Jean-Baptiste Grenouille (El Perfume):

Un anticristo para tiempos posmodernos

Francisco Rosa Novalbos [*]



 ¿Qué magia tiene "El Perfume", la novela de Patrick Süskind, para que en tan poco tiempo haya sido consagrada como una de las grandes en la literatura universal? Hay tres características obvias y muy importantes para ello: está bien escrita, está bien documentada y nos introduce en un mundo real pero casi desconocido para nosotros, el mundo de los olores. No obstante, también existe un componente más velado, menos visible, que nos atrapa y mantiene nuestra atención, tanto en la novela como en la reciente adaptación cinematográfica: la atracción por el mal representada en la figura del anticristo, si bien es cierto que un anticristo muy particular, lejano a todas las profecías y leyendas a las que nos tienen acostumbrados. Süskind nos proporciona a lo largo de toda la novela ciertas notas simbólicas pertenecientes a la tradición judeocristiana, especialmente referidas a la vida de Jesucristo y de los profetas, que, insertas en otro contexto o llevadas a su extremo, nos ponen en presencia del mal encarnado.

Por lo pronto Süskind juega con el nombre y apellido del protagonista de la novela: la acción se desarrolla en Francia, y en francés Grenouille significa "rana"; puede que las características físicas del personaje nos hicieran pensar en este animal, pero el autor se ocupa muy mucho de compararlo con otro aún más rastrero y despreciable, la garrapata; sin embargo los israelitas consideraban a la rana como personificación de poderes demoniacos y en el medievo era utilizada como símbolo de la lujuria, lujuria que encontramos en los episodios de la bacanal frente al cadalso y de la eucaristía final. Tampoco el nombre es aleatorio: Juan Bautista, el predecesor de Cristo; al igual que aquél se refugió en el desierto, nuestro personaje se refugia en la montaña huyendo de los hombres, hasta que llega el momento de la revelación, todo un clásico en las vidas de profetas y mesías.

Según las tradiciones del Anticristo éste ha de nacer de familia noble, todo lo contrario a Cristo, como por ejemplo el Damian de "La Profecía". En "El Perfume", en cambio (igual que en "El día de La Bestia", de Alex de la Iglesia), la sordidez del nacimiento se lleva al máximo situándolo en el suelo, entre restos de pescado medio podrido, sin una pizca de amor ni compasión por parte de su madre, la cual, tras otros cuatro partos, no puede considerarse ninguna virgen y su falta de atención por el pequeño será lo que le lleve al patíbulo. En este aspecto toda la narración se encuentra cruzada por un sentido de justicia cósmica, divina o diabólica: todos los personajes siniestros, avarientos, etc., que se cruzan con Grenouille y que se aprovechan de él reciben su justo castigo, ya sea en forma de accidentes ya en forma de ejecuciones. Ahora bien, en ausencia de cualquier referencia al Dios de los justos, todo nos lleva a pensar, o a sentir, que esa justicia procede del diablo, aun cuando Süskind nos proporciona multitud de indicios y pruebas para mostrar que eso no es así: la Francia del siglo XVIII ya está imbuída de racionalismo, y esto se deja ver en la novela; los juicios no son aleatorios, se buscan pruebas, aunque luego dichas pruebas induzcan a error, los edificios construidos sobre el puente del Sena llevaban tiempo crujiendo, etc.; los errores pueden ser fruto de la casualidad, pero demasiadas casualidades parecen indicar la presencia de un plan sobrenatural.

Por otro lado, la figura de Grenouille, sobre todo en lo que se refiere a la cuestión de los olores, no es evidentemente humana, sino una yuxtaposición de características animales (su fino olfato y la estructura olfativa de su "mente", es decir, de su mundo) y características angélicas o diabólicas, ya sabemos que el diablo es un ángel caído; entre estas últimas están la falta de olor corporal propio que, según la novela, desencadenará el trágico final del protagonista, y su completa falta de sentimientos morales.

Además, esa amoralidad que lo caracteriza es innata, consustancial al personaje, no es un producto de la falta de cariño por parte de las otras personas, las cuales, debido a su falta de olor personal, le ignoran, salvo cuando se enfrentan visualmente con él, que entonces le temen. Su falta de interés por los demás se traduce en una apatía que, solo al final de la novela, y quizá en contradicción con el resto de la trama, se transmuta en desprecio y en odio por el género humano. Pero ambas actitudes son características de un monstruo sin alma humana: la apatía está claro que es inhumana, pero el odio no, el odio es más humano, siempre que se pueda entender como venganza o paso previo a una venganza por vejaciones sufridas; mas en el caso de Grenouille no es así, odia o desprecia a los humanos por ser seres inferiores, susceptibles de ser manipulados a su antojo, es el odio o desprecio del superhombre, del anticristo. Y al igual que el superhombre o el anticristo de Nietzsche nada hay superior a ellos, ninguna instancia, dios o diablo, él mismo es la instancia superior:


"Había llevado a cabo la proeza de Prometeo. A fuerza de porfiar y con un refinamiento infinito, había conquistado la chispa divina que los demás recibían gratis en la cuna y que sólo a él le había sido negada. ¡Más aún! La había prendido él mismo, sin ayuda, en su interior. Era aún más grande que Prometeo. Se había creado un aura propia, más deslumbrante y más efectiva que la poseída por cualquier otro hombre. Y no la debía a nadie --ni a un padre, ni a una madre y todavía menos a un Dios misericordioso--, sino sólo a sí mismo. De hecho era su propio Dios y un Dios mucho más magnífico que aquel Dios que apestaba a incienso y se alojaba en las iglesias" (párr. 49).

Si el auténtico Anticristo es el mensajero del Diablo, Grenouille no es mensajero de NADIE, menos aún de alguien que no existe; en todo caso él mismo sería el Diablo. Si consideramos a Grenouille como un anticristo no solo es porque se comporte como un vulgar psicópata carente de sentimientos morales al que no hace mella el dolor de sus víctimas, tipo "American psico", Hannibal, etc., que también, sino por ser el mesías de, entre otras cosas, una especie muy particular de demonio, los olores. Son los olores aquello que nos hace comportarnos del modo "más bajo", más primitivo, ya que afectan directamente a nuestro cerebro reptiliano, a la parte evolutivamente más antigua del cerebro. Cuando nos enfrentamos a un mal olor nuestra faz se retuerce en una mueca de asco y algo nos fuerza a apartarnos, ya sea una cosa o una persona, cuando algo huele bien ocurre todo lo contrario. Puede que hayamos olvidado a una antigua pareja, pero si una mujer o un hombre pasan a nuestro lado despidiendo el mismo perfume que aquélla llevaba, nuestro vientre se acalora y el calor nos llega al pecho. Todo esto por no hablar de las investigaciones biológicas acerca del efecto inconsciente de las feromonas, es decir, las hormonas odoríferas que expulsan los animales (y los hombres en cuanto tales) a los cuatro vientos, pero que no se perciben de modo consciente. Es, por lo tanto, mensajero de ALGO, de su mundo interior: toda la trama de la novela, desde que abandona la fábrica de curtidos, está orientada por el afán de crear perfumes, por expresar la belleza de su odorífero mundo interior (párr. 19). En este aspecto Grenouille es un artista que necesita expresarse si bien no por medio de categorías ópticas (como pintores, escultores, arquitectos), auditivas (como los músicos), táctiles o gustativas, sino olfativas. Grenouille es el Prometeo del perfume y no le interesa la fama, el dinero o el poder que ello pueda conllevar; se trata de un desinterés completamente sobrehumano. Anteriormente dijimos que la vida de Grenouille recrea la vida de los profetas, y es que también existe un paralelismo entre los profetas y los auténticos artistas: si aquellos llevan en su interior la palabra de Dios, estos llevan las formas de la Belleza, y todos han de darles expresión. El símil de la comparación con Dios y de su poder creador alcanza su apogeo en los sueños que tiene durante su reclusión voluntaria en la caverna de la montaña.

Es éste, el capítulo de su estancia en la montaña, otro de los paralelismos con la vida de Cristo y de los profetas. Por lo general los profetas pasan largas temporadas de retiro en el desierto o en las montañas a la espera de la Revelación, no obstante, a veces ésta llega sin aviso habiéndose retirado el profeta escapando de alguna persecución; otras veces la estancia es más corta, como la de Cristo, que solo estuvo cuarenta días con sus respectivas noches para ser tentado por el Diablo (aunque para Saramago, en su "Evangelio según Jesucristo", estuvo cuatro años). Normalmente se retiran al desierto, aunque también a las montañas, como Zaratustra. Este retiro al desierto, no obstante, no es sino una metáfora del retiro que supone la oración: "la relación entre la oración y el desierto se presenta siempre con una faceta de sombra. Si el orante va a escuchar a Dios en su propio desierto, encontrará ahí necesariamente los "demonios" que no solamente le habitan sino que él alimenta" (http://www.ecclesia.com.br/biblioteca/monaquismo/la_via_del_desierto.htm)

Grenouille llega a la montaña escapando de los nauseabundos olores humanos y para estar solo consigo mismo; allí vivirá siete años en una cueva de la que solo saldrá para lamer las pocas gotas que manan de una grieta y para alimentarse de raíces y pequeños animales; su austeridad irá más allá de la de los clásicos ermitaños y la tentación que sufre no es la de Dios, ni la del Diablo, es la tentación de la Nada, la llamada a la desaparición, una desaparición sin haber dado curso expresivo a su rico mundo interior, un mundo donde sólo caben los olores. De ahí la monstruosidad de este personaje: se trata de un auténtico hombre unidimensional; él se mueve a la perfección en la dimensión olfativa (aunque para los demás sea invisible en dicha dimensión), sin embargo carece de todas las demás o, al menos, las tiene muy atrofiadas.

En esa cueva, en ausencia de todo olor extraño, da rienda suelta al despliegue de su mundo interior; día tras día, año tras año, Grenouille gozará del mismo espectáculo, un espectáculo donde él es el Rey, donde es el Dios creador. Atrofiados comparativamente sus otros sentidos y atrofiados absolutamente sus sentimientos hacia los otros, él es el único habitante del mundo. Sin embargo su egocentrismo y su egoísmo solo se moverán en la dimensión olfativa. Y será, por supuesto, en dicha dimensión donde acontecerá la horrible revelación que le sacará de su retiro: la toma de conciencia de que carece de olor corporal, lo cual, visto exclusivamente en la dimensión olfativa equivale a la falta de identidad, a la ignorancia de sí mismo, algo que ya han puesto de manifiesto otros análisis de esta novela. Esta falta de identidad odorífera está, por supuesto, muy relacionada con la capacidad para percibir todos los olores del mundo y podría tomarse como una metáfora de ciertos problemas de personalidad con los que se encuentran los psicólogos hoy en día: en un mundo tan cambiante como es el nuestro, las personas más sensibles, las que mejor perciben los cambios, las dotadas de más memoria, que no olvidan al ritmo con que se suceden los anuncios, las más interesadas por todo lo que sucede a su alrededor, aun de modo no del todo consciente, es decir, la gran mayoría de adolescentes y todos los demás en mayor o menor grado, serían pasto de la falta de personalidad, precisamente a causa de una sobreabundancia de modelos de comportamiento que poder seguir; el padre, el maestro o el vecino ya han de jado de ser los modelos a seguir, ahora tenemos mil modelos más por la televisión y el cine. En la sobreabundancia nos perdemos, caminamos a la deriva, hoy comportándonos de un modo, mañana de otro completamente distinto, sin un criterio para el cambio. Da lo mismo poseer mil personalidades que no poseer ninguna; es el problema del endemoniado de Gerasa: "mi nombre es Legión, porque somos muchos" (Mc 5, 9), contesta el endemoniado a Cristo. "No huelo a nada, porque puedo oler todo", podría decir el protagonista de nuestra novela, al fin y al cabo, un endemoniado.

A partir de la revelación comienza la búsqueda de sí mismo a través de los olores, lo cual, unido a su egocentrismo y a las formas odoríferas de la Belleza que lleva en su alma, le conducirá a buscar el perfume perfecto, a ser "el hombre mejor perfumado de la tierra" (párr. 44), para lo cual no escatimará en medios. Estos medios son los asesinatos de las vírgenes para extraerles su aroma, el olor más embriagador y con mayor poder de seducción de cuantos existen. Anteriormente nuestro personaje ya se había enfrentado con esa fragancia y había asesinado para intentar poseerla (la fragancia). Este suceso produjo un giro en la vida de Grenouille:

"Tenía la impresión de haber nacido por segunda vez, no, no por segunda, sino por primera vez, ya que hasta la fecha sólo había existido como un animal, con sólo una nebulosa conciencia de sí mismo. En cambio, hoy le parecía saber por fin quién era en realidad: nada menos que un genio; y que su vida tenía un sentido, una meta y un alto destino: nada menos que el de revolucionar el mundo de los olores [...] Había encontrado la brújula de su vida futura. Y como todos los monstruos geniales ante quienes un acontecimiento externo abre una vía recta en la espiral caótica de sus almas, Grenouille ya no se apartó de lo que él creía haber reconocido como la dirección de su destino. Ahora vio con claridad porqué se aferraba a la vida con tanta determinación y terquedad: tenía que ser un creador de perfumes. Y no uno cualquiera, sino el perfumista más grande de todos los tiempos" (párr.8).

Ahora, sin embargo, tras la revelación, ese destino cambia. Creará perfumes, sí, pero sobre todo lo hará para sí mismo, para dotarse de una identidad y, posteriormente, para dominar a los hombres (párr.32). Grenouille se revela en este momento como lo que habíamos ido sospechando a lo largo de toda la lectura, un anticristo, un ser malvado, un psicópata, no un loco cualquiera, no un monstruo sin sesera. Gracias al poder de seducción del perfume de las vírgenes logrará el poder de seducir a los hombres, lo cual no es sino un poder diabólico: el diablo no obliga por la fuerza sino que tienta, persuade y seduce. Para ello, sin embargo, habrá de cometer unos cuantos asesinatos, dado que su poder de persuasión a través de la palabra es poco más que inexistente (esto se deja ver mucho mejor en un capítulo de la película que no existe en la novela: Grenouille trata de capturar el olor de una prostituta viva, pero a pesar del dinero ella se niega a participar en un "juego erótico" tan asqueroso, siendo untada de grasa, razón por la cual ha de matarla).

Existen varias comparaciones explícitas con el diablo a lo largo de los párrafos (40-48) en que se narra el año que pasa Grenouille asesinando muchachas, comparaciones que alcanzan su sentido más hondo cuando se le compara implícitamente con Cristo: una vez que ha sido detenido y condenado debe ser crucificado. Hay un punto, no obstante, que nos hace pensar en el Anticristo: no se trata de una crucifixión clásica; en este caso la cruz es un mero soporte para aguantar el cuerpo mientras le parten los huesos con doce golpes de barra de hierro; pero recordemos que a Cristo no le partieron ni un hueso, como corresponde al cordero pascual (Éx 12:46, Sal 34:21, Núm 9:12). Sin embargo, la sentencia no se lleva a efecto gracias al poder de seducción del perfume que, no se sabe cómo, ha logrado mantener oculto desde su detención. Es entonces cuando tiene lugar la gran orgía en su nombre y cuando se da cuenta del auténtico poder y de su auténtico desprecio por los seres humanos: seres que se dejan engañar por él, seres lúbricos y malolientes que le adoran como a un ángel, aunque sea un ángel del infierno.

Grenouille ha alcanzado su meta, con su perfume podría poner el mundo a sus pies. Y ahora, ¿qué? Los temores de su revelación vuelven a él: ¿quién eres, Jean Baptiste Grenouille? ¿Por qué no hueles a nada? De repente nos encontramos en la encrucijada teórica de la concepción del ser entre la escolástica y la modernidad: ¿para hacer algo hay que ser algo previamente? o ¿uno es en la medida que hace algo? Grenouille se nos revela como un personaje del mundo antiguo, un personaje trágico que, no conociendo su esencia, su existencia carece de sentido: "Podía hacer todo esto cuando quisiera; poseía el poder requerido para ello. Lo tenía en la mano. Un poder mayor que el poder del dinero o el poder del terror o el poder de la muerte; el insuperable poder de inspirar amor en los seres humanos. Sólo una cosa no estaba al alcance de este poder: hacer que él pudiera olerse a sí mismo. Y aunque gracias a su perfume era capaz de aparecer como un Dios ante el mundo... si él mismo no se podía oler y, por lo tanto nunca sabría quién era, le importaban un bledo el mundo, él mismo y su perfume [...] Soy el único para quien el perfume carece de sentido" (párr.51). El perfume es la metáfora de la vida.

Al menos el auténtico Anticristo se sabría enviado por el Diablo; nuestro personaje, en cambio, procede de un infierno personal, la falta de conocimiento de sí mismo. Al fin y al cabo no deja de ser un profeta, un mesías, de lo que acontecerá en tiempos venideros, cuando ninguno de nosotros sepamos el porqué de nuestra estancia en este mundo: caídos los dioses, ídolos e ideologías, ¿qué nos queda? Proyectos personales. ¿Y después? La nada, la antigua tentación: en un último paralelismo con Cristo y, más allá, en una última exageración de este paralelismo, Grenouille se ofrece en auténtica eucaristía a los "ladrones, asesinos, apuñaladores, prostitutas, desertores, jóvenes forajidos", los cuales se convierten por unos momentos en caníbales, un canibalismo por amor. Y un amor ciego, por supuesto, como corresponde a los viejos cánones.

Después de todo el superhombre de Nietzsche resultaba moderno; Grenouille no lo es y, tras él tampoco vendrá un superhombre, tras Grenouille no vendrá nada, pues resulta un mensajero del vacío y, ¿acaso no es el vacío un infierno, un infierno en vida, para muchos de nosotros? No saber quiénes somos, no saber qué hacer. ¿Es, pues, una atracción por el mal, como dijimos al principio, o la atracción por el vacío existencial del que hablaba Sartre? No nos engañemos pensando que somos superhombres, pequeños dioses, capaces de dotar de sentido a nuestra vida. La tentación siempre está ahí, esperándonos a la vuelta de la esquina. Quizá cuando saltemos del podio, tras nuestro triunfo, sea el Diablo el que nos recoja en sus brazos.

Mientras tanto, salud y armonía, maj@s.


Gracias a:

Azucena Crespo Díaz por la idea inicial de la comparación con Cristo y los mesías. 

Álvaro, por una de las pocas comparaciones con el Anticristo que he encontrado (http://www.deabruak.com/maquina/archivos/000043.html) 

Jose Ramón, alias "J.R.", por algunas referencias clásicas. 

Patrick Süskind, ¿cómo no?, por la novela.

 

 

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