Cuaderno de Materiales
 ENSAYO
 

 

 

Procreando fama en Unamuno

Carlos Medina

 

   Es admirable observar lo que es capaz el hombre de hacer en busca de la fama, pero llega a ser enfermizo en el artista. Entonces, la creación se nos aparece en su justa forma, es decir, como instrumento socialmente dirigido a la secreción de ego. Producir en cuanto producirnos (algunos hasta extralimitan sus cajas torácicas cuando se extiende su orgullo). Pues bien, todo esto se debe aprender de Unamuno, que nos lo ha dicho casi llorando, entre avergonzado y dolido por tanta recreación.

Ser escritor le supone a Unamuno una gran fama, un lugar en la Historia -quizás ese hueco que en el Universo debería dejar toda conciencia-, pero también le crea conflictos, como el de la personalidad, que hacen angustiosa su producción y nos devuelven a la fundamental relación antitética entre Razón y Deseo, o entre Muerte y Vida. A partir de una de sus tantas crisis su vida se ramificaba entre dos caminos, uno el de la fama, otro el de la salvación. Pero la inmortalidad del papel nunca ha sido suficiente, al menos para quién busca salvación más allá de lo humano. Dios no da premios literarios. El temor de que el Unamuno de la leyenda, el de la novela, hubiese ahogado al íntimo y verdadero, fue constante toda su vida, especialmente en la época del destierro: "Te has cobrado asco a ti mismo; no puedes volver atrás... escribo estas líneas bajo un apretón de desaliento... he hablado esta mañana en público, y aún se me revuelven en el oído tristemente los aplausos. Y oigo también los reproches ,y me digo: ¡tienen razón! tienen razón: fue un número de feria; tienen razón: me estoy convirtiendo en un cómico, en un histrión, en un profesional de la palabra. Y ya hasta mi sinceridad, esta sinceridad de que he alardeado tanto, se me va convirtiendo en tópico de retórica".   Y es que el ámbito privado en Unamuno es el yo interno e íntimo que sólo se comunica consigo mismo. Lo importante es que la palabra oral esta en Unamuno íntimamente ligada a la acción, frente a la palabra escrita, perfecta y acabada, y que ,en todo caso, la profesionalización de la palabra, sea escrita o oral es la profesionalización que para Unamuno ha logrado la Razón con tal de imponer lo sistemático y lógico, para terminar con la vida que pudiera haber en la comunicación.

  Los aplausos que recibe el orador, al igual que el escritor, son los que, tras la lucha por la inmortalidad, quedan automaticamente previstos, sin importar del todo lo dicho o escrito, son los que la Humanidad otorga a aquellos que viven la Historia -y no la intrahistoria, sino "la verdadera", la que es y no la que uno desea-, como merecido tributo a su mayor hambre de fama. La fama, sabe el filósofo, le ha costado un alto precio. Los aplausos que le recompensan son sólo muestra de que existe para los demás, para los lectores y oyentes y ha ellos se debe. La lucha contra el olvido que empezaba con hambre de inmortalidad, termina con un Unamuno que casi no se reconoce, es inmortal en la memoria colectiva, pero ya no vive su propia existencia, sino la del intelectual famoso. La alienación nos acecha en cuanto empezamos a dilatarnos en la conciencia de los demás y en la figura de un mundo literario, que es más el de los lectores que el del autor.

Otras conciencias que no son la del artista y creador no agrandan tu existencia mediante el conocer de cada una de ellas, sino que te piensan racionalmente, anulando tu esencial irracionalidad -aquel deseo vital-; pero además, tampoco tu yo interno sobrevive: o se reduce a la soledad absoluta donde parece no tener sentido la existencia, o deja de ser interno para ser solamente lo que la memoria colectiva dice que es.

Con todo, Unamuno escribió mucho. En este punto, el enfrentamiento entre Razón y deseo se revuelve en un abrazo complejo y difícil de discernir: si creemos vencedora a la Razón haciendo del yo interno pura insustancialidad, enseguida vemos que sólo es el triunfo del deseo irracional de sobrevivir en la fama, y sin embargo, este irracional deseo se puede explicar racionalmente como la forma lógica de actuar para que la vida fluya en la lucha. Así pues, ante la objeción que supone la perdida en la Historia del Unamuno más sustancial, él podría usar cualquiera de estas dos últimas justificaciones -sin excluir otras-, tanto por vía racional, como por vía vital. Y si alguien objetase que esta última, la vía irracional, no hay que justificarla por no matar lo que en ella hay de vida, lo mejor es contestar: entonces vamos a callarnos, porque ni Unamuno, ni yo, ni nadie, puede discutir sobre la vida sin matarla.

 


 

     

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