Meditaciones sobre (el) texto

(La palabra soplada de J. Derrida sobre A. Artaud)

Miguel Escribano [*]



A mis amigos imaginarios y otros fantasmas.


Discurso ingenuo el que iniciamos en este momento, al hablar en dirección a… un texto, el de JD, que discurre a su vez sobre textos, los de AA, bajo el título La palabra soplada. Ingenuidad que me lleva, junto a la pretensión del autor (yo: ME, JD, AA), a situar esto (léase el título) entre paréntesis. Posibilidad de que, después de todo, detrás de la palabra se alcance a encontrar el texto, ese que se expone, por ejemplo, la palabra soplada, puesta entre paréntesis, no en duda, en suspenso, como se retiene el aliento, lo suficiente al menos para comenzar a hablar, para soplar una palabra. El soplo, más allá de la voz quepermite escuchar, se nos presenta (dice JD) como un robo: primeramente robo del aliento que se toma. Soplo (robo) que sitúa la palabra más allá de un sujeto que la expele, en el aire, en el vacío que reclama la escucha (infinita) del otro, o en la página en blanco sobre la que se repite la impresión de la palabra (La palabra soplada). La pregunta, desde el momento en el que se sitúa la palabra entre paréntesis, nos desplaza desde la identidad de un sujeto que lee/escribe hacia la cruel escena de un crimen: una pérdida de identidad entre quien sopla y aquello o aquél que es robado. Relato de un crimen donde la pregunta (¿quién es/fue?) se instala justamente en el movimiento del robo, en un soplo que viene a coagularse fugazmente en torno a una palabra como la huella del criminal, que nos encamina ingenuamente hacia un nombre que desde ese momento se convierte en sospechoso (yo: ME, JD, AA).

La primera evidencia aparece como sigue: (yo) leo/escribo, llevo a cabo esta meditación que vosotros leéis directamente a mi palabra soplada, que robáis. Leo a JD que lee a AA. La pista se complica: si toda palabra, toda huella entonces, si toda escritura es ya lectura (soplo de un robo), quién entonces es este que lee/escribe, que os está soplando la palabra, que os roba pues y se sustrae al robo inculpando a otros: JD que inculpa a AA.

Ergo, el nombre que se encuentra tras la palabra en suspenso (yo: ME, JD, AA,), bajo sospecha, resulta a su vez un soplo. El titular del suceso (La palabra robada) debe aparecer entre paréntesis, en este momento en el que nuestra investigación se encuentra puesta en cuestión (el mismo que la dirige, el que se encuentra leyendo, aparece como inculpado). De esta manera retenido bajo palabra, en este palabra soplada que me pone en cuestión (¿quién está leyendo?) escondido tras cada uno de mis soplos, debería parecer o más bien aparecer como un fantasma, algo traslúcido, lejos de la claridad y distinción que parecía imponerse en el primer análisis (yo leo) que es ahora puesto en suspenso, en interrogación, a la espera de encontrar qué pueda resultar en realidad (en) esta cosa (cuerpo, texto). Bajo cuestión, dada mi pretensión que expongo sin vergüenza, de agenciarme falazmente la palabra que me soplan (JD y AA), que me están robando a mí, yo indignado, retenido en contra de mi voluntad aquí, que aparento que no pasa nada, ni un soplo, sacando pecho (guardo el soplo como un secreto, mi soplo, lo más adentro posible), tomando aliento, como quien va a pasar un mal trago, por ejemplo ser interrogado por su palabra dada/escrita (acerca de JD acerca de AA).

Pero alguien (quién) se resiste a perder el aliento, a confesar, a perder el hilo del texto mientras (se) lee una palabra tras otra, sabiéndose escrutado por el doble ojo de la autoridad, por el juicio del público que asiste como testigo (“sí, nosotros le vimos hacerlo”). Momento memorable pues este en el que (me) expongo no sabiéndome comprendido en ello, no pudiendo llegar a saberlo inculpado, ajeno a la sentencia que (me) persigue, en suspenso. Yo me resisto pero, ¿quién/qué es esta cosa que (me) lee?. AA se resiste al robo, a la acusación (lo dice JD no yo). AA busca una palabra entre las mías donde acomodarse, donde sentirse inculpado, encontrando su lugar mi lugar en este texto expuesto, puesto en cuestión: lugar en suspenso, y digámoslo ya: lugar de paso. ¿No se trata todo este teatro al fin y cabo de AA? Quiero decir para poder entendernos, esto mismo: “para poder entendernos”, o encontrarnos aquí en medio de unas palabras leídas, bien inspirados.

Si esto que leo me lo soplan y quedo así en cuestión, ya sea el ladrón JD, AA, o cualquier otro (un genio maligno por ejemplo), ha dejado ya de ser mi aliento mi voz mi palabra. Si mi letra no es ya mi palabra mi texto, sino el soplo de tinta de una máquina que me retiene con su ojo, que guarda una reproducción de mí: la huella de este crimen que nos ha reunido, es que mi aliento no debe ser mi cuerpo ni mi gesto más que el fuelle mecánico de un reproductor (de texto), en torno al que parece girar toda la cuestión (mi cuestión).

Este soplón que parece retenernos la información, un cualquiera (otro=X o genio maligno), escondido en alguna esquina del texto, testigo invisible,allí donde dobla una palabra con la siguiente palabra, lugar de paso donde el texto queda en suspenso y tiene lugar su puesta en cuestión, este soplo, decía, ha sustraído mi existencia.

(primer gritoAA)

El reto del texto (de este texto) es rehacer la integridad de la exposición que de partida nos hemos encontrado fragmentada, dispersa en una pregunta que ha dejado en suspenso la palabra, puesta entre paréntesis la existencia (de algún texto o cuerpo) detrás de ella, ha conducido la cuestión a su propia pérdida en una multitud diseminada de nombres que parecen encontrarse inculpados. La investigación, el comentario, pues eso resulta al fin y al cabo este intento de señalar al soplón, un mal comentario, a traición,un comentario fuera de tono, a destiempo, perdido entre bastidores de boca en boca que llega a nuestros oídos siempre trasformado, algo sucio, diferido, sin permitirnos siquiera la pregunta por su evidencia de tan multiplicada que se encuentra su fuente; investigación por tanto que desde el comienzo se nos ha mostrado en su misma deficiencia, su meditación en torno a una posible metafísica del texto se ha revelado como un mero pretexto, que no dirige su discurso por método alguno: no deja posibilidad para establecer un principio donde situar la evidencia o al menos encaminar una deducción, sino que se encuentra siempre en medio (de un robo), cuando todo parece ya haber pasado, cuando el soplo nos alcanza de rebote, de segunda mano y lo que aparece resulta ser algo aparente, una huella, una pista, un signo, ni claro ni distinto, por el contrario sucio, prestado si no robado, palabra siempre soplada, evidencia de otro, nunca de un “sí mismo” en una presencia simple y delimitada del culpable, juego de adivinación y posesión donde no cabe la confianza intuitiva, investigación que es una trampa, un juego de capturas como cobro de piezas fantásticas o fantasmáticas. Sin embargo en esta caza de espectros sí cabe cierta destreza o estrategia: hay que saber donde situar las trampas, cuáles son los lugares de paso, hay que saber seguir las huellas como si no se persiguiera a una presa, a una presencia real. Metafísica del acoso entendida como una atención diferida, como una espera infinitamente postergada en un logro que se nos da a plazos. Seguir las huellas en las palabras es rastrear el ritmo de una respiración, escenario donde hacerse cargo de la posibilidad para la aparición de una presencia por naturaleza malograda, situación de un nacimiento al ser que porta consigo la fractura por la que se ha dado a luz a sí mismo, en una repetición que se siente por siempre bastarda en una diferencia suicida o suicidada.

Esta grieta desde donde reconocemos salir el soplo que marca la palabra, que repite la diferencia, se convierte de repente en un cruce de textos: este texto, el texto de JD, los textos de AA... ¿Qué resta pues del ser, de mí mismo, del sentido del texto, en medio de este cruce de palabras? Ya lo sabemos: el testimonio de un robo. Esa debe ser entonces la perversa pretensión de esta exposición, desde el momento al menos en el que cuando llegue a su fin deba uno (el que lee) dejar inscrito su nombre, como el que en algún lugar de paso (este texto) graba una marca: “ME estuvo aquí”. Testigo de un robo quiere decir también testigo de un encuentro, o al menos de un desencuentro. Punto de paso, este texto se convierte así en un pretexto, una forma de pasar el rato, un juego, a la espera de que llegue el tiempo de ponerse uno serio, de que la autoridad se haga cargo de la denuncia, si es que puede. Tiempo en suspenso por tanto.

Punto de paso, este texto se convierte en escenario de encuentros inesperados, de acontecimientos que no podíamos prever, por ejemplo que le hayan robado a uno en el transcurso de una lectura su cartera, y junto a ella su identidad y su huella (primer tipo de soplo o “del cagarse en Dios”), o que en lugar de sustraerse las huellas se deje constancia de ellas: “ME la sopla” o “JD dejó en este lugar una mierda enorme” (segundo tipo de soplo o “Dios estuvo aquí”).

Punto de paso, como vemos, en este texto no se dicen más que cosas ordinarias, palabras que vienen y van, como soplos, sin aparente conexión o con una conexión aparente, so pretexto, leéis de mi palabra, de exponerme ante vosotros, de marcar la diferencia: este que lee/escribe soy yo, en el mismo momento en el que mi palabra se disemina en un doble soplo: escuchar es quitarme la palabra, la misma palabra que me soplan. Juego éste sobre la doblez del soplo que parece dejar huella de una doble marca inscrita a un mismo tiempo (y en un mismo sentido) en mi palabra. Por supuesto que todo esto tiene algo de juego de espejos, y por tanto también algo de mentira: mi palabra, mi voz, se repite infinitamente en adelante mientras lateralmente se injerta en el texto de JD que se injerta en los textos de A... no dejando de diferir(se), se injerta en vuestros oídos entre quién sabe que textos o con que pretextos.

Desde elmomento que tengo relación con este texto, con esta palabra, es decir, desde el comienzo de la meditación, mi voz ha dejado de ser mi voz. Desde el momento que tengo una voz, no es mi voz; así pues, no tengo voz. Esta privación constituye mi relación con el texto, movimiento insoportable que me obliga a gritar, soplar, resoplar, respirar, que me hace vivir mientras intento no perder el tipo: una palabra, inspiro, otra palabra, expiro ...

(segundo gritoAA)

¿Habéis oído eso? Me pareció escuchar una voz entre mi voz, otra voz en mi voz, una queja o un lamento que se colaba en mi respiración, que me inspiraba a mí quitándome el aliento poseído. No, no habrá sido nada, un soplo quizás que cerró inesperadamente mi última palabra poniendo fin a la frase. Continuemos.

Lugar de paso, so pretexto de buscar una cita, con JD, quizás con AA, manteniendo el tipo como lo único que parece ir conmigo en el ir y venir de las palabras, salir a flote con la respiración agitada – sí, ese debo ser, ese que sigue, que vuelve tras mis palabras, esa voz que escucho entrecortada medio sumergida – no, desaparece de nuevo perdido, perdiéndose – debía de ser otro, JD o AA, quién sabe -.

Lugar de paso por tanto, que da paso, pérdida tras pérdida, pasar desquiciado, texto fuera de quicio, descentrado, algo esquizoide. Ir y venir, balanceo de lo que no se tiene a flote en el ser, intentando contar el tiempo que trascurre junto a su palabra esperando hallar en él la presencia buscada, ¡eso debe ser la escritura!

Esta continua pérdida de mi voz en vosotros, que me leéis/escucháis, otros, también yo mismo en tanto intento de hablar en nombre propio, exponer a JD que expone a AA, caída de mi voz, naufragio, clinamen de sonidos que se desangran hacia dentro dibujando presencias extrañas: soy una cosa que lee/escribe, pero ¿qué cosa?, una voz entrecortada que oigo mientras intento callar mi respiración, un instante casi para atraparme antes de desfallecer, de perder el aliento, el paso, la palabra. Fragmento de mí, por tanto, soplado, extraño, evidencia fugaz de la pérdida, de mi muerte en otro (en vosotros) que me roba y a la vez me restituye la palabra en un movimiento donde parezco ser el único inculpado, puesto bajo sospecha, en suspenso.

Esta caída infinita de mí que escucho tras la voz persiguiéndome perseguida, como conciencia de un nombre propio (ese debo ser yo), respiración jadeante de naufrago que me sostiene en el suicidio, que debe proceder de mi cuerpo bajo esta voz, mi cuerpo, algo que chorrea entre las palabras intentando todavía poner orden engañadas, por vosotros, que pensáis que hablo en mi nombre (“ese que lee/escribe”) y os distanciáis de mí, público entonces que escucha; pero también yo escucho, quienquiera que sea yo. ¿Qué estáis siendo sino esta voz/mi voz soplada, inserta en vuestro tiempo perdido, robo de una respiración que se cree hablar/pensar en nombre propio? Pienso, luego me piensan. Hablo, luego me soplan. Y si de algo puedo estar seguro detrás del soplo, bajo el robo infinito, es que soy un cuerpo, si es que de algo así se puede decir que es con propiedad. Hablar (leer), decir mi cuerpo (mi texto), no puede llevarse a cabo sino de forma impropia, bajo el nombre de otro (JD que habla de AA...). Cuerpo (texto) cuyo ser (sentido) resulta infinitamente postergado en la pérdida, en su caída en el tiempo detrás del que se sigue a la búsqueda. Fractura de sí (interior-exterior) que lo recorre, que es (en) ese mismo recorrerse, paso entonces.

Punto de paso, este texto no restituye sino la posibilidad de mí, de ser en vosotros, perdiéndome comprometido. Punto de paso, este cuerpo no resulta sino la posibilidad, o más bien la composibilidadde mí, que soy otro, infinitamente diferido, por-venir. Composibilidad de lo que es siendo otro, en un movimiento logrado sin resultar de una duda, evidencia de la locura (yo soy otro), loca evidencia de lo que se tiene en la muerte de uno mismo: resurrección ésta de la carne, del cuerpo ahora espiritualizado, cruce de intensidades que le asaltan, de apariciones que sólo están de paso. Cuerpo descentrado que define una imposible vuelta sobre uno mismo en la que me (SOS)tengo, desorganizado por definición: cuerpo sin órganos. Si el ser de mi cuerpo (si el sentido del texto) se encuentra ya fracturado incorporando la diferencia en sí mismo: el diferir de sí de manos de otro que no puedo dejar de ser, grieta, sonrisa vertical por la que nace a la locura de luz mi cuerpo en la gran carcajada de Dios, juego de dobles, de máscaras y monstruos; si esto es así, yo debo ser Dios, no como una parte de él participando de su ser, sino él mismo, única cosa capaz de soportar esta inmensa fractura por donde se derrama la pérdida de sí mismo sosteniendo su ser infinitamente diferido, nunca del todo pleno en cada una de sus determinaciones, sino postergando su presenciasostenido en otro que es.

(tercer gritoAA)

Pero hay alguien que se resiste a tanta porquería, ¿no lo oís tras mis palabras, incluso en vosotros mismos? Yo, que soy JD que es AA, en el momento en el que intento exponer lo que dice mi texto (el texto de JD sobre el texto de AA) reniego de Dios, no puedo soportar mi muerte, ese movimiento infinito caída de mi ser donde recupero el tiempo perdido en una composibilidadde lo infinitamente fracturado que me hace pedazos. Reniego de Dios, en el momento de intentar exponer mi cuerpo a vosotros (este es mi cuerpo) pierdo su evidencia para salvaguardarme engañado. Reniego de Dios, en el momento de deshacerme de todo esta porquería, de toda esta palabrería, para hablar en nombre propio. Reniego de Dios: Dios es mi ladrón, todo me falta. Dios me ha robado mi cuerpo (mi texto). Me vuelvo culpable entonces yo de mi existencia diferida: me (en)cargo de la palabra de JD que se (en)carga de la palabra de AA. Hablar de JD para hablar de AA, eso me hace culpable, me hace exponer mi cuerpo en público (vosotros) mientras me avergüenzo como de un secreto inconfesable que me lanza toda esta porquería de escritura que os lanza a vosotros mi palabra, luchando por mantener(me) limpio mi cuerpo (mi texto), defendiéndome de toda acusación: la de AA a mí, que soy Dios, que pretendo robarle su cuerpo (su texto, su palabra), la vuestra, que miráis extrañados mi cuerpo (mi texto que os leo) distinguiéndome, distanciándoos de mí –él es otro – (No, ¡creedme!, ¡soy igual a vosotros, he leído el texto de JD, de verdad!) Lucho en esta deriva, entre AA, JD y vosotros, deriva esquizoide que me rompe en mil pedazos, que me desgasta en el momento en que intento alcanzar un acuerdo, un veredicto, en el momento en que intento trazar un límite evidente sobre mi cuerpo, proyectando mi texto en la escucha, insinuado entre yo y yo, mintiéndome pretendido en unas palabras que expongo y me hieren por no ser mías: ¡oh perros de lo imposible!

Para salvaguardar mi nombre, yo, aliento truncado por la palabra, lucho con todo mi espíritu, desfallezco pues, como AA, confundido con JD. Leo un texto, expongo mi cuerpo en mi voz, vuelvo sobre mí: este otro, y recupero mi cuerpo poseído, encintado. En vísperas de la escisión: mi texto-mi voz, me solicita AA, sopla mi aliento con su grito brazo en lucha me desnuda, aparta los despojos de JD intentando hacerse oír entre tanta porquería, entre la escritura.

Lugar de paso, mi cuerpo, el de AA, se siente culpable cuando logra articular una palabra, cuando toma la palabra en su larga y meditada técnica textual con la pretensión de exponerla en público, limpia y clara, organizada, es decir, expropiada, soplada por otro (JD) que habla en mí nombre: yo soy tu Padre.

Lugar de paso, mi texto, al dictado de JD, es lo único evidente, huella de mi cuerpo, excrescencia orgánica: sale de mi mano y de mi voz, máquina (organismo) que me hace funcionar, exponerme al público bajo un nombre, que me aprieta como un fuelle en la angustia de saberme quebrado en mí, de perderme por la fractura que abre mi palabra mi voz, mi boca, reteniendo el aliento lo suficiente para encontrar en mi respiración el compás detrás la palabra, para no perder el tipo al menos, lo único que tengo y me sostiene, composibilidad de mí en la infinita caída en y por el otro, que me sopla el espíritu (el sentido) de lo que soy (digo). Como mi padre, estoy ya muerto; como mi madre, vivo todavía y envejezco, encintado en un movimiento que me violenta y me mantiene virgen al mismo tiempo: voz y aliento, texto y cuerpo, en una articulación (de lo) imposible que pretende ser expuesta, es decir, puesta en escena, sin perder pie, manteniendo el suspenso so pretexto de encontrar en este lugar de paso un afortunado encuentro (con JD con AA), oír: no escuchar, bajo la palabra la voz, bajo el texto la escritura, bajo el cuerpo la vida. 

 

Bibliografía

J. Derrida, "La palabra soplada", en La escritura y la diferencia, ed. Anthropos

A. Artaud, El teatro y su doble, ed. Edhasa

 
 
 

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