La globalización de la resistencia contra el neoliberalismo. Pedro Ramiro Pérez. Colectivo Craled
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Cuaderno de Materiales

 

 

La globalización de la resistencia contra el neoliberalismo

Pedro Ramiro Pérez
Colectivo Craled

 

 

La situación de un mundo que todos y todas compartimos.

 “Si persistimos en un análisis por el cual Occidente es el culpable de la mala situación de África, mal podremos dar con el resultado y aplicar las soluciones correctas, porque de las calamidades de África apenas tienen culpa los países desarrollados, sino sus males endémicos: el tribalismo, el atraso, las guerras incesantes en medio de la enfermedad y el hambre o los perniciosos movimientos de liberación nacional.”  José María Cuevas. Presidente de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE)[1].

La prosperidad económica se extiende por los Estados del planeta. Cada vez es mayor el número de personas que tienen acceso a un nivel de vida más y más confortable: pueden disponer de múltiples elementos de consumo, bajan sus impuestos, a las crecientes dotaciones policiales se suma la seguridad privada, está la posibilidad de escoger a qué colegio privado llevar a sus hijos e hijas, a qué sanidad privada acudir, en qué fondo de pensiones invertir, e incluso desde sus propias casas es posible acceder mediante un simple ordenador a un maravilloso mundo de información, entretenimiento y compras.

En esta situación de vivir holgadamente se ven 500 millones de personas en el mundo. Teniendo en cuenta que los habitantes de nuestro planeta son 6.000 millones, observamos que existen 5.500 millones de personas que viven en la necesidad[2]. La extensión a escala mundial de la mencionada prosperidad económica es por tanto un cuento, es una historia con final feliz que nos quieren hacer creer, y que tiene muy poco o nada que ver con la realidad. La inmensa mayoría de la población no entra dentro de este sistema de consumo y mercado, puesto que no pueden ser consumidores, y pasan a engrosar las estadísticas silenciosas de los 30 millones de personas que mueren de hambre al año[3].

Nos dicen que todos y todas vivimos en la aldea global, un mundo en el que compartimos hábitos, costumbres y formas de vida. Esto ha sido posible gracias al extraordinario avance de las telecomunicaciones en los últimos tiempos, nos insisten. Aparte de cuestionar la certeza de tales afirmaciones, a todas luces simplificadoras y en muchos casos representativas solo de una pequeña parte de la población mundial, no se puede concluir de ninguna manera que la modernización de nuestras sociedades, entendiendo por modernización la adopción de la economía de mercado y los valores que ésta comporta, va a traer bienestar para la gente. Cada vuelta de tuerca más que se da hacia la total extensión de un modelo de vida basado en las leyes que dicte el mercado se deja sentir, sobre todo, en las personas más necesitadas, que no sólo no mejoran su propia situación sino que la empeoran a marchas forzadas. En 1960, el 20% más rico de los habitantes del planeta tenía un nivel de renta 30 veces mayor que el 20% más empobrecido, mientras que hoy disponen de una renta 82 veces más elevada[4].

Así, el mundo globalizado al que queremos tender, donde con tocar un botón del teclado del ordenador pueda contactar con alguien a miles de kilómetros, en el que pueda comprar en el hipermercado un producto que viene de muy lejos y además sea barato, o donde pueda multiplicar el valor de mis ahorros varias veces sin apenas esfuerzo alguno, es un mundo profundamente injusto y cruel, en el que nosotros y nosotras estamos integrados y activamente tomamos parte en él de múltiples maneras.

Los efectos de este modelo que mundializa la pobreza y la exclusión social se dejan ver en todos los campos de las relaciones humanas y sociales.

En lo político, los Estados-Nación van jugando un papel paulatinamente menos importante como reguladores de las actividades económicas que tienen lugar en su territorio. Las fronteras de los países se convierten en permeables a los flujos de capital, no así a los movimientos migratorios de personas. Los Gobiernos entremezclan sus intereses con los de las empresas, nunca con los de los ciudadanos y ciudadanas. Aunque digan  que favorecer a las grandes corporaciones multinacionales es favorecer a la población, la cual supuestamente recogerá los beneficios del crecimiento económico, sucede justo al contrario: el poder y la riqueza se van concentrando progresivamente en menos manos, mientras la precariedad en todos los órdenes de la vida se va extendiendo. Los lobbies, o grupos de presión, constituidos por las empresas transnacionales aumentan su poderosa influencia sobre las decisiones de los organismos financieros internacionales, y al mismo tiempo las personas ven que su capacidad de participar en la sociedad disminuye, llegando a ser nula su opinión en todos los asuntos importantes, puesto que los técnicos y burócratas que nos gobiernan ya se encargan por nosotros y nosotras de todo.

Por lo que respecta a los aspectos sociales, recortes y más recortes. Según parece, ya ni siquiera tiene sentido el modelo liberal del Estado del Bienestar, basado en el crecimiento económico ilimitado y en el pleno empleo; este modelo va siendo abolido, y pasamos a recoger los frutos de las políticas neocapitalistas o neoliberales, mucho más agresivas para las personas de a pie y también para el entorno. Dichas políticas afectan a todos los sectores de la sociedad, desde las privatizaciones en el sector público: transportes, correos, telecomunicaciones, agua, energía, y en la protección social: sanidad, educación, pensiones, prestaciones por desempleo, hasta los problemas de vivienda o la desregulación y precarización del mercado de trabajo.

El efecto del desarrollismo económico sobre nuestro entorno es depredador, siendo los desastres ecológicos una constante a nivel mundial. Se incrementa la movilidad motorizada (con sus consecuencias contaminantes) y la creación de enormes infraestructuras (destrucción del paisaje, fauna y flora), la agricultura intensiva genera erosión, incendios, pérdida de biodiversidad, contaminación de los suelos; la producción energética se hace mediante centrales nucleares o térmicas, o a través de gigantescos pantanos; los residuos son cada día un problema de mayor proporción; la ingeniería genética es un peligro potencial de consecuencias imprevisibles.

Globalización, mundialización, transnacionalización: buscando nuevos términos que definan las nuevas relaciones a nivel planetario.

No va a discutirme que en todas partes se vive mejor que hace veinte años. Yo vengo del Pacífico, y en mi país, en Singapur, en Indonesia, en Tailandia, en todas partes el per cápita es mucho más alto. En China, gracias a la progresiva liberalización, se ha sacado de la pobreza extrema a más de 100 millones de personas en los últimos 20 años. En Estados Unidos, el desempleo ha bajado a récords históricos. ¿Y qué me dice de España? España es hoy un lugar maravilloso para vivir, sencillamente fabuloso. ¿Y sabe cómo lo han conseguido? Abriéndose al exterior, al libre comercio. No creo que haya nadie en España, en Europa o en América que crea que el libre comercio no es bueno para ellos.”  Mike Moore. Director general de la Organización Mundial del Comercio (OMC)[5].

La realidad política, social y ambiental del mundo se está viendo afectada (y, por tanto, está agravando su deterioro) con estas nuevas relaciones de poder que constituyen el fenómeno de la globalización. Lo novedoso de esta compleja realidad es que se están articulando cada vez de forma más asentada las políticas neoliberales, fundamentadas en el libre mercado, la libre circulación e inversión de capitales o la libre competencia, dejando para otro día la libertad de individuos y comunidades enteras. La ciencia que domina las actividades humanas es la Economía. Así, podemos comprobar que existe una subordinación de las relaciones sociales respecto de lo económico. Ésto hace que se extienda la lógica empresarial del máximo beneficio a todos los terrenos de la vida, con lo que los objetos, los sujetos, los trabajos y los sentimientos sólo son valorados si producen o si tienen expectativas de producir riqueza económica.

El término globalización (o mundialización o transnacionalización, según los autores) se refiere a la agudización del proceso de internacionalización del capitalismo. En este proceso se globalizan, es decir, se extienden por todo el planeta, un modelo de relaciones sociales basado en la propiedad privada de los medios de producción con el trabajo asalariado; un modo de producción y consumo en el que la generación de beneficios, la acumulación de capital y el crecimiento económico son cíclicos; un sistema histórico de pueblos y naciones fundamentado en el desarrollo desigual del propio capitalismo y plasmado en unas relaciones Norte-Sur[6]; un carácter mundial de los agentes económicos, de la inversión de capital, de la competitividad y productividad de los mercados. Así, la globalización significa más polarización, más explotación, más expoliación de los recursos naturales y más destrucción del medio natural a nivel mundial[7].

Los fenómenos fundamentales que se asocian a la globalización podríamos considerar que son los siguientes: la expansión del libre comercio, la reubicación industrial a escala mundial, el poder de los mercados financieros y la inversión extranjera directa, la formación de un mercado de trabajo mundial y la nueva división internacional del trabajo, la sociedad de la información y el desarrollo de los medios de transporte, las empresas transnacionales, y un novedoso papel de los Estados-Nación[8].

La desaparición del llamado socialismo real y la aparición de un nuevo orden mundial han contribuido a la consolidación y expansión de la mundialización. El sistema económico imperante, y el único que existe realmente ahora, es el capitalismo (también denominado más recientemente neoliberalismo al referirnos a las políticas que se aplican). Además, de forma creciente los flujos financieros tienen un carácter privado, que escapa al control de los Estados, y su importancia aumenta día a día, llegándose a una situación actual de predominio de la economía financiera sobre la real o productiva. La globalización supone asimismo concentración y jerarquización, tanto de poder como de capital, esto es, supone la extensión de la lógica empresarial del máximo beneficio a todos los niveles6.

Es curioso como desde los medios de comunicación y desde los Gobiernos se propaga la idea de que éste es un proceso inexorable y necesario. Por un lado, es necesario porque implica modernización y progreso, es decir, buscar de qué forma ganar más dinero, y por otra parte, es un proceso imparable, al que no se puede oponer nadie porque será inútil, es una especie de dinámica oculta que no se sabe muy bien por qué nos engulle y de la cual no podremos salir aunque queramos. En este sentido, tendríamos que pensar que la globalización económica guarda más relación con la fe que con la realidad, cuando no es así: los Estados y el capital privado entretejen sus intereses y los exportan al resto de los ciudadanos y ciudadanas para que éstos piensen que en parte también saldrán beneficiados, y nada más lejos de la realidad. O quizás no tanto, porque, dado el individualismo de nuestras sociedades, muchas personas se creen favorecidas por estos fenómenos y políticas: ya pueden comprar más barato, ya obtienen mayores dividendos con sus fondos de inversión y de pensiones, ya observan como las empresas privatizadas dan un mejor servicio... pero ésto supone un coste social y ecológico sin fin aparente y por el cual se ven afectadas otras personas, pero ésto nunca se llega a ver con lo que no pasa nada. Resulta profundamente descorazonador comprobar cómo la pobreza y la exclusión social no generan rebeldía y protesta sino una sumisión total a lo que nos es impuesto[9].

La relación entre los Estados y las empresas transnacionales en la globalización: un ejemplo de simbiosis.

 “La historia humana es trágica por naturaleza, y, cuando se cambia para mejorar, siempre hay costos intermedios. Sabíamos perfectamente que desprenderse de las empresas públicas y la flexibilización laboral iban a dejar a gente en la calle. Pero son fenómenos transitorios en una estrategia que me parece que ha servido al desarrollo humano. Por doloroso que sea, era necesario pasar por todo esto para hacer empresas más productivas.” Michel Camdessus. Ex director general del Fondo Monetario Internacional (FMI)[10].

Frente al predominio de la actividad empresarial y especulativa, ¿qué papel le toca jugar a los Estados-Nación?. Hemos de decir que los Estados intervienen de forma activa en el proceso globalizador, por su relación tanto con las empresas transnacionales como con los organismos financieros multilaterales.

En cualquier declaración institucional se promueve el papel que tienen las empresas transnacionales como motor de la economía de un país. Oímos  a Clinton decir que qué hubiera sido de su país sin Microsoft, a la cual se debe la bonanza económica de los Estados Unidos en este final de siglo, y casos como éste los hay en todos los países (sin ir más lejos, qué sería de nosotros sin Repsol o Telefónica, u otras grandes empresas de prácticas monopolistas como El Corte Inglés). En este contexto, las multinacionales se mueven como pez en el agua, mezclando sus propios intereses con los de un Estado. Las políticas de los Gobiernos les favorecen una y otra vez: mayor competencia, que ya sabemos que solo beneficia al más grande; libertad de inversión; reducciones fiscales para los empresarios; o desregulación y precarización laboral. Además, lo público se desprestigia en favor de lo privado. El criterio empresarial se aplica a los servicios sociales y a las empresas estatales, que son privatizadas puesto que no ganan suficiente dinero, y pasan a manos de oligopolios, cuando son un servicio público.

Pero lo que sí es importante destacar es que las transnacionales han adquirido el poder que ahora tienen gracias a su estrecha relación con los Gobiernos, que les han beneficiado en perjuicio del interés de las personas. No podemos decir que son los Estados los que se pliegan ciegamente a los intereses de las grandes corporaciones empresariales, lo que ocurre es que los Gobiernos han promovido una serie de políticas destinadas a favorecer a aquéllas. El poder de las multinacionales y de sus grupos de presión o lobbies ha aumentado con la globalización económica, fomentado por la implantación sistemática de las políticas neoliberales por parte de los gobernantes[11].

Por otra parte, en los últimos años estamos viendo como muchas campañas a lo largo del mundo tienen como enemigo común, por así decirlo, a las Instituciones Financieras Internacionales, las cuales ahora han de salir de su clandestinidad para dar al menos unas cuantas explicaciones, antes de seguir con su trabajo impulsor del neoliberalismo y la globalización económica. Dichos organismos contribuyen a agrandar las desigualdades e injusticias sociales y ambientales, y son gobernados por burócratas nombrados por los países del Norte. De nuevo se entreteje aquí el papel de los Estados, representados en estas instituciones, con el de las grandes empresas, que tratan de imponer sus criterios en estos foros a través de sus lobbies.

Las instituciones creadas en Bretton Woods en 1944, al término de la Segunda Guerra Mundial, han variado su cometido inicial pero siguen siendo una parte activa básica del proceso globalizador. Así pues, el Fondo Monetario Internacional (FMI) ha superado su papel inicial como garante de unos tipos fijos de cambio entre las monedas para pasar a ser el organismo que impone los llamados planes de ajuste estructural, políticas económicas basadas en la reducción del déficit público y en el crecimiento de los indicadores macroeconómicos de un país, y dirigidas a proporcionar las condiciones para que se puedan conceder una serie de préstamos. El Banco Mundial (BM) continúa en su papel como organismo potenciador del desarrollismo económico, para lo cual procede a la concesión de préstamos a los países para la realización de grandes infraestructuras que posibiliten dicho desarrollo. La Organización Mundial del Comercio (OMC) toma el testigo del Acuerdo General sobre Comercio y Aranceles (GATT) para tratar de conseguir la liberalización del comercio en una amplia variedad de sectores, desde el comercio de bienes y alimentos hasta el de los servicios sociales, siempre sin tener en cuenta restricciones al comercio ya sean de tipo arancelario, laboral, sindical o ambiental.

La Unión Europea (UE) es una extensión más del modelo neoliberal. Desde la firma del Tratado de Maastricht se ha intentado la construcción de una Europa del Capital, sobre los intereses de las empresas transnacionales y lejos de los de los pueblos. Esta Europa Fortaleza, con leyes restrictivas a los movimientos migratorios de personas de fuera de ella, es un conglomerado de países unidos para formar un mercado común, con su correspondiente moneda única. Los sacrificios que han sido necesarios para acceder a esta unidad monetaria, y los que están siendo y van a ser obligatorios para mantenernos en ella, repercuten de lleno sobre la población, tanto en la protección social como en las políticas de empleo, por citar algunos ejemplos[12].

No nos podemos olvidar de la importancia de la deuda externa como uno de los principales mecanismos de opresión sobre los países del Sur. La deuda externa tiene su origen en los años sesenta, cuando se dio salida a excedentes de dinero provenientes del petróleo hacia los países del Sur, en forma de préstamos y créditos bancarios, que posteriormente asumieron los Estados del Norte ante la insolvencia de los países deudores. Hoy constituye un freno insalvable para el desarrollo humano de los países periféricos, que no pueden invertir en su propia salud, sanidad o educación, por decir algunos ejemplos, ya que se ven obligados a destinar una gran parte de su Producto Interior Bruto (PIB) al pago de dicha deuda.

Junto a las organizaciones internacionales encargadas de velar por la estabilidad económica mundial (entendiendo dicha estabilidad a su manera, claro), la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se consolida como su brazo armado, garantizando la correcta aplicación de los principios humanitarios en todas las partes del mundo.

En estas organizaciones internacionales multilaterales, además de la preponderancia que tienen los países del Norte en las decisiones adoptadas, tienen asimismo una influencia importante las empresas transnacionales, que ejercen una presión en muchos casos determinante para condicionar los acuerdos a que se lleguen10. Por tanto, queda patente la relación de simbiosis entre los Estados y las grandes corporaciones, que comparten mesa y mantel ante el pastel del comercio y la inversión internacionales, y se lo reparten a su conveniencia.

Que nuestra resistencia sea tan transnacional como el capital.

“ Sobre la urdimbre de la realidad, por jodida que sea, nuevos tejidos están naciendo, y esos tejidos están hechos de una trama de muchos y muy diversos colores. Los movimientos sociales alternativos no solamente se expresan a través de los partidos y de los sindicatos: también así, pero no solamente así. El proceso no tiene nada de espectacular, y se da sobre todo a nivel local, pero por todas partes, en el mundo entero, están surgiendo mil y una fuerzas nuevas. Brotan desde abajo hacia arriba y desde dentro hacia fuera. Sin alharacas, están poniendo el hombro a la refundación de la democracia, nutrida por la participación popular, y están recuperando las castigadas tradiciones de tolerancia, ayuda mutua y comunión con la naturaleza. Uno de sus voceros, Manfred Max-Neef, las define como una nube de mosquitos, lanzados al ataque contra el sistema que niega el abrazo y obliga al codazo: - Más poderosa que el rinoceronte -dice-, es la nube de mosquitos. Que crecen y crecen, zumban y zumban.” Eduardo Galeano. Escritor y periodista uruguayo[13].

Frente a este panorama nos encontramos en la actualidad. Los partidos políticos mayoritarios de izquierda, frecuentemente envueltos en sus luchas internas por el poder y en muchas ocasiones preocupados únicamente por sus propios intereses, y los sindicatos tradicionales, con su corporativismo instalado y su defensa solamente de los que ya tienen un empleo, no suponen normalmente un recurso al que nos podamos agarrar para combatir las políticas neoliberales. De hecho, de manera habitual realmente asisten silenciosos, o incluso apoyándolo, al discurso dominante.

Es en este contexto donde intervienen los grupos sociales, los colectivos alternativos y los movimientos ciudadanos, los cuales constituyen el único foco de resistencia a la globalización y al neoliberalismo. Pero para que dicha resistencia sea verdaderamente eficiente y pueda tener un cierto eco en la sociedad, es necesario que las formas de actuación sean unitarias y coordinadas, siempre dentro del respeto a la autonomía de cada grupo. Han de quedar a un lado los personalismos, los protagonismos excesivos, los enfrentamientos individuales, la falta de un discurso común elaborado, la acción puntual desorganizada y descoordinada... que son hechos a la orden del día en las redes, plataformas y coordinadoras que agrupan diversos colectivos.

Solo mediante la creación de redes que engloben a la multitud de grupos que se encuentran diversificados por todo el Estado Español, primero, e internacionalmente, después, será posible la construcción de alternativas reales que consigan calar socialmente. Es imprescindible elaborar un discurso que analice la realidad desde una perspectiva de izquierda real, por parte de los grupos sociales, sindicales o ecologistas, para, partiendo de él, proponer las posibles vías alternativas a un sistema global injusto y depredador de nuestro planeta. En este sentido, algunas redes y coordinadoras internacionales ya están creadas: la Acción Global de los Pueblos (AGP) contra el libre comercio y la OMC, la red Acción por una Tasación contra las Transacciones financieras de Ayuda al Ciudadano (ATTAC) contra la especulación financiera, la red internacional Acción por la Solidaridad, Ecología, Equidad y  Desarrollo (A SEED), la plataforma que organiza las contracumbres y foros alternativos a la Unión Europea, la Red del Tercer Mundo, el International Forum on Globalization de San Francisco o el International Network on Globalization and Disarment, entre otras[14].

A raíz del trabajo de todas estas redes y coordinadoras, y de muchas otras que también han aportado su colaboración, han surgido acciones reivindicativas espectaculares que han dado repercusión internacional a los movimientos de resistencia a la globalización económica y el neoliberalismo, como han sido los casos de las manifestaciones y foros alternativos de Colonia, Seattle, Davos, Bangkok o Washington.




[1] Ver diario EL PAÍS del día 24 de mayo de 2000.

[2] Ignacio Ramonet, "El 2000", Le Monde Diplomatique, diciembre 1999.

[3] Ignacio Ramonet, "Nueva era de conquista". Le Monde Diplomatique, marzo 2000.

[4] Plan de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), "Informe mundial sobre desarrollo humano". Septiembre 1998.

[5] Ver diario EL PAÍS del día 7 de mayo de 2000.

[6] En cuanto a la terminología empleada, hemos preferido utilizar la denominación Norte-Sur porque, de las que vemos convenientes para ser manejadas (entre las que están también la denominación Centro-Periferia y países económicamente desarrollados-países económicamente subdesarrollados), su uso se encuentra más extendido.

[7] Jornadas del Movimiento Contra la Europa de Maastricht y la Globalización Económica en Málaga, Bloque I: Globalización. Abril 2000.

[8] Carlos Vaquero, "Ocho tesis sobre la Globalización". Página Abierta, mayo 1998.

[9] Centro de Asesoría y Estudios Sociales (CAES), "La mano invisible". Abril 1998. De http://www.nodo50.org/caes

[10] Ver diario EL PAÍS del día 23 de abril de 2000.

[11] Belén Balanyá, "El gobierno de las multinacionales en la Ronda del Milenio". Viento Sur, diciembre 1999.

[12] Centro de Asesoría y Estudios Sociales (CAES), "Moneda única, política y sociedad". Marzo 1998. De http://www.nodo50.org/caes

[13] Eduardo Galeano, Patas Arriba. La escuela del mundo al revés. Siglo XXI Editores, noviembre 1998.

[14] Ramón Fernández Durán, "La resistencia contra la globalización económica y el neoliberalismo" en el libro Viaje al corazón de la Bestia. Editorial Virus, noviembre 1999.

 

 


     

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