Retórica
y filosofía, Vicente
García.
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Retórica y filosofía
INTRODUCCIÓN: Uno
de los problemas que plantea la expresión "pensamiento
presocrático" es el de la diversidad de soluciones o
teorías transmitidas por los filósofos que precedieron
a Sócrates. No se puede hablar de un pensamiento presocrático
sino de varios. En los últimos años se ha venido a añadir una nueva crítica a esta lista clásica de reproches contra la metafísica o filosofía primera. Se trata de la distinción operada por Vattimo entre pensamiento fuerte y pensamiento débil. Vattimo no se contenta con distinguir los pensamientos débiles de lo fuertes. Según el profesor italiano, dado que hace ya tiempo que han fracasado los pensamientos fuertes, no se trata tanto de dejar de pensar sin más, sino de inaugurar una nueva forma de pensamiento: un pensamiento débil, que se distingue del fuerte, entre otras cosas, por adoptar una técnica de razonamiento no rígida ( como la lógica), sino flexible ( como la retórica), y ello a pesar de que dicho instrumento flexible de razonamiento impida alcanzar tesis tan universales como las que, en su día, conformaron el pensamiento metafísico . La meditación que relaciona a la retórica y a la filosofía no es ni nueva ni reciente. Haría falta remontarse más de veinte siglos para localizar el primer debate público en el que se discutió sobre las diferencias habidas entre retórica y filosofía, y los beneficios que cabría certeramente esperar del cultivo de ambas disciplinas. Pero como ocurre a menudo en la historia, los problemas, los conflictos (y también las soluciones y los acuerdos), se repiten sin repetirse. En lo que se refiere a nuestro caso, también ahora se dan enfrentadas filosofía y retórica; pero no como antaño: ya no se trata de imponerse la una a la otra en el sistema educativo, sino para lograr sustituir la primera (la filosofía) por la segunda (la retórica). Dicho de otro modo: en la actualidad la promoción que de sí misma hace la retórica no consiste en presentarse como agente educador preferible a la filosofía; la retórica, en la actualidad, se presenta como un instrumento de búsqueda de la verdad más apropiado que el filosófico. Por muy radical que aparezca este propósito (e incluso por muy radical que resulte ser a la postre), resultaría injusto no advertir que no se trata de un propósito injustificado de novedad, o de revitalización de la aparentemente extenuada tradición intelectual occidental. Para lograr emitir un juicio ponderado acerca de la reciente pretensión de sustituir la filosofía por la retórica, resulta necesario tener en cuenta, al menos, dos puntos: - primero: que se trata de una pretensión que sucede al balance sobre el final de la filosofía, entendida en el sentido clásico; tras unos primeros diagnósticos que dictaminan el final de la filosofía (es decir, el final de esa actividad teórica sistemática que se vino llamando filosofía), y tras una etapa de complacencia un poco morbosa en ese resultado final, se propone ahora superar la afirmación de la vacuidad del discurso fundamentante (es decir, filosófico), gracias a la rehabilitación de un modo de pensar sin pretensiones sistemáticas ni fundantes, sin arrogarse un valor de verdad definitivo, y al que cabría calificar de retórico; - segundo: que occidente ha sufrido y ha extendido su sufrimiento, al menos en los primeros 50 años de este siglo, a través de prácticas políticas inspiradas y basadas en discursos con pretensiones fundantes y con pretensiones de valor absoluto de verdad (así por ejemplo el comunismo real, y el nacional socialismo). Esto ha podido influir poderosamente en la intelectualidad. Más concretamente, esas consecuencias políticas perniciosas han servido de acicate para inaugurar una forma de pensamiento capaz de esquivar prácticas políticas totalitarias. Por eso para
llegar a categorizar, en la medida de lo posible, un fenómeno
tan plural y variado como la actual rehabilitación de la
retórica como sustituta de la filosofía, resultaría
necesario tener en cuenta tanto el discurso justificativo sobre
el final de una teoría fundante , como el pensamiento retórico
como un pensamiento probable, sin olvidar un concepto de verdad
no teórico sino práctico (es decir la verdad como
algo que se da más en la praxis que en la teoría).
A lo largo de
este trabajo se va a procurar mostrar:
1.1 La postura
platónica: En un principio las convicciones platónicas según las cuales la poesía engaña y pervierte, conviniendo por lo tanto su destierro de la vida social, parecen excesivas. Pero excesivas o no, en lo referente al carácter mentiroso de la poesía, resultan de central interés para quién estudia las relaciones que pueda haber entre retórica y filosofía; y en lo referente a su índole perversa, resulta de sumo interés en la reflexión en torno al tipo de discurso que se debe adoptar para fundamentar un determinado orden político. O dicho de otro modo: la alternativa retórica o filosofía puede ser entendida de dos modos: o bien como dos modos de alcanzar la verdad, o bien como dos modos de vivir el hecho político, sobre todo en su vertiente educativa. b. En el "Gorgias":
A la hora de extraer qué se dice sobre la retórica conviene además tener en cuenta que se trata de una discusión desarrollada de un modo mayeútico, es decir, como el propio Platón pone en boca de Sócrates, desarrollada conforme lo harían "aquellos que aceptan gustosamente que se les refute si no dicen la verdad, y de los que refutan con gusto a su interlocutor, si yerra" . Pues bien: toda
la porción que incluye la discusión entre Sócrates
y Gorgias, consiste en una sucesión de refutaciones y de
conminaciones por parte del primero, a fin de lograr una exposición
exhaustiva acerca de lo que entiende Gorgias por retórica,
cuando afirma que se trata del arte de los discursos que versan
sobre "los más importantes y excelentes de los asuntos
humanos", y cuya máxima finalidad es la de persuadir.
El recurso a la retórica (es decir, al arte de los discursos persuasivos), sólo se plantea cuando, sobre un tema que requiere conocimientos técnicos, tiene que pronunciarse una multitud no necesariamente instruida. Si el sistema político delegase las decisiones gubernativas en los especialistas competentes, la retórica no sería oportuna; sólo cuando el régimen se atiene a la norma del referéndum (o consulta de la voluntad popular), resulta necesaria una disciplina como la retórica. Ésta, por su capacidad de persuasión, puede ganarse el interés de gentes que, de otro modo, permanecerían indiferentes. Y ahí reside, por decirlo de algún modo el carácter ambiguo de la retórica en la Atenas de aquella época. Para aquella civilización, el sistema político democrático era ideal: democracia, como su sentido etimológico indica, implica la intervención del pueblo, reunido en asamblea, en las tareas de gobierno. Lo prudente, según esta perspectiva, es la elección o decisión gubernativa tomada por el pueblo. Para los griegos atenienses de entonces, el problema fundamental al que se enfrentaba su democracia era la consecución de la efectiva participación del pueblo en el gobierno y, sobre todo, decantar una mayoría suficientemente representativa. Y para arrastrar a los concernidos, para motivarlos e involucrarlos, surge la retórica. O dicho de otro modo: la retórica, al menos en teoría, nace para involucrar e interesar a la gente y, así, lograr que la democracia sea efectiva y no se convierta en un sistema político inoperante. En cierto modo, sólo en cierto modo, cabría equiparar la retórica ateniense al protagonismo que debería ejercer la educación republicana en la formación del futuro ciudadano según los ilustrados franceses del siglo XVIII. Ahora bien:
si cabe considerar que la retórica es un bien, dado el atractivo
que ejerce sobre la población para que se involucre en el
ejercicio de gobierno, para que se decante, también conviene
advertir que no es imposible que ese mismo atractivo, sea subordinado
a causas injustas (como lograr convencer a la asamblea constituyente
sobre la bondad o necesidad de una decisión, cuando ésta
es en realidad una decisión que beneficiará a unos
pocos o que permitirá la conquista de un bien determinado,
pero a costa de la pérdida de un bien superior). En su crítica, Calícles no se plantea explícitamente la cuestión de si la aspiración al comportamiento justo termina por invalidar la pretensión de los retóricos a un máximo protagonismo social y político. O dicho de otra manera: Calicles no se plantea la cuestión de si es preferible la aspiración a una vida justa o la aspiración a una técnica discursiva que garantice la consecución del favor de los centros de poder. Sus afirmaciones se centran en advertir que la práctica filosófica, aunque necesaria en época de crecimiento y maduración, debe ser interrumpida en edad adulta. De lo contrario se acaba en el desfase, en la marginación social. En vez de buscar la verdad, se trata de informarse sobre, y de acoplarse a, las normas que vigen en los centros de poder, sean éstos legislativos o judiciales, o de otra índole. La filosofía infantiliza; es propia de ingenuos y de gente que no ha alcanzado la madurez: "Por bien
dotada que esté una persona, si sigue filosofando después
de la juventud, necesariamente se hace inexperta de todo lo que
es preciso que conozca el que tiene el propósito de ser un
hombre esclarecido y bien considerado. En efecto, llegan a desconocer
las leyes que rigen la ciudad, las palabras que se deben usar para
tratar con los hombres en las relaciones privadas y públicas
y los placeres y pasiones humanas; en una palabra, ignoran totalmente
las costumbres" . - búsqueda de la verdad, persecución de la abstracción de este mundo para iniciarse, siquiera sea de modo imperfecto, en la contemplación del mundo de las ideas; - búsqueda de la justicia personal, mediante una ascésis prudencial, consistente en el seguimiento de las directrices racionales, y la eliminación progresiva de las pasiones afectivas y sensuales; - búsqueda de un sistema político ideal que garantice la consecución de una justicia social perfecta. En la medida en que la retórica de la Atenas que Platón heredó, y en la que desarrolló gran parte de su actividad filosófica, estaba orientada a la consecución del asentimiento de las asambleas de ciudadanos, el filósofo ateniense no podía ver en ella más que un inmediato contradictor de su concepción de la sociedad justa, y un mediato contrincante de su amor o afición por la verdad eterna e imperecedera. A su vez, los retóricos no podían considerar las afirmaciones de Platón más que como unas acusaciones de demagogia con las que podían perder el prestigio sobre el que basaban gran parte de su éxito. Pero más allá de las dificultades personales o biográficas en que podían quedarse sumidos los participantes en la polémica, surge la primera gran polémica de filosofía política: una visión utópica frente a una visión pragmática. En cuanto a La crítica que Calicles hace de la filosofía, hay que afirmar que se repetirá sucesivamente. Desde entonces acá, la filosofía no ha dejado de recibir críticas sobre su inutilidad práctica. Es más: en los últimos 150 años, al menos en dos ocasiones trascendentes, se la ha interpelado para que transformara su índole teórica en acción, o bien política o bien científico tecnológica. Pues bien: frente a aquellos que consideran que la filosofía debe ser abandonada en edad adulta so pena de quedar desarraigado del mundo, la propia filosofía admite que, su práctica solo se cumple en cuanto quedan satisfechas la necesidades de supervivencia. La filosofía sólo es posible con el ocio, es decir con un modo de vida que no consista únicamente en el permanente estado de búsqueda de lo necesario para sobrevivir. Pero además hay que añadir que el ejercicio filosófico no supone la pérdida de los conocimientos prácticos que constituyen el acerbo cultural mediante el cual una civilización permite, a sus detentores, la satisfacción de sus necesidades. Por poner un ejemplo: no faltan en la historia médicos, consejeros políticos, científicos, lingüistas, matemáticos, cuyas reflexiones filosóficas no fueron impedimento para que ejerciesen, genialmente, sus respectivas profesiones (Tales, Séneca, Descartes, Pascal, Carrel, Heisenberg, Planck, ...). La afirmación
de gran parte de la tradición filosófica según
la cual la filosofía es una actividad que no se legitima,
desde el punto de vista de la justicia social, más que en
cuanto supervivencia está garantizada, puede parecer una
afirmación demasiado general como para poder sacar de ella
consecuencias prácticas concretas. ¿Cuál es
el umbral de la garantía de la supervivencia? ¿A partir
de qué logros se puede aseverar que no hay peligro de caer
en grave riesgo de inanición? ¿Acaso la supervivencia
no es un reto indefinido, y por lo tanto una meta que, a largo plazo,
resulta imposible garantizar, y por ende, un reto que jamás
podrá ser aplazado? Al parecer, dado que la supervivencia
nunca podrá ser absolutamente garantizada, al hombre no le
queda más remedio que dedicarse perpetuamente a su consecución,
incluso a sabiendas que esa continua y permanente tarea, se encuentra
en perpetuo peligro de fracasar. Todo esto resulta ilustrativo sobre el temple y la índole de la actividad filosófica. Es ésta una operación en cierto modo gratuita, que no busca interés alguno si se ciñe la noción de interés al ámbito de la praxis. El saber filosófico, en cuanto saber filosófico, no tiene repercusión en el hombre en cuanto animal que debe ganarse su supervivencia, que debe salir de sí mismo e ir hacia lo otro que sí para perdurarse, para mantenerse. Curiosamente, frente a corriente recientes de pensamiento, la filosofía no nace de la percepción de la condición finita del hombre, de su condición precaria, sino en condiciones de plenitud, de limitación satisfecha. El temple filosófico no es angustiado sino feliz, cumplido, satisfecho (se entiende que relativamente). Y se entiende: solo desde el relativo cumplimiento de las necesidades, sólo desde la prudente postergación del cuidado de sí, cabe librarse a la meditación, al pensamiento desinteresado, a la gratuidad contemplativa. Ciertamente
la crítica que el retórico Calicles hace de la filosofía
no coincide del todo con los planteamientos recientes. Si, al igual
que éstos, considera que la práctica filosófica
incapacita para el tratamiento adecuado de las cuestiones sociales,
se demarca en tanto no percibe la filosofía como una práctica
política. Y se entiende. Resultaría absurdo atribuirle
planteamientos (como el marxista, o incluso, el hegeliano) que,
aunque conforman de alguna manera los desarrollos actuales, son
muy posteriores a las tensas relaciones que mantuvieron retóricos
y filósofos atenienses. En el habla común no es infrecuente el uso despectivo del adjetivo "retórico". Como ocurre a menudo en ese registro lingüístico fundamental, las palabras no tienen un sentido único ni preciso ni acotado. El sentido, sin llegar a la equivocidad, puede variar ligeramente. Algo así ocurre con el sentido despectivo de "retórico": éste puede significar "mentiroso"; "sin sentido"; "salir de una crítica sin tomarla en cuenta seriamente sino acudiendo a un tópico" (algunas veces de modo irónico); etcétera; pero en todos los casos con el objetivo de conquistar el consentimiento del auditorio, del público. Y si se abusa de este tópico del habla común se puede llegar rápidamente a la convicción de que para ganar el asentimiento de quien escucha al orador, éste necesita esconder la verdad, mantenerla al margen, mentir si fuera necesario en un caso extremado. Contrariamente a este peligro, Aristóteles considera que el asentimiento se da cuando se alcanza la convicción de que algo está demostrado. Por eso para el filósofo de Estagira, en la medida en que la retórica es el arte de saber convencer, retórica y demostración deben permanecer unidas. La función fundamental del retórico es demostrar, ofrecer demostraciones a su auditorio. De este modo se invierte la imagen del retórico como alguien que engaña; el retórico, muy al contrario, es aquel que es capaz de demostrar a un auditorio sobre la conveniencia y la oportunidad de sus propuestas. Cuanto menos confuso sea un orador, cuanto más claras y demostrativas sean sus exposiciones, mejor retórico será: "(...) los argumentos retóricos son una especie de demostración (pues prestamos crédito sobre todo cuando entendemos que algo está demostrado)" . Esta convicción
permite afirmar que hay en Aristóteles una auténtica
promoción de la retórica dentro del ámbito
filosófico. La considera como un arte orador demostrativo,
capaz de argumentar y conquistar el asentimiento del auditorio hacia
la opción estimada mejor, o más prudente, o más
conveniente. Pero sería un error considerar, a partir de
este indudable reconocimiento de la nobleza retórica, que
Aristóteles es un pos moderno "avant la lettre".
"(...) el que mejor puede considerar de qué premisas, y cómo resulta el silogismo, ese podrá ser el más hábil en el entimema y qué diferencias tiene respecto de los silogismos lógicos. Pues tanto lo verdadero como lo verosímil es propio de la misma facultad de verlo, (...); por eso tener hábito de conjeturar frente a lo verosímil es propio del que también está con el mismo hábito respecto de la verdad " . Para Aristóteles el uso óptimo de la argumentación retórica se da por quién domina tanto la argumentación retórica como la lógica y, además, sabe qué diferencias hay entre ellas. Esto quiere decir no sólo que retórica y lógica no son incompatibles sino también que, del buen conocimiento de ambas y de su correcta distinción, se deduce un uso óptimo del arte retórico. De esto resulta que hay una instancia intelectual previa que puede y debe discernir cuándo y bajo qué condiciones resulta oportuna la argumentación lógica y cuándo y bajo qué condiciones resulta oportuno adoptar formas retóricas de argumentación. Del texto de Aristóteles aquí citado, parece poder deducirse que la clave está en la capacidad de distinción entre lo verosímil y lo verdadero.
Existen varios modos de enfrentarse a la cuestión. Un primer modo consistiría en partir de las definiciones de lo verosímil como aquello que el intelecto cree sin certeza, y de lo verdadero como aquello de los que el intelecto está seguro. De este modo el intelecto en caso de duda debería adoptar modos retóricos de argumentación; en cambio, a partir de la certeza el intelecto debería usar modos lógicos de argumentación (un poco al modo cartesiano). En este caso, se podría llegar a la conclusión, entre otras posibles, que la filosofía es un cuerpo de conocimientos que se obtiene ya sea por vía retórica, ya sea por vía lógica, y que dentro de ese cuerpo se admiten conocimientos dudosos y conocimientos ciertos. Pero en este caso se desatiende a lo verosímil como aquello que es creíble y a lo verdadero como aquello que se refiere a la dimensión ontológica de la realidad. En el fondo éste es el problema con el que hay que enfrentarse: las nociones de verosimilitud y de verdad no pertenecen a un mismo plano formal. Lo verosímil se refiere inmediatamente al discurso, al habla; lo verdadero, en cambio, a la realidad, a lo existente. Cuando se afirma que un discurso es verosímil se quiere dar a entender que es creíble, probable, plausible; en cambio, cuando se afirma que es verdadero se quiere dar a entender que las cosas (o los casos) son, ellos mismos, como se afirma y defiende. Resulta importante determinar cuáles son las circunstancias en las que se encuentra el oyente a la hora de optar por calificar un discurso como verosímil o como verdadero. Un caso paradigmático se produce en los testimonios históricos. Alguien que ha participado en un acontecimiento histórico, nunca dirá si lo que otros testigos cuentan es verosímil o no. Dirá siempre que lo relatado es verdadero o falso porque sabe, por su propia mano, qué es lo que aconteció. A un participante de la batalla de Verdun no se le puede hacer creer que los aliados fueron vencidos, por mucho que el modo en que se cuenta haga pensar que esa derrota ocurrió realmente. En cambio, la cosa cambia mucho si el que recibe el testimonio no ha asistido al acontecimiento transmitido. Para prestar asentimiento a lo que se le cuenta, el discurso deberá cumplir ciertas condiciones como puedan ser su coherencia interna, su adecuación con testimonios sobre acontecimientos que precedieron y sucedieron a lo que él relata, la credibilidad de los testimonios no orales que pueda aportar, etcétera. Y, a menudo (es decir, a menos que los datos aportados resulten contundentes), no se podrá sino juzgar la verosimilitud de lo transmitido. Y, en el caso en que se trate de conformar la propia práctica en función de lo testimoniado, admitir que se ha optado por actuar de un modo determinado, no en base a la verdad sino en base a la credibilidad y a la verosimilitud. Por ejemplo: ocurre a veces que alguien explica sus iniciativas o sus omisiones en base a unos principios de actuación determinados; esto no quiere decir, necesariamente, que se trate de principios adoptados arbitrariamente o caídos del cielo; puede muy bien ocurrir que en la base de esa apropiación de principios se encuentre un testimonio, una experiencia ajena de la que no se ha sido testigo pero de la que se ha recibido noticia, juzgada creíble. Desde un punto de vista radicalmente cientificista y radicalmente positivista, y dado que la retórica se emplea para lo verosímil (mientras que la lógica para lo verdadero), se puede pensar que es preferible dispensarse de la retórica y atenerse a la lógica. Más que conformarse con la credibilidad o la posibilidad, convendría informarse o adueñarse de las condiciones necesarias para poder afirmar si un discurso es verdadero o no. Y si no, ¿qué valor se podría conceder a un discurso que, por muy plausible que resultase, nunca se podrá saber si es verdadero o no? ¿Acaso no sería preferible atenerse a dos únicas alternativas: la de la verdad o la de la ignorancia? ¿No resultaría más claro y menos equívoco un orden social en el que el hombre sólo pudiera encontrarse o en la verdad o en la ignorancia, un mundo completamente desprovisto de ese terreno intermedio y equívoco, en que consiste lo verosímil?
a. El pensamiento débil de Vattimo: + Desarrollo
técnico y fin de la metafísica: Prescindiendo
de un examen pormenorizado sobre el efectivo abandono de la metafísica
(es decir, admitiendo que de hecho ya no se elaboran especulaciones
metafísicas), cabe sin embargo preguntarse si la coincidencia
a la que alude Vattimo es testimonio suficiente para considerar
a la metafísica como un falso intento de consolación.
Dicho de forma interrogativa: que la técnica haya alcanzado
un desarrollo tal que permite resolver y vencer dificultades tradicionalmente
consideradas insuperables, ¿basta para afirmar que la metafísica,
bajo una superficie de especulación identificatoria de sentidos
absolutos, es en realidad un burdo intento de establecer falsas
consolaciones? Considerar
a la metafísica como un agente consolador no deja de ser
un análisis perspicaz. + El ser caduco
y mortal, origen del pensamiento débil: La consideración llevada a cabo por Vattimo de la metafísica no carece de originalidad y coherencia. A pesar de desautorizar a la metafísica en su pretensión de saber fundamentante, no por ello considera oportuno el abandono de la reflexión sobre el ser sino que, precisamente porque el ser viene desvelando su carácter caduco y mortal, resulta necesario desvelar en el saber sobre el ser una función desfudamentadora, descimentadora: "el pensamiento de la verdad no es un pensamiento que 'fundamenta', tal como piensa la metafísica, incluso en su versión kantiana, sino, al contrario, es aquel pensamiento que, al poner de manifiesto la caducidad y la mortalidad como constitutivos intrínsecos del ser, lleva a cabo una desfundamentación o hundimiento" . Aunque no resultaría
inoportuno proceder a una atenta reflexión sobre las razones
por las que Vattimo distingue entre "pensamiento de la verdad"
y "metafísica" (dado que la metafísica ha
dado origen y ha considerado siempre como propia la meditación
de la verdad en cuanto verdad), y aunque tampoco resultaría
vano preguntarse por qué el pensamiento de la verdad puede
alcanzar conclusiones sobre la índole del ser, sin embargo
resulta necesario para el propósito general del trabajo,
meditar sobre la afirmación de la índole intrínsecamente
caduca y mortal del ser. Hay un dato fundamental, un testimonio recurrente que en principio inclina a pensar que la estimación que debiera tener el hombre de su propio pensamiento es inversa a lo que, si nos atenemos a lo defendido por la corriente del pensamiento débil, ha acontecido en la historia: ese dato es que el hombre no nace sabiendo y que su adquisición de conocimientos es progresiva. Si el hombre es una inteligencia que, en su origen, no sabe nada; si para adquirir conocimientos necesita la ayuda de quién ya está en posesión del conocimiento a adquirir; si, en principio, el conocimiento adquirido puede ser incrementable indefinidamente; entonces todo progreso intelectual debe ser, en principio, consciente de su limitación, de su condición de mejorable. Esta perspectiva permite alejarse tanto de las convicciones según las cuales el saber humano puede ser absoluto, y por lo tanto obturado; como de aquellas que vierten sobre el pensamiento humano un radical escepticismo consistente en afirmar que todo pensamiento, toda adquisición de conocimiento deberá ser, tarde o temprano, abandonado, rectificado, sustituido en su totalidad. Otro de los modos por los que la corriente denominada "pensamiento débil" procede a la condena de las teoría metafísicas, consiste en reprocharles su grado de abstracción. De este modo las tesis metafísicas serían falsas no por metafísicas, sino por abstractas. En este contexto cabe entender la hostilidad del pensamiento débil tanto por el platonismo ( defensor de las ideas universales) como hacia la lógica. También cabe entender, desde este mismo punto de vista, que esos mismos promotores del pensamiento débil acusen a la filosofía clásica de desvitalizar la vida. La reflexión filosófica sobre la vida, a causa de sus abstracciones, no sólo no conduciría a conocer qué es la vida, sino que además llevaría a cometer toscos errores: suprimir las características específicas de la vida, marginar y desatender aquello que define lo vivo como vivo. Se acabaría por definir lo vivo precisamente mediante categorías que no son específicas de lo vivo sino que son atribuibles a realidades que no son vida. Cabe preguntarse
si es posible pensar lo realmente existente ( si es posible pensar
acerca de lo que existe o acontece realmente) sin abstraer. Pensar
es una actividad que recurre a conceptos y los asocia, y luego vuelca
esa misma asociación sobre casos realmente existentes, para
comprobar si la asociación mental se adecua a la realidad
o no. El pensamiento concibe lo real como casos en los que se cumple
una idea. Sin embargo cabe preguntarse qué interés hay en apropiarse descriptivamente de la realidad, es decir, qué interés hay en introducir en la propia intimidad todos y cada uno de los elementos de la realidad (admitiendo que esto sea posible). La asimilación intelectual de la realidad, la toma de posesión intelectual de la realidad o su asimilación, incluyendo todos y cada uno se sus ingredientes, no hace sino postergar su efectivo conocimiento. Conocer la realidad no es lo mismo que tener en la intimidad su copia exhaustiva. En este caso (siempre y cuando se admita que así funciona la mente humana), quedaría por analizar la copia. Si en esto consistiese el pensamiento débil habría que afirmar que no se trata sino de una mera descripción, de una mera repetición. Al hombre le quedaría aún por darse cuenta, por orientarse, y poder entonces actuar con sentido; y sobre todo, se trataría de un ejercicio en el que el hombre no se manifestaría como un ser pensante capaz de sustraer las causas de lo real, y a su vez, un ejercicio que no le permitiría sustraerse a la idea de que todo es azaroso, caótico, o a la idea de que las cosas son y podían haber sido, llegando hasta una completa equiparación del ser con el no ser, con la nada. "(...)
pues la influencia retórica no es la opción alternativa
a un conocimiento que también se podría tener, sino
a una evidencia que no se puede tener, o todavía no, o no
aquí y ahora. Ante esta dificultad, surge la ineludible retórica.
De la necesidad de no poder decirlo todo surge la virtud de hablar
convincentemente" . La perspectiva de Innenarity invita a pensar que hay un genio retórico. Pero queda la duda de si ese genio consiste en sacar una mente de un estado inicial de perplejidad para instalarlo en un estado de convencimiento; o si más bien consiste en sustituir un discurso que, en determinadas cuestiones, desemboca en la aporía, por un discurso que, aún perdiendo en evidencia o en contundencia, salva la aporía. En el primer caso, no encontraríamos con la noción clásica o tradicional de la retórica, es decir, la retórica como arte que permite convencer, ganar la aquiescencia del auditorio. En el segundo caso, la retórica no aparece como un arte del convencimiento, sino como un tipo de discurso que se presenta idóneo para sustituir al discurso lógico (o al discurso científico) cuando desemboca en situaciones aporéticas, es decir, incapaz de discernir cuál de las diferentes alternativas disponibles es la correcta (siendo esas alternativas incompatibles entre sí). En la segunda de las hipótesis se plantea si es posible tal discurso; si el discurso lógico, discurso riguroso y coherente, no puede sino culminar en una situación de suspensión del juicio, de no pronunciamiento, ¿cómo puede un discurso, ajeno a las prerrogativas del discurso lógico, esquivar las insuperables dificultades con las que pueda topar otro discurso rigurosamente atenido a las leyes lógicas? El único modo que parece permitir semejante logro consiste en la debilitación del principio de no contradicción, es decir, una especie de débil identificación entre el ser y el no ser; o mejor dicho: admitir y consentir la identificación mínima necesaria entre ser y no ser para no caer en la aporía, en la perplejidad, en la irresolución del problema planteado. Pero esto no se hace sin un precio a pagar, sin una consecuencia que repercute sobre el discurso mismo, en este caso el discurso retórico: la pérdida de sentido. La admisión de ciertas equiparaciones entre ser y no ser, terminan por minar el sentido, por privar de contenido al discurso, de tal forma que un mismo contenido termina por decir una cosa y su contraria. Resulta interesante
que uno de los grandes rehabilitadores de la retórica en
este siglo, y forjador de la expresión "nueva retórica",
Ch. Perelman, haya iniciado su trabajo tras constatar que el ámbito
de los valores no admite una argumentación apodíctica
o rígida: Perelman, conforme
a la tradición positivista de la que procedía, intentó
investigar si la Tras abandonar la perspectiva positivista, Perelman llegó a la conclusión de la peculiaridad de los juicios de valor. Y esto es lo que aquí interesa. Para Perelman, el ámbito de lo justo y de lo injusto no admite argumentaciones apodícticas: lo que sirve para un caso no sirve necesariamente para otro, y sobre todo, no es posible establecer argumentaciones rígidas, lógicamente correctas. Dado que es imposible dar, mediante inferencias lógicas, con la verdad, sólo se puede recurrir al convencimiento, a tácticas de argumentación destinadas a convencer, a inclinar los asentimientos en un sentido o en otro. En el fondo de todo este asunto está la generalidad de los juicios de valor. En sus fórmulas más generales o abstractas, los juicios de valor son evidentes. Resulta muy extraño, o muy infrecuente que haya alguien que se manifieste contrario a principios del tipo: "hay que hacer el bien y evitar el mal", "haz al otro lo que quisieras que te hiciera a ti", "hay que dar a cada uno lo suyo". Se trata de principios que no admiten demostración. Sólo pueden ser intuidos. El único modo de contrarrestar a quien los niega, es mediante la demostración del absurdo de su postura. El problema es la práctica. Por poner un ejemplo: hay casos en que dar de comer pueda ser hacer el bien (a un hambriento, a un huésped, a alguien que esté bajo la propia providencia,...), y hay casos en que dar de comer sea obrar mal (a alguien que padece una enfermedad por la cual no le conviene comer más que de un modo muy limitado a pesar de su hambre y de sus peticiones,...). Además los juicios de valor no se refieren únicamente a cuestiones de moral o de ética. Por ejemplo, en el dominio artístico. Un caso muy próximo es el de los cubos de Moneo que se están construyendo en el terreno del Kursaal. La obra de Moneo es de un indudable valor arquitectónico y artístico. Sin embargo cabe preguntarse si se puede intervenir tan violentamente en un contexto con sus propias características, características a las que no se atiene el diseño del arquitecto. La respuesta no es fácil. Pero lo que importa es que no se puede obtener la verdad práctica. Hay que optar. Y de ahí surge la retórica, como ese arte de convencer que se intercala entre el conflicto o la duda, y la toma de decisión. Es aquí como aparece la retórica como un elemento consuetudinario (o si se prefiere cultural) que el ingenio humano inventa para paliar tanto las inevitables limitaciones de su inteligencia, como ese margen de indefinición propio a la realidad misma y sin el cual cabría preguntarse si sería posible la libertad humana. Volviendo al trayecto intelectual de Perelman, no está de más la advertencia de que no se limitó a rehabilitar una práctica que había caído en desuso, y que podía ser considerada por el medio académico al que había pertenecido y del que se estaba desmarcando como demagoga. Si, finalmente, decide acuñar la expresión "nueva retórica", ello es debido a que opta por extender la retórica de los clásicos griegos y romanos allende los discursos destinados a convencer, o a ganar el asentimiento, de un público más o menos numeroso: "Pero la nueva retórica, en oposición con la antigua, concierne a los discursos dirigidos a cualquier género de auditorio, ya se trate de una masa reunida en la plaza pública ya de una reunión de especialistas, ya se dirija a un único individuo ya a toda la humanidad (...) Teniendo en cuenta que su objeto es el estudio del discurso no demostrativo (...) la teoría de la argumentación concebida como una nueva retórica (o como una nueva dialéctica) cubre todo el terreno del discurso orientado a convencer o a persuadir, cualquiera que sea el auditorio al que se dirige y cualquiera que sea la materia sobre la que versa" . * * * El objetivo
de la filosofía no es convencer. En esto se diferencia de
la retórica. Mientras que el retórico busca el asentimiento
de sus oyentes, el filósofo busca la verdad. Para éste
último el diálogo no es un modo de llegar a un acuerdo,
sino una táctica para dar con la verdad ( verdad que no consiste
en que el acuerdo sea lo más extenso posible sino en la adecuación
de las tesis emitidas con aquello acerca de lo cual son emitidas
esas mismas tesis).
Se puede afirmar que en Parménides se encuentra la primera formula explícita del principio de contradicción: "el ser es y el no-ser no es". Dicha afirmación no constituye sólo una ley lógica. Constituye más bien un salto enorme de la filosofía. Ésta queda, con la nueva tesis, elevada al nivel metafísico ya que con ella la especulación filosófica no se detiene con el hallazgo de causas físicas o materiales (como el agua, el aire, la tierra o el fuego de los filósofos jónicos) sino que cibla el núcleo de lo real en algo supra sensible: el ser. Gracias a Parménides, y en particular a este hallazgo suyo del ser, la filosofía, sin perder su condición de búsqueda de la causa universal de lo real se eleva hasta lo inteligible, hasta lo que no es objeto aprehensible inmediatamente por los sentidos sino por el intelecto. En línea con este hallazgo fenomenal, Parménides deja bien claro el carácter supra sensible del ser al afirmar que: "pues lo mismo es ser y pensar". Esta tesis, sacada del contexto de la obra poética de Parménides (por ejemplo leída desde una perspectiva cartesiana o hegeliana) puede llevar a considerar que nuestro autor es un antecesor de la tesis idealista según la cual sólo se puede atribuir el ser a lo pensado. Pero, como se ha dicho con anterioridad, más bien se trata de entenderla como la afirmación según la cual el ser sólo comparece explícitamente mediante un ejercicio del intelecto. O dicho de otro modo: que el ser no puede ser alcanzado mediante el ejercicio de los sentidos. O si se prefiere: el ser puede ser entendido pero no visto, ni olido, ni tocado, etcétera. Esto nos lleva a pensar que en Parménides además de un explícito descubrimiento del ser (y de su consiguiente distinción del no-ser), se encuentra, al menos implícitamente, una estratificación de las operaciones cognoscitivas humanas. Hay operaciones cognoscitivas como las sensitivas que permiten "conocer" un cierto tipo de aspectos de la realidad, pero que no acceden a estratos más profundos de lo real. En cambio hay otras operaciones, fundamentalmente el pensar, al que quizás no le sea posible captar lo que captan los sentidos, pero que tiene acceso al núcleo fundamental de la realidad: el ser. Es más: esa estratificación parmenídea del pensamiento humano no se detiene en atribuir a cada estrato un tipo determinado de conocimiento (sensitivo, intelectivo), sino que llega a diferenciar dichos tipos de conocimientos en su calidad: mientras ciertas actividades cognoscitivas sólo permiten alcanzar opiniones, hay otro tipo, como el pensar, que alcanza la verdad. O dicho de otro modo: hay un terreno (el de los sentidos y de lo móvil), en el que el hombre permanece dubitativo y en el que no le es posible saborear ni apoyarse con absoluta serenidad en sus hallazgos, dado el carácter frágil y movedizo de los mismos; y hay otro terreno (el del ser), sobre el que la inteligencia puede descansar y aquietarse dado el carácter permanente, fijo y estable de lo conocido. Incluso se puede incluir, siguiendo el discurrir de la especulación parmenídea, una tercer esfera que se caracteriza por permanecer absolutamente incognoscible: el no-ser (con lo que ello supone de contradicción, ya que afirmar que el ser es cognoscible, es admitir que se puede conocer esa privación de ser en que consiste el no-ser). La filosofía del ser en Aristóteles, adelantándonos ya a futuras tesis, flexibiliza la concepción parmenídea. Por tal flexibilidad hay que entender la no privación de la condición de ser a todo aquello en lo que se da el cambio accidental, es decir, a todo aquello que puede cambiar permaneciendo el mismo. Como se puede ver, en cierto modo, con Aristóteles la teoría del ser se enriquecerá con una serie de adquisiciones teóricas sobre el movimiento y sobre la identidad. Se puede afirmar que Aristóteles fue un gran erudito. Así lo testimonia la diversidad de los temas que trató y la diversidad de los tratados que legó a la posteridad. Pero ciñéndonos al tema que aquí nos interesa deberemos centrarnos primordialmente en el contenido de su Metafísica, conjunto de breves opúsculos en los que expone, entre otras cosas, su teoría sobre el ser. Como se ha dicho, hay en Aristóteles una concepción del ser mucho menos monolítica e inmovilista que en Parménides. Si se quiere exponerlo de otro modo: a diferencia de Parménides y a diferencia del propio Platón, Aristóteles, dada la versatilidad y agilidad de sus conclusiones, no necesita suponer de entrada un mundo trascendente al nuestro, completamente separado y aislado, en cuyo conocimiento nuestra inteligencia alcanza verdades permanentes y fijas. Y sobre todo: al distinguir varias modalidades de ser, o mejor dicho, al descubrir que el ser, permaneciendo ser, puede adquirir diversas modalidades, lo introduce en el mundo del que Parménides lo había sustraído. ¿Cómo logra Aristóteles introducir el ser en el mundo? ¿Cómo logra compatibilizarlo con una realidad en la que se dan cambios, variaciones, nacimientos y defunciones, apariciones y desapariciones? Aristóteles logra compatibilizar ser y movimiento (cosa que no hubiera aceptado Parménides, por la inevitable implicación del no-ser en el movimiento) gracias a su descubrimiento sobre los múltiples sentidos del ser: "El ser se entiende de muchas maneras, pero estos diferentes sentidos se refieren a una sola cosa, a una misma naturaleza, no habiendo entre ellos sólo comunidad de nombre; mas así como por sano se entiende todo aquello que se refiere a la salud, lo que la conserva, lo que la produce, aquello de que es ella señal y aquello que la recibe; (...); en igual forma el ser tiene muchas significaciones, pero todas se refieren a un único principio" . Si se compara
el ser aristotélico con el ser parmenídeo se puede
llegar a pensar que, con su consagración en detrimento del
segundo, la noción de ser pierde la nitidez y la claridad
que poseía, y por lo tanto, también su capacidad de
concentrar y retener la atención de la mente. Ahora bien:
esta precisión resultaría incompleta sin dos añadidos
ulteriores. El primero de ellos estriba en que la claridad y nitidez
del ser parmenídeo obliga a postular un costoso mundo trascendente
del que, por lo demás, no se tiene noticia inmediata; el
segundo consiste en subrayar que Aristóteles, al subrayar
que el ser se dice de muchas maneras, añade que se trata
de diferentes sentidos que tienen como paradigma o referente, un
mismo principio, una misma naturaleza: De este modo, al advertir
que cualquier uso que se haga del ser debe ser remisible a un mismo
origen, elude la homonimia (como la que se da, por ejemplo, en el
caso de la palabra "vela", que puede referirse al instrumento
de navegación marítima, o al palo de cera que se usa
para alumbrar, cosas ambas que no tienen nada que ver entre sí);
pero también elude la equivocidad (cosa que no se da en absoluto
en Cuando Aristóteles afirma que el ser se dice de muchas maneras abre la posibilidad de que pueda ser atribuido a un mundo como aquel en el que nos desenvolvemos, o a una realidad como la que somos los nacidos de mujer. Desde luego la posibilidad no es la garantía; pero al menos queda incoada la oportunidad de superar tan radical dicotomía como la que establece Parménides entre ser y no-ser, y todo ello sin tener que renunciar a la lógica, al planteamiento coherente. En efecto: si, siguiendo a Parménides, no resulta posible atribuir el ser a quien sufre la limitación (una forma de no-ser), parece que queda imposibilitado cualquier tipo de discurso, ya que se habla sobre el no-ser, sobre la nada (y sobre la nada, nada se puede decir; o todo: una cosa y su contraria). En cambio, gracias al hallazgo aristotélico, queda la posibilidad de si el ser se puede dar junto a algún modo de no-ser, es decir, si queda la posibilidad de atribuir el ser a lo limitado, a lo finito (y no únicamente a lo infinito e ilimitado), abriéndose de este modo, una posibilidad al discurso sobre lo finito, sobre lo relativo. La distinción que realiza Aristóteles con respecto a la noción de ser (distinción capital por el progreso que supone con respecto a la noción parmenídea del ser) es la diferenciación entre lo que es en sí (o por sí) y lo que no es en sí (o por sí). Se trata de la famosa clasificación de la realidad en sustancias y accidentes. Sustancia (ousía en griego), es lo que es por sí, lo que es propiamente, lo que entendemos primordial y principalmente por ser. Accidente es lo que es en otro, lo que no es por sí sino por otro, lo que no existe en sí mismo sino que sólo existe en la medida en la que inhiere una sustancia. No existe la blancura o la belleza en sí o el bien en sí (como quería Platón), sino que existen cosas blancas o bellas o buenas. Pero para nuestro propósito, más importante aún es el descubrimiento de lo potencial, es decir de aquello que compatibiliza la actualidad con la temporalidad o con la sucesión: "¿Existe sólo lo actual? No. ¿Y qué se contrapone a lo actual? Lo temporal. Esta es una diferencia que se ha de tener en cuenta, ya que muchas dimensiones de la realidad no se explican sin el tiempo. Dicho de otro modo, el tiempo no es un defecto, una nulidad o irrealidad completa. La noción aristotélica de potencia permite incorporar el tiempo a la filosofía" . La dicotomía parmenídea entre lo que es y lo que no es, de algún modo prolongada por el mundo ideal platónico, aunque da cuenta del interés original de la filosofía por lo actual y permanente, no se compadece de la realidad cambiante y en movimiento a la que pertenecemos, y en la que se desenvuelven, a fin de cuentas los asuntos humanos. Con Parménides y Platón, la filosofía se encuentra ante la imposibilidad de explicar la realidad en la medida en que implica cambio, finitud, movimiento, etc. Lo temporal, es decir, aquello que no está dado de golpe sino que se despliega progresivamente, queda inexplicado. Pero Aristóteles, al descubrir el par potencia-acto, introduce la especulación filosófica en el marco de aquellas realidades (entre las que se incluye el ser humano) que comprenden en el origen capacidades, virtualidades en estado de mera posibilidad, es decir, no actualizadas pero aptas para un desenvolvimiento o crecimiento progresivo. Así se explica que la filosofía primera, vertida hacia lo actual, termine por ser completada por filosofías segundas (como la física, la antropología, la sociología, la historia,...).
Si el hombre acude a la retórica cuando se trata de debatir acontecimientos o situaciones sometidas continuamente a cambio ( como pueden ser la tasa de paro, el juego de un equipo de fútbol o la bravura de los toros de lidia, etcétera), y si renuncia a alcanzar un conocimiento sobre lo incondicional y necesario, no debe sorprender que una disciplina que decide centrarse únicamente en lo relativo, contingente y dependiente de muchos factores circunstanciales, termine por interesarse por la retórica. Aristóteles, hablando del entimema ( que define como "la demostración retórica") afirma: " las proposiciones de que hablan los entimemas, algunas son necesarias pero la mayor parte sólo frecuentes" . Cuando se afirma que el mundo de los lugares comunes ( como pueden ser los refranes o las sentencias populares) es el mundo de lo probable, se quiere dar a entender que aquello sobre lo que versan los lugares comunes ni es necesario ni es absolutamente imprevisible o absolutamente azaroso. Los juicios sobre lo contingente no tienen una validez universal apodíctica sino una validez circunstancial. Entonces resulta importante defender los juicios emitidos atendiendo a las circunstancias particulares. En este contexto conviene analizar la tesis según la cual para evitar dogmatizar filosofando, hay que recurrir a la retórica. Dogmatizar equivaldría a afirmar que una tesis es verdadera y cuyo valor de verdad no se pierde nunca y permanece para cualquier circunstancia, época y pensamiento. Es decir: la filosofía que recurriese a la lógica y no a la retórica, sería dogmática por pretender alcanzar un saber verdadero para cualquier país y época. Se trataría de un pensamiento de lo universal, de lo que permanece a través del paso del tiempo y a través del acaecimiento de los más diversos acontecimientos. En este sentido los filósofos actuales que abogan por el uso de la retórica, negarían, o bien que la filosofía fuese un saber sobre lo universal ( con lo cual quedaría por determinar qué nombre poner al saber de lo universal ), o bien que no hay nada universal, vale decir, que todo lo que hay es contingente azaroso, lo suficientemente cambiante como para no poder afirmar nada como no pasible de continua rectificación. Es decir: admitiendo que la filosofía fuese un saber sobre realidades de las que sólo cabe un conocimiento parcial, transitorio, válido dentro de ciertas circunstancias efímeras, caducas e irrepetibles, quedarían por resolver otras dos cuestiones: en la hipótesis de que hay una realidad universal, igual a sí misma, de tal forma que lo que de ella se predique con acierto no puede ser, en verdad, corregido sino sólo aumentado, ¿cuál es el saber que versa sobre ella? Al contrario, si las afirmaciones de que la filosofía, tradicionalmente considerada como un saber absoluto, no es un saber de tal índole, sino a lo sumo un saber probable, ¿ello no equivale a defender que no hay nada absoluto?
Plantearse la
cuestión de los fundamentos supone que se cree que hay algo
fundado, que hay cosas que, siendo, carecen de la razón de
ser en sí. Son seres que dependen intrínseca y ontológicamente
de algo que no son ellos mismos. Aquello de lo que dependen no está,
en definitiva, Aquí se encuentra una de las grandes claves de este tema. Resultaría contradictorio afirmar que la corriente débil, en la medida en que preconiza un pensamiento débil, un pensamiento relativo consciente de su propia caducidad, no atiende a lo relativo en cuanto relativo; pero no se trata de la relatividad en el orden del ser, ni de una relatividad estudiada como remitente a un orden necesario, incausado, impropio de este mundo y al que trascendería. Es más bien una relatividad inmanente (poniendo mucho cuidado en no identificar esa inmanencia con la subjetividad del sujeto de conocimiento). Es la relatividad propia de los seres de este mundo. Estos, aún permaneciendo sí mismos, cambian. Por ende, hay que subrayar la consecuente relatividad resultante de la mutua compenetración entre esos tipos de realidades, de tal forma, por ejemplo, que lo que influye de una manera dada en un momento, a la vista de sus propios cambios, influye de manera muy distinta en otro. El abandono de la relatividad como remitente a la necesidad, o su posible equivalente de estricto atenimiento a la relatividad, llevan, muy probablemente, a un tipo de reflexión consciente de su interinidad, de su precariedad: dado que aquello sobre lo que se vierte el pensamiento está sometido tanto a propio cambio como a la influencia de lo que le rodea y cambia, lo afirmado hoy puede no ser válido al poco tiempo. Así detrás de no pocas habilitaciones del pensamiento débil, y de no pocas descalificaciones del pensamiento fuerte, se encuentran tristes experiencias políticas, experiencias fundamentadas, promovidas y justificadas por exposiciones teóricas, mal avenidas, en su rigidez, con la movilidad, la riqueza y la pluralidad de los fenómenos sociales. Pero detrás de una reacción tan justificada (se entiende que para evitar abusos políticos como los sufridos, se procure promocionar un tipo de pensamiento mucho más flexible, y con pretensiones mucho menos totalizantes), puede que se esconda una crítica excesiva. En el fondo, para quien persiste, a pesar de las sentencias de invalidez, en la vigencia del discurso filosófico clásico (discurso sobre lo fundante y con pretensiones de verdad plena), el atenimiento de la nueva corriente retórica a lo relativo, supone que deberá insistir en el carácter de lo relativo como remitente a lo absoluto y necesario. O dicho de otro modo: si algún debate es posible entre quienes consideran que no es posible el discurso filosófico y que hay que sustituirlo por el discurso retórico, y entre quienes consideran que el discurso filosófico sigue siendo posible, será un debate en torno a la relatividad, y más concretamente, en si ésta remite a lo necesario y fundante o no. Conviene tener en cuenta que, en este debate no está en juego únicamente la afirmación o la negación de la existencia de algo fundante y necesario (sea esto lo que sea: Dios, Inteligencia, Espíritu de la historia, Aquello mayor de lo cual no se puede pensar, etcétera), sino la índole misma de lo supuestamente relativo y contingente. En efecto: si lo relativo es puramente relativo, entonces puede muy bien que no se trate más que de un puro azar, un puro caos; y en este caso, podría quedar invalidado incluso el propio discurso retórico, ya que una tesis y su contraria, dada la índole caótica del objeto sobre el que son vertidas, serían verdaderas a la vez, o también falsas a la vez. Y, en este caso, habría que terminar o bien por suspender definitivamente el discurso, o bien por estimarlo como un conjunto de voces vacías, voces sin sentido ni contenido. Aunque en muchos
casos la teoría del pensamiento débil aparece como
una corriente que reacciona contra los abusos políticos en
que consistieron las puestas en práctica de determinadas
ideologías recientes (por ejemplo los susodichos casos del
marxismo real o del nacional socialismo alemán de los años
30 y principios de los 40), sin embargo, el prototipo al que se
remite esa teoría como ejemplo a combatir y a evitar es el
de la filosofía platónica, o el de la filosofía
de sesgo platónico. Por eso, independientemente de que en
Platón se puede hallar una teoría política
de sesgo más o menos totalitario, no cabe la menor duda que
resulta pertinente la atención filosófica a este tema.
Aquí no está en juego únicamente la teoría
de la praxis política; en verdad está en juego la
tradición filosófica en su conjunto. En el fondo conviene
tener muy en cuenta el significado secreto que se da aquí
a la filosofía, so pena de no advertir que no se trata solamente
de impulsar y promover un nuevo modo de entender la acción
política, sino que se trata de hacerlo partiendo de la convicción
de que la filosofía consiste y ha consistido siempre en un
ejercicio de teoría política. O dicho de otro modo:
para los padres del pensamiento débil promover una nueva
racionalidad política equivale a promover una nueva racionalidad
filosófica. En cierto modo, y adelantando posibles desarrollos
ulteriores, cabe descubrir una secreta (y por cierto monumental)
paradoja: la coincidencia en la convicción de la vocación
política de la filosofía inherente tanto a las ideologías
políticas que se denuncian, como al renacimiento del discurrir
político en que quiere consistir el pensamiento débil
como denuncia y alternativa de esas mismas ideologías rebatidas.
En rigor, si uno se instala en el seno del acerbo cultural que inspira
el denominado pensamiento débil, la disyuntiva "retórica
- filosofía" no plantearía tanto la duda de si
la retórica es capaz de un conocimiento más acertado
del que alcanza la filosofía, sino la alternativa entre dos
formas de hacer política. CONCLUSIÓN: A lo largo
de este trabajo se ha procurado mostrar:
ARISTÓTELES,
Retórica, Gredos, Madrid, 1990.
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