Num.20
 
 

Apuntes críticos sobre la economía
capitalista como principio trascendental a las sociedades históricas según
Juan Bautista Fuentes Ortega

Ernesto Quiroga Romero [*]


 
 

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Antes de empezar la exposición propiamente dicha, quisiera hacer algunas precisiones acerca de la filiación del contenido de este escrito y sobre su propósito. El contenido se enmarca dentro de la filosofía materialista del Dr. Juan Bautista Fuentes Ortega (Profesor de Psicología en la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid), al que me une una estrecha relación desde hace ya más de 12 años y de quien he tenido la suerte de recibir una importante influencia filosófica, a la que debo lo principal de la base de mi trabajo. Ha sido sobre todo a lo largo de este tiempo cuando Fuentes ha construido una filosofía antropológica que incluye la idea de "economía capitalista" como principio trascendental (de estirpe marxista) del carácter histórico de las sociedades históricas. Pues bien, a pesar de esa filiación, el propósito de este trabajo no es realizar una mera reproducción de sus planteamientos, sino presentar unos apuntes argumentales que desarrollen críticamente (y por ello, y en esa medida, discipularmente) su idea de historia como historia del capitalismo. Mantendré para tal fin la lógica económica de su propia construcción, aunque introduciré en ella una serie de aclaraciones o de retoques críticos que, a pesar de su carácter de apuntes meramente aproximativos, o de "puntadas" todavía por ser tejidas con mejor urdimbre constructiva, quizá sirvan para precisar un grado más la perspectiva materialista de la historia que entiende a la economía capitalista como el principio trascendental o constitutivamente recurrente de la formación y transformación de toda sociedad histórica. Espero entonces que estos apuntes sean un paso en el proceso de elaboración de la filosofía antropológica desde la que se han generado, aunque sea a costa de la ulterior remodelación crítica parcial, o incluso total, que a su vez pudieran merecer en el curso dialéctico incesante de regresos y progresos intrínseco a toda construcción filosófica.


1. Resumen de la propuesta de Juan Fuentes sobre la economía capitalista como principio trascendental a las sociedades históricas.


Comenzaré por hacer un resumen de la construcción de Fuentes por la que propone que la “economía capitalista” es el principio trascendental a la historia debido a su lógica interna de reampliación incesante del capital. Me atendré para ello a lo expuesto en sus publicaciones —principalmente las de 1994a, 1994b, 1999, 2000, 2001a, 2001b y 2002—, pues como es natural no sería procedente el obviarlas desde el momento mismo en que están dadas. Sin embargo, el hecho cierto es que en esas publicaciones se presenta este tramo de su filosofía de manera un tanto comprimida y escueta, cuando en realidad Fuentes dispone ya de una construcción filosófica muy rica en materiales entretejidos, con lo que resulta tan justo como necesario el complementar lo que esas publicaciones ofrecen con aquello que se conoce a través de su actividad docente [1] —a lo que todavía voy a sumar lo que he aprendido en las comunicaciones personales que he mantenido con él a este respecto, aunque seguramente nada de ello será nuevo para quien haya podido seguir asiduamente sus clases en la universidad—.

La filosofía antropológica de Fuentes se asienta primeramente en su teoría lógico-material del objeto, en la que se relaciona la idea marxista de producción con el concepto de morfosintaxis de la lingüística estructural, del que hace una reaplicación trascendental a todas las operaciones del campo antropológico —y no sólo a aquéllas propiamente lingüísticas—. Dicho muy esquemáticamente: la producción humana genera (redes de) objetos, y estos objetos de la producción son (redes de) enseres (hechos materiales positivos), cuyo carácter de objetos reside en que son normativos, es decir, en que los enseres son ejemplares positivos de una norma o forma general de fabricación y de uso cuya objetividad radica en ser una morfosintaxis supraindividual, o lo que es lo mismo, una red de (o)posiciones morfemáticas —aquéllas que marca precisamente la estructura de fabricación y uso de cada enser o red de enseres— relacionadas sintáctica o establemente entre sí por las operaciones de los sujetos en cuanto que respecto de esas posiciones morfemáticas de los enseres éstos son intercambiables —los sujetos pueden ser sustituidos por otros en la fabricación y uso de cada objeto— y rotables —los sujetos se sustituyen mutuamente en las distintas posiciones de fabricación y uso de los objetos—. La idea de objeto o de norma es el núcleo formal generador recurrente del campo antropológico en su conjunto, por cuanto que dicho campo no va a ser sino una progresiva reampliación y transformación de operaciones morfosintácticas.

Además, en los últimos años Fuentes viene trabajando en la puesta en relación del materialismo dialéctico marxista con la filosofía antropológica de Max Scheler; muy especialmente con su teoría de los valores y de los bienes: si los objetos o enseres normativos de la producción pueden ser bienes que encarnan valores objetivos (como dice Scheler) es precisamente porque son bienes producidos y usados, pues en ellos se encarnan y se materializan valores objetivos que son objetivos precisamente por su normatividad, es decir, por su norma supraindividual de producción o fabricación y uso, que a su vez es una red de posiciones morfosintácticas. Por tanto, los bienes son materializaciones de valores objetivos sólo porque están conjugados con las operaciones normativas propias de las pautas supraindividuales de su producción y de su uso, es decir, porque el valor objetivo del bien sólo puede materializarse a través de su encarnación en dichas operaciones morfosintácticas de su producción y uso. A su vez, estas operaciones por las que se materializa encarnadamente el bien son ellas mismas objetivamente valiosas o buenas de forma conjugada con él precisamente por producirlo y usarlo según su patrón morfosintáctico supraindividual. Y, puesto que la clave de la materialización del valor en un bien está en la morfosintaxis objetiva de las operaciones, no sólo son buenas o valiosas las operaciones del eje de las fuerzas o técnicas productivas, sino que también son buenas o encarnadoras de un valor objetivo las operaciones propias del eje de las relaciones sociales de la producción —cuyo desarrollo con cierta independencia formal tiene lugar en la prehistoria neolítica—, es decir, aquellas operaciones en las que no se produce o usa directamente ningún objeto cultural “extrasomático”, sino que son operaciones atenidas a normas morfosintácticas “intersomáticas”, como, por ejemplo, las relaciones sociales de parentesco. En todo caso, éstas y cualesquier otras relaciones sociales de la producción únicamente pueden ser consideradas momentos “intersomáticos” de la red socio-productiva o económica tan sólo momentáneamente ajenos a la mediación “extrasomática” de los objetos producidos, pues las relaciones sociales de la producción se intercalan o conjugan sistemáticamente con las técnicas o fuerzas productivas, sosteniéndose mutuamente.

La filosofía antropológica de Fuentes se basa en la tesis marxista de la determinación económica de la sociedad antropológica, si bien no entiende a la economía mediante la metáfora arquitectónica de la base y de la superestructura al estilo marxista tradicional. En la medida en que el materialismo lógico exige que todas las partes sean materiales, no tiene sentido contraponer una base o infraestructura material a una superestructura que no lo fuera; no tiene sentido hablar de base material porque tan materiales son las fuerzas productivas como las relaciones sociales de producción. La economía no es la base de nada, no es infraestructura, porque es el través estructural (y no infraestructural) de todo, es decir, porque la economía es trascendental (o constitutivamente recurrente) a todas y cada una de las partes de cualquier sociedad antropológica en cuanto que es la dialéctica o conjugación diamérica entre las fuerzas productivas —los objetos, entendidos como redes de posiciones morfosintácticas entretejidas operatoriamente— y las relaciones sociales de la producción —entendidas como operaciones asimismo morfosintácticas dadas entre los sujetos, ya sea en cuanto que se relacionan intercalándose entre los objetos, ya sea relacionándose “intersomáticamente” entre ellos—. Que estos ejes se conjuguen quiere decir que cada uno de ellos debe poder ser descompuesto en partes, que son sus propias normas respectivas, y tal que estas partes tengan que intercalarse las unas entre las otras, y tal que ese soporte mutuo de todas estas partes intercaladas constituya la totalidad del ciclo socio-cultural de referencia —de manera que éste no sea un mero conjunto de normas dispersas—. La idea de economía va, por tanto, ligada formalmente a la idea de producción, es decir, de reposición o explotación multiplicativa de abastecimientos, porque por principio hablar de producción es hablar ya de un nivel de desarrollo técnico siquiera sea mínimamente multiplicativo que precisamente rebase la dependencia absoluta del medio que supone la ausencia de producción, con lo que el concepto de economía va ligado no a cualquier forma de relación técnica con el medio, sino a un cierto desarrollo de las fuerzas productivas que permita hablar de producción, aunque sólo sea mínimamente. Asimismo, la idea de economía va ligada formalmente a la idea de relaciones sociales de producción, pues son éstas las que sostienen conjugadamente al eje de los medios productivos; más aún, la economía es una actividad economizadora porque lo que se economiza u optimiza es precisamente la relación conjugada entre los niveles de desarrollo de las fuerzas productivas y el tipo de relaciones sociales que son capaces de soportar esas fuerzas productivas. Es por ello que llamamos economía al mutuo soporte de ambos ejes por su mutuo intercalamiento o conjugación.

Pero entonces, según esta definición de economía es un problema en qué sentido pueda haber “economía depredadora” en las sociedades paleolíticas, puesto que en ellas, primero, se utilizan técnicas productivas cazadoras y recolectoras mediante las que no se reponen los abastos que se obtienen del medio, dependiéndose de la disposición natural de los medios ecológicos, y segundo, no hay todavía normativización de las relaciones sociales de producción —el parentesco será la primera forma de estas relaciones y aparecerá con la llegada de la agricultura—. Pues bien, en el caso de las sociedades depredadoras se puede hablar de producción en la medida en que la fabricación de los objetos que se usan en la caza mayor —a diferencia de la caza menor, que se asimila enteramente a la mera recolección— supone una mínima, si no reposición de los recursos del medio, sí multiplicación o aumento significativo de dichos recursos mediante el empleo de los instrumentos técnicos propios de ese tipo de caza, lo que implica ya redes morfosintácticas supraindividuales de cooperación cinegética. Contando con ello, ¿de qué modo podrían conjugarse las fuerzas productivas de las sociedades depredadoras con las posibles relaciones sociales de producción de esta sociedad?, pues la horda cazadora y recolectora tiene relaciones copulatorias consanguíneas y promiscuas, sin que la reproducción esté normativizada —esto es, sin que haya relaciones de parentesco y sin su correspondiente tabú del incesto—, y, como tal, no son relaciones sociales antropológicas. Si a pesar de ello se puede hablar, en efecto, de un círculo socio-productivo o económico-antropológico que de algún modo conjugue las relaciones sociales consanguíneo-promiscuas —preantropológicas o zoológicas— con las fuerzas productivas, será merced al intercambio entre el sexo y una comida mínimamente sometida a organización productiva en cuanto que obtenida en la caza mayor. En resolución, se puede hablar de una totalidad social paleolítica, y entonces de “economía depredadora”, sólo en la medida en que las cópulas son operaciones sociales que se intercalan con las morfosintaxis productivas propias de la caza mayor.

Las sociedades neolíticas, en contraposición, disponen de técnicas de producción que reponen multiplicativamente los recursos del medio, así como tienen ya plenamente normativizado, es decir, atenido a redes morfosintácticas supraindividuales, el eje de las relaciones sociales de producción, de forma que éste adquiere una mínima independencia formal —nunca existencial— respecto de las normas productivas, tal que ahora ambos ejes pueden intercalarse, soportarse o conjugarse mutuamente. Estas sociedades son esferas, círculos o bloques económicos en cuanto que recurren por la dialéctica interna recurrente que es el entretejimiento mutuamente sostenedor o con-formador de las fuerzas productivas agrícolas y ganaderas con las relaciones sociales de parentesco. En las sociedades paleolíticas, el volumen de la población de una horda tiene un límite cuyo promedio es de unos 30 a 50 individuos, pues en la medida en que no se repone lo que se devasta no se puede alimentar a más individuos que los que permita la provisión de alimentos disponibles naturalmente, de modo que llegado el caso la horda se tiene que fragmentar o desaparecer. Pero después, tanto la agricultura como la ganadería suponen una reposición multiplicativa de los recursos del medio consumidos, pues de cada individuo orgánico vegetal o animal empleado se obtiene una pluralidad creciente de otros individuos —una semilla da lugar a una planta que produce muchas semillas, una pareja de animales se reproduce en múltiples crías—, lo que a su vez supone un principio de acumulación, es decir, de almacenamiento o de conservación del grano y de los animales, todo lo cual se traduce en una ruptura y en una transformación de los límites ecológico-demográficos de la sociedad paleolítica. El cultivo de vegetales y la cría de animales rompen los límites demográficos anteriores porque con estas nuevas técnicas productivas se puede alimentar a un volumen de población de miles o incluso de decenas de miles de individuos, pero a la vez establecen otros límites, aquellos límites demográfico-ecológicos característicos de las sociedades con economía de subsistencia por los que a partir del volumen de población mencionado aumenta críticamente la presión demográfica y la sociedad entera ya no puede subsistir. Estos nuevos límites generan la necesidad de equilibrar continuamente el volumen demográfico entre las diversas aldeas de una tribu como para evitar la presión demográfica, y las relaciones sociales de parentesco van a ser precisamente las relaciones sociales de producción por cuyo intercalamiento con las técnicas de la agricultura y de la ganadería se van a sostener (optimizar u economizar) estos bloques sociales al permitir su cierre y su recurrencia.

Las relaciones sociales (de producción) del parentesco se caracterizan por el matrimonio exogámico y por el tabú del incesto: la horda vivía en una caverna, pero ahora cada tribu va a estar conformada por diversos clanes familiares que viven en aldeas asociadas entre sí mediante relaciones familiares y mediante el tabú del incesto. El matrimonio exogámico es la asociación sexual de los hombres de un clan familiar con las mujeres de otro clan familiar de la tribu, y su lógica es la del intercambio de mujeres entre los diversos clanes, y en particular hijas. Los clanes cooperan o se alían productivamente entre sí en la medida en que quedan emparentados por la circulación de las hijas entre todos ellos, pero sólo porque este proceso se reproduce de manera sucesiva y continua, es decir, sólo porque hay una transitivización de estos intercambios de mujeres entre todos los múltiples clanes de la tribu. Se intercambian mujeres en cuanto que vientres paridores o generadores de nuevos hijos e hijas que reproduzcan de nuevo la alianza, de modo que los hijos de estos vientres esperen a las hijas de los vientres que han sido pasados a los otros grupos y viceversa. Por el intercambio de mujeres se propagan transitivamente las relaciones de alianza entre distintos y sucesivos clanes, y es así como se mantiene cohesionada la totalidad social en un volumen de población tal que es el que puede ser abastecido por un régimen de producción agrícola subsistencial. Por su parte, el tabú del incesto asociado al matrimonio exogámico es un tabú específicamente antropológico que está objetivamente determinado —y no gratuita o abstractamente dado—, y su determinación procede de las formas de organización social específicas de las sociedades agrícolas y ganaderas de subsistencia. La prohibición de la cópula consanguínea es una necesidad objetiva de la propia alianza o cooperación social que se establece entre los clanes precisamente por el intercambio y circulación de mujeres: el padre no puede tener relaciones sexuales con su hija, ni el hermano con su hermana, porque las hijas y hermanas han de estar disponibles para otros hermanos de algún otro clan, y viceversa, los hermanos de cada clan no pueden asociarse sexualmente con sus hermanas porque están esperando a las hijas-hermanas de otros grupos. Aquello que produce la alianza mutua entre los clanes, y por ende la cohesión social de estas sociedades, es este intercambio matrimonial sostenido de mujeres entre clanes, de forma que el tabú del incesto, en cuanto que tabú sostenido y recurrente, es lo que permite la circulación transitiva de las mujeres y con ello la transitivización de las relaciones de alianza entre sucesivos y diversos clanes sociales que a su vez proporciona la cohesión social. En definitiva, la producción agrícolo-ganadera subsistencial sólo puede mantenerse mediante la cohesión social familiar del volumen de población que puede subsistir con esa producción, y la recíproca, las relaciones de parentesco sólo pueden generalizarse a través de la producción agrícola y ganadera, porque la alianza productiva entre grupos adopta la forma del respeto al tabú del incesto dentro del propio grupo y del respeto de las reglas del matrimonio con respecto a los otros grupos.

En concreto, las alianzas productivas entre clanes se establecen entre los cuñados, es decir, entre el marido de la mujer recibida en matrimonio y los hermanos de ésta. Los cuñados son “hermanos políticos” en cuanto que quedan aliados o asociados en la agricultura y en la ganadería —y en otros oficios— por haber respetado el tabú del incesto y las reglas del matrimonio. Las relaciones sociales de parentesco son entonces la clave política de estas sociedades por cuanto que son la condición de su recurrencia o reproducción —político alude a aquella parte de una sociedad que cumple la función de totalización respecto del resto de las partes sociales, es decir, la función de establecimiento de relaciones de concatenación circular o cíclica entre las partes de la sociedad—. No hay necesidad de gobierno estatal porque las propias relaciones sociales de parentesco cumplen implícitamente la función política del gobierno cerrando cíclicamente todas las operaciones socio-productivas comunitarias o comunales. Las relaciones sociales de parentesco totalizan internamente la sociedad en la medida en que las diversas ocupaciones productivas heterogéneas —agrícolas, ganaderas, alfareras, textiles, etc.—, están intercaladas con las relaciones mismas de parentesco, pues este intercalamiento sostenido asegura el progresivo establecimiento de las alianzas entre dichas ocupaciones sociales heterogéneas, resultando entonces una concatenación circular recurrente entre todas ellas.

Estas sociedades son totalidades sociales atributivas porque tienen diversas ocupaciones productivas, y dado que las relaciones familiares son su factor social interno de politización, presentan el formato lógico de totalidades atributivas internas de concatenación cerrada entre partes heterogéneas. Su unidad no es de tipo identidad, sino que se trata de una unicidad de atribución asimétrica, porque sin duda que son sociedades únicas en cuanto que están aisladas las unas de las otras, y sin duda que son unidades perfectas, acabadas o cerradas, pero las relaciones de concatenación entre sus partes heterogéneas son asimétricas, es decir, no hay simetría alguna, ni entre las diversas ocupaciones productivas ni entre las diversas posiciones de las relaciones sociales de parentesco. En la antropología se dice — Malinowski, etc.— que la circulación de mujeres supone la reciprocidad o alianza recíproca entre las diversas ocupaciones sociales productivas; parece que las mujeres fueran un principio de rotación simétrico o un principio de reciprocidad, el principio de dar-recibir-devolver, porque un clan da hijas a otro clan y éste a su vez da otras hijas al primero. Ahora bien, aquí hay un principio de rotación, pero no todas las rotaciones son simétricas, hay rotaciones simétricas y rotaciones asimétricas. En este caso son rotaciones de mutualidad y no de reciprocidad, porque hay rotaciones, pero asimétricas, mientras que la genuina reciprocidad implica una rotación simétrica. La idea de simetría implica la igualdad —la igualdad en la relación de A con B y de B con A—, y en ningún caso hay igualdad entre las normas u ocupaciones o posiciones que caracterizan la red de normas neolíticas. Las relaciones familiares son las relaciones asimétricas con antonomasia porque, por ejemplo, un padre y un hijo no pueden rotar y ahora el padre ser el hijo de su hijo y éste ser su padre —al igual que pasa con los abuelos y los nietos, los tíos y los sobrinos, etc.—. Y por lo que toca a la producción, las prestaciones sociales que, por ejemplo, el cuñado alfarero ofrece al cuñado agricultor y viceversa son mutuas, y esa mutualidad implica rotación, pero entre la alfarería y la agricultura, que son inconmensurables, no hay simetría posible tampoco en este caso, hay cooperación mutua pero no reciprocidad o simetría, y ello por la heterogeneidad o desigualdad misma de las ocupaciones productivas. Los cuñados establecen relaciones de confraternidad política desigual porque no hay manera de resimetrizar una industria con otra, de modo que son sociedades fraternales, pero no igualitarias. La simetría aparecerá con el dinero, en el contexto del comercio y del capital a él asociado. Cuando aparezcan los excedentes y el comercio y un valor igualitario de cambio bajo la forma de dinero es cuando se podrá hacer un cambio simétrico con productos heterogéneos, es decir, habrá simetría cuando haya la transitividad del dinero, pues en el campo antropológico el único término material que puede soportar relaciones de simetría y luego de transitivización de simetrías es el dinero. Mientras no estemos en los dominios del dinero bajo la forma concreta de capital que adopta no tiene sentido hablar de simetrías: solamente en el contexto del capital podemos hablar de simetrías en cuanto que resimetrización incesante de las asimetrías que el capital mismo ha generado. La dialéctica entre simetrías y asimetrías es la propia economía de la sociedad del capital, pero en un contexto prehistórico en que todavía no contamos ni con excedentes de producción ni con mercancías, es decir, con valores de cambio equivalentes en base al dinero, todas y cada una de las relaciones son asimétricas.

Y precisamente por no tener capital la recurrencia de estas sociedades neolíticas no es histórica, ya que no muestran el cambio o re-ajuste estructural interno continuo propio de las sociedades ya capitalistas, antes al contrario, son sociedades frías, estacionarias o para-justas —o sin re-ajustes internos— en la medida en que son totalidades atributivas cuyas partes están concatenadas asimétricamente. Fuentes ha combinado la idea dialéctica y trascendental de economía —que acabo de exponer unas líneas más arriba— con la idea de historia de Bueno para construir una idea filosófica de sociedad histórica basada en sus peculiaridades económicas. Pues Historia no es el saber del pasado, no es sólo Historiografía, y ni tan siquiera es el saber sobre procesos de cambio en momentos anteriores a aquél en el que se da ese saber, ya que en ese caso la Historia lo sería también de cualquier secuencia natural. Antes bien, la Historia es el conocimiento de lo ocurrido en las sociedades históricas, cuyo carácter histórico, esto es, su dinámica estructural interna incesante de destrucción y de reconstrucción de sus partes técnicas y sociales, se debe a su tipo específico de economía, la capitalista, por comparación con las sociedades antropológicas anteriores.

En efecto, a diferencia de las prehistóricas, las sociedades históricas tienen una estructura social dotada de una dinámica interna de transformación infinita, lo que abre el problema de determinar cuál pueda ser el principio de constitución recurrente responsable tanto de la constitución de las sociedades históricas a partir de las prehistóricas, como de su re-constitución o transformación social interna permanente. Expresado de otro modo, las sociedades son históricas debido a algún principio por el que presentan un proceso de constitución inicial idéntica al resto de sus procesos de transformación, o sea, un principio que está siempre presente en ellas haciendo que su transformación continua sea una constitución continuamente renovada. Según Fuentes, dicho principio de constitución recurrente de la historia es la idea de estirpe marxista de “economía capitalista”, de forma que el capitalismo es la estructura dinámica trascendental a toda sociedad histórica positivamente posible —que siempre será entonces una sociedad capitalista—, y por ello mismo es una idea filosófica imprescindible para entender el desarrollo del campo antropológico. La economía capitalista va a llevar en su propia estructura el principio de su transformación por constitución recurrente —en relación con la plusvalía, de la forma que después se precisará—, pero esa estructura suya es una inflexión de una fase económica previa: la economía excedentaria o con excedentes de producción, a partir de la cual el dinero se constituye en capital —los excedentes son imprescindibles para el capitalismo porque sin ellos no es materialmente posible ni el comercio ni la plusvalía—. Los excedentes de producción aparecen a su vez en las sociedades subsistenciales a partir de la transformación de las fuerzas productivas que supone el uso de la técnica de los metales en la fabricación de los instrumentos productivos —inicialmente, los agrícolas—. Una vez dados, dichos excedentes de producción implican la rotura de los límites subsistenciales de la sociedad en la que tienen lugar, puesto que una sociedad con economía excedentaria comenzará a poder abastecer a su población progresivamente por encima de cualquiera que sea su potencial crecimiento demográfico. A partir de aquí se hará posible, en primer lugar, el comercio, el intercambio de excedentes, como forma de relación nueva entre aldeas previamente aisladas, pero también, en segundo lugar, y como una inflexión de las relaciones comerciales, un tipo especial de relación social (de producción) que va a dar lugar a la estructura y la dinámica de las sociedades históricas, que es precisamente el capital: la compra de fuerza de trabajo y la extracción de plusvalía a partir de su empleo productivo, lo que permite la acumulación del dinero y su reinversión productiva.

La propuesta de Fuentes para explicar la formación original del capital, su genuina “acumulación originaria”, consiste en reaplicar los análisis empíricos o positivos que Marx hiciera (principalmente en El Capital) para explicar la formación del "régimen capitalista de producción" (moderno y contemporáneo) mediante dos fases consecutivas, “vender para comprar” y “comprar para vender”, al objeto de dar cuenta de la génesis misma de las sociedades históricas, de modo que, a la postre, los propios análisis clásicos de Marx sobre la formación del "régimen capitalista de producción" acaben siendo vistos como una determinación positiva de dicha idea trascendental.

La primera fase del comercio entre aldeas que se genera a partir de los excedentes de producción responde a la fórmula (marxista) “Mercancía-Dinero-Mercancía”, o "vender para comprar", como Marx dijera, en la que todavía no está presente la relación social "capital". La estructura lógico-material o sintáctico-morfológica de esta primera fase consiste en el intercambio de objetos heterogéneos con un valor equivalente implícito que está dado en el propio acto del trueque. En cuanto que los objetos se intercambian ya no solo tienen valor de uso heterogéneo, sino que tienen también valor de (inter)cambio equivalente, lo que los convierte en mercaderías —Fuentes prefiere hablar de “mercaderías” en esta fase pre-capitalista y reservar la expresión “mercancías” para la siguiente, ya propiamente capitalista—. Una vez ya dado el trueque, éste va quedando desbordado por la forma del dinero, es decir, paulatinamente se va interponiendo entre los objetos equivalentes intercambiados un tercer tipo de objeto, a su vez alguna estructura corpórea fabricada, que es ya el dinero. El dinero es un relator de equivalencia de cambio entre términos que son valores de uso heterogéneos, con lo que la sintaxis morfológica (o la lógica material) de este proceso de intercambio comercial es justamente el intercalamiento de términos de equivalencia, es decir, del dinero, entre los artículos de uso o de consumo. Se establece así una sintaxis de relaciones de equivalencia económicas donde los morfemas son las diversas mercaderías, que rotan simétricamente entre sí mediante la magnitud de medida de su valor que es el dinero, de forma que cualquiera de los agentes que están mercadeando en esta estructura lógico-material están insertos en relaciones sociales mediadas por esta estructura de intercambio equivalente de productos. Cada una de las partes sociales ofrece algo que ha producido, y con el dinero que obtiene compra y consume lo que compra; con ello, la dirección objetiva (y no psicológica o voluntarista) que toma esta circulación de mercaderías, lo que domina el proceso, es el comprar equivalentes para usar o consumir lo que se compra, con lo que no es todavía una lógica capitalista.

La relación social “capital” propiamente dicha tendrá lugar a partir de ese comercio cuando las operaciones de intercambio de productos comiencen a tomar la forma, también señalada por Marx, "Dinero-Mercancía-Dinero", esto es, según dice la otra expresión, ahora ya no se trata de "vender para comprar", sino de "comprar para vender", muy en particular, comprar fuerza de trabajo (además de medios de producción) para obtener “plusvalía” de ella mediante la venta de sus producciones. El dinero se convierte en capital, entonces, allí donde empiece a haber un grupo humano cuya actividad comercial esté regulada por la venta, no por la compra, y por lo tanto no por el consumo de las mercancías o bienes comprados, sino por su venta de modo que se obtenga en el mercado un valor de más al vender (un plusvalor) respecto del empleado en la compra de la (fabricación de la) mercancía. Con ello, la mercancía de la economía capitalista —a diferencia de la anterior mercadería— es un medio para la acumulación del dinero por medio de la compra de trabajo y de la plusvalía. A su vez, esa primera plusvalía ganada inicialmente genera una acumulación originaria de capital que abre la posibilidad de que el nuevo capital acumulado se reinvierta en una nueva compra de fuerza de trabajo (y de medios de producción), a la que de nuevo vuelve a extraérsele su correspondiente plusvalía de nuevo reinvertible, con lo que se forma un ciclo característico de continua “acumulación de capital” gracias a la igualmente continua expansión de la plusvalía —es decir, gracias entonces a la incesante renovación de la “acumulación originaria”—.

Para explicar el surgimiento de la nueva situación “capital” “Dinero-Mercancía-Dinero” —o “comprar para vender”— como una inflexión de la situación anterior “Mercancía-Dinero-Mercancía” —o “vender para comprar”—, Fuentes se ha basado en la Teoría de la (formación de) la Ciudad que aparece en el libro Symploké —de Bueno, Hidalgo e Iglesias, 1991—, aunque a la vez la reconstruye, porque el resultado del proceso no es sólo el comercio (como proponen esos autores), sino el comercio capitalista. Ahora bien, Fuentes ha propuesto dos hipótesis distintas al respecto —la primera aparece en sus publicaciones de 2001a, 2001b y 2002, mientras que la segunda la ha presentado en su actividad docente y es la que él defiende hoy día, tal y como me ha asegurado en una comunicación personal explícita sobre este punto—.

Según la primera hipótesis habría de ocurrir lo siguiente: allí donde haya una pluralidad de aldeas ya excedentarias y entre las cuales se supone ya fluyendo relaciones comerciales (en principio, bajo la fórmula "Mercancía-Dinero-Mercancía", o “vender para comprar”), en el interior de cada una de las cuales, sin embargo, se ha de suponer la aparición de una diferencia interna en la producción de excedentes; una diferencia debida, en principio (si se supone una distribución compartida de las técnicas productivas en el grupo), a diferencias internas en las condiciones naturales de fertilidad, como deberán ser la distinta proximidad respecto de zonas fluviales o marítimas. Bajo semejante condición, será suficiente con que los subgrupos que inicialmente trabajan en las subzonas (de cada aldea) naturalmente privilegiadas y por ello generadoras de dichas diferencias internas de excedente, vayan desplazando a los subgrupos que trabajaban en las zonas menos privilegiadas y excedentarias a trabajar en las zonas más privilegiadas y excedentarias, como para que sea posible que, de resultas del comercio con otros subgrupos de otras aldeas a los que por su parte se supone en un proceso semejante, aparezca la relación social “capital” inicialmente en el interior de cada grupo de referencia Es decir, que los subgrupos que han desplazado a trabajar a otros subgrupos a las zonas comparativamente más excedentarias (de la misma aldea) pueden obtener de la venta en el mercado de los productos elaborados por estos últimos una cantidad de valor superior al que emplean en reponer su fuerza de trabajo —o sea, la estructura misma de la plusvalía—.

Esta primera hipótesis toma a la riqueza diferencial de inicio sólo como riqueza natural (o geoterritorial) —al igual que la propia Teoría de Bueno, Hidalgo e Iglesias—, lo que podría llevar a una postura determinista según la cual el surgimiento del capital se debería a un proceso natural determinante, mientras que en la segunda hipótesis de Fuentes la riqueza excedentaria va a ser ya una riqueza elaborada, de forma que las diferencias en la cuantía de los excedentes se deberán no ya tanto a la diferente fertilidad natural como a las distintas técnicas productivas con las que aquélla se conjuga, quedando así liberado el surgimiento del capital de cualquier determinismo naturalista que pudiera legitimarlo ideológicamente como inevitable. Ello no quiere decir que la acumulación originaria de capital no sea un proceso causalmente determinado, antes al contrario, lo será porque es un proceso positivo, pero su causalidad residirá en las determinaciones causales recíprocas o de entrelazamiento entre las fuerzas productivas y las formas sociales de organización de estas fuerzas productivas, según su propia estructura formal económica. Según la segunda y vigente hipótesis, dada un área fluvial fértil con zonas A, B, C y D con sus respectivos grupos neolíticos excedentarios en relación de comercio mutuo, se pueden suponer distintas subzonas para cada una de las zonas, A1, A2,..., B1, B2,... ; pues bien, dado que la riqueza natural está mediada por las fuerzas productivas, y dado que, por lo tanto, será ahora su desarrollo técnico desigual el factor crítico para una mayor riqueza elaborada a partir de unas condiciones naturales similares, será la parte de la aldea con una riqueza elaborada superior la que pueda poner a trabajar a las otras partes de la aldea que produzcan una riqueza elaborada comparativamente inferior, es decir, la que pueda “comprar para vender”.

Así, pues, una vez dado ya el comercio neolítico, la formación de la relación social capitalista mercantil histórica a partir de la sociedad mercantil no capitalista prehistórica necesita de la concurrencia de dos tipos de grupos sociales fundamentales, los “propietarios”, que compran fuerza de trabajo al ser los que cuentan con mayores riquezas excedentarias, y los “productores” o “trabajadores”, que cambian o venden dicha fuerza de trabajo por tener una menor riqueza. Son los excedentes de producción diferenciales los que hacen posible la apropiación y el control de los medios de producción por parte de los que ahora van a ser la clase de los “propietarios” por contraposición con la clase de los “trabajadores” —son “clases sociales” y no ya “partes” porque ahora se definen específicamente por su posición respectiva y mutua en las relaciones sociales de la producción capitalista—. Ambos tipos de clases sociales proceden, entonces, del desarrollo desigual y combinado (o mejor, conjugado) de su riqueza excedentaria. Ahora bien, como quiera que de acuerdo con la (vigente) segunda hipótesis, la riqueza que se desarrolla desigual y combinadamente es una riqueza elaborada por cuanto que se debería ante todo al diferencial en la potencia de las técnicas productivas de cada grupo, el germen de la plusvalía y de la acumulación originaria (o primera formación) del capital, es decir, del “comprar para vender”, es la conjugación de fuerzas productivas excedentarias originariamente desigual o diferencialmente desarrolladas —la idea de “desarrollo desigual y combinado de las fuerzas productivas” procede de Trotsky—. La relación social de producción capitalista regida por la lógica “Dinero-Mercancía-Dinero” es entonces la conjugación misma de dos partes desigualmente desarrolladas cuando se conjugan, es decir, cuando de hecho los productores más pobres pasan a trabajar para los productores más ricos (y con mejores técnicas productivas). Por supuesto, esto ocurrirá sobre la base del comercio ya existente, pero cuando se vendan mercancías fabricadas con mano de obra comprada el comercio será ya propiamente capitalista, es decir, se “comprará para vender”, pues empezará a obtenerse un plusvalor en el mercado por la venta de esas mercancías. Y, por cierto, la fuente del plusvalor no puede ser la fuerza productiva animal, tiene que ser la fuerza del cuerpo humano viviente en cuanto que morfología operatoria normativizada (y re-normativizable), porque sólo un cuerpo humano viviente es susceptible de engranar en la producción, en los ciclos normativo-productivos de los medios de producción de los propietarios. En consecuencia, el capital es, por definición, una relación social específicamente antropológica en la que unos grupos humanos propietarios pueden obtener de otros grupos humanos trabajadores un valor superior al empleado en la reposición del trabajo mediante la venta de sus productos en el mercado.

Pues bien, es precisamente esa combinación o conjugación de desarrollos técnico-productivos desiguales aquello en virtud de lo cual un grupo humano puede trasladarse para trabajar para otro grupo sin merma de su propia riqueza inicial, e incluso con ganancia de la misma, o también para mejorar en sus condiciones de trabajo aunque reciba lo mismo que producía antes —por ejemplo, que trabaje menos con el cambio—. El desarrollo excedentario desigual da lugar, por tanto, a las nuevas relaciones sociales de producción capitalista, en las que la compra inicial de la fuerza de trabajo se realiza sin violencia, sin coacción, y ello a pesar de que lo producido por encima de su retribución, la plusvalía, se lo quedan los propietarios de las tierras más fértiles y/o de los medios de producción más eficaces. Pues, en efecto, la plusvalía que ahora generan los que antes producían una riqueza inferior, la producen gracias a que son puestos a trabajar en los contextos de riqueza excedentaria superior y sin merma alguna de sus condiciones de vida, e incluso con ventajas añadidas. Así, pues, la formación del capital, definido por las clases sociales conjugadas de los propietarios y de los trabajadores, no supone de entrada ninguna suerte de expoliación, expropiación, ni robo violento (como defendiera Marx frente a Proudhon), porque nadie puede apropiarse de lo que el productor originalmente no tiene en sus condiciones excedentarias inferiores —y por eso no tiene sentido ninguna crítica político-moral al capitalismo basada en la presunta expoliación originaria—.

Ahora bien, sin perjuicio de ello, una vez formado el capital, él contiene ya inexorablemente la condición de las relaciones de enfrentamiento (conflicto, oposición, fractura, cisma, quebranto, desajuste, contradicción, dialéctica) o lucha entre las clases sociales que lo constituyen —que es aquello a lo que Marx apuntara mediante la idea de "percepción social de la miseria"—. Esa condición de inexorable enfrentamiento se basa, en primer lugar, en que la relación entre los propietarios y los productores es asimétrica por definición desde el momento mismo en que los propietarios obtienen una cuantía monetaria mayor con la venta de lo fabricado que aquella cantidad con la que retribuyen su fabricación. Sobre esa base, las relaciones de producción capitalista están internamente quebradas por cuanto que a pesar de que no haya robo de los propietarios a los trabajadores, sin embargo sí hay alienación, o extrañamiento, o enajenamiento allí donde estos nuevos grupos de productores estén ya anamórficamente refundidos con posterioridad a las condiciones en las que están funcionando. En efecto, en el capital hay alienación porque la estructura lógica de las relaciones sociales se da a través del distinto tipo de vinculación de cada clase social con los objetos de la producción, vinculaciones distintas éstas que se deben a que la formación del capital es un proceso de disociación en un doble sentido: (i) la disociación por desvinculación de los productores más pobres respecto de las condiciones de producción de las que provienen, y (ii) la disociación de la propiedad de las nuevas condiciones de producción a las que ahora se vinculan por cuanto que la propiedad de ellas la tienen los propietarios (los productores más ricos). El régimen de producción capitalista, basado en esa doble disociación, es una relación social, una sintaxis, tal que, una vez cristalizado y desprendido de sus orígenes, asocia socialmente, o suelda de un modo indisoluble o irreversible, sin retroceso posible, a las partes sociales, la parte que trabaja y que genera la plusvalía y la que tiene la propiedad de la fuerza de trabajo generadora de plusvalía y de los medios de producción, pero de forma que esa relación se muestra históricamente como continuamente reajustándose. Son dos partes soldadas, pero soldadas por su mutuo enfrentamiento y sólo en el contexto de su mutuo enfrentamiento: el capital es una relación social de producción recurrente donde la recurrencia de la relación productiva entre sus partes es la recurrencia de su propia crítica o enfrentamiento mutuo en el que la relación de plusvalía se muestra incesantemente revocada (aunque no cancelada) por la lucha de clases. En la sociedad de economía de subsistencia eran determinadas relaciones sociales de parentesco aquellas que cimentaban a las fuerzas productivas, sin posibilidad todavía de que cada sociedad determinada se organizara de otra manera. Pero en la medida en que se obtiene un mayor dominio productivo y con él los excedentes de producción, entonces pueden tener lugar formas sociales de organización social de la propia riqueza excedentaria que no están determinadas unívocamente por ningún límite bioecológico determinante, con lo que allí donde haya excedentes de producción aparece la posibilidad de formas alternativas de organización social de la riqueza excedentaria producida, es decir, de distribución y circulación de la riqueza. Es por esa posibilidad de reorganización siempre abierta por lo que ninguna parte social puede ser absolutamente explotadora de otra absolutamente explotada, ya que la explotada resiste a la explotadora y se opone a ella, y si no se opone no hay dialéctica del capital. En definitiva, la alienación es una idea que no puede dejar de plantearse como consecuencia de la presencia positiva a lo largo de la historia del capitalismo del ejercicio de re-organización social alternativa de la riqueza en la que consiste el continuo reajuste de la estructura misma capitalista que asocia, une o suelda por su lucha mutua incesante a sus clases sociales co-definitorias por su distinta vinculación a los objetos de la producción.

Y entonces, allí donde tenga lugar una sociedad constitutivamente fracturada por la relación de enfrentamiento entre sus partes internas, dicha sociedad capitalista comenzará a adquirir una dinámica estructural característicamente histórica, es decir, sujeta a una incesante transformación de su estructura constitutivamente fracturada como desenvolvimiento de dicha fractura o enfrentamiento. Esa transformación por el reajuste mutuo de desajustes previos consistirá en la incesante reconstrucción (o progreso, o recomposición) de las relaciones de enfrentamiento entre sus partes sociales, y por tanto de las partes mismas, mediada por la destrucción mutua (o regreso, o descomposición) de dichas partes y de sus relaciones de enfrentamiento.

Pues bien, esa dinámica estructural histórica del régimen de producción capitalista se caracteriza porque lleva en sí misma el principio de su propia recurrencia desde su formación, pues cada transformación tiene lugar por el mismo principio que tuvo lugar su constitución; es decir, el proceso mismo por el cual se van ajustando las partes sociales de la sociedad capitalista es un proceso según el cual todo ajuste entre las clases enfrentadas se hace en función de la generación de nuevos desajustes o plusvalías respecto de otras terceras partes. Este es el núcleo filosófico fundamental acerca de la historia de Fuentes: que la dialéctica entre las simetrías y las asimetrías es la dialéctica misma del capital, por cuanto que éste es aquella estructura lógico-material en virtud de la cual dos partes previamente desajustadas o asimétricas sólo se ponen de acuerdo o se resimetrizan sobre la base del desacuerdo o asimetría común con una tercera parte —según el principio de Bueno de la alianza para el enfrentamiento, al que Fuentes liga con la idea marxista de la acumulación originaria re-producida—. La lógica por la que la historia es incesante reside, entonces, en que la acumulación originaria del capital abre una fractura o asimetría entre las clases de cuyo enfrentamiento resulta una sutura que se hace a expensas de terceros a los que a su vez se explota o somete a una asimetría, lo que abre nuevas fracturas asimétricas que posteriormente habrá que reajustar, y así sucesivamente. Quiere esto decir que la justicia de una sociedad capitalista nunca es definitiva o perfectamente justa porque cada nueva franja de justicia o de resimetrización siempre conlleva una nueva injusticia, explotación o asimetría que habrá que resimetrizar en el futuro. Pero para que se pueda explotar a una nueva tercera parte ha de haber de nuevo una combinación de desarrollos desiguales de las riquezas entre las partes que reajustan sus desajustes y la tercera parte que va a pasar a ser explotada. Es por ello que cada nueva acumulación de capital se realiza mediante la inversión de acumulaciones previas (procedentes de la plusvalía) en la compra de nueva fuerza de trabajo (y medios de producción), es decir, mediante la renovación incesante de la acumulación originaria en cada nueva acumulación. En resumen, la lógica que se reamplía recurrentemente en la historia es la rectificación de la plusvalía gracias a la acumulación del capital a expensas de inversiones en nuevas plusvalías que van a proceder de otros nuevos terceros; ése es el principio trascendental o constitutivamente recurrente de la historia como historia del capitalismo. La rectificación o re-simetrización incesante de la plusvalía que caracteriza al capital no es otra cosa que su socialización, es decir, que el propio desenvolvimiento del capital implica un principio interno de socialización conjugado con la asimetría capitalista, con lo que capitalismo y socialismo son conceptos conjugados —y el comunismo sería el caso límite (utópico) de la completa socialización del capital, es decir, de la completa socialización de la propiedad privada de los medios de producción, lo que disolvería las relaciones sociales de producción capitalista y su inherente lucha de clases—.

Ese proceso de reajustes de desajustes previos por medio de la generación de nuevos desajustes adoptaría el siguiente formato al inicio del proceso: la unión de los propietarios (en oposición a y) a expensas de aquellos que no lo son, lo que supone el establecimiento de transitividades (apoyos, alianzas) entre propietarios a costa de continuas asimetrías con los no propietarios, ya que toda nueva simetrización se hace para proteger la asimetría que se ya posee, aunque para ello haya que reajustarla e incorporar nueva mano de obra. Los comerciantes capitalistas (con diversas formas de capital) que están en concurrencia mercantil tendrán que aliarse o ponerse de acuerdo entre sí como para poder reajustar y a la vez mantener cada uno de ellos las diferencias con sus propios productores. Esos acuerdos entre propietarios van a ser ante todo las relaciones de crédito: unos adelantan dinero a otros para que puedan afrontar el reajuste de sus desajustes con la mano de obra mediante nuevas inversiones en más fuerza de trabajo que genere otras nuevas plusvalías. Gracias al apoyo del préstamo, el desajuste de cada propietario con sus productores se reajusta mediante la retribución por un salario que va más allá de la mera reposición subsistencial del trabajo, lo que se acompaña a la vez de nuevas reinversiones en nueva fuerza de trabajo. Esa retribución por encima de la reposición biológica del trabajo es un reajuste por resocialización o redistribución de la propia plusvalía que se obtiene de ella; pero con esa redistribución de la plusvalía se permite el acceso al consumo de bienes de cambio, lo que a su vez va a reampliar el capital. En efecto, esos bienes de cambio que ahora se compran y se consumen están disponibles porque están sometidos a su vez a la dinámica del capital, esto es, solamente podrán materializarse esas nuevas compras para consumir en la medida en que, a su vez, otros propietarios estén comprando nueva fuerza de trabajo tal que ella permita abastecer de productos ese nuevo consumo, quedando así favorecidos objetivamente los capitalistas en general por este proceso. Por tanto, es un interés objetivo de la clase de los propietarios, es en beneficio del capital, el proceso de ir resimetrizando a las clases productoras asimétricas a la vez que se las amplía. En consecuencia, sólo por la compra de fuerza de trabajo que produzca las nuevas mercancías consumidas puede tener lugar la incorporación al consumo de determinados sectores de trabajadores que antes no podían consumir, pero ello significa entonces que cada mejora que consigue un productor se hace objetivamente a costa de más productores añadidos de quienes se extraen nuevas plusvalías, pues esos bienes ahora consumidos se venden para obtener más plusvalor que reconvertir en nuevo capital. El resultado de este proceso de resimetrizaciones a expensas de nuevas asimetrías con terceros es que se genera una concatenación subordinada entre sucesivos estratos sociales desigualmente combinados: los propietarios, los asalariados y aquellos otros sobre los que se reamplia originariamente el capital, y de ahí la estratificación social de las ciudades en múltiples clases sociales (señores, propietarios, libres, semilibres, esclavos, etc.). No hay dos clases sociales, sino que va habiendo una multiplicación de clases desiguales entre sí, pero siempre por la lógica reproductiva del capital —a esas clases mencionadas habrá que añadir todas aquellas otras que genera el Estado, tales como sacerdotes y funcionarios escribas y contables—. En definitiva, la dialéctica del capital supone desde su misma raíz un principio (radical) de asimetrización (o plusvalía) asociado a la lucha de clases, y a la vez un principio de resimetrización (o rectificación, o resocialización) incesante de las asimetrías (o plusvalías) que el propio capital genera con cada resimetrización o resocialización. Por todo ello, la batalla de la historia en una sociedad civilizada, su sistemática apertura hacia adelante, será un enfrentamiento mutuo desigual permanente que tendrá la forma de la lucha por la redistribución o resocialización incesante de las plusvalías a costa de generar otras plusvalías que después habrá que resimetrizar. Por lo demás, Fuentes también ha considerado que los enfrentamientos (y alianzas en su caso) pueden darse asimismo tanto entre los diversos y desiguales sectores de propietarios, como de productores.

A su vez, el espacio de intercambio de la circulación de mercancías provenientes de sociedades ya en proceso de fractura social comenzará a constituirse como el centro de convergencia de dichas sociedades y como el núcleo de reorganización, ya irreversible, de una nueva sociedad global fracturada. Y en esto va a consistir justamente la formación de la Ciudad. No habrá que ver, en efecto, a la Ciudad como si fuera un lugar de cruce de un comercio socialmente neutral, sino como lugar de cruce de un comercio que proviene de sociedades ya socialmente fracturándose, y por lo mismo, como la "cabeza" o el "centro" de reorganización de la nueva sociedad fracturada global resultante. De aquí, en efecto, que cada ciudad comience por ser la "capital", esto es, la "cabeza" o "centro" de reorganización de la nueva sociedad global resultante fracturada por el "capital". La Ciudad es, en efecto, la capital donde habita el capital, condición misma de su reorganización recurrente y por tanto de su irreversibilidad. La Ciudad no es entonces un marco externo, es la morfosintaxis objetual (tectónica) interna del capital —no es la plaza donde meramente se mercadea—, cuyo desarrollo va siendo el soporte objetual de todas y cada de las partes morfemáticas y de las relaciones sintácticas que implica la relación social capitalista de la plusvalía. Es el soporte objetual del objeto de todos los emplazamientos para la población trabajadora, las relaciones comerciales, la circulación de mercancías y el consumo, pero reaplicado retroalimentativamente, porque ahora habrá que fabricar casas y calles, y habrá que incorporar a la fuerza de trabajo que fabrique esas nuevas casas y calles y así sucesivamente.

Precisamente por ello, no es casual, desde luego, sino necesario (trascendental) que las primeras formas de Estado hayan debido ser las Ciudades-Estado. La Ciudad es un nuevo círculo social fracturado cuya estabilidad (siempre necesaria) sólo podrá ser garantizada mediante el Estado, esto es, mediante una institución de meta-totalización (o totalización de segundo grado) de los intereses sociales desiguales y enfrentados a partir y en función de dichos intereses, es decir, mediante un “poder separado”. En efecto, las diversas partes sociales no tienen por qué tener a la vista en sus relaciones puramente civiles la totalidad de las relaciones entre todas las partes sociales, sino sólo aquellas relaciones que afectan a sus intereses y con el ánimo de dominarlas según esos intereses propios. El Estado habrá de ser una institución política meta-totalizadora de la lucha de clases debido a que una sociedad en lucha interna necesita de alguna instancia de meta-totalización o de universalización (o de trasitivización global) tal que pueda mantener las mínimas simetrías necesarias para la estabilidad de la Ciudad en su conjunto. El Estado es, entonces, un “poder separado” que se forma por segregación y oposición al resto de las partes sociales por cuanto que tiene que estar teniendo a la vista la totalidad objetiva de las relaciones, así como componiendo o reajustando mutuamente a los propietarios con los productores a los que se incorpora sucesivamente para explotarles, pues esa explotación se ha de mantener en unos límites tales como para que se les pueda seguir explotando y que la sociedad en su conjunto no se rompa. Ahora bien, como las distintas partes sociales defienden sus intereses, por ello mismo pugnan también por controlar al Estado, de forma que éste es siempre una instancia partidista o “de clase” en alguna medida, es decir, está más de parte de aquella clase social que en cada coyuntura consiga imponer su dominio y controlarlo. A fin de cumplir su función metatotalizadora, el Estado promulgará “leyes”, esto es, normas escritas de obligado cumplimiento mediante las que se transitivizarán asimetrías previamente dadas entre las diversas clases sociales, pero leyes que serán precarias en algún grado: precisamente por su carácter regulador de la vida civil histórica, las leyes estatales habrán de estar escritas como para poder ser re-objetadas, pues las transitivizaciones que marcan supondrán a su vez nuevas asimetrías acordes con las expansiones del capital necesarias para la Ciudad en su conjunto, lo que posteriormente obligará al cambio de las leyes para resimetrizar esas nuevas asimetrías a partir de su objeción o impugnación por las clases sociales por ellas perjudicadas.

Para terminar este resumen, me referiré por último a la propuesta de Fuentes sobre la dinámica asimismo necesaria (o trascendental) que deberá tener lugar a partir de la vida socio-política de las Ciudades-Estado y que dará lugar precisamente a esos tejidos entre las ciudades que son las Civilizaciones, y asimismo luego a los Imperios —la idea del “imperialismo como fase superior del capitalismo” viene de Lenin—. La lógica de las resimetrizaciones a expensas de nuevas asimetrías es la misma lógica que a lo largo de la historia aparecerá sucesivamente reexpuesta a escalas más amplias. Esa lógica será entonces la lógica trascendental a la historia, puesto que en cualquier sociedad histórica va a haber una propagación recurrentemente constitutiva del capital a través de sucesivas fases procesuales cada vez más complejas.

Dadas ya las ciudades, al inicio de esa dinámica la presión socio-política interna de cada Ciudad-Estado de partida (derivada de sus enfrentamientos interiores) puede ser siempre canalizada bajo la forma de la expansión exterior, es decir, mediante la ocupación de nuevos territorios y la correspondiente apropiación de mano de obra y materias primas (y aun recursos productivos) de “terceros”. Semejante expansión, desde luego, sólo se podrá hacer una vez dado determinado desarrollo de las fuerzas productivas conjugadas con las relaciones sociales de producción, desarrollo éste que tendrá que ser siempre más potente que aquél que han alcanzado esos terceros pueblos a los que se incorpora para explotarlos. El efecto que sobre la presión socio-política interior tendrá semejante expansión exterior deberá ser éste: el de facilitar, bajo la forma de la relajación o distensión de la tensión inicial, los reajustes socio-políticos internos, a expensas de la generación de nuevos desajustes y el correspondiente incremento de la tensión con respecto de los grupos humanos exteriores sometidos. Con ello se obtiene una vía de escape o de fuga respecto del riesgo de una posible mayor resocialización de la plusvalía que conlleva toda relación de producción capitalista. Pues las partes comparativamente más explotadas pueden subordinarse a las partes comparativamente más explotadoras, pero subordinarse en un proyecto común de expansión en la medida en que participen conjuntamente en el reparto de los beneficios del proyecto común que procedan de la explotación de los nuevos terceros que se incorporan. De esa forma puede haber una relativa cohesión social en las Ciudades-Estado a la que se subordina el enfrentamiento social en la medida misma en que esto sucede a expensas de la explotación de terceras partes añadidas.

Ahora bien, si suponemos que esta situación debe estar dándose a la par en diversas sociedades políticas (o Ciudades-Estado) en principio mutuamente aisladas, o sea, que cada una de estas sociedades deba tener dado semejante proceso de expansión en torno a sus territorios circundantes, entonces deberá ocurrir que, antes o después, y debido al carácter finito del territorio, dichas sociedades en expansión inexorablemente se encuentren y, al menos de entrada, se enfrenten mutuamente desde sus respectivos proyectos expansivos. Semejante enfrentamiento deberá estar sometido, en efecto, a la siguiente dialéctica: por un lado, el freno mutuo de los intereses expansivos de los sectores dominantes de cada bloque en expansión acarreará una tendencia a la retracción de la distensión hasta el momento lograda, con el consiguiente incremento de la tensión entre sectores sociales hasta el momento aliados por los beneficios de la expansión, a la vez que, por otro lado, deberá manifestarse una tendencia opuesta por mantener aliados a la mayor cantidad posible de sectores sociales al objeto de pugnar, hasta donde sea posible, por vencer al bloque enfrentado. Ahora bien, sin descontar los momentos relativamente estacionarios de dichos enfrentamientos entre los bloques expansivos, ni las fases de relativa duración durante las cuales algún bloque pueda estar dominando a otro, una salida que siempre estará disponible a dichos enfrentamientos será justamente, de nuevo, la alianza entre los sectores dominantes de dichos bloques sobre la base o a expensas de la expansión y el dominio ahora conjuntos sobre nuevos territorios (poblaciones y recursos) circundantes al conjunto del nuevo bloque. Esas ligas o confederaciones entre varias Ciudades-Estado entretejidas, es decir esas Civilizaciones, son resultado, pues, de una reproducción a escala ampliada del mismo dinamismo por el cual la distensión de la tensión interna y la facilitación de los reajustes puede tener lugar a expensas de la generación de nuevos desajustes y tensiones sobre terceros.

A su vez, el carácter finito del territorio hará que dichas Civilizaciones acaben antes o después encontrándose y enfrentándose mutuamente, reproduciéndose una vez más, a una nueva escala ampliada, la misma dinámica histórica mencionada, una dinámica que, en efecto, llegará a ser histórico-universal en el momento mismo en que, dado el carácter finito (y esférico) del planeta, se produzca la interconexión enfrentada planetaria de los bloques civilizatorios, y, a través de ellos, de las diversas regiones políticas histórico-geográficas escalonadas que ellos mismos incorporan. Y cuando los bloques civilizatorios, a resultas de sus enfrentamientos mutuos recurrentes, comienzan a cobrar conocimiento de que, en lugar de la alianza, no hay otra salida más que el enfrentamiento mutuo incesante para mantener cada bloque su (relativa) cohesión social interna, es justamente entonces cuando dichos bloques se constituyen, a la par que se autoconciben, como Imperios, esto es, como bloques en expansión dotados de un proyecto de unicidad universal, es decir, inexorablemente determinados a tener que vencer sobre los demás. En el caso de los Imperios, pues, su “realidad” y su “idea” (o autoconcepción) son inseparables, en la medida en que el proyecto o autoconcepción de unicidad universal del que deben dotarse es efecto forzoso de la necesidad de enfrentamiento mutuo ilimitado.

Hasta aquí llega este resumen de la idea de historia de Fuentes, que ha conjugado, y en esa medida rectificado a ambos, el materialismo filosófico de Bueno con la tradición del materialismo histórico de Marx, tomando a las ideas de éste último (así como a las de Trotsky y Lenin) como ideas trascendentales y no meramente empíricas. El resultado es, en conclusión, que la lucha de clases desigualmente conjugadas por la redistribución de la plusvalía laboral es el motor recurrente de la historia, y ello porque la forma de mantener dicha plusvalía a pesar de su incesante rectificación es la continua acumulación o reproducción del capital a nuevas escalas ampliadas.



A partir de ahora voy a introducir una serie de hipótesis o apuntes críticos en la idea de Fuentes de que el principio trascendental de la historia es la recurrencia constitutiva del capital, que, de ser correctos, rectificarían o reorganizarían lógico-materialmente la construcción de dicha idea, a la vez que la desarrollarían. Para ello, en lugar de rechazar sus propuestas desde alguna otra perspectiva que no situara a la economía capitalista en el epicentro mismo de la historia —como, por ejemplo, la filosofía de Gustavo Bueno—, haré un uso sistemático de las propias ideas de Fuentes de economía, como conjugación dialéctica, trascendental a toda sociedad antropológica, entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción, y de historia, como transformación incesante de las sociedades humanas civilizadas por la destrucción y la reconstrucción de sus partes internas relacionadas entre sí según el régimen de producción capitalista.

A fin de facilitar el seguimiento del texto, le ofrezco al lector ya desde este instante el esquema general de las relaciones sociales de producción que voy a ir presentando sucesivamente (Tabla 1):


Interior de las sociedades paleolíticas y neolíticas

Exterior de las sociedades neolíticas e interior y exterior de las sociedades civilizadas

Rotaciones de primera clase o de apoyo mutuo:

fijas, implícitas, comunitarias, seguras, distendidas y estables

Rotaciones de segunda clase o de oposición mutua:

variables, explícitas, entre partes, inseguras, tensas e inestables

(esconden asimetrizaciones que demandarán su re-simetrización y simetrizaciones que demandarán su re-asimetrización, en ambos casos primero material y luego incluso formalmente)

Simetría (o equivalencia)

Asimetría

Simetrización (o equivalización)

Asimetrización

- Formal y materialmente simétrica

- Formalmente simétrica y materialmente asimétrica

- Formal y materialmente asimétrica

- Formalmente asimétrica y materialmente simétrica

- Formal y materialmente simétrica:

- Formalmente simétrica y materialmente asimétrica:

- Formal y materialmente asimétrica:

- Formalmente asimétrica y materialmente simétrica:

(en economías de subsistencia o intercambios de bienes necesarios)

(en economías excedentarias o intercambios de bienes no necesarios)

(en economías cazadoras-recolectoras, de subsistencia y excedentarias)

(en economías excedentarias)

Simetrización con tendencia simetrizante

(en equilibrio de fuerzas)

Simetrización

con tendencia asimetrizante

(en desequilibrio de fuerzas)

Asimetrización con tendencia asimetrizante

(en desequilibrio de fuerzas)

Asimetrización con tendencia simetrizante

(en equilibrio de fuerzas)

* RECIPROCIDAD ENTRE CUÑADOS

* REDISTRIBUCIÓN CENTRALIZADA MEDIANTE EL JEFE DE LA TRIBU

* REDISTRIBUCIÓN CENTRALIZADA MEDIANTE EL MÁS FUERTE DE LA HORDA

* REDISTRIBUCIÓN CENTRALIZADA FAMILIAR Y RELACIONES FAMILIARES

* RECIPROCIDAD ENTRE CUÑADOS (pierde importancia progresivamente)

* RECIPROCIDAD AMISTOSA

* REDISTRIBUCIÓN CENTRALIZADA ESTATALMENTE

* COMERCIO (exterior e interior)

* REDISTRIBUCIÓN CENTRALIZADA FAMILIAR Y RELACIONES FAMILIARES

* TRABAJO (servidumbre, esclavitud y trabajo asalariado)

* NOBLEZA (combinación de amistad y de servidumbre)

* GUERRA (alternativa al comercio exterior)

* DELINCUENCIA (alternativa al trabajo y al comercio interior)

Tabla 1. Clasificación de las relaciones sociales de producción neolíticas y civilizadas (especificadas en mayúsculas) según su clase característica de rotaciones simétricas o asimétricas


Como punto de partida voy a plantear que, considerando los textos de Polanyi [2] publicados en 1957/1976 y 1977/1994, es preciso tener en cuenta la distinción entre, según sus propias expresiones, tres tipos de “formas de integración social”, de “estructuras de apoyo” o de “cambios de mano” de los bienes producidos: la “redistribución centralizada”, la “reciprocidad simétrica” y el “intercambio o transacción mercantil”, todos ellos a su vez con distintas modulaciones. Ahora bien, a los efectos de ensayar la idea de historia como historia de la economía capitalista resulta tan lógico-materialmente imprescindible el hacerse cargo de esta distinción de Polanyi, como el reconstruirla a partir de la ideas mencionadas de economía y de historia de Fuentes, habiéndose de entender entonces a las modulaciones de esos tres tipos de “formas de integración social” como conjugaciones específicas entre las morfosintaxis técnicas y sociales, según iré exponiendo.

En todas las sociedades antropológicas en las que pueda hablarse de alguna forma de economía —siquiera sea de “economía depredadora”— habrá “división del trabajo” en múltiples tareas especializadas, es decir, habrá una red de objetos o red morfosintáctica con diversas posiciones productivas que se soportarán mutuamente para producir no ya uno, sino varios productos, con lo que habrá alguna forma de circulación social de los bienes producidos para su uso en el seno de la sociedad. Según Polanyi, en el caso de la “redistribución centralizada”, el “cambio de mano” o circulación de los productos no tendría lugar directamente entre dos partes sociales, sino por medio de alguna instancia social que obraría a modo de centro de redistribución sobre el que pivotaría dicha circulación. El esquema general de este tipo de “forma de integración social” consistiría en que las distintas partes sociales productivas llevarían sus productos hasta esa instancia central de control de la redistribución y tomarían de ella otros productos distintos. La “redistribución centralizada” sería la primera forma de cambio de productos que aparecería en el proceso de formación del campo antropológico e iría adoptando diversas variaciones según sus etapas, básicamente, el paleolítico, el neolítico y las sociedades históricas.

2.1. La redistribución centralizada en las hordas paleolíticas: el control y el reparto jerarquizados de la comida que se intercambia por actividad sexual.

Desde mi punto de vista, las hordas depredadoras paleolíticas ya mostrarán, en efecto, redistribución centralizada, siendo aquí el jefe de la horda el sujeto dominante que administrará la circulación de los bienes, el cual adquirirá ese papel simplemente por ser el “más fuerte” de la misma, aunque ello no haya de ser entendido en términos estrictamente somáticos —como fuerza zoológico-muscular, por ejemplo—, sino en términos ya productivos: el “más fuerte” será aquél sujeto que resulte productivamente imprescindible para la supervivencia del grupo en función de su generación y de sus mejores habilidades o posibilidades operatorias individuales, y al que por lo tanto tendrán que seguir los demás sujetos sometiéndose a su predominio jerárquico. Por definición, en toda sociedad antropológica habrá una convivencia intergeneracional en cuyo seno las generaciones nuevas serán educadas por sus progenitores en las correspondientes pautas culturales (objetivas y transmisibles) necesarias para su supervivencia. Dada esa ineludible convivencia intergeneracional, la pertenencia a una generación u otra será un factor importante para la determinación del grado de fuerza productiva de un individuo porque la edad biológica y el nivel de aprendizaje educativo correspondiente a esa edad supondrán grandes diferencias en el grado de dependencia de unas generaciones respecto de otras —fundamentalmente, las generaciones menores y mayores dependerán en mucho mayor grado de las generaciones intermedias para su supervivencia que éstas de aquéllas—. Por añadidura, dentro de cada generación habrá igualmente diferencias individuales en las capacidades somático-productivas de los sujetos, de manera que la posición jerárquica co-relativa de cada uno de ellos vendrá determinada también por estas diferencias individuales. Como es natural, entonces, semejante estructura de redistribución centralizada paleolítica controlada por el más fuerte no significará un reparto equitativo o simétrico de los bienes, sino que habrá un reparto desigual o asimétrico de los mismos en función de la posición en la jerarquía establecida según el grado de fuerza productiva de cada uno de los individuos, siempre dependiente de su generación y de sus diferentes potenciales operatorios individuales. Y precisamente este reparto jerárquicamente desigual controlado centralizadamente por el jefe de la horda será el formato que adoptará el “intercambio del sexo por la comida de la caza mayor” propio de la “economía depredadora” según la entiende Fuentes, pues, en efecto, no sólo habrá un apoyo mutuo, aunque desigual, entre las diversas posiciones productivas, sino que a resultas de éste habrá también un cambio de mano de la comida (a cambio del sexo) que estará sometido a las jerarquías propias de estas sociedades. Es decir, que a mayor grado de fuerza o jerarquía productiva mayor cantidad de comida tendrá un individuo para intercambiarla por actividad sexual, de modo que se accederá a esta última sólo en el grado en que permita hacerlo la posición productiva de cada cual —dicho sea de paso, es conveniente precisar que la comida que se intercambiará por el acceso al sexo no sólo se destinará a la(s) hembra(s) con la(s) que se copule, sino también a la prole resultante de las cópulas—. En definitiva, propongo que la redistribución jerárquicamente desigual de los bienes producidos y el consecuente acceso jerarquizado a la copulación que caracterizarán a la “economía depredadora” de las sociedades paleolíticas, se estructurarán en función de la combinación de las fuerzas productivas desiguales de los miembros del grupo —siendo ésta, me parece, la primera reaplicación que puede hacerse al campo antropológico del principio trascendental (originalmente de Trotsky) del “desarrollo desigual y combinado” de las fuerzas económicas, si bien es hacia dentro del grupo y no se está aún en presencia de ninguna economía capitalista en absoluto—.

De nuevo según Polanyi, en las sociedades neolíticas con economía de subsistencia se seguiría manteniendo la “redistribución centralizada”, aunque ahora habría dos modulaciones distintas de ella: la primera, dentro de cada familia, y la segunda, en el conjunto de todas ellas, es decir, a la escala de cada tribu como sociedad de familias. Pues bien, a continuación voy a exponer mi tesis de que la “redistribución centralizada” tribal procederá genéticamente de la “redistribución centralizada” intrafamiliar, a la que complementará necesariamente cuando las técnicas especializadas se diversifiquen y que acabará instaurándose como efecto del aumento cuantitativo de las relaciones de “reciprocidad” que Polanyi asimismo sostiene que habría entre los diversos clanes familiares —concepto éste de “reciprocidad” al que se opone Fuentes y sobre el que también ofreceré después mi correspondiente propuesta—.


 


NOTAS

(*) Ernesto Quiroga Romero es Profesor Titular del Departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológicos de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de Almería.

[1] Le agradezco muy encarecidamente a Fernando Muñoz Martínez el que me haya proporcionado sus cuidadas y esforzadas transcripciones de varios cursos de doctorado de Fuentes, completadas además con sus propias notas críticas. Del mismo modo, también les agradezco a Francisco Rosa Novalbos y a Ana González Menéndez su ayuda en este sentido.

[2] En el momento de mencionar por primera vez a Polanyi en este texto, quiero dejar constancia de que si he llegado a conocer la obra de este autor es gracias a que el propio Juan Fuentes me recomendó su lectura por la importancia que podría tener a la hora de abordar la reconstrucción de la idea de historia como historia del capitalismo.

 

 
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