Cuaderno de Materiales
 ENSAYO
 

 

 

La revuelta de las naciones en desarrollo
Martin Khor, Third Word Network-Red del Tercer Mundo
Monitor SUNS del desarrollo Sur Norte, Nº4568
6 de diciembre de 1999

 

Ha sido una semana sorprendente. En Seattle, las contradicciones de la globalización quedaron patentes. Al final, la conferencia ministerial de la Organización Mundial del Comercio que tenía que convocar una nueva ronda se desplomó como un castillo de naipes, en medio de un caos casi absoluto. No hay convocada una próxima ronda, ni hay una "Declaración de Seattle", ni siquiera una nota conjunta de agradecimiento a los anfitriones, y menos aún, una decisión sobre el proceso a seguir a continuación. En cambio, lo que sí va a haber será una proliferación de análisis y teorías sobre lo sucedido. Algunos subrayarán las protestas de los grupos representantes de la sociedad civil (ecologistas, consumidores, trabajadores, solidarios con los pobres y con el Tercer Mundo...). También hubo partidarios de la "acción directa" que bloquearon el acceso de los delegados a la ceremonia inaugural, que tuvo que ser cancelada. El mensaje central de los manifestantes se dejó oír alto y claro: la OMC había ido demasiado lejos al imponer normas de ámbito mundial que consolidan y aseguran los intereses de las grandes multinacionales a costa de los países en desarrollo, los pobres, el medio ambiente, los trabajadores y los consumidores. El impacto de las protestas masivas contra la globalización, que ya alcanzaban cierta notoriedad durante las campañas contra el acuerdo Multilateral de Inversiones (AMI) y contra la ingeniería genética, alcanzó su punto álgido en los disturbios callejeros de Seattle. Algunos señalarán también la incapacidad de Estados Unidos y la Unión Europea para superar sus diferencias como la causa inmediata del fracaso de la cumbre. Por supuesto, esto ha sido un factor significativo. Los dos gigantes del sistema comercial internacional estaban pugnando por un acuerdo en el que la Unión Europea aceptaría reducir sus subvenciones agrícolas a cambio de que Estados Unidos aceptaran entablar negociaciones sobre cuestiones como inversión y competencia. Como última baza, la Comisión Europea incluso apoyó la propuesta norteamericana de formar una comisión en la OMC sobre Biotecnología, pero cayó en saco roto gracias a las objeciones procedentes de los ministros europeos de Medio Ambiente a la Comisión Europea por su carencia de competencias en la materia. Estas tensiones entre los Estados miembro y la Comisión dejaron tocada de muerte la última tentativa de Estados Unidos y la Unión Europea para acordar una nueva ronda de negociaciones. Aún así, las causas fundamentales del desastre de Seattle residen en la opacidad y la naturaleza antidemocrática del sistema de la OMC, la manipulación de dicho sistema por las grandes potencias y el rechazo de muchos países en desarrollo a no seguir recibiendo más que las migajas del reparto. El conflicto Norte-Sur ya se comenzó a fraguar en Ginebra dos semanas antes de la cumbre de Seattle. Los países en desarrollo dejaron constancia de su decepción por no haber obtenido beneficio alguno tras cinco años desde la creación de la OMC. Presentaron docenas de propuestas para resolver los "problemas de implementación" de los acuerdos de la OMC, incluyendo cambios en algunas reglas. Pero la mayor parte de las demandas de estos países fueron denegadas por las grandes potencias que, además presionaron con sus propias propuestas para reforzar la OMC mediante la introducción de nuevos ámbitos de negociación, como son la inversión, la competencia, la gestión gubernamental, el mercado de trabajo y los estándares medioambientales. Los países en desarrollo, en general, se opusieron a tratar estas nuevas cuestiones, que según ellos llevarían a una fuerte penetración en sus mercados de las grandes compañías de los países ricos, o al menos proporcionarían a estos países desarrollados nuevos instrumentos proteccionistas frente a los productos procedentes del Tercer Mundo. Peor aún ha sido el uso de la Secretaría de la OMC por las grandes potencias para comprometerse en procedimientos nada transparentes, como fueron las reuniones informales sobre temas cruciales en pequeños grupos donde los países en desarrollo no estaban invitados. Estas reuniones de los llamados "Salones Verdes" enfurecieron a los miembros de la OMC representantes del Tercer Mundo. Contrariamente a su promesa de garantizar una cumbre transparente, Charlene Barshefsky -representante estadounidense de Comercio- presidió en Seattle un proceso totalmente antidemocrático. El segundo día anunció que recurriría a su "derecho" como presidenta a usar los procedimientos que estimara necesarios para sacar adelante una Declaración de la cumbre, anuncio que enfureció a las delegaciones de los países en desarrollo. Barshefsky y el Director General de la OMC Mike Moore, pusieron en marcha las reuniones de los "Salones Verdes", algunas de las cuales tenían lugar simultáneamente, y en las que se trataba de temas clave del disenso. Solo 10 de 20 países (las grandes potencias más unos pocos escogidos de entre los países en desarrollo) fueron invitados a las sesiones habituales de los "Salones Verdes". El plan de los organizadores era lograr un acuerdo entre los países desarrollados (principalmente Estados Unidos y Unión Europea) y luego, durante las reuniones informales, presionar a algunos países en desarrollo influyentes para obtener su apoyo, y finalmente, sacar una Declaración conjunta para lanzar una nueva ronda. Declaración que todos los miembros se verían en la obligación de aceptar en una reunión especial el último día de la Cumbre. La gran mayoría de países en desarrollo fueron excluidos de todo el proceso que tuvo lugar en los "Salones Verdes". Ni siquiera fueron informados de qué reuniones estaban teniendo lugar ni de lo que en ellas se discutía. Ministros y altos cargos de estos países se quedaron "colgados", deambulando por pasillos y cafeterías a la caza de algún resquicio de noticia o texto sobre las negociaciones. La gota que colmó el vaso y desató las iras por este ninguneo llegó el tercer día de la Cumbre. Los ministros africanos denunciaron de manera rotunda la falta de transparencia en la conferencia, la exclusión de los países en desarrollo en cuestiones esenciales para su futuro, y la intención de que se aprobara un texto ministerial a toda costa. "Bajo las actuales circunstancias, no podemos alcanzar el consenso requerido para cumplir con los objetivos de esta conferencia ministerial". Declaraciones como esta proceden de los ministros de la Comunidad Caribeña y algunos países latinoamericanos. Barshefsky y Moore se encontraron pues ante la posibilidad de que, en el caso de presentar un borrador de Declaración en la última jornada de la Cumbre, se produjera una explosión de protestas y rechazos por parte de los países en desarrollo. Esto pondría en evidencia ante los medios de comunicación y la opinión pública internacional los métodos manipulativos empleados en la Conferencia de Seattle, y más grave aún, pondría en cuestión a la propia OMC. Al final, resultaba menos comprometedora la decisión de dejar que fracasara la cumbre, incluso sin la formulación de una breve Declaración. Pero el desplome ocurrió tan rápido que en la sesión plenaria final, Barshefsky ni siquiera intentó que los ministros adoptaran un acuerdo formal sobre los procedimientos a seguir en las negociaciones venideras. Todo lo que quedó fue la transcripción de unos comentarios a micrófono cerrado de Barshefsky, en los que ésta admitía que la metodología usada hasta ahora ya no sirve para la OMC: "necesitamos un proceso con mayor grado de transparencia interna e integración para adecuarse a miembros más numerosos y más heterogéneos". Tras el fracaso de Seattle y las observaciones de Charlene Barshefsky ¿Hay alguna esperanza para la reforma del sistema de tomas de decisiones de la OMC? Ello depende realmente de que los países en desarrollo puedan usar el bloqueo de negociaciones para presionar a favor de un sistema democrático, aboliendo por ejemplo el método feudal de los "Salones Verdes" que, en último término, dieron al traste con la Cumbre de Seattle. Las grandes potencias intentarán, a pesar de todo, aferrarse a sus privilegios contra viento y marea. Tanto Barshefsky como el Comisario de Comercio de la Unión Europea, Pascal Lamy, anunciaron que al Director General de la OMC se le había encargado la tarea de dar continuidad al proceso de Seattle. Lamy incluso anunció a los medios de comunicación que Mike Moore se dirigirá personalmente a los ministros de los miembros de la OMC. Esto supone que las negociaciones post-Seattle serán llevadas a cabo por el Director General, con claras inclinaciones por las grandes potencias, más que por el Consejo General de la OMC -compuesto mayoritariamente por países en desarrollo.


 

     

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