Num.20
 
 

Apuntes críticos sobre la economía
capitalista como principio trascendental a las sociedades históricas según
Juan Bautista Fuentes Ortega

Ernesto Quiroga Romero


 
 

[Pág. ant.] 2 de 4

 

2.2. La doble redistribución centralizada en las tribus neolíticas: la redistribución centralizada intrafamiliar y la redistribución centralizada tribal.

En las sociedades subsistenciales cada clan o sistema productivo familiar estará ordenado según morfosintaxis jerarquizadas, de forma que tanto la distribución de las tareas productivas como de los bienes de consumo será desigual o diferencial, pues usualmente algún pariente de las generaciones de mayor edad —el abuelo, el padre, el tío...— se ocupará tanto de organizar y dirigir las operaciones productivas como de controlar centralizadamente la circulación o el reparto de los bienes de consumo en el conjunto de la familia, mientras que el resto de individuos de su misma generación y de las generaciones de menor edad —nietos, hijos, sobrinos...— estarán a cargo escalonadamente de los (posibles) sucesivos niveles de responsabilidad de la ejecución de dichas operaciones productivas y de reparto de los bienes, dedicándose la mayoría de los sujetos de estas sociedades a la mera ejecución de las tareas —en el caso de los infantes y de los niños sólo estará regulado jerárquicamente su consumo, no su producción, claro está, a la que no se podrán incorporar hasta que tengan superada la niñez o por lo menos la infancia, beneficiándose hasta entonces de las tareas productivas de las generaciones ascendientes—. Dado el carácter subsistencial de las primeras sociedades de familias, y dada, por tanto, la ausencia en ellas de comercio con excedentes, su estratificación generacionalmente jerarquizada de la autoridad familiar no tendrá todavía que ver con el reparto centralizado de ninguna riqueza excedentaria, ni propia ni importada, pues ésta no existirá, o a lo sumo existirá en un grado mínimo, sino con la supervivencia del grupo en su conjunto. A pesar de ello, el reparto de los bienes no seguirá tampoco en este caso un patrón estrictamente equitativo, sino que las familias neolíticas se estructurarán según una (más o menos compleja) red de posiciones internas desiguales tal que el reparto centralizado de los bienes será desigual y se hará en función de la jerarquía generacional e individual de cada pariente —siendo la familia en este sentido una extensión de la horda paleolítica, si bien ya transformada anamórficamente en morfosintaxis sociales—. En particular, la posición de mando social tendrá, por lo general, el privilegio no sólo de ser el punto de redistribución de los bienes familiares, sino también el de un mayor acceso a los bienes producidos socialmente bajo su dirección, siquiera sea el de tener prioridad a la hora de comer, o el de acceder a los alimentos sin participar directamente en las tareas productivas, sobre todo en las más penosas o peligrosas. No obstante, todas las partes de la familia ostentarán conjunta o grupalmente la propiedad de los medios de producción y de los bienes producidos, bien que a través de la siempre presente gradación jerárquica intrafamiliar de las posiciones socio-productivas —como se sabe, existirá la norma de la herencia—.

Cuenta Polanyi que la segunda modulación de la “redistribución centralizada” de los bienes en las sociedades con economía de subsistencia se daría respecto del conjunto de los clanes de una tribu cuando hubiera algún pivote de “redistribución centralizada” que mediase entre todos los clanes familiares. Las tribus neolíticas tenderían a tener un jefe o patriarca de la tribu, a su vez, cabeza de su familia, cuya función fundamental como tal jefe sería centralizar y controlar la recepción y la redistribución de los diversos bienes producidos por el conjunto de la tribu. Junto a estas “redistribuciones centralizadas” intrafamiliar y tribal, según este autor —haciéndose cargo de las construcciones de los antropólogos a este respecto— todas las sociedades subsistenciales se caracterizarían también por otra forma de circulación de bienes: la “reciprocidad” o “simetría” asociada a las relaciones de parentesco entre los clanes familiares, que ante todo implicarían la alianza socio-productiva entre los cuñados, pues desde el momento en que lo fueran quedarían ligados por la obligación de ayudarse unos a otros en las tareas de interés común, y por la obligación “recíproca” de hacerse regalos equitativamente, es decir, de recibir y dar recurrentemente bienes producidos equivalentes, sobre todo bienes heterogéneos —siendo esta relación entre cuñados una relación fraternal en cuanto que extensión de las relaciones entre los propios hermanos—. Inmediatamente después discutiré el problema de si habrá verdaderas simetrías o no en las relaciones de apoyo mutuo entre los cuñados, pero lo que ahora me interesa señalar es lo siguiente: Polanyi nos dice que la función de “redistribución centralizada” por parte del jefe de la tribu se realizaría por medio de las relaciones de alianza “recíproca” que éste mantuviese con el resto de los clanes, es decir, que los diversos clanes le llevarían lo que produjeran y tomarían de él lo que necesitasen, que a su vez procedería de algún otro clan, de forma que su jefatura sería una versión ampliada de sus relaciones de ”reciprocidad” —o dicho de otro modo, será una transitividad clave o determinante del resto de relaciones “simétricas” entre clanes—. Por mi parte propongo lo siguiente: una vez instaurados el matrimonio exogámico y el tabú del incesto al inicio del proceso de desarrollo de las sociedades subsistenciales, con las relaciones recíprocas de alianza socio-productiva entre cuñados que aquéllos abren, los diversos clanes familiares, a su vez cada uno de ellos con su propia redistribución centralizada interna, sólo se relacionarán entre sí mediante estas relaciones de reciprocidad, pero a medida que las técnicas productivas se amplíen en número por su diversificación cualitativa, sobre todo con la llegada de los excedentes, asimismo se habrá de ampliar el número de clanes y su especialización técnica —por ejemplo, clanes pesqueros, agrícolas, ganaderos, textiles, alfareros, y luego mineros, metalúrgicos, etc.—, así como su grado de dependencia mutua, lo que aumentará el número de operaciones de reciprocidad. En ese contexto, por las diferencias en riqueza natural de cada clan, aunque al principio sean pequeñas, no todos los clanes familiares establecerán el mismo número de intercambios recíprocos con otros clanes, de modo que aquel clan familiar de la tribu que establezca el mayor número y los más diversos intercambios recíprocos con otros clanes se acabará constituyendo en un pivote de transitividad por el cual los bienes empezarán a pasar de mano en mano a su través, es decir, sin que él se los quede todos. De entrada, la doble razón fundamental para que se materialice este proceso de acumulación de simetrías que permite alzarse con la jefatura de la tribu será, sencillamente, que, por un lado, a los diversos clanes les resultará más rentable el hacer la mayoría de sus cambios con un mismo clan que tener que visitar o ser visitado por todos los demás clanes uno a uno, mientras, que, por otro lado, al clan principal o clan jefe le interesará el desempeño de esa función de redistribución centralizada porque, haya o no excedentes en alguna cuantía, desde luego que la jefatura dará prioridad o un mayor grado de seguridad en la disposición de bienes diversos para la subsistencia y el disfrute propios. Pero habrá todavía otra función de la jefatura de la tribu igualmente asociada al clan con mayor volumen y variedad de intercambios recíprocos: la modificación de las razones de cambio para la tribu en su conjunto cuando aparezcan conflictos. En efecto, el clan que estará objetivamente en las mejores condiciones como para modificar las razones de cambio, cuando ello fuera necesario para la supervivencia de la tribu en función del nivel de producción críticamente bajo de alguno de los distintos bienes en un momento dado, será aquél por el que pasen transitivamente a su través los intercambios de bienes en mayor proporción. Si bien es cierto que en estas sociedades la modificación de las razones de cambio será muy poco frecuente o excepcional, el hecho de que el jefe de la tribu sea aquél que mejor pueda percibir la necesidad de modificarlas por tener a la vista una masa crítica de los intercambios significa que tendrá una función de totalización social, es decir, política, aunque de ningún modo será todavía de tipo estatal o de segundo grado, sino implícita, comunal, comunitaria o de primera clase, pues se materializará siempre a través de las propias relaciones de alianza familiar que el jefe mantenga con el resto de los clanes. Así, pues, el clan del jefe de la tribu no será cualquier clan elegido azarosamente, sino que será aquél que resulte objetivamente más importante en la regulación política implícita del metabolismo económico de la tribu, sobre todo cuando ésta crezca, pudiendo estar los demás clanes asimismo graduados según su importancia económica para el conjunto de ellos. En resolución, la progresiva ampliación por especialización de las técnicas productivas, y con ello el logro de los excedentes, sólo se hará posible por medio de la correspondiente ampliación y especialización de los clanes, pero a su vez este proceso requerirá de una nueva redistribución centralizada ya al nivel de la tribu en su conjunto, con la correspondiente configuración de un nuevo tipo de relaciones sociales de producción que se derivarán de las relaciones de alianza vía parentesco y que sin embargo las desbordarán: las relaciones sociales entre los clanes de la tribu según la combinación de sus fuerzas económicas desiguales, básicamente, la relación entre un clan jefe sobre el que pivotarán transitivamente el resto de los diversos clanes subordinados, quedando así todos ellos regulados políticamente de manera implícita en un segundo nivel —junto a la política implícita de las propias relaciones familiares, desde luego—.

2.3. La reciprocidad interfamiliar en las tribus neolíticas: la distinción entre las rotaciones simétricas y asimétricas de primera clase y las rotaciones simétricas y asimétricas de segunda clase.

En opinión de Polanyi, a su vez basándose en la opinión generalizada de la Antropología a este respecto, tanto en el caso de los regalos “recíprocos” que se establecen entre los cuñados, como en la “redistribución centralizada” a través del jefe de la tribu —o mediante el Estado en la sociedad antigua—, los bienes heterogéneos que “cambiasen de mano” no guardarían entre sí proporciones aleatorias, sino que serían “equitativas”, esto es, seguirían razones de cambio o equivalencias “simétricas”. La institución del intercambio recíproco de equivalencias en especie tendría la función de estabilizar que todos los miembros de la familia pudieran participar en el reparto de todos los bienes necesarios para la supervivencia, muy en especial la comida. En esta institución cada cuñado tendría la obligación de entregar una parte de sus excedentes a cualquier otro (cuñado situado simétricamente) que se lo pidiera y andara escaso de ese determinado producto, pero sólo en la medida suficiente para cubrir las necesidades y nada más. El bien recibido sería cambiado por otros bienes básicos según una determinada equivalencia o tasa proporcional fijada por la costumbre o la tradición —por ejemplo, X peras equivaldrían a Y manzanas—. En coherencia con esta reciprocidad simétrica — y con el carácter fijo de las posiciones asimétrico-cooperativas familiares—, otra contribución de Polanyi es, de nuevo basándose en la Antropología, que en las sociedades prehistóricas —y asimismo ocurriría luego en las sociedades civilizadas antiguas— existiría otro tabú además del tabú del incesto: el tabú de las transacciones gananciales, o sea, del aprovechamiento del otro en beneficio propio, por el que se prohibiría dar menos de lo que se recibiese, primordialmente en las relaciones “recíprocas” con los cuñados o con el jefe de la tribu, sobre todo al respecto de la comida, así como también el hacer intercambios comerciales fuera de estas relaciones de “reciprocidad”, siempre regidas por la norma de la solidaridad equitativa y tan importantes para el mantenimiento de la cohesión social. Es decir, que en estas sociedades se conocería positivamente la posibilidad de hacer intercambios inicuos o individualmente beneficiosos en cuanto que no ajustados a la regla de la equidad, y esta posibilidad sería tan relevante que su contención o prohibición social alcanzaría, como en el caso del incesto, el grado del tabú de la búsqueda de la ganancia individual. A pesar de todo ello, Polanyi afirma también que en las sociedades prehistóricas no siempre habría una razón estrictamente calculada para muchos de los intercambios recíprocos, pues habría casos que no se atendrían a la actitud stricti juris que sin embargo sí estaría siempre presente en la ley antigua, sino que serían intercambios cualitativamente equitativos en los que muy a menudo la equidad consistiría en el simple hecho de mostrar reconocimiento y devolver algún bien a cambio del recibido.

Esto dice Polanyi y esto dice la Antropología, pero recuérdese que Fuentes decía al respecto de las relaciones entre cuñados, así como del resto de las relaciones familiares, que en estas sociedades no existen relaciones de verdadera reciprocidad o simetría, sino sólo de “apoyo mutuo asimétrico”, pues los “apoyos” entre cuñados no son “relaciones recíprocas, simétricas o igualitarias”, por cuanto que al no haber todavía dinero no hay posibilidad de establecer genuinas equivalencias simétricas entre bienes heterogéneos y por tanto inconmensurables entre sí, con lo que hay que esperar a que aparezca el dinero, y con él el capital, como para poder hablar de igualdad o de simetría, que a su vez va a ser siempre una rectificación de las asimetrías previas propias de la relación social capital.

Pues bien, mi propuesta en esta discusión pasa por tratar primero —aunque reconozco de antemano que lo haré de manera muy breve e insuficiente— las cuestiones de, primero, si el dinero es necesario o no para el establecimiento de razones de equivalencia, y, segundo, si la existencia del dinero implica necesariamente el comercio capitalista: las equivalencias medidas cuantitativamente estarán dadas en el interior de las sociedades (civilizadas) antiguas sin ningún género de dudas, aunque ello no signifique necesariamente ni que haya dinero, ni que haya comercio capitalista como condición para que estén dadas tales relaciones de cambio cuantitativamente equivalente. En efecto, según defiende Polanyi, habría sociedades con razones de equivalencia que, sin embargo, no tendrían dinero el objeto de la moneda corriente—, a la vez que la presencia del dinero en una determinada sociedad no estaría ligada necesariamente al comercio, y mucho menos al comercio capitalista —aun cuando es evidente que el dinero será un ingrediente suyo una vez que éste se materialice—, sino que el dinero tendría diversos cauces independientes de aparición según sus diferentes usos —tales como “medio de pago”, “unidad de cuenta o de contabilidad”, “depósito de riqueza” o “medio de intercambio comercial”—, siendo uno de ellos precisamente el de servir de “patrón de valor” para el establecimiento de equivalencias simétricas entre bienes heterogéneos, aunque no se comerciase con ellos —nos dice Polanyi que un grave error de la Economía Política Liberal, tanto como de la Antropología y la Sociología basadas en sus presupuestos, habría sido el anacronismo de entender al dinero de todas las épocas como si fuese igual al dinero usado en la Modernidad, que valdría para todas esas funciones juntas—. En resumen, podrá haber equivalencias y no haber dinero, así como podrá haber dinero y no haber comercio, y de haberlo, éste podrá ser capitalista o no, con lo que las equivalencias entre bienes heterogéneos no necesariamente estarán ligadas al comercio capitalista hecho a través del dinero. Y desde luego que en las sociedades neolíticas estrictamente subsistenciales lo habitual será que no haya dinero, aunque según lo que estoy afirmando eso no será obstáculo para que en ellas haya intercambios simétricos de bienes equivalentes.

En efecto, contando con todas estas premisas, para el caso de las sociedades neolíticas habrá que distinguir, a mi juicio, entre rotaciones o intercambios de tipo formalmente simétrico y asimétrico —o simétrica y asimétricamente formales—. Con ello estoy reteniendo la distinción de Fuentes entre simetrías y asimetrías, que, sin duda, es una distinción imprescindible, pero aplicando ahora esta distinción al interior de las sociedades tribales. A la vez, sostengo que dentro de las rotaciones formalmente simétricas habrá rotaciones que sean materialmente simétricas o asimétricas. Y, del mismo modo, dentro de las rotaciones formalmente asimétricas podrá haber casos materialmente asimétricos o simétricos.

Antes de proseguir, quisiera aclarar el sentido de los términos “formal” o “formalmente”, y “material” o “materialmente” que acabo de introducir en mi argumentación. Con “formal” o “formalmente” me refiero a la “lógica” normativaobjetiva, morfosintáctica o noetológica— de la relación de intercambio de bienes entre las partes sociales. En el caso de las simetrías, la relación estará morfosintácticamente estructurada según la mencionada regla de la equidad, por la que las partes intercambiantes estarán obligadas a dar y recibir bienes (heterogéneos) cuyo valor sea igual o equivalente según las estipulaciones dadas normativamente en cada caso. Por el contrario, en las rotaciones asimétricas la regla general de intercambio no será igualitaria, sino que la jerarquía desigual de las posiciones sociales implicará un cruce de bienes no equitativo por comparación con el criterio aplicable a las relaciones entre posiciones de igual jerarquía —ejemplarmente, los cuñados—. Y mediante las expresiones “material” o “materialmente” aludo a la realidad práctica de la relación entre las partes, o dicho de otra manera, a la concreción fáctica del intercambio entre las partes que morfosintáctica o normativamente estén relacionándose de determinada forma, pues podrá ocurrir que las normas se respeten formalmente aunque materialmente no se alcance, o se sobrepase, su prescripción formal —como veremos, en las sociedades neolíticas estos desajustes materiales no tendrán mayor importancia para la cohesión social, mientras que en las sociedades históricas serán causa de pugna por su re-equilibrio y hasta por la re-forma de las relaciones sociales—.

Siguiendo por donde iba, para las sociedades tribales, la distinción entre, uno, intercambios formal y materialmente simétricos, y, dos, intercambios formalmente simétricos y sin embargo materialmente asimétricos, implica que en el primer caso las razones de cambio se ajustarán a una cuantificación previamente fijada, mientras que en el segundo no habrá tal ajuste —e incluso podrá no haber ni estipulación siquiera de la equivalencia—. La hipótesis que introduzco es que los primeros se realizarán con los bienes necesarios para la subsistencia, por encima de todo la comida, mientras que los segundos se harán con los bienes no necesarios, cuando los haya, es decir, con los productos propios del nivel de la economía excedentaria con artesanías especializadas —por ejemplo, bienes de prestigio, adornos, objetos decorativos o artísticos, etc.—, aunque también podrá darse con los bienes necesarios cuando haya excedentes de éstos.

Pues bien, para los intercambios de bienes necesarios según las razones de simetría o equivalencia tradicionalmente estipuladas en las sociedades de subsistencia —como recoge la Antropología, según lo dicho anteriormente—, cabe preguntarse, entonces, cuál puede ser la clave determinante para la fijación de unas determinadas razones de equivalencia entre bienes heterogéneos y no de otras distintas. Mi respuesta es la siguiente: al no haber excedentes en las sociedades subsistenciales, o al haber muy pocos, los intercambios recíprocos entre los cuñados, por un lado, y con el jefe de la tribu, por otro, tendrán la función económica principalísima de estabilizar la subsistencia interdependiente de todos los clanes familiares mediante la distribución homogénea de los bienes necesarios entre todos ellos. Dada esa función de la reciprocidad, las razones de equivalencia de los intercambios no podrán dejar de estar presentes, pues serán condición necesaria para la supervivencia del grupo, pero tampoco podrán ser ni azarosas ni continuamente mudables una vez dadas, puesto que serán precisamente aquellas razones de cambio que en el propio metabolismo económico proporcionen objetivamente la mejor o más equitativa distribución de las posibilidades de supervivencia para todos y cada uno de los clanes participantes en estas relaciones de reciprocidad y de redistribución centralizada. Expresada esta idea de otra forma, las equivalencias propias de las sociedades subsistenciales serán razones de cambio optimizadoras o economizadoras del equilibrio supervivencial entre todas las partes sociales, cuya fijación será una resultancia o autorregulación objetiva de la interdependencia entre la producción y el consumo de todas las partes sociales —de forma análoga a como después los mercados capitalistas modernos libres de regulaciones estatales fijarán objetiva y autorreguladamente los precios según la oferta y la demanda, pero sin que ahora haya en absoluto ningún tipo de precio ni de comercio, claro está—. Y a esta misma lógica distributiva responderá precisamente el hecho de que el jefe de la tribu pueda, cuando se de el caso, modificar las razones de cambio, pues dicha modificación será simplemente un ajuste optimizador de la distribución equitativa de las posibilidades de supervivencia de todos los clanes de la tribu. También precisamente de dicha lógica se derivará el que los propios cuñados implicados en un intercambio recíproco puedan variar sus razones de equivalencia cuando se vean forzados a ello, puesto que habrá ocasiones en las que la escasez de un determinado bien hará necesaria la re-distribución de sus escasas cantidades disponibles entre todas las familias interdependientes a fin de re-optimizar la supervivencia de todas ellas. Y justamente del carácter subsistencial de estas sociedades se derivará asimismo el tabú del aprovechamiento del otro, porque en condiciones de subsistencia el aprovecharse del otro fuera de las ratios que optimicen —o distribuyan— la supervivencia comunitaria será tanto como ponerle en riesgo de morir, y con él a la sociedad en su conjunto por las interdependencias establecidas entre todos los clanes a través de sus relaciones recíprocas y de redistribución centralizada. Al igual que el tabú del incesto, el respeto al tabú del aprovechamiento del otro será, por tanto, otra forma objetivamente imprescindible de respeto a la alianza familiar con el resto de los clanes de la tribu, incluido el clan dominante. En definitiva, en las sociedades neolíticas subsistenciales las razones de cambio equivalente fijadas por la costumbre serán razones económicas u óptimas por cuanto que permitirán objetivamente distribuir de forma equitativa las posibilidades de supervivencia de todos los clanes, convirtiéndose así en razones tradicionales o fijas a lo largo del tiempo que sólo cambiarán por la misma lógica de la distribución equitativa. Además, estas razones de intercambio fijas entre bienes necesarios se conservarán una vez que aparezcan los excedentes de producción en dichos bienes como para hacer posible el comercio con ellos, ya que la propia cuantía de los excedentes únicamente podrá ser establecida por la existencia de esas razones de cambio fijas, y esto porque será a partir de ellas como se conozca la cuantía de los bienes propios sobrantes respecto de los que se haya de intercambiar con el resto de los cuñados o con el jefe de la tribu según la lógica de las cantidades necesarias para la subsistencia de todos.

En cuanto a los intercambios formalmente simétricos de bienes no necesarios, e incluso necesarios, pero según razones de equivalencia que materialmente no sean equivalentes, es decir, según simetrías sólo formales o cualitativas y no ya verdadera o materialmente cuantitativas —por ejemplo, como decía, el intercambio de un bien por el reconocimiento, la muestra de consideración o la entrega meramente simbólica de otro bien de inferior valor—, semejante situación se dará cuando la supervivencia no dependa de estos intercambios, es decir, cuando, los bienes intercambiados sean superfluos con respecto a la estricta subsistencia. Esto ocurrirá principalmente con los bienes no necesarios, pero también podrá ocurrir en el caso de los bienes necesarios cuando éstos existan en cantidades excedentarias y no sea necesario conservar intacto su excedente para poder obtener otros bienes necesarios mediante el intercambio comercial de dicho excedente con alguna otra sociedad. Sólo en esta situación de abundancia y de ausencia de comercio se podrá dar una simetría formal y sin embargo meramente simbólica en cuanto que no atenida a ninguna cuantificación real de la razón de cambio, o lo que es lo mismo, sólo cuando la supervivencia esté asegurada se podrá mantener la forma de los intercambios recíprocos o simétricos sin que su materia se ajuste verdaderamente a tal simetría formal. Ahora bien, a pesar de tal formalidad no ajustada a la realidad material, es preciso reparar en que la asimetría verdaderamente existente en estos casos no supondrá ningún enfrentamiento entre las partes, lo que se deberá en última instancia a que ninguna de ellas verá perjudicada su supervivencia, antes bien, serán actos de apoyo mutuo, de generosidad por una parte y de agradecimiento por la otra, razón por la cual no conllevarán ninguna violación del tabú de la transacción ganancial a pesar de su desequilibrio cuantitativo.

En conclusión, en las sociedades neolíticas las relaciones entre los cuñados, incluidas las relaciones con el jefe de la tribu, serán cualitativa o formalmente diferentes del resto de las relaciones familiares, que serán formalmente asimétricas, pues entre los cuñados sí habrá rotaciones con la forma de la simetría entre productos heterogéneos —la “reciprocidad” de Fuentes—, aunque en algunos casos, siempre ligados a los excedentes de producción, por mínimos que sean, esas rotaciones serán cuantitativa o materialmente asimétricas —la “mutualidad” de Fuentes—.

Y siguiendo esta misma línea de argumentación, cabe también pensar en la existencia de intercambios formalmente asimétricos —canónicamente, los familiares en general— que tanto puedan ser materialmente asimétricos como simétricos. Es decir, que en la mayoría de los casos la realidad práctica será efectivamente tan asimétrica como mande la forma de la relación, lo que tendrá lugar sobre todo en las sociedades subsistenciales. Pero también cabe pensar en la posibilidad de otros casos en los que pese a la forma asimétrica de la relación, los intercambios materiales de bienes o prestaciones se relajen e incluso se aproximen a los de una relación formalmente simétrica. Esta última situación será mucho más probable, en todo caso, en las sociedades excedentarias, donde acaso la abundancia pueda hacer innecesario el rigor o las estrecheces de la diferencia característica de las relaciones asimétricas.

Ahora bien, a mi juicio, es preciso hacerse cargo asimismo del sentido que tiene la asignación por parte de Fuentes de las “rotaciones asimétricas” (que él llamaba “mutuas”) a las sociedades prehistóricas, y de las “rotaciones simétricas” (que él llamaba “recíprocas”) a las sociedades históricas, estas últimas ligadas a “la dialéctica entre simetrías y asimetrías” propia del capital. Y es que esta asignación nos da la pista para el crucial discernimiento entre rotaciones simétricas y asimétricas de dos clases, lo que no hacen tampoco ni la Antropología, ni Polanyi. La cuestión clave es que las rotaciones recíprocas, según acabo de exponer, se establecerán inicialmente según razones de cambio objetivamente optimizadoras de la supervivencia de la tribu, es decir, enteramente al margen de cualquier comercio, ni capitalista, ni no capitalista, e igualmente al margen de cualquier beneficio individualizado en virtud del tabú de la transacción ganancial, lo que significa que se tratará de rotaciones “recíprocas simétricas” pero en las que la simetría será fija, implícita y comunal o comunitaria —dicho con los mismos términos con los que Fuentes califica la política de estas sociedades—, y por ello distendida o sin dialéctica interna, de forma que, en efecto, no serán simetrías en el sentido de “resimetrizaciones de asimetrías previas”, como Fuentes propone entender las simetrías en el contexto del capital, y a las que, en contraposición con las anteriores, podríamos llamar ahora simetrías variables, explícitas y entre partes, es decir, simetrías que requerirán ser re-fijadas en cada caso, mediante cálculo, en cuanto que sometidas a intereses cruzados, siendo entonces tensas o con dialéctica interna. Según esto, la distinción entre los dos tipos de rotaciones de Fuentes es correcta en el sentido de que, en efecto, habrá una diferencia cualitativa entre las “rotaciones simétricas, fijas, implícitas, comunales y distendidas”, por cuanto que no responderán a ninguna dialéctica interna, y las “rotaciones simétricas, variables, explícitas, entre partes y tensas”, que serán tales en cuanto que estarán sometidas a una dialéctica o tensión interna, esto es, en cuanto que en este caso las simetrías serán resimetrizaciones de asimetrizaciones previas. Tal y como después iré exponiendo, el paso de las “rotaciones simétricas fijas” a las “rotaciones simétricas variables” se deberá en primera instancia al comercio entre sociedades neolíticas excedentarias distintas, ya que en sus contactos comerciales se habrá de implantar unas nuevas simetrías calculadas para cada intercambio comercial sin tradición, lo que abrirá el camino a la necesidad de un cálculo explícito del valor de cambio apropiado entre intereses cruzados, aun cuando no se trate todavía de un comercio capitalista.

En consecuencia con lo expuesto, propongo utilizar indistintamente los términos “reciprocidad o simetría de primera clase” para hablar de las “rotaciones simétricas, fijas, implícitas, comunitarias y distendidas”, así como emplear los términos “reciprocidad o simetría de segunda clase” para referirse a las “rotaciones simétricas, variables, explícitas, entre partes y tensas” que posteriormente se darán en el capital y, como veremos, ya en el mismo comercio precapitalista neolítico. Otra posibilidad terminológica que propongo es usar simplemente “simetría” para el primer caso, y “simetrización” o “resimetrización” para el segundo, queriendo recoger con estos términos los respectivos caracteres distenso y tenso de cada uno de los dos casos —por lo demás, estas expresiones de “simetrización “ y “resimetrización” son empleadas habitualmente por Fuentes para expresar la dialéctica propia de la relación social de producción del capital—. Junto a ello, también propongo emplear el término “mutualidad” de Fuentes específicamente para las “simetrías de primera clase” meramente formales en cuanto que rotaciones materialmente asimétricas, y sin embargo variables, implícitas, comunitarias y distendidas que tendrán lugar en las situaciones neolíticas excedentarias —además, es preciso puntualizar que, según veremos al analizar el comercio, a la tensión propia de las relaciones comerciales (y luego de las laborales) habrá que añadir las características de la inseguridad e inestabilidad, que por ende estarán asimismo presentes en las simetrías y asimetrías de segunda clase y ausentes en las de primera—.

Y si antes decía que la familia neolítica estaba internamente jerarquizada en cuanto al reparto de las tareas productivas y al acceso a los bienes, habrá que ver a sus diferentes posiciones familiares interrelacionadas entre sí —dejando ahora al margen las relaciones fraternales entre los hermanos y entre los cuñados— como relaciones asimétricas, según decía Fuentes. Pero al igual que con las simetrías, de nuevo en este caso será preciso distinguir entre dos tipos de asimetrías: por un lado estarán las “asimetrías fijas, implícitas, comunitarias y distendidas” propias de estas sociedades, que serán posiciones objetivas u opuestas cuyas distancias características no estarán sujetas a variación o negociación, y que, por tanto, tampoco estarán sometidas a ningún tipo de cálculo explícito entre las partes, y ello porque serán posiciones normativizadas a la escala de las reglas de parentesco comunes a la comunidad de la tribu, todo lo cual se traducirá en que serán asimetrías de apoyo mutuo sin tensiones o distendidas. Por el contrario, como veremos, las asimetrías propias del comercio, sea capitalista o no, y de la relación social capital serán “asimetrizaciones” dadas en la dialéctica entre las simetrías y las asimetrías que se abrirán en todos ellos, es decir, serán “asimetrías variables, explícitas, entre partes y tensas”. Y, al igual que antes, para diferenciar ambos casos propongo utilizar, respectivamente, los términos “asimetría de primera clase” y “asimetría de segunda clase”, o también “asimetría” y “asimetrización” o “reasimetrización”, respectivamente —estos últimos por analogía con los términos “simetrización” y “resimetrización”—.

Mas entonces se torna un problema en qué sentido pueda decirse, como afirma Fuentes, que todas las sociedades neolíticas sean “totalidades atributivas por concatenación estacionaria de asimetrías entre sus partes mutuamente interdependientes”, ya que según lo que estoy exponiendo estas sociedades tendrán en su interior tanto simetrías como asimetrías, aunque siempre de “primera clase”, sin que en ellas haya ni asimetrías ni simetrías de “segunda clase” —es decir, ni “asimetrizaciones” ni “simetrizaciones”—. Desde este planteamiento lo correcto es decir que todas las sociedades neolíticas serán “totalidades atributivas por concatenación estacionaria de asimetrías y simetrías entre sus partes mutuamente interdependientes” —estacionaria o estable, permanente, invariable, fija, fría, etc.—, pues tanto las asimetrías como las simetrías de las sociedades neolíticas, sean subsistenciales o excedentarias, tendrán en común el ser de “primera clase”, es decir, “fijas, implícitas, comunitarias y distendidas”, salvo en el caso de la “mutualidad”, en el que las “rotaciones formalmente simétricas y materialmente asimétricas” podrán ser variables. En este sentido, si estas sociedades con “para-justas”, como afirma Fuentes, no es porque sus relaciones internas sean “asimétricas” (dicho en sus términos), sino porque serán relaciones “simétricas y asimétricas de primera clase”, esto es, porque serán sociedades sin necesidad de ajustes, o libres de resimetrizaciones de asimetrizaciones previas, pues la justicia no será ninguna otra cosa —como nos enseña el propio Fuentes, del que he tomado esta identidad entre justicia y “resimetrización de asimetrías”, dicho de nuevo con su terminología—.

Por otro lado, según Polanyi, aunque las otras dos no desaparecerían sino que se irían modulando a medida que cambiase la estructura de las sociedades, la tercera forma de “cambio de mano” sería el “intercambio o transacción mercantil”, el “más precario de los lazos humanos”. El “intercambio mercantil” tendría como ingredientes el comercio, el dinero y el mercado, que serían elementos distintos y con desarrollos independientes: el comercio sería una relación entre dos partes que implicaría un intercambio puntual de productos, es decir, no conllevaría ningún compromiso de recurrencia o de estabilidad en el futuro —a diferencia de la “reciprocidad” y de la “redistribución centralizada”—; el dinero, con las distintas funciones y orígenes que antes mencionaba escuetamente, podría estar presente o no en las relaciones comerciales, pero cuando lo estuviera facilitaría la realización de éstas al facilitar la ampliación del campo de equivalencias entre bienes heterogéneos; el mercado sería un espacio o centro institucionalizado —el ágora griega, por ejemplo— en donde convergerían múltiples “ofertas” y “demandas” de múltiples productos, teniendo lugar en él los intercambios por medio de precios fijados según la “ley de la oferta y de la demanda”, es decir, por medio de precios autorregulados por el funcionamiento del propio mercado libre de restricciones estatales. Pero no siempre que hubiera comercio habría mercados libres, es más, el mercado libre sería una forma del comercio que aparecería muy tarde en las sociedades históricas, estando por lo general prohibido o altamente regulado por el Estado, sobre todo el mercado interior. Además, se deduce que, según Polanyi, allí donde no hubiera mercado no regiría la “ley de la oferta y de la demanda”, es decir, que el comercio que se diera fuera de los mercados institucionalizados no estaría regulado por esta “ley”. Como veremos, estas y otras aportaciones de Polanyi serán muy esclarecedoras para afinar la idea de historia como historia del capital, pero desde nuestro punto de vista será imprescindible reclamar un papel trascendental para dicha “ley de la oferta y de la demanda”, si bien con las rectificaciones oportunas.


2.4. El inicio del comercio entre las sociedades neolíticas excedentarias: la conjugación de las dos fases de Marx, “vender para comprar” y “comprar para vender”.

Pues bien, habiendo hablado ya de las sociedades subsistenciales y de su progresión hacia las excedentarias, veamos mis propuestas sobre el inicio del comercio neolítico. Comenzaré por exponer que las dos fases de Marx que Fuentes re-aplica para explicar la génesis original del capital pueden ser entendidas como trascendentales a toda actividad comercial en la medida en que son fases conjugadas. En efecto, según la propuesta de Marx, sus dos fases son consecutivas por adición, pues primero de da sólo el “vender para comprar” y luego a éste se le añade el “comprar para vender”, ya que Marx entiende, como no puede ser de otra manera, que el comercio dirigido al consumo —“vender para comprar”— no desaparece nunca, y que es en su interior donde se venden con plusvalía las mercancías que fabrica la mano de obra comprada —“comprar para vender”—. Sin embargo, como resultado de la propia re-aplicación que Fuentes hace de esas dos fases al inicio mismo de la historia, puede deducirse que ambas están ya dadas a la vez en el momento en que se alcanza la Edad Media y su régimen feudal, época ésta a la que sin embargo Marx sólo le adjudicaba la primera de ellas. Partiendo de esta deducción, y siguiendo la estrategia de Fuentes de no considerar a estas fases como fases empíricas, sino como trascendentales, mi propuesta es que se puede volver a ensayar la re-aplicación de ambas fases marxistas entendiendo que se darán siempre al mismo tiempo, es más, que se conjugarán entre sí; más concretamente, que serán fases conjugadas en proporción variable, es decir, fases interdependientes en cuyo despliegue lógico-material predominará primero la forma de la una sobre la otra, y luego la forma de la otra sobre la una mediante una inversión de sus proporciones iniciales.

La interdependencia o conjugación proporcional entre ambas fases tendrá lugar desde el principio del comercio prehistórico sencillamente porque la propia actividad de intercambio (o compra-venta) de mercaderías excedentarias de la fase “vender para comprar” supondrá ya la aparición de toda una serie de operaciones imprescindibles para la efectiva materialización de los intercambios, como lo serán, por ejemplo, reunir, almacenar, conservar hasta su venta, transportar y distribuir en el punto de destino las mercaderías excedentarias que se venden, así como tomar, transportar, almacenar, conservar hasta su consumo, y distribuir local o domésticamente aquellas otras que se compran. Todas estas operaciones económicas serán tareas no directamente productivas, es decir, serán posiciones de la red morfosintáctica socio-productiva que obligatoriamente tendrán que ser asistidas en su reposición. En los inicios del comercio éste tendrá lugar siempre hacia afuera, es decir, no habrá todavía comercio interior, sino sólo exterior, lo que implicará necesariamente el recorrido de largas distancias para conseguir bienes que se produzcan en sitios lejanos, con lo que a poco que las operaciones comerciales comiencen a darse, y más aún cuando vayan progresivamente ocupando más tiempo y requieran de una preparación técnica más avanzada, será necesario incorporar nueva fuerza productiva como para que se puedan establecer los propios intercambios comerciales de mercaderías excedentarias, lo que se traducirá en un proceso análogo por proporción al de “comprar para vender”, pues habrá incorporación de mano de obra, pero su lógica no estará dominada todavía por la explotación de la misma mediante la obtención de plusvalía. Además, precisamente por el recorrido de esas largas distancias, ya desde el principio el comercio neolítico necesitará de algún grado de protección armada de sus convoyes de carruajes o embarcaciones, lo que en muchos casos supondrá la necesidad de mano de obra añadida que proporcione esa protección —si bien, al parecer, en los comienzos del comercio las funciones comerciales y militares se realizan las más de las veces por los mismos sujetos—.

Cabe pensar ahora que para entender este inicio del proceso de comercialización de mercaderías, con sus dos fases conjugadas, sea válida la primera de las hipótesis que Fuentes había pensado para entender la inflexión del dinero en capital, es decir, para explicar la génesis de la fase “comprar para vender”, según la cual hipótesis —hoy día por él descartada y sustituida por la segunda—, la diferencia en la posesión de la riqueza natural era la clave de la aparición de la posibilidad de comprar mano de obra sin merma de su producción original comparativamente más pobre. Dentro de una misma sociedad neolítica excedentaria en la que están funcionando las mismas técnicas productivas (para cada producto), serán justamente aquellos pobladores que trabajen las tierras más ricas quienes puedan incorporar como mano de obra a aquellos otros miembros de su propia sociedad que trabajen las tierras más pobres; pero no de manera gratuita, abstracta o sin razón aparente, sino precisamente como condición imprescindible del establecimiento mismo (o mejora, después) de las operaciones de intercambio (no capitalista) de excedentes —para que surja el comercio, pues, como Bueno Hidalgo e Iglesias proponían a su modo—. De esta forma, mediante la puesta en relación de esa primera hipótesis de Fuentes con el argumento de que el comercio requiere de nuevas tareas que han de ser auxiliadas en su reposición, se puede deducir que los productores originales de las mercaderías dejarán de realizar los cometidos productivos y se dedicarán a los nuevos cometidos comerciales gracias a la incorporación de mano de obra dedicada a la producción. En principio, podría parecer razonable que esta nueva situación se materializara con ese reparto de las tareas (y no a la inversa) porque quienes trabajasen las tierras más fértiles y tuvieran más excedentes quedarían así operatoriamente liberados de las tareas más penosas de la producción (por comparación con las nuevas del comercio); pero, sin perjuicio de que ésa sea una razón parcialmente válida —por los tradicionales privilegios de las posiciones sociales predominantes, a los que antes aludía—, hay todavía otra razón de un alcance crítico incomparablemente más importante: los dueños de las tierras más ricas y de los excedentes que en ella se producen deberán dedicarse a controlar los intercambios, pues el valor de cambio de las mercaderías que se compren y vendan podrá variar y en consecuencia habrá de ser pactado en cada acto comercial como para no perder, e incluso ganar, valor de cambio —como expondré después—. En cualquier caso, el propio desarrollo del comercio exigirá en algún momento del mismo que también las tareas comerciales, desde las más básicas hasta las de más responsabilidad, deban ser asumidas progresivamente por la nueva mano de obra, aunque el control último de las compra-ventas siempre lo seguirá ejerciendo la parte social incorporadora de dicha fuerza de trabajo.

Ahora bien, dado que la economía es la conjugación del eje productivo y del eje social, la incorporación de los productores más pobres al sistema productivo de los más ricos habrá de estar mediada a su vez por las relaciones de parentesco, que están presentes desde el comienzo de las sociedades con economía de subsistencia y que se mantendrán plenamente vigentes en las sociedades excedentarias, manteniendo sus funciones fundamentales de regulación de la reproducción y de reparto de las posiciones productivas y de consumo entre todos los parientes, incluida la alianza entre cuñados. Dada esta estructura del eje social, una vez que aparecen los excedentes de producción y con ellos el mercadeo no capitalista, mi hipótesis es que la incorporación de la nueva fuerza de trabajo que hace posible la edificación del comercio se habrá de llevar a cabo necesariamente sobre el cimiento preexistente de la incorporación por emparentamiento de nuevos productores a un clan o sistema de producción familiar generacionalmente jerarquizado. En este sentido hay dos posibilidades fundamentales, una, cuando un padre de a su hija en matrimonio, el marido se convertirá en cuñado de los hermanos de su mujer, con las obligaciones de reciprocidad que ya he expuesto, pero al mismo tiempo quedará subordinado a su suegro, y, por tanto, si coopera laboralmente con él será siempre dentro de esta relación de subordinación jerárquica. Junto a ésta, la otra posibilidad de aumentar la cantidad de productores de un clan familiar será mediante la ampliación del número de nacimientos, lo que se conseguirá muy especialmente con el matrimonio poligámico (o mejor expresado, poligínico), es decir, incorporando más mujeres al clan familiar, pues un mayor número de ellas posibilitará un mayor número de nacimientos para un mismo marido —como se sabe, en Oriente predominó la poliginia en las sociedades que fueron progresivamente dando lugar a las sociedades históricas orientales, así como en éstas—. Será, entonces, dentro de las normas sociales del parentesco ya previamente dadas como vayan incorporándose los hombres y las mujeres más pobres a las familias más ricas en el nuevo contexto del comercio, de manera que las familias irán pasando progresivamente a ser un sistema de alianzas en el reparto de las diversas tareas de una producción excedentaria y comercial a partir de una producción meramente subsistencial —lo que conducirá a la acentuación progresiva del diferencial de riqueza entre las familias ricas y pobres, y después, por los procesos que veremos, a su transformación respectiva en familias capitalistas y trabajadoras—. De ello se derivará que las nuevas sociedades excedentarias sean sociedades familiares asimismo generacionalmente jerarquizadas en las que se organizarán estratificadamente todas las operaciones (morfosintácticas) de producción, comercialización y consumo de los bienes. En esta nueva situación, la relación “asimétrica de primera clase” entre los nuevos sujetos incorporados subordinadamente a los sujetos incorporadores será análoga por proporción respecto de la “asimetría de segunda clase” de la plusvalía laboral capitalista, pues si en ésta al trabajador se le retribuye con menos valor del que produce, a la vez que éste queda disociado de la propiedad tanto de sus medios de producción anteriores como de los actuales, ahora se dará una semejanza y una diferencia con esta situación: por un lado, la semejanza analógica estará en que las nuevas operaciones productivas que se incorporen subordinadamente al clan o sistema productivo familiar intergeneracional recibirán una cantidad de riqueza menor que la que produzcan. Este proceso se configura como sigue: su producción excedentaria —respecto de la necesaria para la reposición de su fuerza de trabajo— pasará a quedar controlada comercialmente por las posiciones familiares jerárquicamente dominantes, pues son éstas las que justamente dirigirán también las nuevas operaciones de compra-venta de los excedentes, de forma que el productor incorporado subordinadamente quedará de entrada separado del control comercial de la riqueza excedentaria que genere, y con ello de los procesos de negociación comercial en los que se pondrá en juego el ganar o perder riqueza. A partir del control jerarquizado de esos actos comerciales, se abrirá después la posibilidad de que los bienes obtenidos mediante los intercambios se distribuyan en el interior de la familia según la importancia escalonada de las posiciones familiares, con lo que las generaciones predominantes podrán aumentar y diversificar sus privilegios en el acceso a los valores de uso respecto de los incipientes privilegios que pudieran tener en la etapa neolítica subsistencial, así como los nuevos productores incorporados acabarán por recibir menos bienes comprados que el valor de los que produjeron para ser vendidos —y aun así recibiendo al menos lo mismo que obtenían, si no más, en sus anteriores condiciones productivas, según la primera hipótesis de Fuentes—. No obstante esta semejanza, por otro lado, la diferencia de proporción con la genuina asimetría laboral o de “segunda clase” estará en que, aun contando con esos privilegios en el mando y en el consumo de los sujetos incorporadores respecto de los sujetos incorporados, la incorporación por emparentamiento de la nueva mano de obra no conllevará la separación de la propiedad de los nuevos medios de producción a los que se llegue, puesto que la riqueza productivo-comercial del clan familiar será íntegramente familiar (a pesar de su estratificación interna), así como además existirá la institución de la sucesión en, o herencia de, las posiciones familiares jerárquicamente dominantes (con sus correspondientes privilegios en el consumo asociados al mando) —es decir, por ejemplo, que un yerno puede empezar siendo un productor incorporado subordinadamente a su suegro y al hijo primogénito de éste y sin embargo acabar finalmente rigiendo la familia como cualquier otro hijo menor de su suegro—. Y ello en la medida en que la lógica de la incorporación no será todavía la extracción de plusvalía y la consiguiente ampliación del capital propiedad del capitalista, sino que sólo tendrá la función de hacer posible la ampliación del clan como sistema productivo familiar a sistema productivo-comercial (o mejorar éste), con el fin de que dicho clan familiar pueda consumir y utilizar nuevas mercaderías a través de los intercambios, si bien estratificadamente. En conclusión, tal y como acabo de exponer, en el interior de las sociedades familiares excedentarias sólo podrá hablarse con alguna propiedad de relaciones sociales de producción “asimétricas de primera clase” recurriendo al concepto de “analogía por proporción” con la “asimetría de segunda clase” de la plusvalía laboral —lo que es posible porque, como veremos, ésta será una transformación anamórfica de aquélla—.

2.5. La asimetría de segunda clase en el comercio neolítico: la ley de la oferta y de la demanda como principio trascendental a las relaciones comerciales por su inseguridad, tensión e inestabilidad.

Ahora bien, habría todavía otra posibilidad, a la postre imprescindible o crítica lógico-materialmente, para hablar de “asimetrías de segunda clase” respecto de las sociedades neolíticas excedentarias, concretamente en sus relaciones comerciales mutuas —y no entonces en sus relaciones sociales de producción internas respectivas—. En este caso sí se tratará de genuinas asimetrías de segunda clase (o asimetrizaciones), aunque no porque ya haya plusvalía laboral, sino porque habrá intercambios comerciales desiguales o asimétricos (asimetrizantes). Me refiero a que los intercambios comerciales deberán ser pactados —posibilidad ésta a la que antes apuntaba como causa fundamental de que los productores más ricos se desligaran de las tareas productivas mediante la incorporación de nueva mano de obra emparentada originalmente más pobre—, y ello ya desde el primer momento de la actividad de mercadeo en la que predominará el “vender para comprar” (el consumo), y no aún el “comprar para vender” (el lucro o acumulación del capital procedente de la plusvalía laboral).

La reaplicación que hace Fuentes de la primera fase de Marx —”vender para comprar”— al comercio neolítico precapitalista de excedentes heterogéneos toma implícitamente como premisa que el mercado preurbano es igualitario, es decir, que los intercambios de mercaderías son simétricos por cuanto que se intercambiarían valores de cambio exactamente equivalentes, cuando es el caso que puede ser de otra forma, si bien, como veremos, su premisa implícita va a tener un sentido muy importante. De hecho, la posibilidad de un mercado precapitalista no igualitario está reconocida por el propio Marx, por ejemplo, cuando refiriéndose a esta fase de “vender para comprar” afirma en El Capital que “Aun admitiendo el cambio de valores desiguales, la circulación de mercancías no crea plusvalía [laboral] o aumento de valor” —1867-1884/1976, Enunciado del Epígrafe II, Capítulo V: Contradicciones de la fórmula general del capital, Sección Segunda: Transformación del dinero en capital—. Mi tesis es que en el seno del propio comercio precapitalista neolítico las relaciones comerciales podrán ser “asimétricas de segunda clase” o “asimetrizantes” porque los bienes desiguales intercambiados sí podrán generar un aumento de valor. Esta afirmación se deriva de que el acto de la compra-venta —que no estará todavía regulado por la lógica de la acumulación del capital mediante plusvalías laborales—, no habrá de ser entendida como una relación social plana, obvia, o hecha sin fricciones entre las dos partes que participan, sino como una mutua determinación, por oposición mutua, regulada desde el primer momento por una primera modulación de la ley de la oferta y de la demanda —sin perjuicio, por descontado, de las muy diversas y complejas modulaciones que esta ley o principio regulativo específico de la economía comercial irá adoptando en el proceso de desarrollo de la misma a lo largo de los tiempos—. A los efectos de hacerse cargo de la realidad positiva de esta lucha o enfrentamiento originario entre comerciantes que abre la puerta a las asimetrizaciones comerciales, resulta imprescindible —exactamente igual que con las dos fases de Marx— reconocer la franja de verdad trascendental que la ley de la oferta y de la demanda tiene como forma objetiva del juego del comercio, y re-aplicarla por ello también a los momentos iniciales del comercio prehistórico. Más aún, mi tesis es que sin esa re-aplicación de uno de los conceptos fundamentales de la tradición de la economía política liberal, que sin duda alguna hay que conjugar con la estrategia ensayada por Fuentes de re-aplicar la franja de verdad trascendental que tiene la tradición marxista, no se podría reconstruir el esquema lógico-material de la constitución y reconstitución permanente de la historia en cuanto que historia de la economía capitalista. Y ello porque la ley de la oferta y de la demanda ha de ser sistemáticamente puesta en relación con la idea trotskysta del “desarrollo económico desigual y combinado”, pues en última instancia será la mayor o menor fuerza económica de cada parte social aquello que determinará la fuerza de sus ofertas y de sus demandas respectivas desde el nacimiento mismo del comercio. En contraposición con mi postura, Polanyi reduce la ley de la oferta y de la demanda a un concepto correspondiente a la etapa historiográfico-empírica del comercio capitalista de la Modernidad occidental —así como a algunos otros momentos y lugares históricos concretos donde habría habido mercados libres anteriormente—, época ésta en la que sin duda el formato del mercado libre o totalmente regulado por la ley de la oferta y de la demanda alcanza su cenit, dominando la economía hasta extremos no conocidos hasta entonces, llegándose al punto de que prácticamente toda ella será ya “economía de mercado (libre)”. Polanyi defiende que la re-aplicación hecha por la propia tradición liberal del formato de los mercados modernos regulados por dicha ley a las sociedades tribales y antiguas no respondería a la realidad conocida por la Antropología y la Historia. En concreto, este autor se muestra contrario a que el comercio tuviera su origen en el interior de las sociedades primitivas como actos de trueque hechos entre los individuos por su propia iniciativa, defendiendo en su lugar la tesis de que el proceso de expansión del comercio iría de fuera a dentro de las sociedades, que sería un fenómeno colectivo y no individual, y que no tendría en sus inicios el formato de un mercado libremente autorregulador de sus precios al estilo de la Modernidad. Por mi parte diré que el comercio, en efecto, será antes exterior que interior, y colectivo antes que individual, pero su forma será siempre alguna modulación de la ley de la oferta y de la demanda, y ello porque el comercio exterior será una pugna entre fuerzas desiguales aunque no tenga lugar en ningún mercado institucionalizado, pues, desde luego, en las sociedades primitivas no existirán tales mercados que fijen todos los precios libre o autorreguladamente al estilo de los siglos XVIII y posteriores. Dicho de otro modo, a pesar de tener la virtud de resaltar la importancia del comercio en la transición de la prehistoria a la historia, a mi juicio, un error de Polanyi ha sido reducir la ley de la oferta y de la demanda a la Modernidad, como si no existiera ninguna modulación suya más que el formato último del mercado moderno libremente autorregulado en la determinación de los precios; aunque, por otro lado, este autor nos proporciona valiosas aportaciones sobre las formas de enriquecimiento de las primeras sociedades históricas —como luego expondré—. Otro error de Polanyi que hace necesaria una reconstrucción completa de sus propuestas es que, aun a pesar de pasar por ser un autor marxista (si bien heterodoxo), no parece tener en cuenta la cuestión, básica para Fuentes, de la aparición y de la progresión de las plusvalías laborales como clave de la historia. Aunque por parte de este último, un problema de su construcción, me parece, es que no ha tenido suficientemente a la vista la íntima relación existente entre el comercio, con sus diversas modulaciones de la ley de la oferta y de la demanda, y la dinámica histórica de rectificación y expansión de las plusvalías laborales, así como tampoco las formas de relación social de producción mediante el status de las sociedades antiguas y medias. En resumen, la exposición que estoy haciendo utiliza como ingredientes fundamentales los conceptos de Fuentes, algunos de los conceptos propuestos por Polanyi y el concepto de la ley de la oferta y de la demanda, los unos reconstruidos por los otros.

A los efectos de explicar la posibilidad de los intercambios asimetrizantes en el mercadeo precapitalista regulado por la ley de la oferta y de la demanda, voy a plantear ahora que las relaciones comerciales son “inseguras”, “tensas” e “inestables” ya desde su aparición en la prehistoria neolítica —y por supuesto en cualquier época posterior—, pues será en este periodo donde empiece el recorrido material de la forma lógica de dicha ley trascendental a todo comercio empírico. En los inicios del proceso, las sociedades neolíticas excedentarias comenzarán a comerciar entre sí dos a dos, es decir, sin que todavía haya intermediación de terceras partes competidoras, lo que quiere decir que este primer comercio neolítico será exclusivamente un comercio inseguro y tenso, sin que entre todavía en juego la inestabilidad —aunque, como veremos ésta se derivará de aquéllas—. Estos primeros intercambios tendrán lugar entre clanes familiares, y esto también cuando participe el clan del jefe de una tribu, porque no por serlo su actividad comercial exógena dejará de ser un comercio entre clanes, aunque por supuesto esta actividad suya podrá repercutir transitivamente en la tribu entera.

La primera característica de los intercambios de mercaderías es que las relaciones comerciales serán una alternativa pacífica a la rapiña bélica, en la que desde luego la asimetrización será total a favor del más fuerte militarmente. La rapiña bélica será más probable que el comercio cuanto más desequilibrio militar haya entre las partes, lo que supone que los desacuerdos comerciales tendrán un alto riesgo de guerra como contrapartida, siendo éste un condicionante que siempre jugará en contra de la parte que sea militarmente más débil y por el que ésta tenderá a aceptar acuerdos desfavorables. Las relaciones comerciales serán, pues, “inseguras” por tener como contexto la amenaza de guerra —y si la guerra es la alternativa al comercio hacia el exterior, en las ulteriores sociedades civilizadas, como después veremos, la delincuencia será la alternativa hacia el interior—.

La segunda característica del comercio neolítico reside en que los nuevos intercambios serán justamente eso, nuevos, esto es, no tendrán tradición, con lo que las razones de equivalencia de los bienes heterogéneos intercambiados recíprocamente no estará optimizada de manera fija e implícita, sino que habrá de ser fijada explícitamente en el propio proceso de trueque. En semejante situación problemática ambas partes tendrán que valorar o calcular cuál es la proporción de cambio equitativa a fin de asegurarse de que no pierden con el intercambio. Como es natural, cada parte realizará este cálculo de la razón de cambio equitativa de cada intercambio novedoso a partir de las razones de cambio de su propia economía, de forma que la solución a este problema nuevo estará en tomar como patrón de cambio algún producto que ambos círculos económicos tengan en común, para mediante él llegar a relacionar transitivamente los productos que ahora se intercambien por primera vez; y un producto común del que además se pueda hacer una fácil medición común de su cantidad, como será característicamente el caso de las cabezas de ganado, es decir, el caso de las medidas de valor “pecuniarias” —que serán una de las primeras formas del dinero—. Con este sistema consistente en encontrar un “relator común de equivalencia” —según la expresión de Fuentes— respecto de las equivalencias ya dadas independientemente en cada sociedad, cada parte calculará una razón de intercambio para su producto y el producto conocido por ambas, pudiéndose llegar así a un cálculo común de la razón equitativa del nuevo intercambio comercial —por ejemplo, a la hora de intercambiar por primera vez un producto X por un producto Y, supongamos que para la sociedad que produce X, 5X equivaldrán a una oveja, mientras que para la sociedad que produce Y, 2Y equivale a esa misma oveja, así 5 X será igual a 2 Y—.

Antes de continuar quiero hacer una precisión al respecto del concepto de “valor de cambio”: siguiendo la propuesta de Ricardo —en la que se basó Marx—, el valor de cambio de una mercadería es su valor o coste de producción o fabricación —en el cual se ha de incluir también el valor de las operaciones de su puesta en el mercado, que son indispensables para su cambio y sin ellas no habría valor de tal—. Sin duda que esta forma de estimar el valor de cambio de una mercancía está plenamente dada en la economía moderna que analizaron Ricardo y Marx —y tantos otros—, pero la cuestión que quiero traer a colación es que semejante forma de hacer el cálculo del valor de cambio será propia ya de sociedades con plusvalías laborales, es decir, con mano de obra cuyo salario o coste de mantenimiento esté previamente calculado y estipulado con precisión. Es evidente que en el mercadeo neolítico no habrá todavía mano de obra laboral más allá del reparto familiar de las tareas y de los bienes que antes explicaba, por lo que desde luego difícilmente podrá haber todavía algún cálculo del coste de la mano de obra. Este cálculo sólo podrá empezar a tener lugar en las inminentes sociedades históricas, esto es, una vez que haya mano de obra más allá de las relaciones de parentesco y una vez que su mantenimiento esté ya calculado explícitamente. A mi juicio, en este sentido es muy importante tener en cuenta el dato que ofrece Polanyi cuando cuenta que los Estados antiguos fijarían la cuantía de las “raciones” diarias —”el pan nuestro de cada día”, y demás— que los propietarios habrían de dar a los esclavos y siervos, porque sólo una vez que los propietarios tengan fijado explícitamente el coste diario mínimo de la servidumbre se les abrirá la posibilidad, y hasta la necesidad, de calcular la relación coste-beneficio en cada incorporación de mano de obra. Y acaso esta diferencia entre las formas prehistórica e histórica de fijar los valores de cambio sea la base de la diferencia establecida por Fuentes entre mercaderías (precapitalistas) y mercancías (capitalistas), pues las primeras tendrán valores de cambio establecidos transitivamente a partir de los valores de cambio de las respectivas tradiciones neolíticas, y por tanto sin la existencia de plusvalías laborales calculadas, mientras que los valores de cambio de las segundas se calcularán en relación con dichas plusvalías laborales y con el objetivo precisamente de lograr la acumulación de capital que ellas permiten.

En cualquier caso, tanto si se trata de mercaderías como de mercancías, una vez fijado el valor de cambio por una de las partes, ese valor será el nivel de cambio equitativo para esa parte, es decir, el nivel con el que se valora que no se pierde valor en el intercambio; pero por ello mismo será también un límite a partir de la cual se podrá ganar o perder valor de cambio. Y una vez abierto este proceso de cálculo explícito el valor de cambio estimado por cada parte en el comercio neolítico, será muy probable que haya desacuerdos y que las partes entren en verdaderos procesos de regateo hasta alcanzar un punto de equilibrio. Pero como los intercambios se realizarán con extraños, con ellos no estará vigente, o al menos no con tanta fuerza, el tabú del aprovechamiento del otro, y, en consecuencia, en la dialéctica o lucha comercial se podrá tender a ganar valor mediante la imposición de la mayor fuerza económico-militar en lugar de hacer un cambio plenamente igualitario.

Además, otra cuestión clave para entender el comercio neolítico es que las ofertas y las demandas cruzadas por las partes podrán variar según las circunstancias. Desde luego, variarán las demandas, ya que en cada acto comercial cada una de las dos partes participantes tendrá un determinado grado de necesidad de compra —o de demanda— de aquello que ofrece la otra parte, pues las necesidades de consumo de los productos comprados podrán variar circunstancialmente —por ejemplo, por enfermedades que disminuyan la población o que requieran de la compra de productos específicos, o por la existencia o no de accidentes o de desgaste de los utensilios que obligue o no a su reposición—, de manera que no siempre se necesitará comprar lo mismo ni en la misma cantidad. A mayor igualdad de necesidades (o demandas) entre las partes, mayor tendencia a la simetría habrá en los intercambios, pero cuando haya un claro diferencial en la necesidad de compra respectiva, la parte más necesitada (o con más demanda) tendrá mayor disposición a hacer un intercambio perjudicial o asimetrizado (se preferirá perder a no cambiar), y viceversa, la parte que menos necesidad tenga de compra (o con menos demanda) más disposición tendrá a una compra-venta beneficiosamente asimetrizada. Y asimismo podrán variar las ofertas, pues en cada nueva situación podrá haber una mayor menor cantidad de los productos que se venden en función de las circunstancias de su producción —por ejemplo, un tiempo atmosférico mejor o peor que genere mejores o peores cosechas con el mismo trabajo, abundancia o escasez de materia prima que suponga una menor o mayor producción, etc.—. Si la oferta de un producto es menor, este puede encarecerse a fin de que la parte que lo vende siga obteniendo lo mismo con el cambio, mientras que si es mayor puede abaratarse. Pero esta variación en la disponibilidad de las mercaderías ocurrirá en ambas partes, lo que conducirá a la necesidad de un sucesivo proceso de acuerdo o de pacto en el que se recalcule cada vez el equilibrio objetivo entre todas esas variabilidades por su valoración conjunta —mucho más, desde luego, cuando después los propietarios capitalistas calculen la variación de los costes de producción al detalle y con ello el valor de cambio mínimo de cada mercancía en cada ocasión—. Semejante situación de cruce fluctuante entre (i) las disponibilidades en los productos que se ofrecen a la venta, y (ii) los grados igualmente variables en las demandas de compra, supone que el comercio albergará oscilaciones en las razones de cambio desde el principio mismo de su constitución. Y oscilaciones que no podrán darse al margen, sino a través de los propios procesos de regateo, esto es, de tanteo y de contradicción mutuos mediante el cruce de propuestas de acuerdo que conduzcan a la materialización efectiva de cada pacto de compra-venta concreto. Es decir, que los valores de cada intercambio se fijarán uno a uno y por medio de un proceso tenso por cuanto que se opondrán dos partes enfrentadas o en conflicto que pugnarán por dominarse desde sus respectivos grados desiguales o diferenciales de fuerza económica hasta que se alcance un punto de equilibrio objetivo. Pero un punto de equilibrio que en muchas ocasiones será sólo una presunta simetrización, repárese en ello, porque la parte económicamente más fuerte habrá impuesto un precio asimetrizado a la parte más débil, produciéndose así un desplazamiento objetivo de la riqueza por el que quedará objetivamente fortalecida aquélla y debilitada ésta.

Y una vez dado este contexto de relaciones comerciales diádicas inseguras y tensas, la inestabilidad que antes decía que caracteriza al comercio se podrá entender como una derivación a escala más amplia de las propias inseguridad y tensión que conlleva el comercio desde su mismo inicio. En efecto, a consecuencia de la inseguridad y tensión entre las partes que comercien todavía directamente, esto es, todavía sin mediaciones de terceras partes, la parte más débil en el desarrollo de su fuerza económico-militar podrá intentar hacer los intercambios que necesite de manera más simetrizante con partes de otras sociedades cercanas que todavía no comercien, o que ya comercien pero hasta ese momento con otras sociedades. Y lo mismo cabe decir de la parte que hasta ahora era la más fuerte, pues si ya ha descubierto la posibilidad de la ganancia, muy probablemente tenderá ahora a buscar otras partes sociales de otras sociedades para establecer más y/o mejores acuerdos beneficiosamente asimetrizantes. Y si suponemos que este proceso objetivo (y no voluntarista, en cuanto que derivado de la inseguridad y la tensión) se desarrolla aproximadamente a la vez en múltiples sociedades excedentarias cuyas partes comercien dos a dos en una determinada zona geográfica, el resultado de semejantes tendencias confluyentes por intentar asegurar y destensar, o viceversa, respectivamente, los acuerdos comerciales mediante la búsqueda de mejores alternativas de comercio, será necesariamente la convergencia del conjunto de esas sociedades en un nuevo mercado (fáctico) común a todas ellas, lo que dará lugar a la competencia en la compra-venta y con ello a la inestabilidad en las relaciones comerciales. Esta nueva situación de inestabilidad económica objetiva por la competencia no evitará la existencia de las asimetrizaciones derivadas de la tensión, sino que, muy al contrario, dichas inseguridades, tensiones y asimetrizaciones quedarán reexpuestas a la escala del nuevo mercado ampliado, en el que los precios de cada acto comercial seguirán siendo beneficiosos para las partes más fuertes y, correlativamente, perjudiciales para las partes más débiles, con lo que se seguirán produciendo desplazamientos de valor de cambio en los que aquéllas quedarán fortalecidas y éstas debilitadas. Con la aparición progresiva de esa multiplicidad de opciones de intercambio, el comercio irá pasando a ser un tejido morfosintáctico en el que cada par de partes involucradas en un proceso de compra-venta estará mediada por una multiplicidad de terceras partes que también estarán interesadas en comprar y en vender. Esta gramática comercial, o intercalamiento de terceras opciones de acuerdo entre todo par de partes en proceso de acuerdo de intercambio, supondrá, simplemente, la aparición de la competencia entre los propietarios de las mercaderías. A partir de ese momento, el establecimiento de las razones de cambio trascenderá a las dos partes que traten tensamente de llegar a un acuerdo: los precios quedarán fijados ahora por el mercado en su conjunto, según las tendencias más ventajosas de compra y de venta. Y ello aunque este mercado exterior no sea un centro institucionalizado por un Estado, ni por un acuerdo entre Estados, sino simplemente la concurrencia fáctica de múltiples partes comerciales en posiciones distantes, puesto que a pesar de que los compradores y los vendedores puedan estar lejanos unos de otros, eso no significa que no puedan estar co-presentemente relacionados entre sí de hecho mediante sus diversas ofertas y demandas —sin perjuicio, por supuesto, de la ralentización que la distancia supone para la ejecución de las operaciones y para la progresión del comercio inicial—. Semejante situación implicará que la inseguridad y la tensión, o primeros ingredientes de la ley de la oferta y de la demanda que regulaba los primeros contactos entre dos partes aisladas cualesquiera, quedarán ahora reexpuestas o transformadas a una nueva escala ampliada por la mediación sistemática de terceras partes alternativas participantes en el mercado fáctico exterior, cada una de ellas con sus respectivos desarrollos económico-militares desiguales. Y justamente en dicha morfosintaxis de competencia por intercalamiento sistemático entre todas las partes se configurará la inestabilidad comercial a la que me refería, porque cada primera parte participante en un trato comercial no tendrá dado sin más ni el establecimiento ni la recurrencia de ningún acuerdo ajustado a sus propias necesidades de compra (demanda) y a sus propias posibilidades de venta (oferta), ya que a partir de ahora todas las posibles segundas partes tendrán abierta la posibilidad de intentar hacer mejores intercambios con otras terceras partes comerciales competidoras, o de usar la fuerza con ellas. En suma, la inseguridad, por el desequilibrio en la capacidad para usar la fuerza, la tensión, debida a la necesidad diferencial de compra-venta de mercaderías entre dos partes, y la inestabilidad, cuya génesis estará en las propias inseguridad y tensión, y que se deberá al intercalamiento sistemático de terceras partes competidoras en la compra y en la venta, irán caracterizando progresivamente a las relaciones de producción del comercio prehistórico en cuanto que regulado por esta primera modulación de la ley de la oferta y de la demanda propia de su escala —en este mismo sentido, resulta muy relevante la relación entre las etimologías de los términos “ocio” y “negocio”, pues el segundo se define como negación del primero: el ocio, de otium, es la paz, sosiego, quietud o descanso que se obtiene en otras actividades distintas a las ocupaciones del negocio, que a su vez viene de neg-otium, y que significa actividad pública o privada en la que se da por supuesto que siempre hay molestia o dificultad, es decir, en la que precisamente nunca hay la tranquilidad propia del ocio; y ello, expresado en mis términos, porque la inseguridad, la tensión y la inestabilidad serán consustanciales a los negocios desde la aparición del comercio—.

2.6. La simetría de segunda clase en el comercio neolítico: las relaciones sociales de producción de la amistad.

Con todo, una tercera característica, importantísima, del comercio entre las sociedades neolíticas excedentarias tiene que ver con la suposición implícita de Fuentes de que el mercado preurbano es igualitario, pues a pesar de no ser una premisa correcta alberga sin embargo un sentido decisivo que es preciso desvelar. Empezaré por decir que las relaciones comerciales neolíticas, aún siendo tensas e inestables, y aún estando siempre inevitablemente condicionadas por la alternativa de la guerra, se realizarán, en principio, según el formato de la reciprocidad propia de las relaciones entre cuñados. En efecto, los trueques neolíticos tendrán lugar desde el inicio mediante el formato de regalo-contrarregalo propio de las relaciones de cuñadía, pues se tratará de una relación pacífica con extraños, como lo son los propios cuñados antes de serlo, a la vez que en ambas sociedades habrá previamente relaciones de parentesco que incluirán la norma de la reciprocidad —sin perjuicio de que dichas relaciones puedan tener morfosintaxis distintas—, pero con la diferencia de que en el caso del comercio no habrá ningún matrimonio que abra una tal relación familiar estable —de haberlo, ya no se estaría en el caso del intercambio comercial, sino en el de la alianza familiar recíproca con extraños—, lo que será de especial relevancia porque en estas sociedades —y prácticamente en todas— se hará una clara distinción entre “nosotros” y “ellos”, es decir, entre los miembros del propio círculo social, con quienes será obligatorio respetar las formas de vida de ese círculo, y los extraños, a quienes ya no habrá ninguna obligación de tratar según esas formas de vida propias, o lo que es lo mismo, a quienes se podrá someter a inseguridad, tensión e inestabilidad. De esta diferencia se derivará que el formato de las relaciones de reciprocidad empleado inicialmente para hacer el intercambio comercial sea una formalidad de la relación entre cuñados que ahora estará vacía de sus contenidos materiales definitorios, los familiares, lo que abrirá dos posibilidades: la primera es que las fuerzas económico-militares sean desiguales, situación ésta que desembocará en que la fórmula regalo-contrarregalo y su tendencia a la simetría sea sólo una formalidad inicial que inmediatamente después quedará desbordada por el desequilibrio material de fuerzas, gracias al cual una de las partes le podrá imponer a la otra un acuerdo supuestamente simetrizado pero que en realidad será una asimetrización por la fuerza, convirtiéndose así esa supuesta reciprocidad simétrica en la forma de un verdadero intercambio comercial dominado por la inseguridad, la tensión y la inestabilidad. Como se recordará, las relaciones “mutuas” entre los cuñados se caracterizan por atenerse a la forma de la rotación simétrica cuando, sin embargo, están cuantitativamente desequilibradas, o sea, que en ellas hay, como ya dije, una “simetría de primera clase meramente formal” por su “rotación materialmente asimétrica, variable, implícita, comunitaria y distendida”. En el caso de las relaciones neolíticas de comercio desigual que estoy analizando ahora, habrá también una “simetría meramente formal”, pero será “de segunda clase”, una “simetrización” que oculta una “asimetrización”, por cuanto que cuantitativamente la relación será una “rotación materialmente asimetrizada, variable, explícita, entre partes, insegura, tensa e inestable”, y ello porque antes que el equilibrio propio de las relaciones entre los cuñados, habrá un desequilibrio por el enfrentamiento característico de los intercambios comerciales. Justamente por ello serán ya unas relaciones de “oposición mutua”, o de enfrentamiento, a la inversa de las relaciones “mutuas” (o de “apoyo mutuo”) entre los cuñados, que son completamente armónicas.

En cambio, la segunda posibilidad ocurrirá allí donde las fuerzas económico-militares estén relativamente equilibradas, y consistirá en que ahora la forma de las relaciones de reciprocidad se impondrá sobre la forma del intercambio mercantil puro, es decir, que la verdadera naturaleza del acto, el trueque inseguro, tenso e inestable con regateo cruzado recuérdese que la relación familiar está ausente, se formalizará a una nueva escala derivada anamórficamente de la relación entre cuñados: la alianza de la amistad —a la que, dicho sea de paso, tanta importancia diera Aristóteles como fundamento cohesivo de la polis—. Ciertamente, el comercio neolítico será el origen de unas nuevas relaciones sociales de producción ligadas a los intercambios, las relaciones de amistad, que tendrán lugar cuando las relaciones comerciales neolíticas cristalicen o fragüen a semejanza de las relaciones equitativas de los cuñados, y en las que, por tanto, la inseguridad, tensión e inestabilidad estarán neutralizadas un grado alto por un tabú del aprovechamiento del otro análogamente proporcional al que se da en las relaciones de reciprocidad entre los cuñados. Como se puede apreciar, estoy proponiendo que las relaciones sociales de producción de la amistad tendrán una forma cualitativamente nueva que procederá de la transformación dialéctica de las formas opuestas entre sí de las puras relaciones sociales de equidad entre cuñados y de las puras relaciones sociales de trueque o intercambio comercial entre extraños. Justamente de esta oposición que las genera se derivará el que las relaciones de amistad sean relaciones de simetría de segunda clase, o de simetrización, en lugar de ser relaciones de simetría de primera clase, es decir, que sean unas relaciones a la baja respecto de las relaciones fraternales entre verdaderos cuñados o hermanos, pues, como digo, se formarán en el proceso inseguro, tenso e inestable de acuerdo comercial mediante el regateo cruzado, en el que entrarán en juego las fuerzas económico-militares desigualmente combinadas de cada parte, con lo que la simetrización de su supuesta reciprocidad formal siempre podrá encubrir la correspondiente asimetrización. No obstante estas asimetrizaciones que pudieran estar ocultas, en el proceso de formación de las sociedades históricas, y desde luego una vez formada ya la Ciudad, con sus interdependencias irreversibles, en lugar de los genuinos intercambios mercantiles que sí tienen lugar con el exterior, el interior de estas sociedades se compondrá de intercambios equitativos vía relación de amistad como forma de alianza entre propietarios consistente en la tendencia recíproca al establecimiento de acuerdos de intercambio recurrentes más bien simetrizantes que lo contrario. Y este es el sentido decisivo que tiene la premisa implícita de Fuentes de que el mercado preurbano es igualitario, pues lo será, en efecto, pero hacia el interior de la nueva sociedad por las relaciones sociales de producción de la amistad. No obstante, estas incipientes relaciones de la amistad estarán rebajadas respecto de las relaciones entre hermanos y cuñados también respecto de su grado de consistencia, puesto que al no mediar ninguna relación familiar entre los amigos, su amistad residirá más bien en la tendencia a hacer pactos equitativos recurrentes, pero sin que ello implique una relación vitalicia de antemano. En su significado original la amistad es el pacto o compromiso mutuo consistente en la tendencia recíproca a hacer acuerdos igualitarios, es decir, que los amigos tendrán relaciones de confianza en el cumplimiento de los compromisos mutuos en sus acuerdos de intercambio equitativo de productos —y después, por extensión, de sus acuerdos políticos y morales justos—, en los que por lo tanto no se impondrá ninguna asimetrización aunque ello fuera posible por la fuerza económico-militar desigual entre las partes —o bien, en el caso de personas con status desigual, acuerdos en los que no se impondrá ninguna asimetrización de más respecto de la que ya se mantiene—. La amistad así concebida guardará una analogía de proporción con las relaciones fraternales y de cuñados propias de la familia neolítica de las que procede: se diferenciará de éstas en que los hermanos y cuñados mantendrán entre sí una relación equitativa tan estable como la duración de sus propias vida; así como en que tanto los unos como los otros tendrán en común una relación, natural o adquirida, respectivamente, de hijos subordinados a sus padres o suegros, lo que les igualará entre sí respecto de éstos, que a su vez serán un pivote de mediación en la relación fraternal. Y se asemejará, por un lado, en las relaciones de apoyo mutuo equitativo, que en el caso de la amistad tendrán lugar entre sujetos ya plenamente responsables de sus actos, esto es, sin padre o suegro alguno que medie entre ellos asegurando el equilibrio en la relación —aunque sí puedan mediar transitivamente otros amigos comunes—; y, por otro lado, como ya he dicho, en que, en coherencia con lo anterior, la amistad también comportará un cierto grado de tabú del aprovechamiento del otro, si bien rebajado respecto de su versión familiar —por lo demás, podrá haber diferencias morfosintácticas entre los hermanos o cuñados mayores y menores, así como después podrá haber diferencias en las obligaciones amistosas mutuas derivadas de los status desiguales de los amigos—.

Resulta evidente que el esquema de génesis de comercio que estoy proponiendo no supone que en la economía excedentaria neolítica haya todavía propiedad capitalista, pues el objetivo siempre será el consumo (“vender para comprar”), pero sí supone que habrá ya propiedad de parte —la expresión “propiedad privada” es mejor reservarla para referirse específicamente a las partes de la economía capitalista—, en cuanto que las mercaderías que se vendan serán fabricadas por la propia familia o parte social que realice los intercambios comerciales y las mercaderías que se compren serán íntegramente propiedad de ese clan familiar o parte que comercie —lo que no obsta, por descontado, para que en algunos casos pueda haber también productos elaborados cooperativamente por el conjunto de los clanes de una tribu que sean una propiedad común de todas ellas a la vez—.

2.7. El progreso del comercio neolítico por la comparación de los valores objetivos de las formas de vida propias y ajenas que el comercio mismo favorece.

Además del avance del comercio prehistórico por las tendencias (objetivas y no voluntaristas) de las partes sociales a asegurar, destensar y estabilizar su recurrencia económica, es preciso considerar otra causa decisiva para su inicio y progresión: la tendencia siempre presente en las partes comerciantes a consumir más y/o mejores mercaderías compradas, tendencia ésta que de hecho es la que sirve de base al inicio mismo del comercio, y no sólo a su incremento. Pues, en efecto, el comercio neolítico, en cuanto que dominado por la lógica de “vender para comprar”, tendrá la función objetiva de mejorar las condiciones de consumo y/o de producción ya dadas autónomamente en cada una de las sociedades intercambiantes, más concretamente, las condiciones de las familias que pudieran comerciar. Mas la cuestión es que esa tendencia a la mejora de dichas condiciones estará favorecida por la propia actividad comercial, es decir, que una vez establecido el comercio éste tenderá a reampliarse incesantemente por el contacto mismo que supone entre sociedades distintas. Dicho de otro modo, la tendencia indefinida a conseguir la mejora de las propias condiciones de vida mediante el comercio habrá de ser entendida no de manera voluntarista y abstracta, sino como derivada del propio comercio por el contacto que éste abre entre distintas sociedades neolíticas, cada una con sus características respectivas. Por supuesto, se podría extraer una explicación falsa —justamente, voluntarista y abstracta— de este proceso a partir del liberalismo de Adam Smith, quien defiende que cada “individuo”, por definición, tiene “propensión al trueque” y “mira para sí”, es decir, que obra sólo en beneficio propio, dando por sentado este autor que la característica central de su actividad comercial es la autosatisfacción individual de los intereses propios autodefinidos por el individuo mismo —así como, por lo demás, que los individuos son entidades elementales o sustantivadas independientemente unas de otras, sin tener en cuenta que las operaciones en las que consisten son normas sociales supraindividuales que además suponen co-operaciones grupales—. Pero esa tendencia sin fin a la mejora de las condiciones de consumo y producción no habrá que darla por supuesta abstracta o descontextualizadamente al estilo del liberalismo individualista, sino que se habrá de derivar de la observación mutua de las ventajas comparativas en las formas de vida de las partes sociales de las diferentes sociedades que hacen los intercambios, es decir, del aprecio cruzado de los respectivos valores objetivos objetivamente mejores. Pues, en contraposición al individualismo de la economía liberal, la tendencia infinita a conseguir la mejora de la vida mediante el comercio sólo se puede entender lógico-materialmente como determinada por el aprecio de la superioridad de los valores objetivos encarnados en los bienes de las otras sociedades. Por consiguiente, si cada norma es un valor objetivo, entonces se deduce que la razón básica del constante aumento de la demanda de compra, y, por lo tanto, una de las claves del continuo crecimiento del comercio neolítico dado inicialmente, será el aprecio objetivo de las diferencias de valor respectivas por la comparación de las condiciones de consumo y/o producción diferenciales entre las distintas partes sociales que el propio comercio en marcha hace co-presentes. Más aún, puesto que siempre habrá que producir y el consumo nunca desaparecerá, este proceso de surgimiento de la demanda a partir de la percepción de la propia miseria objetiva por comparación con las mejores condiciones de producción y de consumo que tienen otras partes sociales, no habrá que verlo reducido sólo al comercio neolítico, sino que atravesará trascendentalmente al comercio en todo tiempo y lugar, motivando también la reconstitución permanente del capital —y con toda seguridad estará muy presente en el comercio capitalista de la Edad Moderna, en el que tanto los propietarios mismos se compararán entre sí, ejemplarmente, los burgueses con los aristócratas, como los trabajadores verán su gran miseria objetiva por comparación con los propietarios, o con otros trabajadores mejor remunerados; y asimismo en la Postmodernidad, donde un componente de la expansión económica que funcionará a toda máquina será precisamente la generación en los consumidores de una demanda basada en necesidades artificiosas de banalidades o valores ínfimos mediante la publicidad y la mercadotecnia (el marketing)—.


 

 
[Portada] [Editorial y sumario] [Pág. sig.]