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Número 11. Febrero, 2000.
Monográfico

Cuaderno de Materiales

 

Monográfico número 11: Filosofía, educación y mercado

 

Educación contra mercado: La filosofía y la formación política de la ciudadanía.
Simón Royo Hernández   (siroyo@rocketmail.com)

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2ª PARTE

EL LABERINTO DE LA EDUCACIÓN: REFLEXIONES DE UN EX-PROFESOR INTERINO. (ESBOZO DE UNA TEORÍA GENERAL DE LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA).

MEJOR QUE EL HAMBRE LA ESCUELA

Se podrían comentar acerca de mis exabruptos antipedagógicos un par de cosas que son ciertas: 1º Que es mejor la guardería Occidental que la situación de los niños y muchachos obligados a trabajar, a mendigar o a delinquir para sobrevivir en el Tercer Mundo, y 2º También es parcialmente acertado que en realidad, lo triste no es que el profesor este constituyendo futuros trabajadores disciplinados para insertarlos en la maquinaria del capitalismo, sino que está preparando futuros parados o camareros que no pueden inserirse en una maquinaria que cada vez necesita menos trabajadores. Y digo “parcialmente” a lo último porque se dice que “no” es triste que el profesor sea instructor laboral, lo que a mí me parece tristísimo, sin olvidar, desde luego que, además, o por si fuera poco, todos esos años de mera capacitación profesional, terminan en un frustrado ejercicio por falta de demanda de trabajadores. Respecto a lo primero, en muchos casos, más le valdría a un chaval de barrio marginal Occidental aprender a robar coches y a trapichear para medrar en la mafia, que aguantar muchas veces un encierro absolutamente inútil y absurdo que le va a dejar en la calle y en la miseria, sin haber aprendido ni siquiera a destripar una cabina telefónica. Desde luego cualquier putada del Occidente acaparador de recursos es mejor que morirse de hambre en Africa o mendigar en las calles de Bogotá, pero el corolario de dicho lugar común es que vivimos en el mejor de los mundos posibles y que el sistema de vida que llevamos es, aunque imperfecto, la mejor forma de vida, esto es, la política (monarquía) parlamentaria con democracia representativa y sistema económico capitalista. Eso es la conclusión resignada y reformista de quien dice: ¡la educación es un coñazo! ¡Por supuesto!. Pero de momento, en las sociedades actuales nadie ofrece nada mejor.

Pero tal posición resignada es falsa. ¡Sí que existe algo mejor y lo ha existido siempre!, por ejemplo la educación que recibió de su padre y amigos John Stuart Mill, la que recibían los no esclavos en la Atenas de Perícles o la que se han podido costear con tutores e instructores las clases privilegiadas de antaño y con prestigiosas universidades privadas las clases privilegiadas de hoy. ¿Realmente nos debemos creer que nadie ofrece algo mejor a la educación pública para ser cajero de supermercado o camarero o parado? ¿O es que ese algo mejor es para privilegiados entre los que, parcialmente, nos encontramos? (Pues prolongar el estudio y la formación más allá de los 30 años es un privilegio y no un derecho ni una obligación).

Algo han tendido a decir al respecto los antropólogos acerca de si supone una ventaja tan inmensa el desarrollo tecnológico acaparado por pocas manos frente al modus vivendi de algunas tribus amerindias, pero eso siempre nos suena a rousseaunionismo o espontaneismo idilico-naturalista o/y anarquista. Sin embargo, no se puede evitar la sensación de que con el desarrollo de las fuerzas productivas bastaría un par de horas de trabajo de cada humano para poder proveer a la sociedad de todo lo estrictamente necesario (exceptuando quizá los artículos de lujo y el consumismo desenfrenado). Actualmente existe un movimiento (cuasi-inexsitente en España, claro) que se niega a enviar a sus hijos a las escuelas y que promueve la enseñanza en casa a través de grupos de padres que autogestionan la enseñanza de sus hijos (Cfr.Asociación americana de Homeschool: http://www.home-ed-magazine.com). ¿Una alternativa entre otras? Es muy posible. La escuela en casa es ya una realidad en aumento e Internet está revolucionando el intercambio de información no sólo a efectos de mercado sino también respecto al acceso a la formación.

LA ILUSIÓN EDUCATIVA.

Una profesora de Lengua y Literatura se extrañaba desde las columnas de Opinión de la prensa diaría de que sus alumnos adolescentes no quisieran ser profesores. Decía inquietarse porque la respuesta a esa conducta estaba en que el dinero era el objetivo más buscado y no el saber o el conocimiento. Luego, realizaba un panegírico de la educación al estilo Mendiluce, con afirmaciones como las siguientes (a las que seguían las críticas): “Probablemente, uno de los elementos sociales que mejor muestran el valor que le concede el ser humano a la vida sea la escuela, así como los contenidos y cometidos que se le exigen, porque cada uno de esos elementos son capaces, a medio y largo plazo, de hacernos seres humanos más conscientes, más plenos, más reflexivos y comprometidos... Como espacio donde la vida se construye, la escuela es un lugar de conflicto; y de la calidad de su resolución depende (y no sé si somos conscientes de ello) la buena o mala vida que como sociedad y como individuos nos demos a nosotros mismos. Porque cuando la memoria científica, histórica, literaria nos enseña a cuestionarnos y a entender la vida, todas las vidas, nuestra propia vida -y alcanza la condición de sabiduría- entonces somos mejores como ciudadanos y como personas. Es verdad que eso no nos garantiza la felicidad absoluta pero sí nos acerca más a ella” (Olga Casanova Herederos. El País <Opinión> 4-1-2000). Si lo que escribe esta señora es cierto, entonces, ¡que me digan dónde imparte clase esa gran filósofa!, porque desde luego, yo, con mis más de treinta años, me apunto. Pero no, no es eso, la interpretamos mal, esa mujer no hablaba de lo que es la escuela sino, ay, de lo que debería ser.

Después de la bella expresión de lo que la escuela debería ser pero no es, se lanzaba la profesora a decir lo que hay: que su gremio no era valorado en la sociedad, que los padres delegaban toda la responsabilidad educativa (comportamiento, no conocimiento) en la escuela; que el utilitarismo economicista vigente forma trabajadores y no hombres; que cualquier acercamiento a la verdadera educación resultaba contraproducente para la selección natural del darwinismo social contemporáneo.

Finaliza, adoptando de nuevo el tono ilusionante de un cándido sesentayochista trasnochado, con un derroche de exaltación de lo grandioso que es el mundo del saber y del conocimiento, de lo bonita que es la transmisión hereditaria cultural, y de lo importante que resulta que todos nos demos cuenta de la importancia de la escuela.

Parece que bastaría con un voluntarismo emotivo para convertir cárceles de borregos en escuelas de Johns Stuarts Mills. La pobre mujer no se da cuenta de que la educación que ella pretende enseñar no puede existir, institucionalmente, bajo el sistema capitalista, ya que ni siquiera los no esclavos, esto es, los que poseen patrimonio y capital, al mandar a sus hijos a las escuelas privadas de élite, pretenden que se les forme como seres humanos y que se desarrollen todas sus capacidades; sino que piden que se les prepare para dirigir las empresas y los gobiernos, es decir, para ocupar su lugar adinerado en la cúspide social y comprar asalariados de educación pública en el mercado.

Se engaña quien se piensa educado en los términos exaltatorios antes expuestos. Yo desde luego no lo estoy, (y me esfuerzo por cubrir lagunas que debería haber superado a los ocho años de edad), y ninguno de los profesores que he tenido y conocido en mi vida, tampoco. ¡Nadie que haya conocido en persona!. ¡Qué mala suerte! -se me dirá: ¡No ha tenido maestros!. Pero es que no es tan fácil ser un maestro, tan sólo conozco a los que he accedido a través de los libros y creo que Grecia fue la única sociedad donde tales seres abundaban, luego solo se han dado como excepción.

LA EXPERIENCIA PERSONAL: DE LO VIVIDO A LO PENSADO.

A lo largo de la siguiente reflexión, quizá sea provechoso, presentar los acontecimientos biográficos con los que está relacionada, para que pueda ser ubicada concreta y correctamente en un contexto que, siendo particular, no deja de ser común a numerosos miembros de mi generación. Aspiramos a que lo que aquí se va a escribir, si bien tiene que ver con experiencias particulares, sea un producto de la reflexión en general acerca de la educación de nuestro tiempo. No pretende ser una queja personal sino un análisis general que, no obstante, aprovecha para la reflexión las experiencias recogidas de primera mano. La cuestión educativa me ha interesado desde hace mucho tiempo, ya que me preocupa tanto mi formación como la de los demás. Pero ahora, además de la experiencia teórica como estudioso que he podido al cabo del tiempo adquirir, y de la experiencia práctica como alumno, que se remonta desde la más tierna infancia hasta la fecha, cuento con un poco de experiencia práctica como profesor. Todo ello sin embargo tendrá que desparecer, finalmente, en el conjunto de la exposición, ante el esbozo de una teoría general de la enseñanza de la filosofía; una teoría filosófica y, por tanto, independiente de mi subjetividad.

LA CONDICIÓN INTERINA: VIGILANTES O VIGILADOS.

Plazas, internidades, trienios, sexenios, traslados, hipotecas, salarios, vacaciones, días libres, los hijos, las notas, si aprueban, si suspenden, las estadísticas, el Ministerio de Educación, la selectividad, la bolsa (donde meten sus ahorros), el coche, la inspección educativa, el Claustro, el director, el jefe de estudios, el jefe de departamento,... son estos los principales temas de discusión entre el profesorado de un Instituto. Apasionante ¿verdad?. Las funciones que se desempeñan: padre, madre, policía, vigilante, funcionario de prisiones, asistente social, psicólogo, pedagogo, relaciones públicas, monitor de tiempo libre... etc.

Al pobre interino, no le interesan gran cosa todos esos debates de los compañeros privilegiados jerárquica y burocráticamente. Su destino es diferente, como en la mili, debe, en cuanto novato, hacerse cargo de todo lo que los demás no quieren impartir. Curiosamente, los veteranos, los auténticos profesionales de la educación, no quieren dar clase en la ESO, y los supuestamente más hábiles huyen de las clases más difíciles, de las que se hace cargo el inexperto. No es de extrañarse, ni los veteranos pueden con ello, simplemente lo han sufrido y quieren dejar de sufrirlo, de manera que se les fuerza a condenar a otro para salvarse ellos un poco. Si soy veterano no quiero la ESO, no quiero ser Tutor de un grupo, ser jefe de departamento o catedrático de instituto no significa saber más, sino ser más antiguo y, lo que es más importante, librarse de tres horas de clase.

A lo largo del año 1999 el gobierno y los sindicatos resolvieron rectificar la baremación relativa a la adjudicación de interinidades de los exámenes de oposición al cuerpo de profesores de educación secundaria. Sus decisiones son loables. Frente a tres listas para cubrir interinidades por méritos y nota de oposición (1ª lista: aprobados sin plaza, mi caso; 2ª lista: aprobados en el primer ejercicio y suspensos en el 2º; 3ª lista: suspensos en todo) decidieron establecer una lista única en la que la experiencia (tiempo de desempeño de interinidades) prime frente a la cualificación (conocimientos de la materia). De esta manera, pasarán a los primeros puestos para interinos aquellos que ya hayan suspendido numerosas veces la oposición y, aun así, hayan trabajado varios años como profesores interinos (para las oposiciones del 2.000 que en Madrid cuentan con 10 plazas de profesores de filosofía de secundaria se anuncia que la “experiencia docente”, es decir, el haber desempeñado interinidades, contará el 45% de la nota). Los primeros de la lista, que acabarán acumulando puntos y entrando en la condición funcionarial, serán los cazurros que, año tras año, examen tras examen, han sido siempre incapaces de aprobar, hasta una última y milagrosa vez, pero que siempre han tenido la “suerte” de que les llamasen para cubrir una vacante. ¡Gracias! ¡Muchas gracias sres. del gobierno y los sindicatos! Con esa medida podrán impedir en cierto grado que las mejores cabezas malgasten sus vidas y energías en las guarderías públicas, donde saber demasiado de una materia cualquiera no sólo es contraproducente, sino sumamente indeseable y se castiga con severidad. Serán mis compañeros de carrera más ineptos, los que se paseaban por el pasillo de la facultad en quinto de carrera con el libro de filosofía de COU de Navarro&T.Calvo bajo el brazo, quienes acaben en la profesión docente de secundaria. Los que me encontré en la oposición que, año tras año, se presentaban, a ver si hay suerte. Un merecido destino si fueran ellos responsables de su condición pero un funesto sino para quienes no han hecho más que lo que nuestra sociedad les pedía y lo que sus oposrtunidades les permitía.

Los que hemos sido interinos ya tenemos la experiencia inenarrable que nos habilita para sonar mocos, enseñar modales y dar ridículas clases de parvulario a jóvenes semianalfabetos y maleducados. Yo fuí uno de los que aprobó sin plaza (y sin méritos por interinidades pretéritas) en la oposición a profesores de secundaria (especialidad de filosofía) del año 1998 de Madrid, con lo cual, al quedar en la antigua 1ª lista, con el nº 31, tuve la desgracia de que me adjudicaran una vacante. Presuroso corrí a pedir una excedencia en mi trabajo como vigilante nocturno para, amante de los libros, del aprendizaje y de todo aquello que se puede denominar cultura, lanzarme en brazos de la carrera docente. ¡No me lo podía creer! ¡Lo repito! ¡increible! Ya me habían advertido profesores de secundaria que conocía, pero la realidad superaba con creces las más amargas previsiones.

Lo que he vivido durante el año 98-99 como profesor interino es algo que todo enseñante de secundaria conoce muy bien y que apenas soy capaz de transmitir en estas páginas. Es el primer año de mi vida desde que tenía 14 años que paso sin leerme un solo libro entero. Exhausto, decepcionado y deprimido, no tenía tiempo ni ganas de leer, todo el supuesto tiempo libre que tienen los profesores se me iba en preparar clases (cada vez más simples, bajando y bajando sin cesar) y en procurar relajarme y no acabar en el psiquiátrico a través del encefalograma plano que se obtiene con el visionamiento pasivo de un rato de televisión.

Ahora, gracias a la cada vez más infrecuente posibilidad de elegir, he rechazado el segundo año de interinidad y con ello, permanecer en la lista de experimentados, pidiendo el reingreso en mi antiguo puesto de vigilante nocturno. Prefiero mil veces ser vigilante nocturno a profesor de Instituto. Gano la mitad, es cierto, pero al menos tengo tiempo de leer y de estudiar, que es lo que a mí más me interesa hacer, y de comentar mis lecturas e investigaciones con mis amigos, colegas y conocidos, aprendiendo yo de ellos y enseñándoles a mi vez. Como soy comunista platónico, no sólo en la teoría (o de boquilla) sino también en la práxis (económica), no me importa vivir austeramente y con poco dinero mientras tenga el tiempo de ocio necesario para continuar con mi formación y mi participación política.

Prefiero ser un preso en libertad condicional al que se obliga a ir 12 noches al mes a encerrarse en la cárcel que un funcionario de prisiones que tenga que emplearse a fondo en enseñar modales y comportamientos, preparando a los jovencitos para ser obreros cualificadillos en distinto grado, obreros sumisos y obedientes al fin y al cabo, que sepan leer el cartel de “prohibido fumar” en la fábrica de explosivos o, en todo caso, que constituyan material de aprovechamiento productivo. Volver a mi anterior trabajo me asegura, aunque austeramente, las necesidades básicas, nutrición y vivienda, sin pagar por ello un excesivo coste psíquico y personal, y lo que es más importante, libera mi mente, me permite pensar, leer y estudiar; es decir, me permite hacer terrorismo. Pensar, leer y estudiar sin que ello forme parte y esté destinado a la finalidad de la producción, es una actitud terrorista.

Lo único que pude hacer como profesor fue aprobar a todos, absolutamente a todos, incluso a quien nunca había venido a clase y que yo me había negado a denunciar a la dirección y los padres tras pasar obligatoriamente lista, control de la asistencia obligatoria a la enseñanza obligatoria (función que fingía prácticar sin practicarla pero que era imposible evitar totalmente). Me pareció la única forma de poner de manifiesto que el título en educación secundaria no significa nada, o al menos de no darle ningún reconocimiento. Pero sé muy bien lo que significa, porque significa que el sujeto ha sido amaestrado para levantarse religiosamente todas las mañanas a las 7:00 a.m. y acudir a un centro, hábito que tiene que estar grabado en los que pasen al mundo laboral y que se prolongará hasta la jubilación. La enseñanza no existe, tan sólo la Formación Profesional existe, hoy por hoy todo es formación profesional, habilitación para llegar al mercado en condiciones de ser explotado en la mayor medida posible. A eso se le llama socialización y debe ir acompañado del inculcamiento de doctrinas ideológicas hipócritas, como los derechos humanos, la democracia, de la historia contada por la socialdemocracia neoliberal vigente. Debe ir acompañada la constitución de una subjetividad productiva de todos sus justificantes ideológicos. Pero hoy por hoy resulta que ni los justificantes ideológicos ni sus posibles críticas interesan lo más mínimo, está todo muy claro, demasiado claro, se acepta la condición de ente productor-consumidor como se aceptan las órbitas de los planetas, “estudiar para trabajar y así poder consumir”, es la máxima más categórica y más extendida en las sociedades de los países desarrollados. Los jovencitos no hacen sino transmitir las convicciones más profundas de sus padres al manifestarse al respecto. Pequeños y mayores de todas las clases sociales coinciden en ese punto, a cuya justificación y afianzamiento se dedican cuatro horas diarias de medios de comunicación de masas.

Epicuro, Epicuro es una de las claves y posibilidades de alternativa, el Jardín, un hedonismo bien racional y bien entendido como fortaleza psíquica. A nivel psicológico-subjetivo hace falta construirse los propios mecanismos de defensa, alternativos al consumo conspicuo, con los que poder vivir en un mundo insoportable de manera soportable. Después o, a la vez, afianzarse en el materialismo, un Marx siempre presente para no olvidar que toda escapatoria que no modifique el modo de producción no puede ser más que una ilusión individual. Propongo vivir así en una evasión psicológica-subjetiva a nivel privado, como mera protección, sin olvidar que, “objetivamente”, en general, impera el horror. Uno no puede luchar si la mente no se parapeta tras una barricada, pero la barricada tiene que ser real para ser eficaz, el Dios de los creyentes es una ilusión, pero la comunidad de amigos de Epicuro como una asociación que surge ante la desintegración de la polis y el advenimiento del Imperio macedónico es bien real y fue muy efectiva en su momento; es una evasión, más no ilusoria. Quizá se pueda vivir en constante evasión o incluso en constante ilusión, pero yo no pretendo tal cosa, el interés por la verdad me impide la ilusión, ya sea parcial o completa, y el interés por los demás, el compromiso social, me impide la evasión completa; permitiéndome la parcial como un medio, no como un fin. El fin de la libertad, la igualdad y la justicia se podrá alcanzar así, parcialmente, en un entorno privado basado en la fraternidad, elitista, donde la poesía, el arte, la filosofía y la música clásica desplacen a los diarios deportivos, al fútbol, a la opinomanía y al bakalao. Un reducto semejante, que no se sustente sobre la esclavitud de los demás (para ello ha de ser austero) sino que vaya en su contra, es el único lugar que me parece habitable y defendible hoy por hoy.

Continuando en un Instituto no soy yo el que hubiese transformado a los que me rodeaban en personas sino que, por el contrario, todo lo que me rodeaba me hubiese transformado a mí en un gañán. Tuve que dejarlo para defenderme, sólo tenía que mirar a otros profesores para darme cuenta de lo que podía llegar a sucederme. ¿Y si no hubiese tenido opción? ¿Y si no hubiese estado en excedencia por incompatibilidad en mi otro trabajo alternativo? Entonces me hubiese gañanizado inevitablemente ¿En qué medida? ¡No sé! Quizá hubiese resistido más de lo que pienso, pero el embrutecimiento, el desinterés por la filosofía, la simplicidad de miras, le necesidad de medrar administrativo-burocráticamente, la agresión psíquica, el agotamiento, la falta de tiempo libre, me hubiesen dañado irremediablemente. ¡Adaptación o psiquiátrico! era la opción. Y la adaptación a un medio bajo, mezquino, ruín, zafio, inculto, ignorante, brutal, policial, burrocrático, meritocrático, socializador y castrador, se cobra grandes precios en quienes no tienen más remedio que aceptarla. La otra opción, la psiquiátrica, la esquizofrenia como enfermedad de la sociedad capitalista, la psicósis, la paranoia, la depresión, opción castigada con el encierro o el abandono, opción tristísima de seres humanos rotos, destruidos, en cierto modo admirables por no haber sido capaces de soportar toda la mierda que otros somos capaces de tragar y aguantar, pero a quienes se destina a gravar con su enajenación las vidas de sus allegados por hallarse abandonados a la familia o condenados a la mendicidad.

LA VOCACIÓN DOCENTE.

¿Cómo es eso posible?. Fácilmente se echará la culpa a mi inadecuación personal diciendo: “es que no tiene vocación docente; es que no sabe enseñar; es que no consigue despertar el interés y el amor al aprendizaje a sus alumnos”, una sarta de tópicos que producen una sonrisa amarga en cualquier profesor de primaria y secundaria. Quienes continuaron hace ya muchos años que abandonaron esos tópicos de la enseñanza y se adaptaron a la realidad, simplemente no comentan públicamente su situación por dos motivos: 1) tienen que convencerse a sí mismos de que aún le resta algún sentido a su labor para no acabar en el psiquiátrico y 2) nadie les comprendería de hablar francamente. Los niños y jóvenes son intocables, irresponsables, no puede aceptar la sociedad que estemos produciendo aberraciones, el fallo es de los adultos que los tienen a su cargo, de los padres y de los profesores, en primer lugar, de los burócratas de la administración educativa a lo sumo. Desde luego no es la sociedad, la televisión, nuestra forma de vida, nuestros gobiernos y nuestra política a la que se responsabiliza del carácter de los ciudadanos, y desde luego, puesto que jurídicamente no existe, el jóven no puede fallar, es sujeto de derechos pero no de obligaciones. El profesor al fin y al cabo no es más que un currito más: ¡Hay que comer! -se dice- como frase justificatoria de la aceptación resignada de todas las vejaciones. Si alguien trabaja en una fábrica de armamento y se le reprocha su conducta responde: ¡hay que comer! y ya se queda tan ancho, justificado, redimido.

Al principio, créanme, pensaba en mi inadecuación, en que los jóvenes hablaban en mi clase y tenía yo que mandar callar 50 veces en 50 minutos de clase porque yo era nuevo e inexperto. Pero poco a poco me fuí dando cuenta que todos los demás profesores, veteranos y menos veteranos padecían las mismas condiciones de enseñanza que yo; lo que me ha llevado a pensar que no es tanto mi inadecuación sino la de un sistema que pretende que se realice una labor imposible, consiguiendo que permanezca el ideal escrito en las leyes y hecho jirones en la realidad. Mientras que en la LOGSE diga que se proporciona a todo ciudadano la capacidad de hablar y escribir correctamente en nuestra lengua, mientras que tal cosa quede escrita justificando y legitimando la sociedad en que vivimos, no importa que todos esos escritos, que la Constitución o Los Derechos Humanos, sean papel mojado; no importa que la realidad esté a años luz de la expresión escrita de dichos ideales, ni importa que el camino que lleva nuestra sociedad la aleje cada vez más de esos ideales, la pretensión de ser bueno en la teoría, fingida o optimisticamente creida, legitima para detentar el poder en la práctica y justifica y legitima toda dominación. Se pueden hacer cruzadas o montar la Inquisición, simplemente hay que hacerlo por amor al prójimo, y ya basta con la declaración de motivos, para que se consideren aceptables todos los actos. Si un joven no sabe casi leer ni escribir al acabar la ESO, no importa, se le otorga el Graduado en Educación Secundaria, de todas formas, y ya entra en las estadísticas como uno más de nuestros triunfos. Sobre el papel ya sabe leer y escribir correctamente y está habilitado para comprender la lectura del periódico, pero en la relidad le cuesta, como a su padre frecuentemente, leer el Marca.

Los profesores se quejan, no es cierto que no digan nada, pero se les calla con dinero, más presupuesto para la enseñanza, más cursitos para adquirir méritos y prebendas, pero ninguna disminución de las horas lectivas, ninguna disminución de la ratio de alumnos por clase. La imposibilidad física de enseñar prácticamente nada a la mayoría, la guardería obligatoria, se mantiene, y a cambio de soportarla se acepta más dinero. Cómo va ha enseñar algo de ética un ser que se ha visto forzado a trocar sus ideales por monedas, un sujeto envilecido por una situación inaceptable que tiene que aceptar por la fuerza si no quiere volverse loco o renunciar.

 

Algunas veces, en el tablón de anuncios de la abigarrada salita de profesores (90 profesores) aparecía algún panfleto crítico escrito o expuesto por algún compañero de fatigas, seguramente veterano, donde veía expuestos, a menudo incluso con fina ironía, mis sentimientos y frustraciones. Veamos lo que decía uno de ellos:

“HUMOR: JESÚS EN LA ESO.

En aquel tiempo Jesús subió a la montaña y sentándose en una gran piedra dejó que sus discípulos y seguidores se le acercaran. Después, tomando la palabra, les enseñó diciendo:

En verdad, en verdad os digo que serán bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Que serán bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los perseguidos a causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos...

Entonces Pedro le interrumpió para decir: ¿Tenemos que saberlo de memoria? Y Andrés dijo: ¿Tenemos que escribirlo? Y Santiago dijo: ¿Tenemos que examinarnos de esto? Y Felipe dijo: ¡No tengo papiro!. Y Bartolomé dijo: ¿Te lo tenemos que entregar?. Y Juan dijo: ¿Puedo ir al servicio? Y Judas: ¿Y esto para qué sirve?.

Entonces uno de tantos fariseos presentes, que nunca había enseñado, pidió ver la Programación de Jesús y, ante el asombro del Maestro, le inquirió en estos términos: ¿Cuál es tu nivel de competencia curricular? ¿Cómo atiendes a la diversidad? ¿Cómo has diseñado la motivación de intereses de palestinos y gentiles? ¿Qué significatividad tiene el material de aprendizaje que pretendes enseñar?.

A Jesús se le llenaron los ojos de lágrimas y, elevándolos al cielo, pidió al Padre la jubilación anticipada”.

A mi se me llenan los ojos de lágrimas al releer el anterior escrito y pensar en que la pluma que estuviese detrás, todavía debe continuar en ese purgatorio, a menos que haya alcanzado ya la jubilación anticipada, que por lo visto anhelaba, o renunciado a seguir. Seguramente de él se podrá decir también que le falta vocación docente y que no sabe atraer al alumnado.

El autor ilustra sin duda una de las peores comisiones que se le otorgan actualmente al profesor de secundaria, la impartición de la asignatura Sociedad, Cultura y Religión, alternativa, para los alumnos que no cursen Religión, que por no tener no tiene ni nota, no se califica. Tal despropósito relacionado con la espinosa cuestión religiosa en nuestro país, llega hasta el límite de proclamar, jurisprudencialmente, que cualquier profesor, desde el de Gimnasia al de Física o Inglés, pasando por todos los demás, está habilitado para impartir tal asignatura:

“La principal premisa en la que se basa la citada aspiración es que al profesorado de Secundaria, con independencia de su concreta especialidad, sea Matemáticas o Educación Física, se le supone una cultura superior, universitaria, que la Guía le sugiere como aprovechar en el caso de tener que ocuparse de esta docencia. Se le supone un conocimiento de nuestra sociedad, de nuestra cultura, en grado suficiente como para elaborar y exponer un juicio razonado acerca de las huellas que el hecho religioso ha dejado en la sociedad y la cultura, y, en consecuencia, para poder manejarse y orientar al alumnado en el estudio de <Sociedad, Cultura y Religión>. (Alfredo Fierro Secundaria. Sociedad, Cultura y Religión. Guía del Profesorado. MEC. Dirección General de Renovación Pedagógica. Centro de Publicaciones. Madrid 1995. Introducción, pág.9).

Es mucho suponer todo lo que supone el señor Alfredo Fierro, y su Guía, además de estar llena de contradicciones y sinsentidos, resulta, en definitiva, marcadamente teísta, lo que implica que no ha entendido o no quiere entender el significado de la palabra “aconfesional”. Lo cierto es que me extraño bastante el descubrir que el autor del buen libro titulado Sobre la religión, publicado en Taurus en 1979, se hubiese prestado a semejante componenda, imposible, de contentar a teístas, ateos, agnósticos y ecumenistas, proponiendo una chapuza descomunal. Lo cierto es que no se reconoce en el autor de la apestosa guía al autor del buen libro.

Parece que los que somos titulados universitarios en cualquier cosa, ya por ese hecho dominamos todas las demás, sobretodo si son Humanidades, que hoy parece que se aprenden por ciencia infusa, ya que “sea Matemáticas o Educación Física” se les supone nada menos que “un conocimiento de nuestra sociedad, de nuestra cultura, en grado suficiente como para elaborar y exponer un juicio razonado acerca de las huellas que el hecho religioso ha dejado en la sociedad y la cultura”. ¡Pobres licenciados en filología semítica! ¡Pobre Juan Vernet, nuestro mejor traductor del Corán al castellano! ¡Cualquier universitario puede hacer lo que ellos! ¡Qué suerte! ¡Qué nación tan culta en la que cada cual puede “elaborar y exponer juicios razonados” acerca de nada menos que la religión en la historia!

¡Por favoooor! Si lo más que puede elaborar y exponer un profesor de secundaria es la síntesis de un plagio de los diferentes y malísimos manuales existentes. El pobre profesor de secundaria no puede manejar fuentes directas, ni semidirectas siquiera, para ello debería querer aprender y disponer del tiempo para ello; y a menudo, aunque desearía lo primero no se le permite lo segundo. Además es inútil, aunque pudiese tomarse el esfuerzo, que no puede, sería ininteligible para sus alumnos, que no pueden comprender nada más allá del refrito simplificatorio que parte de los manuales. Todo el sistema educativo ha sufrido un progresivo corrimiento hacia abajo, fenómeno que podemos denominar estadounidización, por dirigirse hacia el modelo anglosajón norteamericano.

UNA NOTICIA PERIODÍSTICA.

Titular de la sección Educación: Libros de texto bajo <censura autonómica>: “España es el único país de la UE que somete los libros de texto a un control previo de carácter autonómico. Los editores de libros escolares arremeten contra esta <censura antediluviana> y aseguran que los cambios que imponen las comunidades obligan a realizar multiediciones que encarecen entre un 10% y un 15% el precio de venta de los libros de texto” (El País 11-12-99, primera página).

Como ya ocurre con las fotocopias, que los editores igualan a un atentado contra la cultura cuando tan sólo es un atentado a sus beneficios. Vemos aquí, de nuevo, como los intereses económicos se disfrazan de preocupación por la moral y la política. El que la diversidad cultural española se refleje en los libros de texto es denominado por los editores como “censura previa”, como si los libros de texto de nivel nacional no tuvieran ningún control sobre sus contenidos. Tras pasar por las autonomías aún los libros tienen que ser aprobados, a posteriori, por la alta inspección del Ministerio de Educación y el libro es retirado en caso de incurrir en delito.

No les preocupa a los libreros que se fomente la pluralidad, ni les preocupa la cultura, tan sólo están preocupados por el coste del producto que, aunque piensan gravarlo sobre la venta y encarecer el precio del libro de texto, (un aumento del coste que tienen que pagar las familias) perjudica de todas formas a sus beneficios, ya que evidentemente no les resulta tan rentable una multiedición que la edición única.

“Si no existieran los controles autonómicos habría actualmente en el mercado unos 6.000 libros de texto en lugar de 25.000, según calculan las editoriales” (Ibid.p.33). Magnífica frase que refleja lo indeseable de la pluralidad, que sale cara, frente al pensamiento único, que sale barato. La frase en cuestión serviría para muchas manifestaciones similares. Por ejemplo y por la misma regla de tres podrían decir los grandes editores: <si no existiesen unas 22.000 lenguas en el mundo no se tendrían que traducir los libros y nos ahorraríamos los traductores, lo mejor será matar a todo el que no hable como nosotros porque es un desgraciado que impide que nos ganemos mejor la vida>.

La polémica, motivada porque ocho comunidades autónomas tienen ya transferidas las competencias en materia de educación, demuestra que el acercamiento a una democracia real es indeseable para los economicistas porque no es tan rentable como el monopolio político. Acercar la gestión política a los implicados por ella es caro para la gran empresa, aunque beneficioso para la pequeña empresa, pero son los grandes los que protestan porque son los que tienen negocios a nivel nacional e internacional.

“Para el director de ediciones escolares SM, Fernándo López-Aranguren, <es una censura antediluviana> y deben ser los profesores los que decidan si los libros se adecuan o no a los requisitos de la enseñanza” (Ibid.p33). No vemos la relación entre el control autonómico (y nacional) y la elección del libro por el profesor, al contrario, creo que el profesor podrá tener más juego en su elección del libro de texto si puede elegir entre 25.000 libros en lugar de entre 6.000.

Por cierto, el tal Fernándo López-Aranguren es pariente de una directora general del Ministerio de Educación y Cultura (Isabel López-Aranguren, directora del CIDEAD); y un tal Eduardo López-Aranguren y familia, debatieron durante este verano en El País, contra Javier Marías (El País, 26-6-99; y 3, 10, 17, 24 y 31-7-99), por las acusaciones de “colaborar” con el franquismo que el escritor vertió en la prensa incriminando su padre, el filósofo José Luis Aranguren. ¿Es que ahora se dan más que estancos por colaborar?....

OTRA NOTICIA PERIODÍSTICA.

Titular: <El Reino Unido crea el teléfono para maestros desanimados>. “En 1998, una cuarta parte de los primeros (primaria) y un tercio de los segundos (secundaria) abandonó la carrera (docente) antes de que acabara el curso académico. Abocado a llenar las aulas con sustitutos que le cuestan al año 4.500 millones de pesetas, el Gobierno británico ha decidido ofrecer apoyo y consuelo a sus desanimados maestros nacionales. Para ello ha abierto Teacherline, un servicio telefónico gratuito al que pueden recurrir cuando necesiten una voz amiga” (El País 11-12-99, p.36). O sea, que en 1998 uno de cada cuatro profesores de primaria y uno de cada tres profesores de secundaria abandonan la profesión docente y al gobierno británico sólo le preocupan lo caros que salen los sustitutos, de manera que pone un telefono de consuelo a distancia para que aguanten al menos el curso en curso los que no puedan más. ¡Qué mundo! ¿Es que a nadie le preocupa qué es lo que está pasando en la enseñanza? ¿Es que no es sintomático de que algo anda mal que los profesores se vuelvan literalmente locos? Al final como si les suben el sueldo o les dan más vacaciones, eso no va a cambiar un ápice el hecho de que los centros educativos se han convertido en guarderías sin función docente alguna, excepto si se quiere seguir llamando función docente a la de suministrar obreros obedientes y sumisos mínimamente alfabetizados al sistema de producción.

Es por eso que un profesor se deprime y se desespera, abandona, se vuelve loco o se adapta a la mencionada función. Los que continuan y sobreviven una de dos, o tienen una voluntad de hierro y un equilibrio psíquico de acero o se envilecen y se adaptan a todas las bajezas e indignidades por simple necesidad de adaptación al medio y supervivencia. Lo que me duele es no poder olvidar a los buenos profesores, que preparan sus propios apuntes y pagan su dignidad profesional a un precio altísimo de quebranto moral e intelectual. Yo abandoné, los profesores que siguen atrapados en la educación primaria y secundaria resistiéndose al envilecimiento moral e intelectual sólo cuentan con mi admiración y respeto. Los que se han envilecido hasta el punto de sólo importarles su sueldito, sus trienios y sexenios, sus vacaciones, sus acciones en la bolsa, y dar sus clases con el menor esfuerzo y desgaste posible, banalizándose hasta alcanzar el nivel de intelectual de sus alumnos y el moral de nuestra sociedad de la imagen y del espectáculo, merecerían mi desprecio, de no ser porque esa opción la han tenido que tomar a la fuerza, paulatinamente, quebrándose poco a poco con cada cesión contra la locura y en pro de la supervivencia, hasta olvidarse por completo del amor que un día tuvieron por el saber, por su disciplina, por la transmisión del conocimiento, por la investigación y el aprendizaje; si es que alguna vez estudiaron para crecer como seres humanos y no meramente para alcanzar una habilitación profesional que les diera de comer. Reducidos a meros monitores de tiempo libre, con un auditorio encerrado a la fuerza en sus clases, notando la imposibilidad e inutilidad de grabar con cincel en una mente reacia contenidos memoristicos cada vez más simples, en una sociedad de la trivialidad y del dinero como único valor, que condena a la mayoría de sus ciudadanos desde la más tierna juventud al mero alfabetismo mínimo que necesita un trabajador especializado, un periférico monoprogramado hasta el delirio en una única actividad, el profesor cuyas clases no llegan a la mitad del nivel de una ya de por sí vulgarizada página de divulgación periodística, no merecen mi desprecio, sino sólo mi compasión. Me dan pena, porque ellos también son víctimas de lo mismo.

En nuestro sistema educativo obligatorio los alumnos se agrupan por edades en lugar de por niveles, lo que indica que el criterio de agrupamiento o almacenamiento no tiene una relación directa con los conocimientos adquiridos. Mientras el sistema exija que el estudiante tenga que estar con los de su misma edad la función docente quedará minimizada frente a la función guardería-prisión.

LA INVENCIÓN DE LA ADOLESCENCIA: UN PROGRAMA DE INFANTILIZACIÓN DEL CAPITALISMO TARDÍO.

En España existió un Bachillerato en los años 70 de 7 cursos, tras la LODE (1970) se redujo a 4 cursos y tras la LOGSE (1991) se ha reducido a dos cursos. Hoy, el paso de la infancia a la madurez, el ritual antropológico universal, se produce a los 17 o 18 años, en el mejor de los casos, cuando se llega a la Universidad, si es que se llega; aunque la tendencia es superar con creces esas edades en estado de infantilismo. Lo que con frecuencia se denomina adolescencia no es más que una prolongación artificial de la infancia que se da en los países desarrollados.

Los redactores de la LOGSE no sabían nada de Antropología, borraron de un plumazo el rito iniciático o paso de la infancia a la madurez que se daba entre la EGB y el BUP. Hoy la ESO es una prolongación del Colegio, la niñez se ensancha en Occidente y, paralelamente, aumenta la especialización cada vez más temprana. Hace 15 años quienes cursabamos el BUP éramos ya una selección, pues los que no querían o podían estudiar o bien abandonaban los estudios con el Graduado Escolar bajo el brazo o bien se iban a la Formación Profesional. Los profesores actuales que han vivido el cambio se quejan amargamente y dicen: “te acuerdas cuando había el BUP y podíamos dar las clases sentados”. Porque hoy el vigilante profesor debe pasearse como un león por la clase imponiendo disciplina. La enseñanza de conocimientos de una materia ha sido desbancada por la enseñanza de modales y rudimentos de estudio. El profesor de secundaria se ha primariezado, enseñando a niños en lugar de a jóvenes semiadultos, lo que hace pensar si el proceso de infantilización no tendrá alguna relación con la demagogia política reinante.

En los países desarrollados la madurez biológica (sexual) se va adelantando progresivamente, mientras que la madurez intelectual se va retrasando de manera inversa. Dos años más de guardería, obligatoria ahora hasta los 16 años (con prolongaciones hasta los 18) y después un Bachillerato de dos años (o la FP) para preparar a los analfabetos para un examen de literatura (selectividad) o lanzarlos directamente al mundo de la explotación laboral. Que algunos pocos terminen accediendo a la Universidad resultaría milagroso de no ser por la presión hacia abajo que se imprime sobre la más alta institución burocrático-formativa.

EDUCACION PARA LA PRODUCCION.

Me inicié en la enseñanza secundaria en septiembre del año 98, en el mes de octubre, ya había comprendido algo de la locura vigente en las pretensiones institucionales de la profesión docente, por lo que participé en un debate público enviando a un medio de comunicación la siguiente misiva:

“La democracia es un sistema político, el capitalismo un sistema económico, hoy vivimos en una buena parte de los países del planeta de una conjunción de ambos modelos, y no dejan de apreciarse contradicciones.

La generalización de la enseñanza a toda la población fue un logro de la Revolución Francesa de 1789, de los ideales Ilustrados de los Enciclopedistas y del desarrollo de las democracias modernas. Efectivamente, de acuerdo con la LOGSE (1990) se amplía en dos años la Educación Secundaria Obligatoria. La motivación profunda: una democracia no funciona si la gran mayoría de los ciudadanos no cuenta con un mínimo de Ilustración general básica. No puede haber democracia sino tan sólo demagogia cuando la mayoría de la población sólo llega ha comprender la lectura del Marca o la visión de un partido de fútbol o del programa Tómbola.

Me encuentro dando clases en un Instituto público y he de confesar que la batalla parece perdida. No se está educando para la democracia, sino formando trabajadores aptos para la producción capitalista, esto es, para la explotación. Se forman técnicos humanísticamente ignorantes....

Tengo en clase a los hijos pero debería tener a los padres también, la ignorancia de los hijos refleja la de sus padres (y la de todos juntos la de la sociedad) y no es verdad que la Familia no esté cumpliendo su función; la cumple a la perfección mandando a la escuela niños adocenados por televisión, interesados sólo por el fútbol y los cotilleos y con un cero en cultura o formación política; la cumple a la perfección mandando los clones de sí mismos.

¿Cuándo se va a educar de por vida? ¿No es esa una obligación de todo ciudadano? La disminución de alumnos por clase no se les pasa por la cabeza a los pedabobos de la calidad educativa y es lo único que podría aportar alguna calidad a la muy deficiente, por masificada, enseñanza oficial” (Carta a <El País Digital>. Sección <Debates: La educación que queremos>. Simón Royo Hernández. IES Alonso de Avellaneda - Alcalá de Henares, Madrid, publicada el 17/10/98).

Existen muchas contradicciones entre el Capitalismo y la Democracia. Y una de las más evidentes se manifiesta en la Educación. El principio de educación universal, el ideal ilustrado de los ciudadanos formados para desempeñar sus funciones y ejercer sus derechos como tales, la educación para la política, se ha convertido en una mera pantalla retórica justificativa de la educación para la producción, en la que una etapa de la vida se dedica a la formación, obligatoriamente los 16 primeros años de la vida, prolongable a lo sumo hasta los 25, y el resto a ser trabajadores-productores, a gastar todas las energías en producir y consumir hasta llegar a la jubilación.

El problema ya no eran los discolos muchachos de 1968 que se encontraban bien integrados en puestos de responsabilidad, sino sus hijos, la generación de los nacidos en el 68, demasiado jóvenes para haber creído totalmente en la revolución pero demasiado viejos para haber sido amamantados con el capitalismo. Ya no hacía falta reprimir a los alumnos de primaria y secundaria que nacían genéticamente predispuestos a pedir unas Nike de primer cumpleaños, la televisión y los demás medios de comunicación de masas, la inclusión en el consumo y el fútbol, hacían de los jovencitos seres integrados desde la cuna. Pero los nacidos en el 68, testigos de las traiciones de sus padres y hermanos mayores, pero crecidos con los ideales de la imaginación al poder, constituían una verdadera amenaza. La solución salta a la vista: “dejemos que nuestros niños y adolescentes integrados, y que nuestras masas de consumidores alienados, acabe con esa escoria bastarda fruto del amor libre. Otorguémosles un puesto de profesores de secundaria a uno de estos seres abyectos, picará el cebo, se creerá que va a poder cambiar algo desde dentro y será él el que cambie. Los niños y adolescentes ya no son sujetos moldeables e influenciables sino auténticos ejércitos del Corte Inglés, dispuestos para la conquista”.

Albert Camus, en su Discurso de Suecia, pronunciado el 10 de diciembre de 1957 al recibir el premio Nobel de Literatura, se expresaba de la siguiente manera: 

“Cada generación, sin duda, se cree llamada a rehacer el mundo. La mía sabe, por tanto, que no lo conseguirá. Pero puede que su tarea sea mayor; la de impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida en la que se mezclan las revoluciones traicionadas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos y las ideologías extenuadas. Donde mediocres poderes pueden hoy destruirlo todo sin convencer de nada, donde la inteligencia se ha rebajado a sierva del odio y de la opresión; esta generación ha tenido, en sí misma y en torno a sí, que restaurar, a partir únicamente de sus negaciones, una pizca de eso que forja la dignidad de vivir y de morir” (Discours de Suède. Paris. Gallimard 1997, p.18-19. Traducción nuestra). La generación del 68 estaba llamada a impedir que el mundo se deshiciera, no lo consiguió, y la mía, la generación de los nacidos en el 68, es la que ha constatado que tal mundo, se ha definitivamente deshecho; agarrándose tan sólo y como último asidero a esas negaciones, a partir de las cuales se puede únicamente alcanzar hoy un poco de aquella dignidad en el vivir y en el morir.

EL ESTUDIANTE ETERNO.

En las universidades españolas no hay casi gente entre los 30 y los 65 años, los más veteranos, alumnos de Doctorado, tienen como máximo, en su inmensa mayoría, alrededor de 30 años. El resto de la población comprendida entre las edades antedichas tiene que producir y ya no se le permite el estudio, convertido en un lujo minoritario.

Yo no estudio (ni he estudiado) para trabajar, sino que trabajo para poder estudiar y por eso estoy dispuesto a trabajar en aquello que me sea más compatible con mi actitud de estudiante eterno. El análisis, el aprendizaje y la reflexión son mi vida, pero esas actividades constituyen un lujo, casi una afrenta; porque de generalizarse nada podría impedir el cambio y los poderes se consagran a la conservación de lo establecido. Eso explica que la educación secundaria, en lugar de acabar con los alumnos, extermine a los profesores.

Es curioso, resulta que estudiar con posterioridad a los 28 años (continuar estudiando, mejor dicho), ser licenciado en algo o/y  profesional de alguna cosa y emplear tiempo en el estudio, es cosa sumamente mal vista en nuestra sociedad actual.

Como ya indicamos en la primera parte, en la Grecia clásica, donde los jóvenes selectos filosofaban en la juventud, también estuvo mal visto el continuar con la reflexión posteriormente, como le indica Calicles a Sócrates: “Ciertamente, Sócrates, la filosofía tiene su encanto si se toma moderadamente en la juventud; pero si se insiste en ella más de lo conveniente es la persición de los hombres. Por bien dotada que esté una persona, si sigue filosofando después de la juventud, necesariamente se hace inexperta en todo lo que es preciso que conozca el que tiene el propósito de ser un hombre esclarecido y bien considerado (Górgias 484c-d) está muy bien ocuparse de la filosofía en la medida en que sirve para la educación, y no es desdoro filosofar mientras se es joven; pero, si cuando uno es ya hombre de edad aún filosofa, el hecho resulta ridículo, Sócrates (485a)”. El joven griego cultivaba la filosofía para luego pasar a la política y valerse como gestor de la ciudad, el milagro griego está constituido de un amor al saber y al desarrollo de todas las capacidades humanas para lograr ser mejor, que se confunde a menudo con un medio de medrar en la sociedad. El sofista, que piensa que el mejor es el más fuerte, indica que los personajes como Sócrates, estudiantes eternos de filosofía, resultan ridículos, al no emplear el aprendizaje en la adquisición de riquezas y poder. Pero lo que resultan es una amenaza para el demagogo y una denuncia constante de las hipocresías de las que se alimenta lo más ruin de la ciudad. Por eso se les acaba matando. No obstante la actuación socrática con los jóvenes atenienses, o debido a los resultados de la misma, su discípulo Platón (República VII, 537a ss), recomendará no empezar a filosofar hasta los 30 años por quienes tengan ya bases sólidas en otras disciplinas de estudio y muestren aptitudes para la reflexión. La gimnasia, la música y las matemáticas se recomiendan como la base educativa general que, cultivadas de por vida, proporcionarían orden y armonía al estudiante; a partir de los 30 años empezaría el camino de la filosofía cuando, se dedicarían 5 años a la dialéctica, después, 15 a la política, para finalizar a los 50 años acometiendo la labor de gobernar, educar y filosofar.

Está tan arraigado el estudiar para trabajar y con tal insistencia se fomenta desde las instituciones, que quien realiza una actividad formativa, humanamente formativa, sin perseguir su traducción en ingresos, sin ánimo de lucro, presente o futuro, es visto como un ser de otro planeta. Quien piensa que se puede hacer mejor mediante el estudio es desmentido por aquellos que le señalan al sabio criminal, pero no saben que este último no es sabio, sino que tan sólo parece serlo.

El principal lugar donde se estudia de por vida, o mejor dicho, donde se puede fácilmente estudiar de por vida en caso de querer y poder hacerlo, es hoy la Universidad, a partir de la Licenciatura, o, mejor dicho, del Doctorado. Lo que se contempla como el final no es sino un principio y la sociedad exige que se abandone cuando ya se está en condiciones de comenzar. Lo previo al Doctorado es hoy la alfabetización en la disciplina, y la mayoría, alfabetizados, abandonan la universidad con sus títulos bajo el brazo y comienzan a trabajar, su objetivo, sin haber llegado a disfrutar ni conocer aún la lectura. A quienes se hacen profesores de universidad, únicas personas que pueden permitirse el lujo de seguir estudiando (de comenzar a estudiar realmente), no se les denomina ya estudiantes ni se les quiere llamar de tal forma, se les llama, en el mejor de los casos, investigadores, en el peor, farsantes, pues se encuentran las universidades llenas de ineptos e incapaces, pero expertos en la burocracia y el amiguismo. Pocos son los que, sin abrazar la profesión universitaria, pueden permitirse el comenzar a realizar aportaciones a su disciplina de estudio al acabar con el Tercer Ciclo o durante los estudios de postgrado. El que dedicándose a otra profesión que no sea la docencia prosigue su formación y participación ciudadana se encontrará con cada vez más dificultades para ser admitido en la academia universitaria. Todos los artículos de las revistas especializadas de hoy en día están firmados por profesores de universidad y no se puede encontrar una aportación a la biología o a la filosofía firmada por fulanito de tal, zapatero, y eso no porque no haya zapateros ilustrados, sino porque el gremio de los profesores considera su intromisión como intrusismo profesional y les cierra el paso. El gremio profesoral universitario está cerrado opacamente a la ciudadanía al considerar que es la única forma de justificar su salario y al no querer admitir que un zapatero, bombero, azafata o heladero de profesión, pueda contribuir a la disciplina desde fuera de la academia universitaria. El cierre gremial de la universidad respecto a la sociedad es una de las consecuencias de que su función sea meramente la cualificación de profesionales especializados para determinados puestos en el mercado de trabajo.

Los conciliábulos académicos de los que Nietzsche llamara cultifilisteos se han extendido dentro de las fronteras universitarias como una plaga: conferencias, coloquios, seminarios, cursos, cursillos, que imparten unos profesores, siempre los mismos, a unos alumnos, siempre los mismos; docentes que se invitan los unos a los otros con dinero del Estado a sacarse sobresueldos por conferencias y a publicar, los unos en las de los otros en un círculo constante y perfecto, articulillos en las revistas provincianas de las facultades. La complacencia, la contemporización, el espíritu corporativo y gremial, la heteroalabanza empalagosa y desmedida de cualquier nadería intelectual cerrada a la sociedad (nivel nacional) y no digamos al ámbito internacional, elogiada como el desvelamiento de la quintaesencia del pensamiento por fín, es el pan nuestro de cada día en los reductos sociales aislados que son las instituciones de la llamada enseñanza superior. “¡Obra maestra!, ¡soberbio!, ¡el libro de pensamiento más importante del país en los últimos dos decenios!” son algunos de los epítetos retóricos que se repiten hasta el infinito en todos los conciliábulos académicos en los que se presenta la última soplapollada savatérica y en los que la baba empapa hasta el discurso más anodino elevándolo a los cielos. El que los pocos sabios que aún quedan, (a quienes pocos leen porque pocos están en condiciones de comprenderlos y pocas editoriales se arriesgan a publicarlos), se presten a semejantes escarceos, componendas y corruptelas, es algo que dice muy poco en su favor. Traducciones realizadas por becarios o ciudadanos ilustrados no se publican si no es bajo la firma de un profesor universitario que roba el trabajo de los demás y se apunta sus méritos, y tal es la extensión de semejante parasitismo intelectual que es incluso bien visto y socialmente admitido. Las instituciones aprisionan las mentes en sus ramificaciones burocráticas volviéndolas mezquinas al constreñirlas a la funcionalidad empresarial y estatal, sin embargo, el conocimiento es un producto peculiar, pues no se enajena cuando se transmite a otro, es decir, quien lo aporta no por ello lo pierde al hacerse de otro, el negro que escribe un libro para que se publique bajo el nombre de quien detenta un puesto burocrático no se torna ignorante al traspasar el libro, simplemente es el ignorante quien le roba los derechos de autor bajo la mera promesa de plataformarle en la sucia carrera meritocrático-burocrática que lleva a la docencia universitaria.

¿Cómo es posible que un profesor de universidad (en humanidades) se conforme con publicar sus artículos en una revista provinciana interfacultativa que debería ser para los alumnos? ¡Fácil respuesta! Esas publicaciones basura en revistillas de tres al cuarto, con unas tiradas ridículas de 700 ejemplares de los cuales 400 se quedan en los almacenes, son las que les van a dar puntos para cuando se presenten a catedráticos de universidad. No tienen entrada en los grandes medios de difusión y tampoco son capaces de escribir en inglés y presentar sus investigaciones a revistas internacionales especializadas. Semejante cortedad de miras es algo idiosincráticamente español, debido a una tradición de cierre y a un aucocultivado y autocomplaciente complejo de inferioridad respecto de Europa. Nuestros especialistas en Nietzsche no publican en los Nietzsche Studien, la revista internacional sobre la materia con mayor reputación, sino en los Análes de sus respectivas facultades, no se atreven a medirse con los especialistas de todo el mundo que acuden a esa publicación (y muchos con razón ya que en el fondo saben que son un fraude y no se quieren arriesgar a que pueda hacerse pública su condición) y saben que no podrán pasar la selección de calidad que allí se exige. En los últimos tiempos, en las disciplinas científicas, semejantes cosas están afortunadamente en extinción, no puntua un artículo de matemáticas que no haya sido publicado en una prestigiosa revista internacional a la hora de adjudicar plazas de profesores universitarios. Cualquier matemático se echaría a reir con sólo ver el currículum de publicaciones de la mayoría de los catedráticos de universidad de filosofía. Pero es que a nivel de formación de investigadores las ciencias positivas han evolucionado bastante más que las humanidades (si bien a nivel de formación de profesionales para el mercado de trabajo las ciencias produzcan sujetos tecnológicos menos críticos que los profesionales que escupen las humanidades).

Por poner un ejemplo que conozco bien, hablemos del Licenciado en Filosofía, ¿qué sabe?: ¡Nada! Lo único que ha aprendido es, en el mejor de los casos, a orientarse por sí mismo en un mundo bibliográfico y metodológico, ya sabe lo que hay que leer, ya sabe leer y cómo hacerlo, pero sólo le falta ponerse manos a la obra, cosa que ya nunca hará. Hasta entonces no ha recibido más que propedéuticas y al final es cuando se encuentra realmente capacitado para empezar. El proyecto de cubrir lagunas, que son mares, y especializarse, sin embrutecerse por perder de vista lo general, consiste en profundizar en dos o tres temas. Ese es el camino que se le presentará de seguir estudiando (ya entonces lo llaman investigando), pero la cruda realidad de tener que trabajar y ganarse el pan termina truncando el 95% de los proyectos de continuidad. Nuestra sociedad capitalista presiona para introducir al sujeto en el mercado, todo gira entorno a tal conclusión, pues junto a la obligatoriedad de finalizar el estudio cuanto antes mejor, es decir, la formación profesional, colaboran también instituciones como el matrimonio, con sus secuelas biológicas, los procreados y abandonados niños y jovenes.

“HIJOS Y PADRES.

Los hombres nacen por un procedimiento natural que está al alcance de todos. No hay que saber muchas matemáticas para producir seres humanos. Es algo que obedece al instinto de supervivencia de las especies, pero en el caso humano tiene muchas más connotaciones, acaso culturales más que naturales. Los hombres nacen, crecen, maduran, entonces se encuentran con que no saben qué hacer ni para qué vivir y para romper ese vacío insoportable, engendran otros seres humanos de los que ocuparse, bien o mal, mejor o peor. Hasta que los primeros mueren y los segundos se encuentran en las mismas condiciones y se lanzan, al paliativo de la procreación como forma de vida, y así sucesivamente, de manera que el reemplazo generacional queda garantizado. Conforme los humanos van sabiendo qué hacer con sus vidas, el instinto de parir disminuye, la natalidad baja. Luego el día en que todos los hombres sean dueños de su existencia y vivan para sí mismos en lugar de para otros, se acabará el hombre.

Se podría contar una fábula como la antecedente, y sin embargo no se darían con las claves de la producción de hombres en el mundo. En los países del Tercer Mundo se engendran hijos como conejos, en los del Primero no. Y esto no es porque los tercermundistas no sepan para qué ni cómo vivir y los primermundistas sí. Esto se debe a que bajo condiciones precarias de existencia se estimulan las ganas de vivir y producir vida, mientras que en la confortable y segura vida occidental la fuerza de la naturaleza disminuye. No hay más que ver a la selva amazónica destrozar el pavimento de una autopista y comparar esa fuerza con las briznas de yerba seca de los parques de las ciudades de Occidente. Por tanto, la disminución de la natalidad occidental no surge de la emancipación humana, sino de su sujeción esclava del trabajo.

El capitalismo se enfrenta al problema de que los hijos no salgan rentables en una sociedad en la que la rentabilidad es el único criterio de actuación. Lo quiere solucionar con una importación de mano de obra esclava y barata, pero al mismo tiempo quiere que esa importación sea controlada, de acuerdo con las necesidades del mercado. De ahí el gran problema de la inmigración, que no es que quite puestos de trabajo (falacia de Le Pen), sino que crea una nueva clase social, la de los esclavos, que unidos bajo algún Espartaco, podrían dar problemas al Imperio y a los pocos que dominan sobre muchos.

A los bárbaros se los quiere fuera, no dentro del Imperio exigiendo tierra y libertad. Dentro, unos pocos esclavos son controlables, pero su aumento hace temblar a los pocos que dominan toda la riqueza y que ya tienen adiestrados a sus ciudadanos en el respeto de la desigualdad, es decir, de la propiedad privada.

La máquina de producir hijos es algo ambigua. Se niega a los ciudadanos la libertad de adopción (lo que equivale ha hacer de un esclavo, ciudadano con todos sus derechos), la adopción debe ser controlada, al igual que la inmigración. Se fomenta el naturalismo y la familia clásica patriarcal, los hijos deben ser biológicos, nos consideramos tan estupendos que tenemos que pasarle todas nuestras taras a un nuevo ser que las perpetúe por el mundo. Mientras nuestro tarado se deprime (pues la depresión es el lujo burgués del siglo XXI), millones de niños enérgicos y con ganas de vivir se preparan para el sacrificio: la muerte por hambre.

Todo encaja en el Capitalismo, donde la Familia, el Estado (patria) y la Religión, son el modo de control, de la máquina de producir hijos”.

(Carta a <El País Digital>. Sección <Debates: Hijos y padres>. Simón Royo Hernández, Madrid 07/05/97).

 

Hoy en España, por diversas causas idiosincráticas, es a los 30 años cuando la mayoría de la gente alcanza la madurez. Y tal cosa, la madurez, se cifra en tres características fundamentales: a) casarse por la Iglesia (claudicación importante para romper las últimas resistencias de juventud); b) comprarse una casa y un coche (dos créditos hipotecarios cuyo pago justifique la vida consagrada a la producción); y c) engendrar retoños (parir vástagos que sirvan así mismo de dotación de sentido a una vida esclava en un trabajo esclavo; ya no se vive y uno mismo no importa, se aguanta por ellos, por los niños). Si esto es la madurez, francamente, prefiero ser un inmaduro, como lo era el detective Philip Marlowe, personaje de las novelas policiacas de Raymond Chandler (cfr.nota XII).

Los padres de hoy procuran solucionar con el sucedáneo del dinero la falta del tiempo que no les dedican a sus hijos. Siete mil pesetas a un quinceañero para el fin de semana, que salga, coma y duerma. El resto de la semana, mientras se trabaja, a los chicos se les deja en la guardería. ¿Para qué parir entonces? En tales condiciones traer un nuevo ser al mundo no puede sino concebirse como un elevado acto de crueldad. Pero no es cierto que los padres no se ocupen de los hijos, se ocupan, vaya si se ocupan, los chicos zafios, mezquinos y economicistas, aprenden el egoísmo, el maltrato, la insolidaridad, en sus casas y en la sociedad, de los hombres zafios, necios y mezquinos. Si el padre quiere un coche nuevo, el niño quiere unas Nike, por la misma regla de tres, aunque la industria automovilística se cobre más víctimas que el tabaco o el terrorismo y aunque las zapatillas Nike las realicen niños esclavos en el Tercer Mundo. ¡Eso no importa! Ellos no tienen nada que ver porque la política la llevan unos señores muy importantes y de ellos no depende nada. ¡Qué ignorancia! y que impresionantemente firme y dogmática es semejante creencia que parece grabada con fuego en la frente del occidental actual.

OTRA VEZ LA TELEVISIÓN.

Vivimos en un mundo en el que los medios de comunicación, las formas de cultura de masas generadas por la industria del entretenimiento, y los planes de educación obligatoria, tienden al embrutecimiento y al desarme cultural de los ciudadanos, especialmente de los que no tienen recursos económicos suficientes para ponerse a salvo del bombardeo ideológico constante. Así, mientras una parte de la población se embrutece burdamente viendo “El informal”, un programa televisivo en el cual, según uno de sus protagonistas, se habla como en el barrio de Carabanchel, otra parte de la población se embrutece en la televisión de pago viendo “Lo más plus”, un programa en el que se habla como los progres del barrio de Moncloa. Traduciendo esos dos programas televisivos de gran audiencia a finales de siglo el uno en el vocabulario del otro, simplemente, veríamos el mismo contenido con distintas palabras.

En el siglo V a.C. ya enseñaba Crítias en su Sísifo que los gobernantes habían inventado a los dioses con la intención de gobernar mejor a los ciudadanos, haciéndoles creer en un policía interior (Freud lo llamará “Über-Ich”) ante el cual no podrían ocultar sus delitos ni pensamientos. Poco después, hacia el 400 a.C., Platón escribirá La República (Politeía), donde nos contará lo que son las “mentiras necesarias” (414b-d): el hombre de estado tiene que inventar “mentiras nobles” para persuadir a los ciudadanos y que sean buenos. Inmediatamente pasa a narrar el Mito de las Edades (415a-d) y termina su libro sobre cómo fundar y dirigir el Estado perfecto con el Mito de Er (614b ss), en el que tal personaje muere, permaneciendo su cuerpo incorrupto, resucita y nos cuenta cómo es el más allá, la manera en que las almas inmortales de los buenos van hacia arriba a recibir dichas y las de los malos hacia abajo a recibir castigos. Por algo dijo Nietzsche que “el cristianismo es platonismo para el pueblo”.

Pero hoy, el poder del estadista ya no necesita del omnisciente ojo divino para someter a los ciudadanos, sino que le basta con la televisión. Ese aparato sustentado por la nada eléctrica de los rayos catódicos es el superego actual. Aborrega mucho mejor que las Iglesias y las sectas, manipula, más bien crea la opinión pública, a la que hace balar como les place a los políticos de turno. De ahí la furiosa pelea entre el PP y el PSOE por el monopolio de la televisión por cable.

Quien desenchufa la televisión y se pone a leer comete un pecado de desmesura -hybris, la llamaban los griegos- y comienza la difícil andadura del héroe trágico. La buena literatura universal, la primera democracia en la Atenas ilustrada, desde cuyo repensamiento podrá quizá salvarse la democracia actual, me ha protegido de la psicosis.

Ya no veo la televisión, ni la pública ni la privada y tengo muy buenas sugerencias sobre lo que pueden hacer con el cable. Después de estar casi lobotomizado por los partidos de fútbol, los programas concurso y los reality shows, intenté mirar sólo los telediarios, pero las imágenes contradictorias se sucedían con pasmosa celeridad: “¡Feliz desenlace!, todos muertos, los monstruos peruanos que se han atrevido a exigir tierra y libertad exterminados”; “Un oso hormiguero nace en el zoo de Berlín”; “Desnutrición en Zaire, se calcula que el dictador Mobutu posee 350 mil millones de pesetas, su mujer tiene un chalet de 200 millones en Madrid, ciudad que la acoge como benefactora de la humanidad”; “Pase de modelos”; “Más millones de parados”. Anuncios: “Compre un coche, una casa, pida créditos; Pulcrilim lava mejor”; “Beber no es vivir! Consejería de Salud”; “Whisky de los triunfadores, la copa que te hace irresistible”...

¡Apagadlo!, ¡Apagadlo!, mi hermana me dice que no les de ordenes contradictorias a sus perros porque se vuelven psicóticos, pero a nosotros nos bombardean de mensajes contradictorios sin descanso.

Dejemos la televisión pasiva y volquémonos sobre los medios participativos y verdaderamente democráticos, como ciudadanos responsables en la construcción de una ciudad. Platón mentía en sus mitos, pero dejó maravillosas partes de su obra, como ejemplos de la participación política.

INICIACIÓN EN LA SECUNDARIA: LA PENITENCIA.

En la educación secundaria no se puede hablar (estudiar, trabajar) intercambiando inquietudes sobre la materia con los profesores de la misma especialidad, porque lo que les interesa es dar sus clases y punto, ganarse la vida y punto. Los profesores de literatura, por ejemplo, no hablan de literatura entre sí, ni los de filosofía hablan de filosofía y por supuesto, los de física o matemáticas no aprenden ya juntos absolutamente nada de sus respectivas disciplinas. Lo que imparten de sus materias es hasta tal punto trivial que con los recuerdos de sus estudios pretéritos y el fusilamiento de manuales tienen de sobra para rellenar la guardería. No se dialoga, tan sólo se intercambia material pedagógico, exámenes y trámites burocráticos.

Al pobre profe de secundaria, a partir de que consiga sacar la oposición, frecuentemente, después de haber penado varios años como profesor interino, es decir, como profesor basura que se hace cargo de todos los centros y cursos que no quieren los demás; le esperan entre 6 y 8 años de lo mismo. Centros basura y cursos basura, lo llaman expectativa de destino, y mientras esperan un futuro mejor, con ardor escatológico, se les quema y maltrata, trasladándolos arbitrariamente de un sitio a otro, sin atender a su lugar de residencia, formación, disponibilidad. Para cuando un profesor de secundaria se ha asentado, o bien es de acero inoxidable, o está más quemado que una tostada. Lo más frecuente es lo segundo, que realice su trabajo de la manera menos comprometedora posible y que haya llegado a aborrecer su disciplina, aquella que quizá alguna vez, hace mucho tiempo, estudió con amor. Muy pocos son los que, frente a viento y marea, consiguen llevar una vida intelectual decente simultaneándola con la profesión docente en secundaria. Yo conozco tres o cuatro casos, excepcionalísimos, de personas con una voluntad de hierro, quebrantados por el esfuerzo, que consiguen a duras penas llevar adelante sus tesis doctorales y sus investigaciones.

MANIFIESTO ROUSSEAUNIANO.

“El hombre a nacido libre pero por todas partes se encuentra encadenado”, así empieza el capítulo I del Libro I del Contrato social de Rousseau, una severación nunca más cierta y constatable que en nuestros días. El hombre es bueno por naturaleza, el recien nacido llora y se rebela contra su introducción en este mundo, no es de extrañar. Los jovencitos de la ESO y del Bachillerato se rebelan contra lo que les están haciendo. Ellos no lo entienden, no saben, más bien intuyen lo que les está pasando y se revuelven como fieras contra ello. Los cachorros lanzas zarpazos con sus pequeñas garras, con la altivez que da la inocencia respecto a las propias fuerzas y la temeridad y brillo en los ojos del que desconoce al adversario real. Si supiesen lo que se esconde bajo la palabra socialización, ya sea primaria, secundaria o laboral, se revolverían aún con más ímpetu o se meterían bajo la cama llenos de escalofríos.

Los llamados Centros Educativos son prisiones donde los chicos son puteados, normalizados, adaptados y ¡Ay del que se resista!, la degradación, la miseria y la explotación le esperan a la vuelta de la esquina, perfectamente planificada y programada por sus mayores. La diversificación curricular o los programas de Garantía social son calculados métodos de segregación, pero, todo es muy democrático, porque no segrega la institución sino que se supone que el jóven “elige segregarse. Un ser que no es autónomo en nada, que no tiene a su cargo la más mínima responsabilidad, elige, sin embargo, su futuro itinerario formativo y laboral desde edades cada vez más tempranas. De hecho la madurez biológica habilita al acto sexual y la procreación mucho antes de que se reconozca la posesión jurídica de las capacidades para emprender tales ejercicios.

Los profesores tienen la función real de hacer de funcionarios de prisiones, acción carcelaria que se oculta bajo sutiles retóricas de la neopedagogía, de terminología grotesca, jurídica a veces, siempre con apariencia de cientificidad, informática en ocasiones (programación, secuenciación). ¡Y pobre del que se niegue a ejercer de carcelero!. Los jovencitos, dominados con violencia por los carceleros duros, auténticos maestros de la coacción, optarán por revolverse contra el que titubea. ¡Pobrecillos! Tienen necesidad de defenderse y no pueden comprender que un colaboracionista diga que está de su lado. El colaboracionista es carne de psiquiátrico, unas instituciones completas, en el sentido de procurar llenar el tiempo con la modelación del comportamiento (aunque ya no tan austeras como antaño), surgidas de las reformas en materia de educación, culminan el trabajo que los medios de comunicación de masas realizan sin cesar mediante el bombardeo publicitario y subliminal. La presión es tan sutil que el presionado se cree libre cuanto más esclavizado se encuentra por unas estructuras que oprimen a todos los puntos de manera constante.

“Unas «instituciones completas y austeras» (...) su modo de acción es la coacción de una educación total: «En la prisión, el gobierno puede disponer de la libertad de la persona y del tiempo del detenido; entonces se concibe el poder de la educación que, no sólo en un día sino en la sucesión de los días y hasta de los años, puede regular para el hombre el tiempo de vigilia y de sueño, de la actividad y del reposo, el número y la duración de las comidas, la calidad y la ración de los alimentos, la índole y el producto del trabajo, el tiempo de la oración, el uso de la palabra, y por decirlo así hasta del pensamiento, esa educación que, en los simples y breves trayectos del refectorio al taller, del taller a la celda, regula los movimientos del cuerpo e incluso en los momentos de reposo determina el empleo del tiempo, esa educación, en una palabra, que entra en posesión del hombre entero, de todas las facultades físicas y morales que hay en él y del tiempo en que él mismo está inserto»” (Ch. Lucas, De la réforme des prisons, 1838, II, pp.123-124; citado por: Michel Foucault, Vigilar y castigar. 4ª parte: Prisión, I: Unas instituciones completas y austeras, pág.238-239. Editorial Siglo XXI, Madrid 1998).

La colaboración en las estructuras de poder del modo de producción capitalista se exige hoy con más insistencia que nunca. En su defensa de Alfred Dreyfus, Émile Zola comenzaba su famoso artículo (Yo acuso) señalando: “mi deber es el de hablar, yo no quiero ser cómplice” (“Mon devoir est de parler, je ne veux pas être complice” J’Acusse. Avec un postface de Michel Polac. Ed.Mille et une Nuits. Janvier, 1994). Con ello trazaba claramente la línea divisoria entre los unos y los otros. Respecto al nazismo alemán y sus políticas de exterminio Jürgen Habermas reconocerá la existencia de una “responsabilidad colectiva, por delitos que no hubieran podido cometerse sin la indiferencia de la colectividad” (Jürgen Habermas Ensayos Políticos. Ediciones Península. Barcelona 1988, cap.VII: <El lastre del pasado>, 1. <La liberación del pasado>, p.230).

En los campos de exterminio tampoco entendieron nunca al carcelero judío que colaboraba con los nazis para paliar la situación de sus correligionarios. Pero no es de extrañar que se rechace esa mediación. De este tipo son muchos de los profesores de secundaria, víctimas de sus víctimas, puteados por los puteados, colaboracionistas, por amor al joven o a su sueldo, o a ambas cosas, o ninguna.

Pero no todos los jovencitos son rebeldes y revolucionarios, algunos lo son ocultamente, los más inteligentes, que saben de la inutilidad del enfrentamiento directo e intuyen no tener delante al enemigo real. Un profe puteado no puede ser el enemigo real, tampoco unos padres esclavos de la producción y el consumo. Éstos son los mejores alumnos, éstos son los mejores en general, quienes esperan su momento y atacan indirectamente, sin dejarse destruir y sin dañar a inocentes carceleros.

Luego están los jovencitos integrados, los que se lo tragan todo, los que se comen una ración de mierda y piden repetir, los que adoran a su torturador, los sadomasoquistas. Éstos producen escalofríos, clones del capitalismo tardío capaz de producir ya, subjetividades. La visión del jovencito capitalista es uno de los tragos más amargos que tiene que tragar el profesor des-integrado que consiga el triste mérito de llegar a enseñanza secundaria. De este grupo de muchachos espeluzna también su torpe ingenuidad. Da verdaderamente lástima observar a una jovencita con la mente estructurada por la sociedad capitalista que se cree que va a ser ingeniero, cuando lleva escrito en la frente su destino de cajera de Simago y madre-coneja.

EL CLASISMO EN LA EDUCACION.

El clasismo en la enseñanza, como en la sociedad, es brutal y manifiesto y hay que estar muy ciego para no verlo y sin embargo muchisimos no lo ven. En los IES públicos españoles no hay un sólo jovencito hoy que pueda llegar a una de las altas posiciones sociales actuales. Bajo el mito de la movilidad social y de la igualdad de oportunidades se esconde el clasismo más férreo.

Los hijos de los capitalistas y algunos de los de profesiones muy bien remuneradas siguen un itinerario formativo en su mayor parte costoso y privado que, culminado en centros extranjeros, dista hoy años-luz del parvulario-garaje público. De 15 años para acá la distancia entre la educación privada y la pública, que antaño, con el BUP, no fue tan grande, hoy se ha convertido en abismo. Para ello sólo han hecho falta dos cosas: 1) La LOGSE y 2) un aumento vertiginoso de la ofensiva militar de los mass media.

Para explicar lo primero detengámonos en un artículo publicado por un Catedrático de Filosofía que resume meridiánamente la situación:

“Nada más que analfabetos.

Sugiero al nuevo ministro de Educación que eche una ojeada a los reglamentos de aplicación de la ley de enseñanzas medias (alias LOGSE). Se encontrará con no pocas joyas. Con ésta, por ejemplo: «A partir de la aplicación de la ley, el error no será considerado ya como un defecto, sino como la expresión auténtica del dinamismo subyacente del alumno». ¡Toma ya! El que redactó eso era un memo. Poco más hay que decir. Pero esa memez -como todas las institucionales- tiene efectos catastróficos. Por sí sola y como pieza de una legislación que abole todo criterio académico, en beneficio de una risible Formación del Espíritu Nacional, versión politically correct.

La enseñanza secundaria en España ha completado su colapso. Ni siquiera puede decirse ya que sea mala. No existe. Los institutos son hoy zarrapastrosos garajes sin función docente. Y el grado de desesperación de sus profesores va más allá de lo serenamente descriptible. La LOGSE se revela como la tragedia mayor de los años bárbaros del felipismo. Ley que consumó la más perenne de las corrupciones: la del saber y la lengua. Cómplices de esa ley fueron los sindicatos. Y la global pasividad de la oposición de entonces. El mismo club de penenes avispados que redactó antes una ley de Universidades sin otro objetivo que el de liberarse a sí mismos del tedioso trance de las oposiciones, remató, con ésta de enseñanzas medias, cualquier futuro para la educación en España. Fue el teorema de Rubalcaba: un profesorado universitario semianalfabeto exige un estudiantado analfabeto del todo, para que no se note mucho su ridículo.

Todo catedrático de Universidad lo sufre. Que lo reconozca o no, es ya cosa de su discreción o su pudor. Pero la salvaje realidad es ésta: del tiempo que un director de tesis doctoral invierte en sus doctorandos, un mínimo de dos tercios se va en corregir faltas de ortografía y anacolutos. Hace 25 años, un analfabetismo así hubiera impedido el acceso al primer curso de Facultad. Hoy, es la norma a la cual nos plegamos con la desgana de quien soporta un accidente meteorológico: una «expresión auténtica del dinamismo subyacente del alumno», que diría el rubalcaba de turno.

No es asunto de buena o mala voluntad por parte de un profesorado de enseñanza media, pésimamente pagado y sometido a condiciones de trabajo insoportables. La ley fue hecha para esto. Para generar burricie. Que PNV y CiU sean tan felices con ella no es sino implacable lógica. Nada más proclive al patriotismo y la obediencia que una bestia de carga. Un animal que ya sólo emite «expresiones auténticas de dinamismo subyacente»: rebuznos”. (Gabriel Albiac, Diario El Mundo, Opinión, Madrid, 21-1-99).

Para explicar lo segundo hay que darse cuenta de que hoy los niños y jóvenes españoles son ya consumidores, mientras que no lo éramos los jóvenes del BUP de hace 15 años. Pueden estar satisfechos los tecnócratas, la demagogia impera en el mundo occidental, la estadounidización está consumada.

Pero si espeluzna el jovencito capitalista integrado, más, si cabe, el profesor capitalista integrado; el pedabobo que da clases de Historia de España, viniendo de la EGB (a saber qué historia cuenta), ex-concejal del CDS, rico por diversos negocios y políticas seguramente innombrables, que quiere que sus hijos conduzcan, como él, un mercedes, porque “es más seguro”, me decía, y que resueltamente nos aleccionaba a mi y a otros profesores de humanidades con las siguientes palabras: “A ver cuando os dais cuenta de que un Instituto es una empresa. Tenemos una materia prima, que hay que transformar en mercancía y soltar al mercado”. Transcribo palabras literales de todo un director de un departamento de Historia de un instituto público.

La Formación Profesional, adquiriendo una mentalidad de este tipo último mencionado, donde los seres humanos son mercancías que preparar, ha despegado desde su antiguo descrédito (en mi tiempo sólo cursaban FP los brutos) hasta convertirse en una excelente modeladora de materias primas actualmente. La FP ya funciona, ya no es un centro educativo, es una empresa y por no seguir la misma política los Bachilleratos están en crisis. La formación humana sencillamente sobra, sólo son necesarios técnicos cualificados, robots, no hombres, la empresa no pide hombres, el mercado no quiere seres humanos que vayan a la huelga o participen en asociaciones y sindicatos, la sociedad necesita máquinas perfectas de producir y consumir, sin fallos literarios. Esa es la razón de que todas las asignatiras humanísticas sencillamente sobren. Como son un lujo ya, que los jóvenes de clase media y baja no se pueden permitir, los padres exigen más formación-empresa y menos formación-educación, porque consideran, con acierto, que es lo primero lo que va a dar de comer a sus vástagos en el futuro y no lo segundo que, desde luego, no sirve para nada, afortunadamente. El fenómeno del utilitarismo laboral en la instrucción educativa general lleva más de un siglo progresando.

SOBRE EL FUTURO DE NUESTRAS INSTITUCIONES DE ENSEÑANZA.

“Les describiré a continuación las características que he encontrado en estas cuestiones sobre la cultura y la educación, que son hoy invocadas de la manera más viva y más urgente. Me ha parecido necesario distinguir entre dos direcciones primarias. Dos corrientes aparentemente contrarias, paralelamente nefastas en sus efectos, y reunidas finalmente en sus resultados, dominan actualmente nuestras instituciones de enseñanza: por un lado, la tendencia a extender y a difundir lo más posible la cultura, y, por otro lado, la tendencia a reducir y a debilitar la cultura misma. Por diversas razones, la cultura debe extenderse al círculo más amplio posible; esto es lo que exige la primera tendencia. En cambio, la segunda exige a la propia cultura que abandone sus pretensiones más altas, más nobles y más sublimes, y que se ponga con modestia al servicio de otra forma de vida cualquiera, por ejemplo el Estado.

Creo haber señalado de dónde procede con mayor claridad la exhortación a extender y a difundir lo más posible la cultura. Esa extensión va contenida en los dogmas preferidos de la economía política de nuestro tiempo. Conocimiento y cultura en la mayor cantidad posible -y por lo tanto producción y necesidades en la mayor cantidad posible-, felicidad en la mayor cantidad posible; ésa es la fórmula, poco más o menos. En este caso vemos que el objetivo último de la cultura es la utilidad, o, más concretamente, la ganancia, un beneficio en dinero que sea el mayor posible. Tomando como base esta tendencia, habría que definir la cultura como el discernimiento, con el que se mantiene uno <a la altura de nuestro tiempo>, con el que se conocen todos los caminos que permiten enriquecerse del modo más fácil, con el que se dominan todos los medios útiles al comercio entre los hombres y los pueblos. Por eso, el auténtico problema de esta cultura consistirá en educar a cuantos más hombres <corrientes> posibles, en el sentido en el que se llama <corriente> a una moneda. Cuantos más hombres corrientes haya, tanto más feliz será un pueblo. Y el fin de las escuelas contemporáneas deberá ser precisamente ése: hacer progresar a cada individuo en la medida en que su naturaleza le permita llegar a ser <corriente>, desarrollar a todos los individuos de tal modo que a partir de su cantidad de conocimiento y de saber obtengan la mayor cantidad posible de felicidad y de ganancia. Todo el mundo deberá estar en condiciones de valorarse con precisión a sí mismo, deberá saber cuánto puede pretender de la vida. La <unión entre inteligencia y posesión>, defendida por estas ideas, se presenta incluso como una exigencia moral. Según esta perspectiva, hay que odiar a toda cultura que produzca solitarios, que coloque sus fines más allá del dinero y la ganancia, que necesite mucho tiempo; se acostumbra a descartar estas otras tendencias culturales como <egoísmo elitista> o como <epicureísmo inmoral de la cultura>. La moral aquí triunfante exige indudablemente algo opuesto, es decir una cultura rápida, con la que convertirse en un ser que rapidamente gane dinero, y, aun así, una cultura lo suficientemente fundamentada para que pueda llegar a convertirse en un ser que gane incluso muchísimo dinero. No se concede cultura al hombre más que en la proporción que demanda el interés de la ganancia, pero es también en esa misma proporción que la exige él mismo. En resumen, la humanidad tiene necesariamente una pretensión a la felicidad terrenal, para eso es necesaria la cultura, ¡pero sólo para eso!” (Friedrich Nietzsche Ueber die Zukunft unserer Bildungsanstalten. Nietzsche Werke. Kritische Studienausgabe Herausgegeben von Giogio Colli und Mazzimo Montinari in 15 Bänden. Walter de Gruyer. Berlin-New York, 1967. KSA1,  s.666-668). ¡Sin comentarios!....

LA EDUCACIÓN COMO CREACIÓN DE LA PROPIA EXISTENCIA.

La creatividad o imaginación, como ya vió Nietzsche al enfrentarse a lo que con tanta agudeza definió como “borreguismo”, lo que hoy conocemos como sociedad disciplinaria, la creatividad en la propia forma de vida, en el pensamiento, en el cuerpo, en las acciones, etc; es la mejor forma de combatir las manipulaciones del Capital y de su dictadura política, la demagogia. Dictadura que significa la privación al polités (ciudadano) del privilegio de la acción, de su derecho al desarrollo hasta posibilidad de la elección creativa y libre de sus maneras de ser, de pensar y de vivir. Creación no significa aquí creatio ex nihilo, tal cosa no existe, significa modos de relación y transformación que no estén dictados por la sociedad de masas, invención de formas individuales alternativas a las coherciones sociales colectivas.

Respecto al cuerpo, por ejemplo, consistiría en la liberación de las constricciones e imposiciones acerca de la conducta adecuada y normalizada, la emancipación de las normas sociales acerca de la manera de mirar, de comer, de vestirse, de andar, de asearse, de relacionarse sexualmente, de oir, oler, gustar, tocar; de la codificación rígida de los papeles sociales, en definitiva, de la construcción social de la subjetividad.

Como ya hemos sido y estamos siendo víctimas de la socialización disciplinaria, nuestras elecciones libres y creativas, serán un signo de indisciplina, una muestra de no sometimiento, y en ocasiones adoptarán una limitación o dirección social, en cuanto surjan como reacción y compromiso con la diferencia. Si el cuidado de sí se dirige contra el rígido control vigente y establecido, se adoptará la postura del hombre justo (Camus), más no del todo la del hombre libre (Nietzsche). El justo es el que piensa que se puede actuar por los demás, que se puede liberar a los esclavos, el libre es sin embargo, aquel que piensa que la emancipación tiene que lograrla cada cual, que no se puede liberar a otro sino, a lo sumo, ayudar a que el otro se libere por sí mismo; ¡y qué mejor ayuda que el ejemplo de romper las propias cadenas!.

El espíritu libre, aunque se desentienda del compromiso social por la justicia, resultará de todas formas, o por eso mismo, una gran afrenta contra la imposición política y el dirigismo en nuestros pensamientos y en nuestras vidas. Para el hombre libre existir es ya una victoria, y no podía ser menos, ya que su derecho a ser dueño de su existencia se lo ha ganado como derecho de conquista. Ha combatido por él y tiene constantemente que luchar por mantenerlo. Lo obtuvo en un campo de batalla en el que todos, querámoslo o no, nos encontramos involucrados.

Pero no nos confundamos. Uno de los mitos más peligrosos y dañinos del capitalismo consiste en la creencia de que el dinero libera. Uno de entre los muchos relatos infantiles del neoliberalismo nos cuenta que el millonario es libre por es el único que hace lo que le viene en gana. Pero la emancipación del dinero no puede lograrse poseyendo montones de dinero, la liberación del ciclo de producción de plusvalor, no puede conseguirse. Viviendo en nuestro mundo globalizado, lo único que reporta la posibilidad de adueñarse en buena parte de la propia existencia, consiste en minimizar lo más posible la necesidad de consumir; atender a lo esencial (y para ello no hay más remedio que venderse en cierto grado) prescindiendo de lo superfluo. De manera que el hombre libre no será en absoluto un hombre completamente libre. Pero no hay que confundir la libertad con la omnipotencia o con la estupidez de hacer lo que me venga en gana. Entendemos por hombre libre aquel que se hace dueño de su existencia y en esa medida, la libertad de tal individuo consiste en crear su propia vida. Para ello la sociedad tendría que proveer los medios, pero hasta hoy y desde el principio de la historia dichos medios para la libertad han sido patrimonio privado de unos pocos; excepto en los países comunistas, donde se generalizaron los medios pero sin permitir la libertad en los fines. Una sociedad que otorgase los medios y diese libertad en los fines sería la que habría que buscar.

¿Puede ser hombre libre un obrero?. “Un obrero no es obrero en virtud de la disciplina a la que se ve sometido en la fábrica, ni siquiera por el conjunto de disciplinas  a las que se ve sometido en general. El problema de la tecnología social del ser obrero, al tiempo que el del tema sartreano de la libre elección de sí, fue cuidadosamente desterrado. Un indisciplinado obrero que decide no atender una mañana al despertador no deja de ser obrero: será un obrero en paro. Y no porque su decisión no sea lo suficientemente amplia o radical, sino porque sencillamente el ser obrero no tiene nada que ver con una decisión” (Carlos Fernández Liria, Sin vigilancia y sin castigo. Una discusión con Michel Foucault. Ediciones Libertarias/Prodhufi, Madrid 1992, cap.II, pág.35).

Ser obrero o no serlo, efectivamente, no tiene nada que ver con el estar sometido o no a toda una serie de disciplinas, ni con una decisión de la voluntad o libre albedrío, sino con la división del trabajo y en clases de la sociedad capitalista; pero ser un obrero trabajando o ser un obrero en paro sí que tiene que ver con una decisión. Desde luego las decisiones individuales no cambian la situación ontológica del sujeto, sino sus condiciones ónticas de existencia. El existencialismo individualista proporciona variables psicológico-subjetivas, variables que, sólo a través de su transformación en acción política generalizada, podrían llegar a transformar la sociedad: Si 2.000 millones de obreros decidieran no atender una mañana al despertador, o mejor, no atenderlo nunca más, el sistema de producción de plusvalor se paralizaría, quizá hasta el punto en el que ser obrero dejaría de tener sentido, y sólo lo tendría el ser hombre.

Se es libre existencialmente en la medida en que se pueden elegir los pensamientos, deseos, emociones, en la medida en que uno puede construirse tanto animica como físicamente sin seguir ni atender a los patrones prestablecidos, es decir, en la medida en que se pueden aprovechar los márgenes de los poderes constituyentes, tanto los del Capital, la estructura más poderosa, como los de la familia o la religión.

Un hombre no puede decidir o elegir sustraerse a aquello que lo hace ser hombre, ni a aquello que lo hace ser obrero, pero sí puede escoger qué clase de hombre quiere ser o qué clase de obrero.

¿Acaso se consigue eso con dinero? ¡De ningún modo! Porque para eso hace falta tiempo, mucho tiempo y mucha dedicación, dedicación al desarrollo de las propias capacidades humanas, que no coinciden con el desarrollo de las capacidades de producción de plusvalor, porque no encajan con la cultura rápida y utilitarista que meramente habilita para el trabajo asalariado.

Respecto al tiempo, ese bien finito y valioso que se ha de vender como tiempo de trabajo en la sociedad capitalista, ese tiempo que genera el interés del Capital, nos hablaba un personaje de La Montaña Mágica de Thomas Mann, Naphta, el antagonista romántico y jesuítico de Settembrini, el personaje ilustrado, a quien van dirigidas las siguientes palabras:

“¿Me lo pregunta?. ¿Escapa al manchesterianismo de usted la existencia de una doctrina de la sociedad que signifique la victoria del hombre sobre el economicismo y cuyos principios y objetivos coinciden exactamente con los del reino cristiano de Dios?. Los padres de la Iglesia han llamado al -mío- y -tuyo- palabras funestas y han dicho que la propiedad privada era la usurpación y el robo. Han condenado la propiedad porque, según el derecho natural y divino, la tierra es común a todos los hombres y, por consiguiente, produce sus frutos para el uso general de todos. Han enseñado que únicamente la avidez, fruto del pecado original, invoca los derechos de propiedad y ha creado la propiedad privada. Han sido bastante humanos, bastante enemigos del negocio para considerar toda actividad económica en general como un peligro para la salvación del alma, es decir, para la Humanidad. Han odiado el dinero y los asuntos de dinero y han llamado a la riqueza capitalista aliento de llama infernal. El principio fundamental de la doctrina económica, a saber: que el precio resulta del equilibrio entre la oferta y la demanda, ha sido despreciado por ellos de todo corazón, y han condenado los actos de los que sacan partido de las circunstancias como una explotación cínica de la miseria del prójimo. Ha habido una explotación todavía más criminal a sus ojos: la del tiempo, ese delito que consiste en hacerse pagar una prima por el sencillo transcurso del tiempo; dicho de otra manera: el interés, y abusar así, para su propia ventaja y a consta del prójimo, de una manera, de una institución divina, valedera para todos: el tiempo” (Thomas Mann La Montaña Mágica. Ed.Plaza y Janés. Barcelona 1989, pág.407).

Se entiende ahora que durante el feudalismo a lo que hoy se denomina interés y es moralmente respetable, se le denominase usura y fuese despreciado. Hoy en día, en el Islam, en países como Irán y Bangladesh, auténticos medievalismos vigentes, también está prohibido el interés, porque intuyen que amenaza de muerte a su sistema de vida. Aquí no proponemos escoger entre la estructura del Capital o las estructuras religiosas medievales, no hay que aceptar como única alternativa capitalismo o identidad tribal, ámbos son signos de barbarie. Ciertamente es menos asesina la segunda, pero igualmente funesta. Existe un tiempo que puede sustraerse tanto a la identidad cultural como a la sociedad capitalista, y ése es el tiempo de la reflexión y del movimiento corporal, el tiempo de ejercitar el pensamiento y de ejercitar el cuerpo, el tiempo que puede emplear un hombre en el exclusivo desarrollo de sus capacidades como ser humano, como fin en sí; sin atender a si ello sirve para la capacitación profesional, es decir, para la producción de plusvalor. El tiempo consagrado a la autoconstrucción de uno mismo.

El desarrollo de las capacidades humanas necesario para la libertad existencial no es rentable, no se puede traducir en dinero. Para aclarar en qué consiste el desarrollo de las capacidades humanas, con sencillez, recurramos a la siguiente y facilita explicación de Ortega y Gasset:

“No se crea que es desear tarea tan fácil. Observen la específica angustia que experimenta el nuevo rico. Tiene en la mano la posibilidad de obtener el logro de sus deseos, pero se encuentra con que no sabe tener deseos. En su secreto fondo advierte que no desea nada, que por si mismo es incapaz de orientar su apetito y decidirlo entre las innumerables cosas que el contorno le ofrece. Por eso busca un intermediario que le oriente, y lo halla en los deseos predonimantes de los demás. He aquí la razón por la cual lo primero que el nuevo rico se compra es un automóvil, una pianola y un fonógrafo. Ha encargado a los demás que deseen por él.... Y cuando alguien es incapaz de desearse a si mismo porque no tiene claro un si mismo que realizar, no tiene sino pseudo-deseos, espectros de apetitos sin sinceridad ni vigor”. (José Ortega y Gasset Meditación de la Técnica, Revista de Occidente en Alianza Editorial, Madrid 1982, págs. 54-55).

¿Qué debo desear? Ésta es la pregunta más engañosa, porque siempre se contesta tomando deseos prestados. Los manuales de Ética proporcionan guías sobre lo que se debe hacer, pues resulta que algunos individuos se tomaron la molestia de averiguar para sí mismos cómo actuar, y luego los perezosos posteriores decidieron que su construcción ética valía no sólo para éllos mismos sino para todos los demás. En esto consiste una de las críticas más demoledoras de Nietzsche hacia la filosofía, en que los filósofos se toman la libertad de prescribirles a los demás su conducta. ¡No, señores! ¡no hagan lo mismo que yo! ¡no imiten mi conducta! Resuelvan ustedes el problema porque mis resoluciones son propias y no tienen que valer para ustedes. Si quieren, a lo sumo, observen como las resuelven los demás para ilustrarse y capacitarse en el arte de construirse la vida, pero no copien literalmente mis respuestas, aprendan de los artistas a ser artistas; no sean imitadores de un artista, sino que, frecuentando a los artistas y a los creadores, conviértanse ustedes también en artístas creadores.

Parece que contra ésto, contra el arte, se rebela la ciencia, que no se limita a describir cómo son las órbitas de los planetas, circulares desde la Antigüedad hasta la Edad Media y elípticas del Renacimiento a nuestros días, sino que entra dentro de las prescripciones existenciales, rebasando con mucho sus competencias descriptivas y mostrándole al individuo, no ya cómo es, sino cómo debe vivir.

FORMACIÓN DEL PROFESORADO.

Los cursitos de Formación del Profesorado, son basura, que sólo interesa a los enseñantes en la medida en que les proporcionan puntos para los sexenios, para los concursos de traslados, para medrar en la jerarquía y la antigüedad profesional. Esos son los temas constantes de conversación. De los cursos de formación del profesorado no se miran los títulos ni los contenidos, sino tan sólo el número de horas y de puntos que proporcionan. Desde luego se aprueban siempre sin hacer nada más que asistir o a lo sumo copiando algún trabajito que les presta un compañero. No es de extrañar tal actitud, porque de la antigüedad y de las puntuaciones internas depende que logren los nuevos, al cabo de unos 10 años de comadreo, unos horarios y unos centros semidignos y, en definitiva, unas condiciones de trabajo en las que se podría empezar a enseñar; de no ser porque a tales alturas se debe llegar ya bastante quemado y sin más que abominación por la labor que se tiene que desempeñar y ningún interés por la materia impartida de la que ya sólo se conoce el oligofrénico nivel que se imparte.

No hay tiempo. Yo mismo tuve muy poquitas conversaciones filosóficas con uno de mis colegas, que no era de los más frecuentes y, amante de su disciplina, anhelaba un compañero de viaje que le sacase de la simpleza embrutecedora a la que se veía condenado desde hacía seis años. De él partía la iniciativa en un hueco entre dos clases de que hablasemos de Platón o de Kant a la que yo me prestaba sin ganas, con desánimo, después de aguantar a 30 críos enjaulados de 15 años y con la perspectiva de volver a aguantar otro grupito más tarde.

Lo cierto es que no hay tiempo y, lo que es más, no tenía ganas, no me quedaban fuerzas, no podía hacer lo que más me gusta, imposible estar metido en el estudio de la Crítica de la razón pura para explicar a Kant; lo más que podía hacer era plagiar de distintos manuales las informaciones de segunda o tercera mano que allí aparecían. Viví la depresión del docente que, según dicen, se pasa con la veteranía. El primer año es el peor, -me decían los compañeros veteranos, pero yo les veo y no me lo creo, les veo y no quiero ser como ellos, no quiero vivir como ellos, no quiero pensar como ellos. ¿Acostumbrarse? Hay cosas a las que es mejor no acostumbrarse. Ellos no habían vencido a la depresión, simplemente habían conseguido que no les llevase a un psiquiátrico (a los que estaban en el psiquiátrico no llegué a conocerlos) de manera que “acostumbrarse” es resistir, endurecerse, embrutecerse, renunciar a la idea de enseñar (tarea imposible tal y como está planteada) y sustituirla por sobrevivir. Es terrible lo que a veces se está obligado a aceptar a cambio del salario.

 

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