Num.20
 
 

Apuntes críticos sobre la economía
capitalista como principio trascendental a las sociedades históricas según
Juan Bautista Fuentes Ortega

Ernesto Quiroga Romero


 
 

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2.8. El incremento de la difusión de las formas de vida de unas culturas en otras a resultas de los contactos comerciales.

Al hilo del contacto entre sociedades distintas que el comercio neolítico mismo realimenta, cabe añadir que el simple hecho del contacto mutuo favorecerá la difusión de las formas de vida de unas sociedades en otras —apuntando así a reconstruir como sigue el difusionismo de Gordon Childe, por ejemplo, según su obra de 1968/1994 El nacimiento de las civilizaciones orientales—. La observación mutua de las distintas normas o formas objetivas de vida muy frecuentemente generará una fertilización cruzada por medio de procesos de copia de aquellas normas que se estimen como merecedoras de tal esfuerzo por su valor objetivo, para lo cual, por supuesto, se habrá de poder re-producirlas. Este proceso de difusión cultural por la vía de la observación e imitación de normas ajenas estará presente en todos los casos donde haya algún contacto entre sociedades distintas de todas las Edades, empezando por las hordas paleolíticas y terminando en los Imperios, pero el comienzo del comercio neolítico servirá para intensificar el conocimiento de los extraños y, en consecuencia, para el aumento de las posibilidades de imitación. A pesar de este proceso de contagio cultural siempre presente, la imitación no cerrará la puerta al comercio, ya que habrá muchos bienes que no puedan ser re-producidos en los propios territorios y que deberán entonces ser adquiridos mediante intercambios. Todo esto ocurrirá fundamentalmente en el eje de las técnicas o fuerzas productivas, aunque la imitación también podrá tener lugar en el eje de las relaciones sociales de producción, que por su naturaleza no será susceptible de intercambios de bienes, aunque si podrá motivarlos —ello no quiere decir que los procesos de observación e imitación de normas sociales no sean relevantes para generar cambios internos en las sociedades, antes bien, la percepción de otras alternativas de vida social distintas a las propias será una de las vías para la transformación de las sociedades en todo tiempo y lugar, muy especialmente en las sociedades históricas, en las que la imitación lo será también de las normas de otros sectores sociales de la misma sociedad, y mucho más aún con el progresivo desarrollo de los medios de comunicación en todas sus variedades—.

2.9. La refundición anamórfica irreversible de la red de intercambios comerciales: la formación de la Ciudad por la imposibilidad de prescindir del comercio para la recurrencia económica familiar.

Pues bien, el aumento continuo del comercio neolítico, así como de su alternativa siempre presente de la guerra de rapiña, que se deben, en suma, a las tendencias objetivas a asegurar, destensar y estabilizar las relaciones comerciales, sobre todo las inamistosas, a su vez motivadas y realimentadas por la tendencia no menos objetiva a ampliar la capacidad de comercio y de guerra para seguir mejorando objetivamente las propias condiciones de vida a partir de la observación de las condiciones ajenas, será el caldo de cultivo en cuyo interior acabará teniendo lugar la inflexión (anamórfica) de la economía exdecentaria comercial en economía propiamente capitalista, es decir, la transformación del comercio inseguro, tenso e inestable a una nueva escala ampliada, y con ello la inversión de las proporciones de las dos fases conjugadas propuestas por Marx. Y para entender esta anamorfosis del dinero en capital, y con él la aparición de la historia, es decisivo contar con la “refundición anamórfica irreversible” que Fuentes plantea una vez que ha tenido lugar la formación de las dos nuevas clases sociales que supone el capital —y que causa la alienación y la consiguiente lucha de clases—. Ahora bien, se habrá de considerar que dicha “refundición anamórfica irreversible” tendrá lugar primero en el seno de las relaciones comerciales amistosas entre los clanes de distintas sociedades neolíticas. Según mi hipótesis el proceso se configura como sigue: al inicio del comercio prehistórico las sociedades neolíticas excedentarias que comercien amistosamente entre sí serán bloques (etnológicos o) económicamente independientes, pues tendrán plena capacidad de recurrencia económica por sí mismos gracias a la propia concatenación estacionaria o invariante de todas sus operaciones socio-productivas intercaladas entre sí simétrica y asimétricamente. Esa lógica de independencia económica durará un cierto tiempo a pesar del aumento del volumen y de la diversidad de los intercambios, pero, según lo expuesto, la tendencia objetiva a la mejora en las condiciones de vida, así como las tendencias igualmente objetivas a asegurar, destensar y estabilizar la recurrencia vital, irán haciendo progresar cuantitativamente el comercio prehistórico hasta llegar a alcanzarse una situación crítica, o “refundición anamórfica irreversible”, en la que las sociedades de partida ya no podrán tener economías independientes. Según vayan incorporándose cruzadamente los bienes comprados (más o menos) amistosamente al propio sistema técnico de producción de cada parte comercial, esto es, a medida que se vayan mejorando y diversificando las técnicas productivas de los clanes familiares gracias al comercio amistoso, las distintas sociedades neolíticas excedentarias de partida irán entretejiendo sus economías cada vez más, hasta llegar al punto cualitativamente distinto de necesitarse indefectiblemente unas a otras como para poder recurrir económicamente, y llegando por tanto a hacerse imposible el retorno a la independencia etnológica anterior, libre de las relaciones de amistad —por lo demás, será esta imposibilidad (trascendental) de retorno a un pasado cualitativamente distinto al presente (que, por definición, se re-producirá una y otra vez en la historia), el detonante que dará lugar a todos los mitos y filosofías de la Antigüedad que de uno u otro modo versen sobre el “eterno retorno”; mitos y filosofías éstos que paradójicamente no dejarán de retornar nostálgicamente en muchas épocas históricas posteriores—.

El tejido de la nueva sociedad anamórficamente resultante será una red (morfosintáctica) de partes productivo-comerciales que comercien (más o menos) amistosa o simetrizadamente con otras partes productivo-comerciales, de forma que se configurará el siguiente esquema de interdependencias —a su vez intercaladas con las interdependencias entre cuñados—: cada primera parte dependerá para su recurrencia económica no sólo de las segundas partes con las que comercie (más o menos) simetrizadamente, sino a su vez de todas aquellas otras terceras partes que comercien (de nuevo, más o menos) simetrizadamente con esas segundas partes, por cuanto que sin esas terceras partes las segundas no podrían recurrir económicamente y en esa medida las primeras tampoco. Dicho de otro modo: en la nueva sociedad refundida anamórficamente, cada par de simetrizaciones amistosas entre propietarios dependerá transitivamente de otras múltiples simetrizaciones entre otros propietarios vecinos para su establecimiento, pues la nueva sociedad resultante será un tejido amistoso-vecinal de simetrizaciones intercaladas entre sí que se trasitivizarán o se sostendrán unas a otras. En definitiva, el comercio amistoso irreversiblemente interdependiente supondrá la materialización de una sociedad estructurada según la forma lógica de las relaciones sociales de producción de la amistad y de la vecindad, esto es, según la forma de las relaciones de intercambio de productos equivalentes, o con tendencia a la simetrización entre los propietarios de los distintos productos —lo que a su vez implica que el resto de partes subordinadas familiarmente a cada propietario dependerá asimismo para su recurrencia económica, bien que asimétricamente a través de éste, de ese tejido amistoso-comercial transitivo entre todos los propietarios—.

No obstante la interdependencia de la totalidad social, los diversos clanes que formen la red de amigos y vecinos tendrán distinto grado de dependencia de los demás clanes y distinto grado y tipo de fuerza económico-militar, pues la reciprocidad mantendrá las diferencias de riqueza o fuerza a pesar de la regla de la equidad —los clanes más pobres recibirán un trato equitativo respecto de lo que puedan dar, pero no más—, de manera que la red de clanes amigos se jerarquizará según el grado de riqueza y la importancia objetiva de cada clan para el sostenimiento de la red de todos ellos. Y esta estructura jerárquica de clanes amistosamente interdependientes en distinto grado será la base de las “comunidades de status” propias de las primeras sociedades históricas (antiguas y medias) hasta su transformación en las “sociedades de contrato” (modernas y postmodernas), en las que la economía estará dominada casi completamente por la forma del intercambio mercantil en detrimento de la reciprocidad familiar y amistosa (y de la redistribución centralizada a cargo del Estado). En efecto, la famosa distinción de Toennies —a su vez basada en el trabajo de Maine— entre “comunidad” (Gemeinschaft) y “sociedad” (Gesellschaft), referidas, respectivamente, a las relaciones sociales de “status” y de “contrato”, a la que Marx, Weber o Polanyi (entre otros) dieran tanta importancia histórico-económica, alude a dos tipos fundamentales de estructuras morfosintácticas socio-productivas. En el caso de las comunidades de status, además, por supuesto, de los lazos familiares, que no desaparecen, la morfosintaxis social fundamental será una red jerarquizada de familias entrelazadas simétrico-transitivamente por medio de relaciones de amistad en la que habrá una fuerza económica desigual entre las familias amigas, es decir, que unas tendrán más status que otras en cuanto que serán más importantes para el sostenimiento del círculo social por el volumen y variedad de sus intercambios (más o menos) simetrizantes —la importancia de la familia en estas comunidades de status es tal, que muchos autores no las disciernen claramente de las sociedades neolíticas subsistenciales, cuyas relaciones sociales de producción características serán desde luego las relaciones de parentesco, pero no las relaciones jerarquizadas de amistad—. Como veremos después, el status no sólo se dará en función del grado de importancia entre los propietarios amigos y vecinos, sino también respecto de las diferencias entre las clases sociales de los propietarios y de los productores, así como de los gobernantes y los trabajadores del Estado. En todo caso, todas estas relaciones de status entre posiciones sociales entretejidas tendrán la característica común de ser relaciones entre las familias, de forma que un determinado individuo tendrá mayor o menor status social según el que tenga su familia y según su posición dentro de ésta. En contraposición, en las sociedades de contrato la mayoría de las relaciones sociales de producción, salvo acaso las familiares, tenderán a ser intercambios mercantiles puntuales sometidos enteramente a la ley de la oferta y de la demanda de un mercado libre, con la consiguiente mercantilización de las relaciones sociales que en las sociedades de status tenían contenidas sus asimetrizaciones internas por la regla de la reciprocidad amistosa y por la redistribución centralizada ejercida por el Estado también según criterios de equidad —según veremos más tarde—.

2.10. La inflexión anamórfica del comercio precapitalista neolítico en comercio capitalista urbano: el inicio de las relaciones sociales de producción basadas en la plusvalía laboral a fin de asegurar, destensar, estabilizar y mejorar la recurrencia económica de la familia propia.

La estructura de interdependencias simétrico-transitivas jerarquizadas que se deriva de las relaciones recíprocas entre clanes amigos productivamente diversificados será una forma socio-productiva nueva, desde la que no habrá retorno a la independencia económica anterior, en cuyo interior habrá un margen de inseguridad, tensión e inestabilidad debido a las siguientes razones fundamentales: la primera, porque, a pesar de que dentro del círculo social primará la regla de la reciprocidad amistoso-vecinal, y por ende las asimetrizaciones estarán contenidas en un alto grado, éstas no estarán totalmente ausentes, pues las alianzas amistosas podrán deteriorarse o cancelarse al no ser relaciones tan estables como las alianzas familiares, así como a partir de ahora se abrirá paso el fenómeno nuevo de la delincuencia, esto es, el uso de la fuerza hacia dentro de la propia sociedad en beneficio propio —si bien es cierto que la delincuencia será incomparablemente menor en las sociedades de status que en las sociedades de contrato—. La segunda, porque los distintos clanes tendrán un grado de fuerza económico-militar desigual y, por lo tanto, cada uno de ellos podrá establecer un mayor o menor volumen de intercambios internos y externos en consonancia con su grado de fuerza, lo que es especialmente importante en el caso del comercio exterior y de la guerra, puesto que ambos serán la vía para que los clanes prosperen y entonces puedan empezar a prescindir de las alianzas internas más inconvenientes, pudiendo quedar así progresivamente aislados y disminuidos en su status los clanes más débiles y dependientes de los fuertes. Junto a todo ello, en tercer lugar, la inseguridad, tensión e inestabilidad también provendrán del exterior del propio círculo social, pues fuera de éste habrá otras sociedades con las que habrá una relación de fuerzas económico-militares sin la restricción interna propia del tabú del aprovechamiento del otro, con el riesgo de derrota y de expropiación que eso supone. En suma, cada clan estará expuesto tanto a las posibles variaciones de las alianzas y jerarquías amistoso-comerciales internas a su círculo social, como a la buena o mala marcha de sus relaciones y las de sus paisanos con las sociedades externas próximas, siendo por todo ello que cada clan familiar como sistema socio-productivo comercial autónomo tendrá que intentar fortalecerse para asegurar, destensar y estabilizar su propia recurrencia económica, o sea, para ganar status y ser menos dependiente. Y aún cuando la recurrencia económica estuviera bien asentada, sin duda que el factor de la tendencia a la mejora en las condiciones objetivas de vida de cada clan social estará siempre presente, motivando sus acciones aún más que el factor anterior, sobre todo en los casos donde la estabilidad solidaria del círculo de clanes amigos sea alta y donde su fortaleza frente a las sociedades del entorno sea también elevada, favoreciéndose así la expansión. En definitiva, ante la nueva situación de interdependencia amistosa entre fuerzas económicas internas desiguales, con su correspondiente grado, aunque de entrada sea pequeño, de inseguridad, tensión e inestabilidad internas, y ante la relación con otras fuerzas económico-militares externas que en algún momento pudieran ser superiores, así como ante la imparable tendencia a la mejora de las condiciones objetivas de vida, la dirección objetiva que tomará cada parte del nuevo metabolismo económico conjunto que se está formando por el entretejimiento amistoso-comercial de todos los clanes familiares será convertirse, si puede, en parte privada capitalista como para poder crecer hacia afuera, es decir, comprar mano de obra y medios de producción para expandirse, o, en definitiva, expandirse mediante el “comprar para vender”. Esa expansión, por tanto, será resultado de que todas y cada una de las partes participantes en el círculo económico, tanto las beneficiadas como las perjudicadas en las posibles asimetrizaciones escondidas detrás de las presuntas simetrizaciones comerciales, sobre todo las externas, aunque también las posibles internas, dispondrán únicamente de un medio para intentar asegurar, destensar, estabilizar y mejorar significativamente su recurrencia económica: invertir recurrentemente las ganancias (en lugar de consumirlas) tanto en aumentar (cuantitativamente) la producción, como en mejorarla y/o diversificarla (cualitativamente) a fin de lograr una fuerza económico-militar comparativamente superior a las otras partes sociales internas y externas y así poder dominarlas recurrentemente en lugar de llegar a ser dominada por ellas. O dicho de otra manera, la condición general objetivamente inexcusable de recurrencia y de mejora económica será revertir las asimetrizaciones perjudiciales y lograr asimetrizaciones beneficiosas a costa de la propagación recurrente de nuevas asimetrizaciones perjudiciales a otras partes, principalmente las externas, es decir, desplazando y ampliando la inseguridad, tensión e inestabilidad económico-militares.

En ese proceso, los clanes amigos lo serán hacia el interior en virtud del tabú del aprovechamiento del otro, pero también podrán serlo en cuanto a su expansión exterior, es decir, cada clan que pueda hacerlo iniciará expediciones comerciales o militares en beneficio propio, para lo cual podrá aliarse temporal o circunstancialmente con otro u otros clanes, pero no necesariamente con todos los demás, que a su vez podrán tomar también sus propias iniciativas expansionistas y de alianzas para ese fin, de forma que se establecerá una competencia mutua entre los clanes de un mismo círculo social por aprovechar en beneficio propio las mejores opciones de expansión exterior —de hecho, el mismo Marx, refiriéndose al capital moderno una vez formado, afirma que la expansión de la plusvalía está relacionada genéticamente con la competencia entre los propietarios: “El capital, pues, sólo piensa en la formación de plusvalía, sin preocuparse de la salud ni de la vida del trabajador. Es verdad que, considerando las cosas en conjunto, esto no depende tampoco de la mala o buena voluntad del capitalista como individuo. La competencia anula las voluntades individuales y somete a los capitalistas a las leyes imperiosas de la producción capitalista” (El Capital, 1867-1884/1976, Sección III: Producción de la plusvalía absoluta, Capítulo X: La jornada de trabajo, Epígrafe I: Límites de la jornada de trabajo)—. Así, pues, desde el inicio mismo de la formación de las Ciudades los propietarios se apoyarán igualitaria o amistosamente unos a otros, es decir, se podrán aliar, pero esos apoyos igualitarios mutuos no serán ni mucho menos meros actos voluntaristas, sino que tendrán la doble utilidad objetiva de, primero, apoyarse establemente en el interior del nuevo círculo social, y, segundo, apoyarse coyunturalmente en la explotación militar, comercial o laboral de terceros exteriores frente a otras alianzas interiores competidoras en el mismo fin, y ello bien para la reversión de otras asimetrizaciones perjudiciales, bien para el mantenimiento o la inauguración de nuevas asimetrizaciones beneficiosas —en este sentido, el “miedo a la soledad” que caracteriza a la responsabilidad ineludible de “tomar decisiones” en el ejercicio de la autonomía personal en la convivencia de las sociedades históricas, ha de ser reconstruido como el temor que infunde esa “toma de decisiones” por el riesgo cierto de quedarse fuera de todas las alianzas, de amistad primero y de contrato después, en la medida misma en que éstas son imprescindibles para recurrir económicamente en la lucha competitiva propia de estas sociedades—. Será, en resolución, por alcanzarse ese punto de imposibilidad de prescindir del comercio exterior, o de la guerra de rapiña, como para poder recurrir y mejorar económicamente en el seno de las interdependencias amistoso-comerciales por lo que acabará teniendo lugar la inversión en las proporciones de las dos fases conjugadas de Marx; es decir, que la dirección objetiva que tomará la interdependencia global insegura, tensa e inestable será que la actividad económica de cada parte comercial dejará de estar controlada por la lógica del consumo directo —“vender para comprar”— y se verá obligada a la expansión o acumulación del capital mediante la plusvalía laboral —“comprar, mano de obra y medios de producción, para vender”—.

Pero a fin de explicar cómo se produce la inflexión anamórfica del dinero en capital y la aparición de las nuevas relaciones sociales de producción que éste conlleva, se ha de retomar todavía la segunda de las hipótesis que Fuentes proponía (a partir de la Teoría de la Ciudad de Bueno, Hidalgo e Iglesias) para entender la formación de la segunda fase de Marx “comprar para vender”, pero de tal forma que ahora la compra de la mano de obra de esta hipótesis la veamos insertada en las relaciones comerciales y militares que se establecen entre las familias procedentes de distintas sociedades neolíticas. En efecto, según expuse anteriormente, el comercio prehistórico tenía lugar al inicio del proceso por medio de la incorporación por la vía del parentesco de mano de obra procedente de la misma sociedad neolítica excedentaria, para lo cual bastaba con que hubiera una posesión diferencial de partida en la riqueza natural entre las dos partes a emparentarse. Sin embargo, el determinante de la incorporación de la mano de obra no emparentada será la desigualdad en la riqueza elaborada. En el caso del comercio, su propia dinámica regulada por la fuerza desigual dará lugar poco a poco a desigualdades en las riquezas de las familias de las distintas sociedades excedentarias que se vayan relacionando, pero se tratará ya de una desigualdad en sus riquezas elaboradas por cuanto que éstas serán fruto de la transformación diferencial de los diversos sistemas técnico-productivos de procedencia por el efecto del comercio en ellos. Y como las partes que comercien serán ante todo los clanes o sistemas socio-productivo-comerciales familiares, las desigualdades en la riqueza elaborada que se irán abriendo entre ellos generarán toda una serie de familias estratificadas según el tipo y la cantidad de su riqueza elaborada. En ese contexto, habrá familias comparativamente más débiles en sus capacidades productivo-comerciales a las que les resultará una mejora económica el pasar a ser fuerza de trabajo, con lo que será ahora cuando las familias más ricas de una determinada sociedad de partida podrán poner a trabajar para ellas a las familias más pobres o económicamente débiles de otras sociedades co-presentes comercialmente; e incluso de su misma sociedad, aunque esto será mucho menos probable, porque al ser las mismas sus técnicas productivas de partida (para cada producto) sólo se diferenciarán por el efecto del comercio en ellas, lo cual limitará las posibilidades de un diferencial de producción de riqueza elaborada lo suficientemente grande como para que una de las familias pase a ser mano de obra de la otra —en todo caso, si esto ocurriera, sería ya fuera de la vía del parentesco, pues de lo contrario se estaría todavía en la lógica de la fase anterior, que no desaparece puesto que el parentesco sigue existiendo—. Con ello, ambas partes sociales conseguirán una mejora económica, ya que la parte incorporadora de la mano de obra expandirá su fuerza económica mediante la plusvalía laboral, mientras que los nuevos productores, aun en el caso de que no mejoraran sus condiciones de consumo o de producción, por lo menos disfrutarán de una mayor seguridad en su recurrencia económica gracias a la mayor fuerza socio-productiva de aquéllos para los que ahora trabajen, hasta el punto de que la nueva relación que se establezca será entre protectores fuertes y protegidos débiles. En el caso de la guerra, el uso de la fuerza militar con terceros pueblos podrá servir para forzar la esclavitud de los vencidos, que a diferencia del caso anterior ya no será entonces una incorporación voluntaria a la servidumbre, aunque esto sólo será posible cuando exista un diferencial de fuerza económico-militar lo suficientemente grande como para que una de las partes pueda destruir o dominar hasta tal extremo a la otra. Y todavía hay otra posibilidad de incorporación de mano de obra, que no será menos importante: las propias relaciones de reciprocidad amistosa darán lugar a que una de las partes amigas pase a trabajar, temporal o permanentemente, para la otra parte amiga, pues en el contexto de la alianza amistosa, mucho antes del surgimiento del capital financiero, los propietarios, exactamente como decía Fuentes, se prestarán alternativamente dinero cuando lo haya, y si no, bienes, o ayuda en general a crédito en el cumplimiento del compromiso de la devolución de lo prestado, y ello en muchas ocasiones a fin de que el amigo receptor del dinero pueda iniciar una expedición que le permita mejorar su fuerza comercial o militar y así explotar a terceros del exterior, pero cuando la deuda contraída no se pueda devolver, muy frecuentemente por el fracaso de la propia empresa levantada en virtud del préstamo, entonces la parte deudora habrá de pagar su deuda trabajando para la parte acreedora. Así, el deudor que trabaje para otro no estará trabajando para sí mismo, dejando, por tanto, de producir para sí y perdiendo entonces fuerza económica, a la vez que su trabajo servirá para enriquecer al acreedor, ya que éste podrá aumentar el volumen de su riqueza mediante las correspondientes plusvalías laborales, pues a pesar del tabú del aprovechamiento del otro se verá de justicia el recibir trabajo como pago de una deuda antes de que ésta quede impagada, aunque sin duda que como efecto de este tabú el grado de explotación o asimetrización de este tipo de mano de obra será inferior al de los esclavos y al de los siervos.

2.11. La necesaria conjugación entre la plusvalía laboral y la plusvalía comercial o militar: el doble vector de resimetrización asimetrizante de asimetrizaciones previas.

Precisamente en relación con las plusvalías laborales, la siguiente tesis que voy a introducir es que éstas sólo podrán provenir del doble aprovechamiento conjugado de dos tipos de sujetos, los trabajadores y los compradores, lo que a su vez ocurrirá plenamente cuando unos y otros sean extraños ajenos al propio círculo social. De entrada, hay que entender que la propia estructura de la plusvalía, en cuanto margen de beneficio obtenido con el diferencial entre el precio del coste de fabricación de la mercancía (su valor de cambio mínimo) y su precio final de venta, necesitará de una doble asimetrización perjudicial, o doble explotación, de la que se beneficiará asimétricamente el propietario gracias a su posición de doble predominio económico sobre el trabajador y sobre el comprador: la asimetrización negativa consabida que supondrá el retribuir al productor con un valor menor que el que se logrará con la venta, y la asimetrización asimismo negativa que se le generará al comprador al venderle una mercancía a un precio superior al de su coste total de producción. El comerciante capitalista se podrá beneficiar de la plusvalía, por tanto, nada más que por la existencia sine qua non de esa doble explotación o asimetrización negativa —si la mercancía no se vendiera no habría plusvalía alguna, así como tampoco si no se fabricara—, de forma que a la hora de ampliarla para ganar fuerza económica, podrá hacerlo bien por la vía de aumentar el precio de venta, o bien por la vía de disminuir la retribución de la mano de obra (e incluso por ambas vías a la vez) —así como también por la reducción del coste de los medios de producción empleados—. Contando con esto, la siguiente cuestión es que el inicio de este diferencial por el que se define la plusvalía laboral tan sólo será factible mediante la no aplicación del principio fraternal de la reciprocidad equitativa, así como de su consustancial tabú del aprovechamiento del otro, ni al trabajador, a quien se le dará menos de lo que produzca, ni al comprador, al que se le pedirá más de lo que se le dé, lo que será posible exclusivamente cuando tanto el uno como el otro sean sujetos de fuera del propio círculo social —salvo en el caso minoritario de las deudas impagadas y de los mercados interiores, cuando después ya los haya—. Y, entonces, de aquí se deduce que sólo se podrá proceder al cálculo de los costes de su retribución cuando los trabajadores sean de procedencia externa, así como sólo en esa situación se podrá proceder al cálculo del valor de cambio mínimo de la mercancía y de sus posibles plusvalías, puesto que en el caso de la mano de obra intrafamiliar la retribución, sin perjuicio, como ya he explicado anteriormente, de ser menor que su producción, se atendrá a lo establecido en las costumbres comunes a toda la sociedad —a las que seguramente se atendrá también el caso del trabajo derivado de las deudas impagadas—, así como no habrá disociación de la propiedad de la riqueza familiar, mientras que ahora se habrá de calcular la cuantía retributiva según la nueva situación abierta por estas nuevas relaciones sociales de producción propias del capital —situación ésta que acabará siendo regulada por el Estado—. En conclusión, la dirección objetiva que tomará la economía comercial neolítica hacia la economía histórica por la necesidad de aseguramiento, distensión, estabilización y mejora de la recurrencia económica de los propietarios, será la consolidación o incremento recurrente de su riqueza a costa de la generación recurrente de asimetrías también laborales y ya no sólo comerciales, quedando por ello perjudicados o explotados tanto los compradores (o consumidores), como ahora también los trabajadores —y de ambos, más el que más débilmente se oponga a ese proceso en cada coyuntura—. Además, este formato de la doble plusvalía laboral y comercial será especialmente importante en el caso de la guerra de rapiña, pues en muchas ocasiones será más rentable que el comercio, al que sólo se llegará, por lo general, allí donde haya una cierta igualdad de fuerzas militares. En el caso del uso de la fuerza de las armas, la mano de obra que se utilizará será, sencillamente, mano de obra que maneje armas, esto es, fuerza de combate mediante la cual se procederá a hacer expediciones expoliadoras cuyo objetivo no será otro que conseguir el mayor botín posible de aquellos pueblos a los que interese explotar militarmente —y no ya comercialmente—, de modo que las dobles plusvalías ya no serán propiamente laborales y comerciales, sino laborales y militares.

Así, pues, los albores del comercio capitalista y de la historia harán acto de presencia cuando la nueva mano de obra que se incorpore ya no esté emparentada, sino que se la retribuirá menos de lo que produzca sin posibilidad alguna de heredar la riqueza de quien la compre; es decir, cuando a las asimetrías análogas por proporción internas a cada sistema excedentario familiar estratificado, que no desaparecen, se sume la nueva diferencia de la propiedad de los medios de producción, que serán poseídos por las familias capitalistas y no por las familias productoras. En definitiva, la génesis de la plusvalía laboral será una derivación anamórfica a la baja de la propia morfosintaxis familiar, para auxilio de ésta, cuando se conserven (y eleven) sus desigualdades internas y a la vez desaparezca la propiedad común de los medios de producción, pues, como digo, el trabajador no heredará ya esa riqueza familiar, ni podrá ser el sucesor de la posición familiar dominante. Por tanto, el drama de la historia nacerá en el preciso momento en el que se conjuguen el vector de las asimetrizaciones comerciales y militares con el vector de las nuevas asimetrizaciones laborales a fin de ganar fuerza y de poder así prevalecer frente a las demás fuerzas económico militares interiores y exteriores. A partir de ese instante, el principio de constitución y re-constitución permanente o trascendental a la historia será la resimetrización de las asimetrizaciones comerciales o militares y laborales previamente dadas, con la consecuente reinversión del capital acumulado para generar nuevas asimetrizaciones comerciales o militares y laborales que posteriormente reinaugurarán el ciclo de resimetrizaciones asimetrizantes una y otra vez.

Y entonces, considerando ese origen inter-familiar del “comprar para vender” a partir de la diferencia entre las familias ricas que comercian o guerrean y las familias pobres que acaban siendo su fuerza de trabajo subordinada, se puede concluir que la diferencia anamórfica entre la economía neolítica excedentaria comercial y la economía capitalista histórica no residirá, como proponía Fuentes, en que aquélla se ajuste a la primera fase de Marx, “vender para comprar”, y ésta contenga a las dos por la adición de la segunda, “comprar para vender”, pues ambas fases se conjugarán desde el principio del comercio en cuanto que éste sólo se hace posible por la mano de obra intra-familiar, sino que la clave de la anamorfosis entre ambos tipos de economía estará en la imposibilidad de retorno a la independencia económica neolítica que tendrá lugar por el progresivo aumento cuantitativo del comercio prehistórico debido a que éste estará regulado ya por la inseguridad, tensión e inestabilidad propias de la primera modulación de la ley de la oferta y de la demanda, y a que estará impulsado por la tendencia a la mejora en las condiciones de vida. No obstante, sí tiene sentido todavía distinguir el predominio secuencial de cada una de estas dos fases sin perjuicio de su conjugación mutua, porque en el comercio neolítico, con la lógica de sociedad cerrada que tendrá detrás, predominará, en efecto, la fase “vender para comprar”, mientras que en el comercio histórico-capitalista, propio ya de la nueva sociedad abierta irreversiblemente interdependiente e interna y externamente enfrentada, predominará la fase “comprar para vender” —que en la fase anterior todavía era sólo proporcionalmente análoga con la genuina compra de la mano de obra que ahora tendrá lugar—.

Una vez dado ese contexto, el dinero, que para Fuentes es “el único término material del campo antropológico que puede soportar relaciones de simetría y luego de transitivización de simetrías”, supondrá no ya la aparición de las simetrías —que ya estarán dadas con anterioridad según el criterio de la distribución de la supervivencia en las sociedades subsistenciales—, sino, antes bien, la ampliación del campo de éstas, o sea, facilitará su proliferación por transitividad, pero de tal modo que los valores equivalentes que se intercambien mediante el dinero no representarán ningún valor absolutamente simétrico de las mercancías, ya que un tal valor absoluto nunca existirá, pues los precios de las productos serán vectores resultantes de un campo variable de múltiples fuerzas económico-militares opuestas en el que los costes de fabricación y los márgenes de beneficio procedentes de las plusvalías laborales y comerciales se unirán inextricablemente. En consecuencia, desde el inicio del comercio no podrá hablarse de los precios de las mercancías como valores de cambio simétricos, sino como puntos de cruce más o menos simetrizados o asimetrizados entre múltiples fuerzas opuestas más o menos equilibradas o desequilibradas. O lo que es lo mismo, en el contexto del comercio, y ante todo en el contexto de comercio capitalista, el dinero será un “relator de equivalizaciones”, o de equivalencias de segunda clase, en cuanto que soportará la ampliación por transitivización de las relaciones de simetrización y asimetrización.

2.12. La alienación en el régimen de producción capitalista: el inicio de la necesidad de expansión por el robo originario en las relaciones comerciales o militares entre los propietarios.

 Y desde luego que el predominio de esta segunda fase de “comprar para vender” implicará una lucha o un enfrentamiento entre los propietarios y los trabajadores, pues, como decía Fuentes, la “refundición anamórfica irreversible” entre ambas clases será la causa que de lugar a la alienación (o doble disociación irreversible) de la asimetría de la plusvalía laboral, pero, según la construcción que estoy apuntando, porque ésta se derivará a su vez necesariamente de la propia alienación (o doble disociación irreversible) que tendrá lugar en primer término en el comercio neolítico cuando éste quede “refundido anamórficamente de manera irreversible” en el comercio capitalista. Y, tal y como defiende Fuentes siguiendo a Marx, una vez dada la plusvalía extraída a la fuerza de trabajo explotada originalmente, dicha plusvalía no se deberá, a ningún robo, expoliación o expropiación originaria —salvo en el caso de la esclavitud forzada, que desde luego será muy poco importante al principio, puesto que necesitará de un diferencial muy amplio de fuerza económico-militar—, porque el valor que la fuerza de trabajo producirá ahora de más respecto de lo que tenía en su situación anterior se deberá ciertamente a los medios de producción más potentes que proporcione el propietario. Sin embargo, también de acuerdo con Fuentes, a pesar de no haber robo originario, sí habrá alienación en la asimetrización de la plusvalía laboral con posterioridad a su formación, y por tanto lucha de clases, porque, una vez originado el mercado capitalista histórico sin posibilidad de reversión, habrá una doble disociación: (i) de los medios de producción de partida, que se perderán, y (ii) de los de llegada, que serán del propietario. Ahora bien, para acabar de entender el carácter alienante o separador de esa doble disociación de los medios de producción, así como la consecuente lucha de clases que sin duda siempre estará presente en la historia —aunque las clases también estarán internamente enfrentadas—, habrá que considerar un tercer tipo de alienación que se deberá a que la fuerza de trabajo será una mercancía que se encontrará sometida, al igual que aquellas otras mercancías que los trabajadores elaboren para los propietarios, a la dinámica insegura, tensa e inestable de continua sucesión de coyunturas sin retorno en la que consistirá el mercado capitalista, si bien en el caso de la sociedad de status este proceso de mercantilización estará muy contenido. En semejante situación, al igual que le ocurrirá a los propietarios en sus negocios, debido a la menor fuerza económica por comparación con las otras partes del mercado, en un momento dado los productores podrán verse obligados a perder o ceder una parte del valor que su fuerza de trabajo tenía previamente. En ese preciso instante sí que se estará ya en presencia de una alienación o separación de un bien o valor materializado previamente poseído, es decir, de una enajenación, expoliación, robo o asimetrización, si bien no originarios, pues los trabajadores verán incrementada la asimetrización negativa en la que ya se encontraban por medio de la imposición de la mayor fuerza económica de los propietarios, exactamente igual que éstos lucharán por imponer su fuerza a otros propietarios. En general, todo productor estará sometido, cuanto menos, a un riesgo muy elevado de ensanchamiento en la asimetrización negativa de su posición laboral, es decir, a un riesgo de merma del valor previamente poseído de su fuerza de trabajo, pues, como es bien sabido, el productor se caracterizará por una debilidad económica inherente a su clase consistente en que sólo contará con dicha fuerza de trabajo para recurrir económicamente, es decir, no tendrá capital que invertir para hacerse más fuerte acumulando más capital. Y, sin duda, será precisamente esa debilidad económica la clave que aprovecharán los propietarios para intentar ensanchar la asimetrización que mantendrán con los productores por la vía de la menor retribución de su trabajo, o por el incremento de su intensidad (o productividad) —o incluso mediante su reemplazamiento por mano de obra más barata o por nuevos medios de producción susceptibles de realizar las mismas tareas, y de ahí, por lo demás, la importancia del “paro estructural” y de la investigación en nuevos medios de producción que sustituyan rentablemente a la mano de obra, tal y como ya Marx nos mostrara—. Y, del mismo modo, habrá un cuarto tipo muy conocido de alienación del propietario hacia el productor, que residirá en que las condiciones laborales podrán restar valores al trabajador que antes éste tenía —por ejemplo, en la cita anterior, el propio Marx hablaba de la falta de preocupación de los propietarios por “la salud y la vida del trabajador”—, e incluso esas condiciones laborales perjudiciales podrían empeorar sucesivamente si la correlación de fuerzas así lo permitiera. Sin embargo, esta separación de valores previamente poseídos también tendrá lugar en el caso de los compradores, que sin duda alguna podrán sufrir perjuicios como resultado de sus consumos sin que los vendedores se preocupen de ello, salvo en el caso de que semejante alienación empezase a perjudicar sus ventas —por lo demás, otra de las diversas formas de alienación será la ideológica, tan destacada por Marx, y de la que hablaré en el apartado tercero—.

En definitiva, la disminución de la inseguridad, tensión e inestabilidad laborales, junto a la aspiración a la mejora objetiva de las condiciones de vida a la que anteriormente me refería, serán los fundamentos de la postura reivindicativa de la “redistribución de la riqueza” de la clase obrera en la “lucha de clases”; mientras que la disminución de la inseguridad, tensión e inestabilidad comerciales y militares, y asimismo la aspiración a la mejora de sus condiciones de vida en su correspondiente nivel, serán a su vez las bases de la postura conservadora y ampliadora de la explotación obrera de la clase propietaria en el tira y afloja constante por el aumento o la disminución de la plusvalía laboral.

Ahora bien, no obstante lo dicho sobre la aparición de la plusvalía laboral sin expoliación o robo originarios, otra cosa muy distinta cabe decir de las asimetrizaciones comerciales y militares entre los propietarios de las que procederá la propia plusvalía laboral: en ellas, las asimetrizaciones se impondrán desde el principio por la mayor fuerza económico-militar en el seno de la guerra o de el comercio tenso e inestable, con lo que la parte social que haya de ceder valor de cambio en un acuerdo comercial que encubra una asimetrización, o en una guerra, sí que estará perdiendo objetivamente un valor que ya tenía. Precisamente por ello, el enfrentamiento económico-militar entre los propietarios de las mercaderías primero, y entre los propietarios del capital después, será siempre un enfrentamiento que supondrá un desplazamiento impuesto de la propiedad del valor, razón por la cual, junto a la sempiterna aspiración a mejorar el nivel de vida a partir de la percepción de la propia miseria objetiva por medio de la comparación social, todos ellos intentarán fortalecerse mediante la expansión de las asimetrizaciones laborales, comerciales y militares, pues de lo contrario correrían el riesgo de verse arruinados o expropiados y reducidos a la condición de meros productores, o incluso de morir.

2.13. Los sistemas productivos superfamiliares propios de las sociedades de status: el caso de las relaciones sociales de producción en los talleres artesanales.

Pues bien, a resultas del “comprar para vender” inicial, la nueva estructura socio-productivo-comercial super-familiar que será la subordinación de unas familias más pobres, las productoras, a otras familias más ricas, las capitalistas, que podrá tener múltiples estratificaciones dependiendo del tipo y del volumen de las tareas realizadas, adoptará durante muchos siglos el formato del gran sistema socio-productivo-comercial super-familiar que precisamente serán las haciendas, las casas campesinas, las glebas o los señoríos, con sus correspondientes relaciones conjugadas de la producción capitalista pre-moderna de dueño-siervo, amo-esclavo, patrón-cliente, señor-vasallo, etc. Ahora bien, la organización morfosintáctica interna de esos grandes sistemas productivos super-familiares será a su vez cuasi-neolítica, por cuanto que si bien las relaciones sociales entre el conjunto de las diversas familias estratificadamente subordinadas y la familia propietaria serán ya de tipo capitalista, estas nuevas relaciones capitalistas se constituirán como una extensión de las relaciones familiares neolíticas de las que provienen y a las que ahora servirán subordinadamente, razón por la cual retendrán la característica central de las relaciones familiares neolíticas: su estabilidad estratificada. En efecto, de la inserción interdependiente de la fuerza de trabajo comprada entre las relaciones familiares previamente dadas, a su vez insertadas en las actividades imprescindibles de la agricultura y la ganadería, tan rigurosamente determinadas por los ciclos estacionales, se derivará el que las nuevas relaciones capitalistas asimetrizadamente conjugadas sean (casi) tan vitaliciamente estables como las propias relaciones de interdependencia familiar ligadas originalmente a la muy estable economía agrícolo-ganadera. Ésa será la razón, por cierto, de que en las nuevas relaciones capitalistas diádicas de servidumbre clientelar predominen valores sociales relativos a sus mutuas obligaciones estable o indefinidamente asimetrizadas, tales como la lealtad, la fidelidad, la dignidad o el honor, los cuales, junto con el valor de la equidad propio de la amistad, y también junto con los valores de la familia, conformarán los comportamientos típicamente estimados de valía en las comunidades de status, procediendo genéticamente todos estos valores de las formas de vida familiar del Neolítico, incluido el tabú del aprovechamiento del otro en beneficio de uno mismo.

Y por lo que toca al ejercicio del poder, en el caso de las relaciones sociales neolíticas, la interdependencia económica sin alternativa de reorganización entre todas las posiciones sociales hace que la posición jerárquicamente dominante no pueda prescindir en absoluto del resto de las partes sociales; sin embargo, a la escala de la producción capitalista, el señor se caracterizará precisamente por ser un poder (económicamente) separado respecto de las otras familias subordinadas en la medida en que mantendrá con todas ellas una relación, sin duda, de dependencia económica recíproca, pero basada en la fuerza económica desigual, lo que, virtual o potencialmente al menos, llegado el caso, le permitiría prescindir de las partes subordinadas asimetrizadamente y sustituirlas por otras. Asimismo, será en virtud de esa misma plusvalía común proporcionalmente análoga a la familia en su estabilidad, por lo que las relaciones sociales de interdependencia jerárquica estable entre las propias familias subordinadas serán igualmente cuasi-neolíticas, pues entre ellas mismas no mantendrán relaciones de verdadera asimetrización —el beneficio de la plusvalía global le corresponderá siempre al amo—, sino que mantendrán relaciones inter-familiares de interdependencia estable derivadas de su subordinación común a un mismo señor —estas familias serán, en efecto, familias comunes—. También por ello, será ahora el señor, y sólo el señor, es decir, el capital(ista) o cabeza (del cuerpo) de la familia propietaria, la instancia asimetrizante (o asimétrica de segunda clase) de reajuste o de transitivización por analogía proporcional proporcional respecto de las genuinas transitivizaciones entre iguales de todas las relaciones cuasi-familiares que mantengan entre sí las familias subordinadas, pues podrán surgir conflictos entre sus posiciones asimetrizadas respectivas. Ahora bien, la institución del señor capitalista como poder separado de todas las familias asimetrizadamente subordinadas a las que por tanto podrá reajustar, habrá igualmente de ser vista como una transformación de las propias relaciones (de producción) de parentesco de las sociedades neolíticas, que estaban jerárquicamente estratificadas en cada familia y en las que había una posición social dominante (el padre, el patriarca, el más anciano, etc.) cuyas decisiones obligaban al resto de las posiciones sociales familiares. Por tanto, estas operaciones de reajuste o de transitivización proporcionalmente análogas a las verdaderas transitividades serán, al igual que la plusvalía capitalista, de nuevo genéticamente provenientes de las propias relaciones familiares, y, por ello, guardarán una analogía proporcional respecto de éstas, pues será el señor, y sólo el señor, al igual que el cabeza de familia, quien tendrá el poder de obligar consistente en un poder separado en cuanto que situado por encima de todas las demás partes subordinadas de su sistema productivo-comercial, aunque en este caso será ya un poder capitalista. En contraposición, ese mismo señor, fuera de su propio sistema superfamiliar, en cuanto que contará con plena capacidad de negociación amistosa y comercial precisamente por tenerlo, será la persona que sí podrá mantener relaciones genuinamente personales, de igualdad, de equivalencia o de simetrización con los capitalistas o cabezas de las otras familias propietarias con las que tenga tratos, y con ello, llegado el caso, podrá establecer transitivizaciones genuinamente personales o igualitarias entre otros propietarios.

En este contexto de múltiples sistemas de producción superfamiliares en relación amistoso-comercial entrecruzada, los talleres artesanales (sean fijos o ambulantes) tendrán frecuentemente unas relaciones sociales distintas. En muchas ocasiones los artesanos serán simplemente siervos o esclavos, ya de grandes señores, ya del Estado, pero cuando algún hombre libre artesano disponga de un taller no tendrá, en principio, un gran poder económico al no disponer de tierras —que en la antigüedad será la riqueza principal—. Dada esa modestia suya, al menos inicialmente el artesano propietario tendrá más difícil que los otros propietarios más ricos el tomar a su servicio siervos estables, con lo que la relación maestro-aprendiz, o maestro-obrero, tenderá a basarse mucho más en la remuneración a jornal o a destajo de la labor realizada por los aprendices u obreros. Por su parte, éstos tendrán que ser asimismo libres para negociar la venta de su fuerza de trabajo a los artesanos, esto es, los aprendices u obreros no estarán al servicio estable de ningún señor, careciendo entonces de la ventaja del aseguramiento de la recurrencia económica que dicho servicio conlleva, de manera que inicialmente serán una clase social baja, por débil, a pesar de su libertad, tanto que en muchas ocasiones esa posición social tan humilde la ocuparán los libertos, metecos o similares. En consecuencia con lo expuesto, los talleres artesanales serán el foco de inicio de las relaciones sociales de contrato, caracterizadas por ser temporales y abiertas al regateo, y en ello residirá precisamente su gran diferencia con las relaciones de servidumbre que ofrezcan los propietarios de las tierras. Y asimismo, precisamente por pertenecer a esas clases bajas, los artesanos y sus trabajadores serán quienes inauguren el formato del intercambio comercial en un mercado institucionalizado como tal y libremente autorregulador de los precios, o sea, sin la barrera de la regla de la equidad y sin intervenciones estatales. En efecto, según Polanyi, los primeros mercados interiores de las sociedades históricas antiguas habrían sido propios de clases sociales bajas, incluidos los pequeños agricultores, ganaderos y granjeros, pues, en virtud del tabú de la ganancia individual, habría estado “mal visto”, o visto como indigno de un señor, el aprovecharse de los otros conciudadanos —mediante la libre imposición de la fuerza económica en el juego inseguro, tenso e inestable de la ley de la oferta y de la demanda—. En concreto, según cuenta este autor, los primeros mercados interiores habrían sido característicos de las sociedades históricas occidentales —ejemplarmente, Grecia, y después Roma—, a diferencia de las orientales, en las que toda la circulación interna de los productos habría estado controlada por la labor redistributiva del Estado o atenida a las relaciones de amistad.


2.14. El clasismo en las relaciones de parentesco de la nueva sociedad urbana: el problema de la nueva identidad social común a pesar de la estratificación en clases sociales.

Volviendo a la génesis de la Ciudad que se forma según la segunda hipótesis de Fuentes, en este nuevo espacio de relaciones entre múltiples familias propietarias y productoras se seguirán manteniendo las relaciones estratificadas de parentesco de las que proviene genéticamente la plusvalía laboral como instrumento de sostenimiento y de mejora de las propias familias en la inseguridad, tensión e inestabilidad del comercio y la guerra neolíticos. Pero como quiera que la Ciudad se forma por la convergencia de múltiples sociedades neolíticas previas, cada una con sus peculiares normas de unión familiar, y como quiera también que dichas sociedades quedarán refundidas anamórficamente en un orden de socio-productivo nuevo, el de la urbe, donde las familias estarán inter-familiarmente jerarquizadas según su status o fuerza económica respectiva, se deduce que, a fin de mantener tales jerarquías inter-familiares, la formación de la Ciudad requerirá de la destrucción o transformación de las diversas normas familiares neolíticas anteriores y su reconstrucción o convergencia en unas nuevas normas de parentesco comunes a toda la Ciudad. Un resultado característico de semejante proceso de transformación de las relaciones sociales de producción del parentesco en el seno de la economía urbana serán las relaciones familiares clasistas u ordenadas según el status, es decir, la restricción del matrimonio a la propia clase social de pertenencia —por ejemplo, los amos no podrán casarse con los esclavos, sino sólo con otros amos, así como los esclavos sólo podrán casarse con otros esclavos—.

 Igualmente, otro resultado característico del proceso de formación de la Ciudad será la aparición de una nueva identidad social común al nuevo grupo urbano frente a los pueblos exteriores, es decir, de una nueva ideología relativa a la distinción entre “nosotros” y “ellos”. Pero esta nueva ideología urbana, a diferencia del caso de las tribus neolíticas, tendrá necesariamente que establecerse sobre la base de las diferencias sociales internas que implicarán las nuevas relaciones sociales de producción capitalistas internamente enfrentadas; o dicho de otro modo, habrá diversos sectores cualitativamente diferenciados dentro del “nosotros” según su status y sus intereses cruzados, configurándose así un “nosotros” con un grado de cohesión interna a la baja respecto de las sociedades neolíticas de procedencia —y de ahí se derivará la intrínseca necesidad de las “ideologías” en las sociedades históricas a fin de mantener en lo posible dicha cohesión social interna, de suyo siempre rebajada y problemática—.

2.15. La Ciudad, morfosintaxis del capital o espacio de resimetrización de asimetrizaciones comerciales, militares y laborales: esquema básico de los tipos de enfrentamientos y alianzas entre las partes sociales de la Ciudad.

Y según Fuentes, la urbe que se forma es la morfosintaxis objetual del capital en cuanto que ella es la capital o el centro de convergencia de las nuevas relaciones sociales de producción que abre el comercio capitalista, con su intrínseca fractura interna de la lucha de clases entre los propietarios y los productores, a partir de la cual se produce la resimetrización incesante de asimetrías previas que genera nuevas asimetrías. Pero, según lo que vengo exponiendo, se habrá de entender que habrá dos tipos de asimetrizaciones que resimetrizar y que propagar: las asimetrizaciones laborales y las asimetrizaciones comerciales o militares. En efecto, la fractura interna de la nueva morfosintaxis-Ciudad resultante no se deberá sólo a la plusvalía laboral, que desde luego estará siempre presente en todos y cada uno de los sistemas de producción de los clanes propietarios, sino que dicha fractura global se deberá primaria o genéticamente al enfrentamiento de los capitales entre sí en el seno de un mercado inseguro, tenso e inestable en cuanto que regulado por la ley de la oferta y de la demanda y siempre en riesgo de guerra, aunque es cierto que una vez conformada la Ciudad como sociedad de status las plusvalías comerciales internas estarán prohibidas —salvo en el caso de los mercados de las clases bajas cuando éstos existan, como ya dije—, con lo que la lucha comercial o militar lo será mediante la competición en la expansión exterior. La clave en este sentido es que si bien la ganancia de fortaleza económica mediante la conjugación de las plusvalías laborales y comerciales o militares se realizará primero hacia el exterior, esta expansión repercutirá después en el interior, ya que a mayor fuerza económica mayor capacidad tendrá una familia para mejorar su nivel de vida y ascender en la escala de status, es decir, para asegurar, destensar y estabilizar (externa e) internamente su recurrencia económica, pudiendo así tanto variar su política de alianzas amistosas internas hacia otras alianzas más convenientes, como rectificar la plusvalía de la mano de obra antigua e incorporar mano de obra nueva. Y es que la Ciudad, como sociedad económica excedentaria que es, se caracterizará por tener siempre abierta la posibilidad de reorganización de su forma de organización socio-productiva —al no tener ésta ninguna determinación ecológica unívoca—, y en su caso particular, por ser la estructura morfosintáctica del capital, esa posibilidad de reorganización urbana en la distribución de la riqueza tendrá lugar específicamente, tal y como defiende Fuentes, mediante la incesante re-simetrización de asimetrizaciones previas a costa de la propagación de nuevas asimetrizaciones hacia terceros, pero siempre dentro del juego de la doble plusvalía o asimetrización que caracterizará a la venta en el exterior de los productos fabricados, o a la guerra: la asimetrización que se mantiene con la mano de obra y la correlativa asimetrización con los otros propietarios compradores o combatientes —por lo demás, será en el seno de este doble vector asimetrizante definitorio de la urbe, y mucho más cuando después existan los mercados libres internos a gran escala, donde residirá el significado lógico-material específico de la idea de “voluntad de poder” insaciable (o “hambre” o “sed”, etc.) que caracterizará al estilo de vida de la Ciudad, por supuesto que sobremanera al capital, pero también a toda parte social partícipe de la economía urbana, aunque ésta sea un mero productor, pues todas las partes sociales se encontrarán igualmente atrapadas en la misma dinámica expansiva de interdependencias enfrentadas y necesitarán fortalecerse, aunque por supuesto los trabajadores lucharán en ella con la enorme desventaja de no disponer de capital—.

Pues bien, la reorganización histórica de la Ciudad, de acuerdo con el núcleo fundamental de la idea de historia de Fuentes, tiene lugar mediante el principio de que dos partes sociales previamente enfrentadas o relacionadas asimétricamente sólo se alían o se resimetrizan sobre la base del enfrentamiento o asimetrización común con otra tercera parte social —lo que se traduce en la dinámica histórica indefinida consistente en que cada nuevo ajuste genera nuevos desajustes—. Pero teniendo el cuenta el doble vector de resimetrización y de asimetrización comercial (o militar) y laboral que vengo planteando, y hablando en términos históricos generales (y no entonces de una época específica), las luchas o enfrentamientos económicos se darán no ya tanto a la escala de las clases sociales de los propietarios y de los trabajadores tomadas en su conjunto, sino a la escala de sus partes sociales componentes, que se podrán enfrentar tanto con otras partes de la otra clase, como de su misma clase social. Según esto, el esquema básico de posibilidades de enfrentamiento será el siguiente: por supuesto, (i) entre los propietarios y sus trabajadores, tal y como ha destacado la tradición marxista mediante la expresión “lucha de clases”, y a la que Fuentes ha dado la máxima importancia en su idea de historia; pero también (ii) entre los propietarios, mediante su lucha comercial (y militar) implacable, externa o interna, lo cual es justamente, según he expuesto en líneas anteriores, aquello que generará en primera instancia la necesidad de la propia plusvalía laboral; y asimismo (iii) entre los productores, que si bien no se comprarán ni se venderán nada unos a otros directamente, sí podrán rivalizar en dos sentidos, uno, como competencia mutua que son en la venta de la mercancía que es la fuerza de trabajo, y, dos, como productores de distintos propietarios a su vez enfrentados económicamente entre sí. Esta última posibilidad, que implica que un capitalista y sus trabajadores se alíen contra otro propietario y sus productores, nos introduce de lleno en la cuestión de las alianzas sociales y su relación dialéctica con los enfrentamientos. Para dar cuenta del total de los tipos de alianzas, al igual que en el caso de los enfrentamientos, habrá que tener presente el doble vector comercial y laboral de resimetrización y de asimetrización mencionado. Así, los tipos primordiales de alianzas posibles serán entonces los siguientes: (i) entre los propietarios, mediante las simetrizaciones propias de la amistad en las sociedades de status, o de las muy diversas clases de acuerdos productivo-comerciales en las sociedades de contrato, que les servirán para mantener o ampliar las asimetrizaciones beneficiosas de cada uno, bien frente a sus productores respectivos, bien frente a otros terceros propietarios; (ii) entre los propietarios y los trabajadores, por cuyo acuerdo en la retribución y en las condiciones laborales, a pesar del margen de plusvalía siempre existente, podrán colaborar sin fricciones para mantener o aumentar la fortaleza económica conjunta que se derivará de su posición dominante común frente a otros propietarios y sus correspondientes productores —esta era la posibilidad de alianza que se desprendía de la última posibilidad mencionada de enfrentamiento—; y (iii), entre los productores, o bien frente a otros productores competidores, o bien frente a los propietarios, y en este caso tanto entre los productores de un mismo sistema socio-productivo —por ejemplo, un señorío, o luego, una empresa privada—, como entre los diversos productores que estén al servicio de diversos propietarios, alianzas todas éstas que precisamente ha destacado la tradición marxista como único medio práctico para luchar contra el capital por la redistribución de la plusvalía —el sindicalismo—, o para lograr la completa disolución de la propiedad privada de los medios de producción —el movimiento (político) obrero revolucionario internacional—.

En todo caso, no cabe entender que en la Ciudad haya sólo dos clases sociales que se enfrenten y se alíen, la clase de los propietarios y la clase de los trabajadores, sino que, tal y como afirma Fuentes, la propia dinámica de alianzas y de enfrentamientos dará lugar a la progresiva ampliación estratificada de las clases sociales, ya que cada resimetrización de asimetrías previas generará nuevas asimetrías, o sea, según su lógica, nuevas plusvalías laborales por la expansión del capital. No obstante, respecto del planteamiento de Fuentes hay que precisar que la multiplicación de las clases sociales no se deberá sólo al vector de propagación de asimetrizaciones laborales, por el que sin duda los productores se estratificarán según su grado de retribución, sino también al vector de propagación de asimetrizaciones comerciales, que ante todo afectará a los propietarios, con lo que también éstos se estratificarán en cuanto a su grado de poder productivo-comercial —en el caso de las primeras sociedades históricas occidentales, habrá una diferencia característica entre los comerciantes pobres, que sólo comerciaran internamente, y los comerciantes ricos, que únicamente comerciarán con el exterior—. Cabe añadir, por supuesto, que tanto los productores como los propietarios se diferenciarán también en el tipo de actividad especializada a la que se dediquen. Por lo demás, esta estratificación en múltiples subclases sociales de propietarios y de productores obliga a pensar que no siempre los propietarios serán los económicamente fuertes y los trabajadores los económicamente débiles, como tiende a considerarse en la tradición marxista, pues en algunas ocasiones podrá darse el caso de que ciertos trabajadores muy productivos y especializados —el “proletariado de cuello blanco”, que decía Lenin— consigan unas retribuciones tan altas con sus salarios, a pesar de la plusvalía que sin duda se les extraerá, que incluso sean más fuertes económicamente que otros propietarios de bajo nivel, o que aquellos propietarios en proceso de quiebra y con riesgo de arruinarse —es por ello que hoy día suele clasificarse a la población por el “poder adquisitivo” (por ejemplo, clase alta, clase media, clase baja), independientemente de que la fuente de sus ingresos sea la renta derivada de sus propiedades o la retribución de su trabajo, aunque ello no debe obstar para reconocer que los trabajadores mejor remunerados no tendrán parangón posible con los grandes propietarios—.


2.16. La combinación de amistad y servidumbre entre los propietarios: el inicio de las relaciones sociales de producción de la nobleza.

Muy en particular, la génesis de la Ciudad requerirá una forma nueva de estratificación de la clase social de los propietarios, forma ésta que estará directamente relacionada con la génesis del Estado y que será imprescindible para acabar de entender la estructura de la sociedad de status. Retomando el caso de las alianzas amistosas, según he expuesto con anterioridad, además de su amistad interna, los propietarios se podrán apoyar amistosa o igualitariamente unos a otros en la competición por la expansión comercial o militar exterior a fin de ganar fuerza a costa de terceros y así poder mejorar, asegurar, destensar y estabilizar la recurrencia económica frente a los conflictos internos con otros propietarios, con la servidumbre y con el exterior. Y, por supuesto, estas alianzas entre propietarios no tendrán por qué reducirse a un par de personas o cabezas (de cuerpos familiares), sino que podrán consistir en alianzas con múltiples propietarios participantes, siempre con el fin común señalado. Sin embargo, de cara a explicar la génesis de la organización estatal de la Ciudad, es preciso atender a lo siguiente: el Estado no será posible sin la previa transformación de las relaciones sociales de la alianza amistosa en unas nuevas relaciones sociales de producción consistentes en que unos propietarios estén servicialmente subordinados a otros propietarios más poderosos. Hasta ahora he venido planteando que los propietarios que con-forman la red de relaciones amistosas pueden tener un grado mayor o menor de importancia objetiva para el sostenimiento transitivo de la red de amigos, pero precisamente estas diferencias en el grado de fuerza económico-militar de cada clan propietario de un sistema productivo superfamiliar dará lugar a que se produzca el nuevo fenómeno de la alianza de unos propietarios con otros por escalonamiento de subordinación servicial. En efecto, la existencia de fuerzas desigualmente combinadas en la red de relaciones amistosas entre los propietarios será la base para que la forma de las relaciones sociales de amistad se conjugue con la forma de las relaciones sociales de la servidumbre laboral al señor, generándose así una nueva forma de relación social de producción. Allí donde un señor sea tan poderoso como para que otro señor amigo suyo más débil dependa objetivamente de su amistad en un grado muy alto, sea éste de otra sociedad tribal o incluso de la propia, y donde, a la vez, las funciones del más débil sean prescindibles en algún grado para el más fuerte por disponer éste de otras alternativas, se podrá dar la siguiente situación: el señor más poderoso podrá seguir dándole al más débil lo mismo que antes le daba en sus relaciones de amistad, o incluso más, pero de forma tal que ahora éste se ponga a su servicio, principalmente en las empresas de expansión exterior, pues será en éstas donde podrá extraerle la correspondiente plusvalía laboral. Ahora bien, incluso no ganando más, sino estrictamente lo mismo y hasta menos, habrá otra razón de peso para que al clan propietario más débil le compense pasar al servicio del clan propietario más fuerte: la estabilidad de la nueva relación de servidumbre clientelar. Según lo que vengo argumentando, las relaciones de amistad, en cuanto que derivadas de las relaciones entre los cuñados, se caracterizan por la tendencia a la equidad en los sucesivos pactos entre las partes tanto como por la confianza mutua en el compromiso del cumplimiento de los términos de cada acuerdo, pero recuérdese que no alcanzan el grado de estabilidad propia de dichas relaciones entre cuñados de las que se proceden. En contraposición, las relaciones de servidumbre son análogas al resto de las relaciones familiares, por lo que a semejanza de éstas son unas relaciones asimetrizadas y estables (casi) de por vida. Sumando las características de ambos casos se tiene que la servidumbre de un señor a otro más fuerte se caracterizará por la equidad y el compromiso pactado, al igual que en la simple amistad, en el sentido de que el más fuerte no dejará de darle al más débil el equivalente de lo que éste le venía aportando, e incluso le podrá dar más, a la vez que también se caracterizará por la asimetrización vitaliciamente estable, a semejanza con la simple servidumbre, en el sentido de que ahora el más fuerte se comprometerá con el más débil a mantener indefinidamente la nueva relación de servicio, que, al igual que en el caso de los siervos no propietarios, implicará también protección. El resultado de esta transformación anamórfica de las relaciones de amistad entre los propietarios será, sencillamente, las nuevas relaciones sociales de producción de la nobleza, de las que inmediatamente después se derivará la aristocracia como primera forma de gobierno del Estado —que tendrá múltiples modulaciones en las distintas sociedades, por supuesto—. Y, como antes decía para la simple amistad, estas nuevas alianzas entre propietarios subordinadamente escalonados entre sí no tendrán por qué reducirse sólo a dos partes, sino que podrá haber sucesivas ampliaciones horizontales y verticales, es decir, que un señor podrá tener no uno, sino varios señores subordinados, pero éstos a su vez podrán tener a otros propietarios subordinados más débiles que ellos todavía, y así sucesivamente. En todo este proceso, por cierto, no debe olvidarse el mecanismo que ya he expuesto de servidumbre por deudas para explicar cómo una de las partes de una relación amistosa llega a trabajar para la otra, aunque no necesariamente habrá de ser éste el camino por el que se produzca la subordinación, pues en muchos casos ésta podrá ser conveniente e incluso necesaria para la recurrencia económica del propietario más débil.

2.17. La alianza de alianzas entre los propietarios: la metatotalización aristocrática de la nueva sociedad irreversible mediante la redistribución centralizada y la dirección de la expansión exterior.

Ahora bien, estas alianzas privadas horizontales y verticales más o menos amplias no servirán para cancelar el problema general de la inseguridad, tensión e inestabilidad en la recurrencia y la mejora económicas, pues siempre estarán disponibles para todos los propietarios partícipes de la Ciudad, de modo que, antes bien, el resultado será el conflicto o la competición entre alianzas opuestas. Y un conflicto éste, además, en el que las propias alianzas esconderán asimetrizaciones ocultas, de forma que podrán ir cambiando con el tiempo, así como los enfrentamientos, pues los intereses en juego serán múltiples y variables según las coyunturas. Las alianzas y los enfrentamientos cambiantes compondrán entonces un entretejimiento entre las múltiples subclases de propietarios y de productores en continua reorganización —sin perjuicio de su lentitud inicial por comparación con la inmensa rapidez actual—. Una situación tal pondrá en riesgo la estabilidad global de todos ellos, ya que, tal y como plantea Fuentes, cada una de las partes interdependientes y enfrentadas entre sí, o cada alianza horizontal o vertical entre ellas, sólo tendrá presente en sus estrategias de acción aquella fracción de la estabilidad total que le interese, cuando, sin embargo, la Ciudad que con-formarán será una estructura de simetrizaciones y transitivizaciones amistoso-vecinales cuya estabilidad, siempre dependiente de las asimetrizaciones de los propietarios más débiles y de los productores, resultará imprescindible para la recurrencia económica de todas las partes por la objetiva interdependencia transitiva de cada (presunta) simetrización amistosa entre dos partes respecto de otras múltiples (presuntas) simetrizaciones con terceras partes. A ello habría que sumar —siguiendo el planteamiento de Engels en su obra El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, de 1884/1972, en concreto los epígrafes dedicados a la formación de los Estados griego, romano y germánico—, que la inestabilidad general se haría especialmente grave, y en consecuencia necesitada de una solución nueva —la estatal—, cuando los cambios de residencia de las gentes alcanzasen el volumen crítico consistente en que las jefaturas tribales ya no pudieran dirigir a todos los pobladores de sus territorios al ser éstos oriundos de tribus distintas —y ello sin que sea posible la vuelta atrás dada la refundición anamórfica irreversible entre las sociedades de partida—. Sumando todos estos ingredientes, semejante espacio de convivencia problemática será la situación social que llevará a todos los propietarios a la necesidad común objetiva de una instancia superior de transitivización que les obligue a todos, mediante sus sistemas de solución de conflictos —las decisiones ejecutivas, el sistema legislativo y judicial, los cuerpos de seguridad policial, etc.—, a limitar internamente las asimetrizaciones, aunque no sólo las asimetrizaciones del trabajo, como Fuentes plantea y sin duda ocurrirá, sino también las del comercio, de modo que por dicha limitación se sostenga el tejido transitivo global de interdependencias amistoso-comerciales y laborales que mantendrá la recurrencia económica de todos los propietarios y productores jerarquizados según su status. El Estado, pues, será el que deba armonizar ese espacio de alianzas y enfrentamientos cambiantes en cuanto que instancia de poder separado político o metatotalizador encargada de mantener la estabilidad de la Ciudad en el mínimo imprescindible como para solucionar el problema general de la recurrencia económica de todas las partes interdependientes y enfrentadas entre sí —y mucho más, por descontado, cuando después existan los mercados internos a gran escala—.

Y como los propietarios serán las partes sociales más poderosas (por comparación con los productores, siempre subordinados), ellos mismos serán la única clase social capaz de ofrecer una solución por elevación al problema de estabilidad que todos comparten. Esta solución adoptará, de entrada, el formato de una alianza (objetiva y no voluntarista) de alianzas horizontales y verticales entre propietarios, a la que todos ellos tenderán a sumarse por la necesidad de estabilidad que tendrán en común, aunque por supuesto este proceso no estará exento de sus correspondientes asimetrizaciones ocultas. Pero, a semejanza de lo que ocurre con la aparición de la institución social de la jefatura de la tribu en las sociedades neolíticas, tampoco ahora podrá llegar a ser gobernante del Estado de la Ciudad cualquier miembro del círculo de los amigos y conciudadanos, sino que tal posición de predominio social sólo podrá acabar siendo ocupada por aquel clan o alianza entre clanes que esté en las mejores condiciones objetivas para alzarse como un poder separado respecto de las demás familias. La primera condición objetiva que habrá de cumplir el futuro gobernante consistirá, análogamente al caso de la jefatura neolítica, en la acumulación del mayor número de relaciones horizontales y verticales de intercambio amistoso de bienes por comparación con el resto de los clanes, de forma que sólo quien cumpla tal condición podrá empezar a ejercer la función de instancia de transitivización o centro de redistribución de los intercambios entre los demás clanes amigos, pues éstos acabarán haciendo a través de ese pivote central muchos de los cambios recíprocos que antes hacían directamente entre sí. Una vez instaurado de hecho un clan o alianza de clanes como el centro principal de transitivización de intercambios recíprocos amistosos, dichos intercambios se seguirán rigiendo por el mismo principio de reciprocidad simetrizante que las propias relaciones de amistad de las que se derive, puesto que no dejarán de ser intercambios entre amigos, razón por la cual la función de redistribución de bienes que tendrá el Estado desde su mismo inicio —de acuerdo a lo que nos enseña Polanyi— estará, en efecto, marcada por el principio del cambio de bienes equivalentes, es decir, por el principio de la equidad. Y como el clan o alianza de clanes centralmente dominante tendrá a la vista una gran cantidad de relaciones de intercambio de bienes, será precisamente dicho clan o alianza de clanes la parte social mejor capacitada para resolver los problemas del conjunto de la Ciudad, además de que, por ser el clan o alianza de clanes más fuerte, y por tanto con mayor grado de clanes amigos en situación de dependencia económica horizontal y vertical, será la parte social a la que más fácilmente se respetará y obedecerá en la necesaria toma de decisiones metatotalizadoras que todas las partes necesiten, generándose así la alianza común entre todos los propietarios, la alianza (objetiva) político-estatal.

Como efecto, entonces, de esa posición de predominio que le llevará a ejercer esa primera función suya de centro de redistribución equitativa de los bienes, el clan o alianza de clanes que se esté alzando aristocráticamente como poder separado o Estado podrá ejercer la función política o de metatotalización, es decir, podrá resolver o resimetrizar los conflictos internos a la Ciudad y dirigir ésta. Para ello realizará una serie de funciones características: una primera muy importante e intensa será fijar las razones de cambio equivalentes entre productos heterogéneos y modificarlas cuando ello sea necesario para resolver los conflictos entre partes. Una segunda, evitar dichos conflictos entre las partes prohibiendo los mercados internos libremente autorreguladores de los precios —como fue el caso de las primeras sociedades históricas orientales—, o al menos, limitándolos y regulándolos en gran medida —como ocurrió en las primeras sociedades históricas occidentales—. Una tercera función consistirá en organizar la planificación y ejecución de las obras públicas y servicios de uso general, tales como calzadas, calles, edificios públicos, puentes, canalizaciones hidráulicas, puertos, fortificaciones, defensa de los territorios y de los recursos, etc., para todo lo cual tendrá que recaudar impuestos. Y una cuarta será mediar en los conflictos laborales fijando las cuantías y las calidades de las “raciones”(de víveres y ropa) mínimas necesarias para la subsistencia de los siervos y esclavos de todos los propietarios. Y, como antes decía, estas “raciones” estatalmente estipuladas resultarán decisivas a la postre para el cálculo de los costes y los beneficios, pero no sólo los de las iniciativas privadas, sino para empezar los del propio Estado, que sólo por la fijación de estas raciones para sus propios siervos y esclavos será capaz de planificar y llevar adelante las tareas propias de sus funciones. En este caso concreto de las asimetrizaciones del trabajo por parte de los propietarios privados, el Estado tenderá a resimetrizarlas o limitarlas porque la estabilidad del conjunto interdependiente de los propietarios de la Ciudad dependerá inexorablemente de que todos y cada uno de ellos conserven la estabilidad de su sistema productivo-comercial particular basado en la plusvalía laboral. Y por esta misma razón, el Estado tenderá en algún momento incluso a resimetrizar hasta los conflictos en las relaciones familiares, pues de nuevo cada propietario necesitará de la estabilidad de éstas como para producir, comerciar y guerrear, y de ese modo seguir contribuyendo al sostenimiento de las interrelaciones económicas de la Ciudad en su conjunto.

Pero además del requisito anterior de ser el principal centro de redistribución de bienes, el clan que acabe gobernando aristocráticamente el Estado de la Ciudad tendrá que ser todavía capaz de cumplir otra condición aún más importante: si antes decía que los clanes familiares compiten y se alían entre sí en las expediciones comerciales o militares que organizan para obtener beneficios económicos, el clan o alianza de entre ellos que podrá acabar alzándose como gobernante del Estado será aquel que también cumpla objetivamente la condición de reunir el mayor número de pactos amistosos horizontales y verticales referidos precisamente a la organización de empresas comerciales o militares de expansión exterior. Sólo dicho clan o alianza de clanes estará en la mejor situación como para “redistribuir centralizadamente” la expansión hacia fuera de toda la Ciudad, es decir, como para organizar política o metatotalizadoramente los diferentes intereses privados que compitan en dicha expansión de forma tal que se mantenga o incluso se fortalezca el equilibrio amistoso y laboral de la red de relaciones sociales interiores. Y digo que el cumplimiento de esta condición será aún más importante que la anterior porque la expansión exterior de la Ciudad será el único medio de metatotalización o estabilización relativamente eficaz y duradero en cuanto que permitirá canalizar la presión socio-productiva interna al expandir las asimetrizaciones hacia terceros —en total acuerdo con Fuentes—.


 
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