Analogías (o) de la orientación

Ana Molina [*]


Pensando en los problemas que dan las analogías, en las “comeduras de coco” que llegan a dar, parece cierto que, aun corriendo el peligro de apegarse demasiado a ellas, llegan a solucionar bastantes problemas de expresión. Igual que parece ser, la analogía, un modo de expresión ciertamente limitado. Limitado por el hecho de que tenga que haber unos puntos fijos al pasar de una cosa en la que se piensa, a la analogía misma; que a pesar de dar un paso tenga que seguir habiendo siempre unos puntos que se repitan; es que, sinceramente, no entiendo por qué habría de ser así necesariamente. Ya que hay un momento en el paso en el que, digo yo, que ha de haber cambiado absolutamente todo, si de un paso se trata; o que todo esté llegando a cambiar, que ya esté cambiando. Supongo que la cuestión es que, por mucho que nos empeñemos, ese instante es el mismo en el que todo, absolutamente todo, ha vuelto ha quedar establecido, y antes de que nos queramos dar cuenta. Como si el mundo, todo entero, surgiera de nuevo a la vez que está resurgiendo: un mundo nuevo a la vez que el mismo mundo. Claro, que no habría que pensar este proceso como una sucesión de cosas, y que si bien es algo que podemos enumerar, también tenemos que tener en cuenta el intervalo que hay entremedias de cada cosa que contamos. Pensar las velocidades de los intervalos, seguirlas como se sigue el ritmo de una canción o como se sienten los pasos de un baile. Y eso se hace improvisando, pues no vale hacerlo de memoria; y por lo tanto se hace cuando algo imprevisto se te viene encima.

Otra de las cosas que da bastantes problemas, similares a los de las analogías, son los espejos, pudiendo con ellos sobrevenir la idea de algo que no es realmente como aparece y no es que sea otra cosa, es que aparece, pero no realmente, sino de otra manera. Cuando nos miramos a un espejo, entonces la derecha y la izquierda empiezan a ser un problema y uno no sabe si hay una derecha que es izquierda, una izquierda que es derecha o una derecha que es derecha y una izquierda que es izquierda; vamos, que uno se encuentra con ciertos problemas de orientación que conozco por experiencia porque como yo no tengo, siempre tengo que aprender a orientarme recordando lugares, levantando una mano en algún sitio concreto, siempre en las esquinas, para recordar un movimiento más que más tarde tendré que hacer, pero al revés, y la verdad es que cuesta un poco no hacerse un lío con tanto movimiento hacia todas partes, y por ello hace falta poner un poco de orden; y como en esos juegos que hemos hecho muchos niños y niñas, en los que tenemos que unir punto por punto para conseguir ver el dibujo que se hallaba debajo, o entre; hasta conseguir una Figura por su forma, por su perfil. Y conseguir que no sea sólo eso es ya trabajo de la imaginación. Y el caso es que siempre nos conformamos con la forma, pues de hecho cuando uno hace uno de esos dibujos en los que hay que seguir los puntos para conseguirlo no dice que dónde están los colores o los volúmenes, o que le falte un poco de expresión, pues el caso es que se ha logrado una figura. Sólo hacen falta unos pasos para saber el camino, como es en el caso de la orientación, en el que basta con quedarte con la tienda de alimentación al principio de la calle (y recuerda al volver que la calle te la tienes que imaginar al revés para saber más que nada si sube o baja, y eso si logras adivinar qué es lo que sube y qué lo que baja), que el portal al que te diriges es el número tal, o acuérdate incluso del nombre de la calle de la que partiste porque sabes hasta que punto puedes llegar a desorientarte, en cuyo caso bastará con preguntar por ella a algún abuelillo que seguro que se conoce la zona. El caso es que, a pesar de quedarse uno sólo con unos pasos, cuando vuelve reconoce más cosas además de los lugares concretos, pero es como si ocurriera sorprendiéndote, dejándole a uno una sensación realmente satisfactoria, y pensando algo así como “¡ah, ya!, es verdad que era por aquí.”.Y eso en el caso en el que no hayas tenido que preguntar a nadie, porque de lo contrario, volverías allá donde te diriges casi cegado, sin pensar siquiera en los pasos que acordaste con tu memoria, en todo caso reconociendo algunas pero pasándolas deprisa. Igual que al unir todos los puntos de un diagrama por primera vez uno se tiene que fijar bien para ver donde está la posición acordada obre el papel y que viene después. Y si repitiéramos esto una vez hecho el dibujo, pasaríamos los números de largo de la misma manera que cuando nos guían un camino, siendo difícil recordar entonces lo que hubo entre un punto y otro, lo que se midió, no ya según los milímetros entre ellos, sino con la intensidad, con las ganas que uno tiene de que aparezca el dibujo, que aumentan según reconocemos el dibujo, según reconocemos el camino. Y esa satisfacción viene sobre todo porque uno se acuerda de alguna otra vez en la que ha estado perdido y de lo angustioso que resulta tener que pararse demasiado a pensar; cuando no se tiene nada que recordar, porque ni siquiera se tiene un punto del cual partir; es que, simplemente, no tienes ni idea de dónde estás, aunque estés a tres minutos del sitio al que quieres llegar. Lo angustioso que resulta que cada paso que des, dando igual el camino que hayas escogido, puede llevarte sólo más y más lejos hacia el lado contrario del que quieres ir, y eso lo sientes en cada paso; o con un poco de suerte llegarás allí donde querías ir, pero eso sólo con un poco de suerte, pues de no tratarse esto de un problema de orientación, uno sabría por lo menos hacia dónde está el norte al salir del portal del que partió. Por ello en el entrenamiento en los problemas orientativos (para aquellos que siempre es un problema) uno debe acordarse, para empezar, de que no puede ir por ahí a lo loco, sin acordarse de ningún bar, hacia qué lado torcer, el rótulo de la tienda de alimentación, la calle un poco más estrecha que la anterior, el edificio en el que se ve un ático que “ya me gustaría a mí vivir ahí”, para volver y decir “¡anda mira! esa papelera ya la pasé antes”, “es verdad, había un Caja Madrid en esta esquina” o “esos son los mismos hombres que estaban hablando en ese portal. Entonces es que voy bien”. La papelera, el banco, los hombres, el papel rojo en la papelera, el número 29, el jersey rojo que llevaba uno de los hombres, el cristal roto del banco, por ejemplo, que uno ya pasó antes de largo, casi sin fijarse. Y entonces uno empieza a olvidarse de distinguir entre la izquierda y la derecha y simplemente camina con pies ligeros sin preocuparse de lo que tenía que acordarse ya que “voy bien, por lo que parece. Y qué bien me siento”, se diría uno en ese caso en el que tantas cosas imprevistas se le echan encima; Pero en ese caso también debe uno acordarse de que si lo suyo es un problema, en la medida en que éste sea de orientación, deberá acordarse de ciertos puntos señalados y ponerles cierto orden además de, por supuesto, que a uno no le dé vergüenza por preguntar a alguien que pueda guiarle.

De lo que se trataría al fin y al cabo (el motivo) es de encontrar alguna semejanza entre el camino de ida y el camino de vuelta cuando uno no sabe si es de vuelta realmente porque no tiene ni idea de dónde está y que es por ello por lo que se ha de fijar un poco más en encontrar dichas semejanzas posibles. Y un modo de encontrar semejanzas es la analogía: “se dice que la semejanza es producida cuando aparece bruscamente como el resultado de relaciones totalmente distintas de las que está encargada de reproducir: la semejanza surge entonces como el producto brutal de medios no semejantes”. Igual que cuando se está concentrado en encontrar una tienda de alimentación con el rótulo naranja, en torcer la esquina con la esperanza de que se encontrará una calle más estrecha ( y si no es que te estás haciendo un lío con la izquierda y la derecha), en la fachada blanca y azul de un edificio, por ejemplo, en vez de encontrarse una con eso, se le empiezan a aparecer cosas que no esperaba, como las  mismas personas a las que se vio en un portal hablando, una baldosa levantada con la que ya casi se tropezó una o incluso la tienda de alimentación de la que, antes que recordar los rótulos se recuerda entonces al perro que sigue esperando fuera a su dueño, aunque siempre se levante un poco la mirada al rótulo, eso sí, para confirmar que se va por buen camino; “hacer semejante por medios no semejantes. En este último tipo de analogía, la semejanza sensible es producida, pero en lugar de serlo simbólicamente, es decir, por el rodeo del código, lo es “sensualmente”, mediante la sensación. (...)Analogía estética, a la vez no figurativa y no codificada”; es cuando la organización de aquello con lo que te has quedado en el camino de ida no importa, cuando te olvidas de distinguir entre la izquierda y la derecha y que, si parece que uno va bien a la vuelta, no importa dónde esté ese ático tan bonito o que las calles sean más o menos estrechas, porque el caso es que, por lo que parece, la izquierda y la derecha están en su sitio.

 Pero el caso es que siempre es necesario marcar en el pensamiento unos puntos que, si los viéramos desde el aire parecerían como esos juegos que tantas personas hemos hecho de pequeñas. La cuestión es que el orden no es sucesivo; los puntos bien podrían ser la dichosa tienda de alimentación, el portal del que uno parte, algún edificio que a uno le llame la atención. Y no son sucesivos porque uno no trazaría una línea recta sino más bien puntos concretos con distintas posiciones enumeradas lo mejor o lo más que se pueda. Y es lo que uno espera encontrarse igual a la vuelta, que todo esté bien contado, porque de lo contrario empezaremos a dudar de cómo se vuelve, a no saber si la tienda estaba antes de la calle más estrecha o si la calle subía o bajaba (más que nada porque lo más seguro es que si uno no tiene orientación no se entere nunca de qué es lo que sube y qué lo que baja) o “quizás no recuerdo bien el portal” o “lo mismo es que al salir he ido en dirección contraria” o “para mí que los rótulos de la tienda eran verdes”; y uno daría gracias de no tener que reproducir en su cabeza un “verás como me he perdido”, porque sería señal de que se acuerda del nombre de la calle; quizás hasta lo tenga apuntado por ahí. Entonces es cuando llega el momento de preguntar. Pero ya dijimos que no es lo mismo volver después de haber preguntado “por el camino” que volver con pies ligeros, felices (o al menos contentos) de reconocer colores, perspectivas, distancias, tamaños, sonidos..., pero “una sensación, o un punto de vista, no bastan para hacer motivo”. También hace falta que la izquierda y la derecha estén en su sitio. Por lo que parece ha de haber unas posiciones que no cambien, porque ya sólo bastaba que tuviéramos la desgracia de no tener orientación y que encima nos cambiasen los edificios o las papeleras de sitio. Quizás llegaríamos a pensar que es así si nos convenciésemos de cosas como que el rótulo no era naranja sino azul porque así nos aparece en la cabeza. Pero la cuestión es que “incluso colorante, la sensación es efímera y confusa, carece de duración y de claridad (de ahí la crítica del impresionismo). Pero el maderamen es aún menos suficiente: es abstracto. A la vez hacer la geometría concreta o sentida y darle a la sensación la duración y la claridad”. Esto es de lo que se trata cuando habla Deleuze de encontrar “una vía intermedia donde el diagrama no es reducido al estado de código y sin embargo tampoco conquista todo el cuadro. Evitar el código y las interferencias...”. Es decir, algo así como que, aunque cualquiera que tenga problemas de orientación tenga que trazar una especie de esquema para no perderse, puede llegar a vivir “intensamente la experiencia del caos y de la catástrofe, pero luchando para limitarla, controlarla a cualquier precio” como diría Deleuze. En el momento en que uno está perdido, en un caos de cosas irreconocibles, de repente, imprevisiblemente, uno se encuentra con alguien al que se alegra mucho de ver y al que sin embargo ni siquiera conoce, sólo lo ha visto una vez en su vida y ni siquiera se fijó en él, igual que se puede alegrar de ver la papelera, un perro o un banco porque gracias a ello puede encontrar su camino de vuelta. Parece que estaban ahí para que uno los encontrase. Creo que la pregunta por qué relaciona la geometría con lo sensible podría ser la misma sobre cómo hacer que algo le oriente a uno, pues en la medida en que uno no tenga orientación no se podrá orientar a sí mismo sino que ocurrirá que será orientado por algo (o alguien en caso de que se pregunte cómo se va), llevado por las señales que reconoce y que le indican el camino de alguna manera; el que tenga la experiencia de haber estado alguna vez así perdido seguro que ha tenido la experiencia así de estar sumido en un caos para de repente ver la luz y sentirse entonces realmente bien, como si no hubiese nada en medio de estar totalmente perdido y encontrarse, como si fuese algo imprevisto, como si no encontrásemos causalidad ninguna: “Una semejanza es producida cuando aparece bruscamente como el resultado de relaciones totalmente distintas de las que está encargada de reproducir”. Resulta que sólo podemos decir en tal caso que uno siente que va por el buen camino. Hay una diferencia entre contar con un código (como quien tiene un mapa para orientarse o alguien que le repita el camino de vuelta) y no contar con él (“se define entonces lo analógico por cierta “evidencia”, por cierta presencia que se impone inmediatamente, mientras que lo digital tiene necesidad de ser aprendido”). Pero como dijimos no se trata de evitar el código e ir por ahí a lo loco, sino que se trata de “evitar a la vez el código y las interferencias... ¿Hay que hablar entonces de cordura o de clasicismo?”; de ahí que “lo analógico también tiene necesidad de un aprendizaje”.

 Luego habrá varias maneras de encontrarse por el camino (qué sea con lo que nos encontremos es ya otra historia) de las cuales, aquéllas en las que no contemos con ningún código pueden ser de dos maneras a su vez: cuando la semejanza es productora “las relaciones entre elementos de una cosa pasan directamente entre elementos de otra”. Pues así, como cuando alguien nos indica allí donde queremos ir, dichos elementos, las posiciones, las señales acordadas, serán otras distintas de las que uno en un principio se intentó ya acordar. En cambio la analogía, cuando es producida, lo es “sensualmente”; ahí donde uno siente que va bien. Tal es la diferencia entre lo figural y lo figurativo.

Notas:

[*] Todas las citas que aparecen en el presente texto pertenecen al capítulo “La analogía” de la obra Lógica de la sensación, de Gilles Deleuze.
 
 

Cuaderno de Materiales
SISSN: 1138-7734
Dep. Leg.: M-10196-98 
Madrid, 2007
Semos legales
Lic.CC.2.5
Semos alternativos