grupos más radicales— este tipo de interpretaciones acerca de la supuesta confusión, así como la idea de que ésta no habría sido sino una excusa para encubrir el expansionismo macarrense y una muestra más de la prepotencia de su rey, el rey Tecayas —principal causante de la primera de las Guerras Súbitas (en opinión de Heratoto), así como de la completa destrucción de la región que se seguiría de ellas y que haría posible su posterior ocupación por el imperio jamaqueo—.

En este caso, según defienden Grayskull y Heman, el lema hermético debería interpretarse, más bien, como una exhortación dirigida a los sanfarrios encaminada a provocar en estos la indignación y el amor a la justicia, inclinándolos a la búsqueda de la restauración del equilibrio cósmico, ya que la vida no sería —tal y como se sabe que, explícitamente, había afirmado el propio Sofocón— sino “azar” (tombolé) y “frenesí” (kalentón) allí donde se impusieran la injusticia, el interés y el descaro como “norma” (estatuté) universal. Nada habría, en efecto, más triste de acuerdo con esta tradición, que “morir pa ná”, cosa que debía evitarse a toda costa muriendo siempre por alguna razón o cargándose siempre, lo más posible, de razón antes de morirse 8.

El hecho de que las intenciones de la expedición sanfarria que fue interceptada por el ejército de Tecayas no fuesen muy diferentes de las de la macarrense, era considerado —en efecto— por Sofocón como una cuestión “meramente circunstancial e irrelevante”, dada la responsabilidad esencial atribuible, en todo caso, a los macarrenses de acuerdo con el principio del “ajusticiamiento cósmico” defendido por el sabio, y en virtud de la manifiesta crueldad propia de aquel pueblo, del carácter bárbaro y repugnante de sus costumbres, así como de su afición a orinarse las orillas del Sanfón más próximas a la ciudad de Sanfarria 9. De este modo, la propia derrota sufrida por los sanfarrios no era sino una confirmación más de aquél principio según el cual ellos mismos se habían hecho merecedores del mismo “ajusticiamiento”, tanto por el hecho de no haberse adelantado a los macarrenses en su ofensiva, como por el de no ser después capaces de vengar a sus compañeros caídos y de impedir, destruyendo el poderío de aquellos, las futuras tropelías que las hordas macarrias estaban destinadas, sin duda, a cometer 10.

Obviamente Hasselhoff no consigue dar una solución definitiva al problema de la atribución del lema hermético sanfarrio; sin embargo, su exhaustiva exposición de los fundamentos filológicos y doxográficos que sustentan la “hipótesis nitemeneana” permite atribuir un sentido más profundo y mucho más rico a muchas de las sentencias del sabio sanfarrio tradicionalmente vistas como incoherentes y arbitrarias por los doxógrafos, y arroja una nueva luz sobre lo manifiestamente absurdo y ocurrente de las numerosas acciones políticas y pedagógicas que emprendió en su ciudad y que habían sido consideradas hasta ahora como un profundo misterio o como el fruto de un delirio paranoide agudo por la mayoría de los intérpretes 11, pudiendo ya ser claramente reconocidas como la prueba de que se trataba de la obra del primer sucedista coherente de la historia del pensamiento occidental. Lo mismo ocurre en el caso de la “hipótesis sofocona”. La deslumbrante reconstrucción hecha por Hasselhoff de las fuentes de esta interpretación permiten establecer con toda claridad los vínculos existentes entre esta tradición y aquel género de “impiedad” o de “desvarío” (kolokón) que después sería identificado por Nicomedes el Obseso en su Refutatio omnes magnos nescientes despropositae con la “herejía de los teodiceros raciocinantes” 12 —causante, por aquel entonces, de violentas rebeliones milenaristas por todo el occidente europeo (incluidas Ceuta y Melilla)—.

Sin embargo, tras leer la magnífica obra de Hasselhoff no cabe duda, al menos, de que los dos sabios merecen igualmente ser devueltos a ese lugar que durante tantos años vinieron ocupando en la historia del pensamiento universal y que, quizás, nunca debieron abandonar.

Trad. Juan Jesús Rodríguez Fraile

NOTAS

 1 Este carácter de “sucedido” (“acaecimiento” o “eventualidad”) atribuido al hecho queda subrayado si se interpreta el término “pa ná” —como hacen McGuffin y otros— en el sentido de “vanamente”, “sin fundamento”, y se lo pone en conexión —como proponen— con la noción agro-beocia del “vano” o “apertura caótico-catártica” en la que (véase la cosmogonía de Telemando de Casavetes) Zeus arrojó a Cebes tras haberle acusado este último de estar implicado en la conspiración con la que el crónida había derrocado a Cronos; y más aún, si se atiende también a los versos del poeta lírico Memeces (Oda a Pandoro II, 36-37) en los que el bardo se lamentaba de haber acudido hasta el certamen de Sifón “pa ná” (puesto que había quedado en último lugar).

 2 El propio Hasselhoff recoge algunos, entre los que resultan especialmente significativos los versos de Filomeneo el Joven (Elogio a Anfitrión canto 12, 45 y ss.): “Sucedido el sublime sucedido/ déjate allá de logos y de archeses/ en habiendo buen vino y gruesas reses” (los versos aparecen citados también en el diálogo apócrifo de Platón —atribuido por la doxografía unas veces a Catatón de Tirinto y otras a Catalino de Otranto— titulado El guateque). Por otra parte, el lema concuerda igualmente con las doctrinas generalmente atribuidas a Nitemeneas de quien se sabe además que había sostenido repetidamente —tras la trágica batalla— la conveniencia de realizar el rito purificatorio de “arrojar los cabellos al Ponto” para librar a la ciudad de la “mancha” (oprobeia) y la “contaminación” (microbiós) que traían sobre ella esos “ignorantes acéfalos” que, incapaces de admitir el carácter “radicalmente inexplicable” (kolateratós) de los “sucedidos”, trataban de sobrepasar el estrecho círculo en que ellos mismos se hallaban confinados, y al que se aludiría, precisamente, en la primera parte de la inscripción atribuida a al sabio cuando decía que “si hay que morir se muere” —haciendo gala así del característico distanciamiento irónico propio del épos sanfarrio tan dado a evocar lo más necesario e ineluctable siempre en términos hipotéticos—. Cf. Nitemeneas fr.15 (KD 15,3, KR 15,35. RK 136459, b1): “Entonces la diosa, agarrándome por una de las dos orejas, mientras yo recogía las ramas de mirto dejadas por los celebrantes y me sostenía el manto para ocultar a su vista mis peludos muslos, exclamó tronando con broncínea voz: ‘Ay de ti canalla redomado y siete veces bribón. No sigas a esos mortales ignorantes y acéfalos que dicen que lo que pudo haber sido y no fue y lo que fue y pudo no haber sido no son una y la misma cosa, sino que, viniéndote conmigo, déjales allá que fracasen en su empresa como aquel que quiso asar la manteca”. Sin embargo, a pesar de todas estas evidencias nada impide, obviamente, situar la interpretación del lema en un contexto completamente opuesto (como hacen Perkins y Perkins en su artículo “Jumping over Terateus and going farther”, Parahermeute, nº 2132, 2002, p.22-22), o bien en uno enteramente arbitrario (como propone Ch. Chenoa en su libro Piacere de la inventione, 2006), e incluso no interpretarla en absoluto e ignorarla completamente (como propone Burned en su monografía Who cares that. For grecian gods’s sake!, 2007).

 3 Obra confundida por los recopiladores helenísticos con el tratado, también perdido, del mismo título, escrito por las misma fechas por un autor del mismo nombre a la que se conoce actualmente como el Pseudokatastrofón de Pseudorefóciles.

 4 Documento recientemente hallado en el Monasterio del Paular de Troya que contiene la traducción al siríaco de los primeros trescientos capítulos de la obra de San Braulio y algunos de los comentarios de Al-Ka-Selzher desmintiendo violentamente todas las afirmaciones de aquel (y especialmente las relativas a la eternidad de las sogas de esparto que según la cosmología de Refóciles mantenían unidos a los elementos y a sus esencias y al carácter inmutable de los precios de la vivienda).

 5 Sofocón fue, en efecto, condenado —por aclamación— por el consejo de los Veinticuatromil a: “venerar el indomable coraje de los sanfarrios —sólo sobrepujado por su moderación—, o a abandonar la ciudad saltando desde el acantilado de Akitecascas”. Como es sabido el sabio prefirió, antes que acatar la sentencia, hacerse emparedar vivo en su propia viña junto con sus discípulos, esclavos, animales de granja y las no despreciables reservas de los almacenes de su escuela.

 6 La sugerencia de Gumping de una posible confusión entre las exclamaciones del rey y algunas expresiones homófonas propias del dialecto ático-macarrónico cuyo significado sería “soy extraordinario” o “mi valor está fuera de toda medida” —lo que explicaría el encono de los combatientes—, parece verosímil, pero carece de la suficiente base doxográfica.

 7 Siguiendo así un oráculo délfico que había ordenado a los macarrenses “dejar en paz a los sanfarrios” y que el propio rey de aquellos interpretó como expresión del deseo del dios de que fuera él personalmente a imponer la paz en la ciudad de estos ante los disturbios que se produjeron en ella después de la desgraciada batalla (y en los cuales el demos pedía, por las calles y en la asamblea, que se le permitiera “dialogar cara a cara con el rey de los macarrenes trayendo hasta la ciudad la cabeza de éste clavada en una pica” —según relata Erofiles de Filetea en la Sanfarriada—).

 8 Ecos de estas arraigadas concepciones relativas a la extinción de la vida pueden encontrarse aún, en efecto, en los ritos mistéricos finiquiciático-eleuterinos en los cuales el hombre que estaba a punto de morir era abofeteado por sus familiares y amigos más íntimos mientras pronunciaban terribles insultos contra él para despertar en éste el agón y lograr así que exhalara su último suspiro luchando en justa defensa de su honor y su dignidad. Este ritual era conocido como el kabreantés giliketikós y los abofetadores (o kabreanteois) eran luego expulsados de la casa a escobazos por el tío materno de la viuda o por la tía paterna del viudo —o, en su defecto, por un funcionario público denominado viktimón— mientras eran cubiertos de injurias y de amenazas.

 9 En efecto, según el estremecedor relato de la Historieté Safarriké de Heratoto: los infames hijos de la estirpe de Macareno, de relucientes grebas, avanzaban al son de los tamboriles de irritante son, sobre la extensa llanura peleónida segando las cabezas de los sanfarrios, de velludas axilas, como las mieses de los campos de Castiria, hasta que topados con el noble Lamondas, de abultado vientre, trató éste de aplacarlos con promesas de grandes recompensas si le dejaban partir (pues que era descendiente del Apolo Lamonio y de la ninfa Micaela y éstos harían multiplicarse sus rebaños y acrecentarse el número y la belleza de sus conquistas si así lo hacían), más fue atravesado en la lanza del … (ilegible) Carbunclo de Macaria, y exhalando el aliento cayó al suelo y resonaron sus armas” (MccK fr.33). Se conserva un relato muy parecido correspondiente, al parecer, al de la Batalla de Pisotea en la que los Sanfarrios masacraron cruelmente a los tiritenses, así como otro —conservado por Regulón de Susa— ligeramente variado y en el que se relata la masacre de los macarrios a manos de los tiritenses durante la segunda de las Guerras Súbitas —aunque se trata, sin duda, de meras copias—.

 10 Aunque los hechos posteriores —la ocupación macarrense y el estallido de la primera Guerras Súbita— parecieran dar la razón a Sofocón, los partidarios de Nitemeneas siempre sostendrían que fueron precisamente las agitaciones del propio Sofocón y las de sus seguidores las que acabaron sirviendo de coartada a los macarrenses para justificar la invasión, y que ésta no se habría llegado a producir de haberse expulsado al sabio mucho antes y, menos aún, si éste le hubiera sido entregado al rey Tecayas —como pedían los macarreneses— para que aquél hubiera podido dialogar con él cara a cara.

 11 De hecho, algunos autores antiguos llegaron, incluso, a manejar, simultánea o sucesivamente, las dos clases de interpretaciones de las sentencias nitemeneanas —la de su carácter misterioso, y la de su absurdidad sagrada— dependiendo de su éxito o su fracaso en la interpretación de las mismas (Cf. El Mecomecón de Maníaco de Presivo).

 12 Seguidores de Teodicio de Esfinter y de Melitón de Cimitarra que defendían la necesidad del “juicio póstumo” cómo el único que permitiría establecer —ya sin presiones sentimentales y sub especie aeternitatis— la inocencia o culpabilidad humana, resultando ser —obviamente— condición de posibilidad para el mismo el “ajusticiamiento” previo del sospechoso, y poniéndose de este modo en juego aquí esa noción que permitiría a Nicomedes identificar esta corriente y la de los seguidores de Sofocón.
 

 
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