De la libertad
trascendental a la moralidadLa
tercera antinomia de la Razón pura como punto de inflexión entre la
filosofía especulativa y la práctica en Kant Sebastián
Antonio Contreras Aguirre [*]
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I Cuestiones
Introductorias. Sobre
la posibilidad de una Libertad en la
Antinomia de la Razón
Pura
En
la
Tercera Antinomia, al
igual que en las antinomias matemáticas, empezamos
con una aparente contradicción
y terminamos comprendiendo que ésta es meramente aparente. H.
Allison.
“La
noción de libertad, encuentra su lugar de nacimiento en la cosmología
racional,
donde el kantismo, en forma crítica, examina las cuestiones referentes
al mundo
y que parecen susceptibles de respuestas contradictorias”[1].
Cuestión fundamental de la exposición kantiana de la libertad, no es la
profunda coherencia interna de los argumentos y el contenido de la
tercera
antinomia de la razón pura, sino la posibilidad de articular, con base
en la
idea trascendental de la libertad, una teoría ética que dé cuentas del
problema
de la responsabilidad moral. De ahí que para el filósofo de Königsberg
sea la
“libertad” un concepto problemático.
Pues
bien, como se sabe,
presenta Kant el problema de la libertad bajo la forma de una
antinomia: la explicación de los
acontecimientos del
mundo por medio de sus causas pareciera requerir, a la vez, la
afirmación y la
negación de la existencia de la libertad. Y en este sentido,
tanto la tesis
como la antítesis cuentan con su demostración y se destruyen
mutuamente, de
manera tal que esta tercera antinomia daría cuenta del
enfrentamiento entre la postura racionalista, que junto a la
explicación causal natural afirma la causalidad por libertad, y la
postura
empirista, que admite sólo la causalidad mecánica[2].
Así, y de acuerdo con este carácter dialéctico–antitético
que circunda al problema de la libertad, es que la razón
parece estar en
conflicto consigo misma: llega a la tesis
con la misma necesidad que le exige inexorablemente argumentar a favor
de la
antítesis.
De
cara a lo expuesto, en su
análisis de las “antinomias”, formula Kant la tesis, aparentemente
audaz, de que la razón cae necesariamente en
contradicción consigo misma al ocuparse de las cuestiones de la
cosmología
tradicional, básicamente porque la razón genera, para cada una de estas
cuestiones, dos respuestas incompatibles entre sí e igualmente
obligatorias[3].
En este sentido, y tal y como ha sido propuesto por H. Allison, dicho
conflicto
de la razón consigo misma, que de no ser resuelto llevaría a la “eutanasia de la razón pura” (A 407/B
434), tendría su origen en la exigencia
de una totalidad absoluta de las condiciones para todo condicionado.
Así, si se da lo condicionado, se dará
también la
suma de las condiciones y, por tanto, lo absolutamente incondicionado
(A
409/B 436). En este contexto, las antinomias de la razón pura son, para
el
kantismo, inferencias dialécticas que
tienen su fundamento en la misma naturaleza de la razón, no ficciones o
productos históricos; inferencias que tienen que ver en términos
generales con
nuestra idea de mundo como el conjunto de todos los fenómenos (Cfr.
MOYA:
2003; 407).
Finalmente,
la cuestión principal
del problema de la libertad a la luz de la tercera antinomia, no
estaría, como
ya lo hemos declarado, en la coherencia interna de su tratamiento en la Primera
Crítica –coherencia
que de hecho existe–,
sino en el modo en como ésta es extrapolada a lo externo. En este
sentido, y
conforme a la tesis de Körner, de la
coherencia interna de la noción de centauro, no se sigue, ni se ha de
seguir
jamás, el hecho de que tales centauros existan realmente.
Luego, si queremos probar que el hombre
existe como
un ser libre, requeriremos, claramente, un nuevo dato, aquél que
proviene de la
experiencia moral[4].
En efecto, nuestra propuesta no es sino la de dar cuenta del carácter axial de la noción de libertad en cuanto
idea trascendental, cuestión que haría posible el levantamiento de una
completa
teoría ética en el plano de la razón práctica. Todo lo anterior, de la
mano de
la tercera antinomia de la razón pura, a nuestro juicio, la bisagra que conecta y da sentido a las
exposiciones que de estos temas se han dado en una y otra Crítica.
La
noción de
libertad de Kant es ostensiblemente la de un moderno. Se ocupa de la
autodeterminación.
La libertad es propiedad y, de allí, una exigencia de todos los hombres
(…) de
modo que ser libre es hallarse en un cierto tipo de orden moral,
aunque, una
vez más, esto no es una limitación de mi libertad, dado que estar
relacionado
con ese orden es parte integral de mi libertad (TAYLOR: 2004; 14-15).
Por
último, y dado que la libertad
es el fundamento inteligible de
aquello por lo cual se rigen los fenómenos de lo sensible[5],
y es también el concepto que subyace como base de nuestra reflexión,
nos hemos
propuesto acercarnos al problema de la tercera antinomia de la razón
pura, del
conflicto que se presenta en ella y de su resolución, para luego
ahondar en la
manera en como esta “idea trascendental” conecta con el plano
moral, sirviendo, entonces, de nexo
con la Crítica de la
Razón Práctica. Sólo
así podremos entrever la dinámica del problema de la libertad y el modo
en como
Kant la ha precisado en todo el sistema de su Filosofía Crítica.
II
De
la
Tercera Antinomia de la Razón
Pura. Conflicto
y Resolución
No
se podría
señalar una contradicción
entre la afirmación de una causalidad libre en el orden
noumenal
y la del determinismo más riguroso en el orden fenoménico.
Este
es
el problema de la libertad.
J.
Maréchal.
“La
razón pura práctica es tan plenamente libre como la teórica; no hay
necesidad
de pretender que sea más libre (…), y que sea igual de libre es lo
único que se
necesita, ciertamente, para hacer que las gentes sean responsables e
imputables”[6]. De
acuerdo con nuestra propuesta, la explicación kantiana de la libertad
en la
tercera antinomia de la razón pura, tiene el mérito de presentarse como
el
punto de conjunción entre la filosofía especulativa y la filosofía
práctica del
maestro de Königsberg, en tales términos que sólo
una adecuada comprensión de la antinomia en comento, nos permitirá
resolver el problema de la responsabilidad moral en el sujeto finito
racional.
Ahora
bien, toda antinomia ha
sido presentada por Kant como una pareja de proposiciones, aparentemente contradictorias, que se
siguen de un mismo grupo de
supuestos. Así, una antinomia podrá resolverse, o
bien revelando la efectiva contradictoriedad de las premisas; o bien
apreciando
el hecho de que no existe tal contradictoriedad, sino que, por el
contrario, una
y otra premisa pueden concebirse como compatibles[7].
Así, y en el contexto de la antinomia de la razón pura, se discute,
entonces,
la validez y alcance del principiumgrande: el
principio de razón suficiente leibniziano, amén de dejar abierta la
posibilidad de un mundus intelligibilis hasta
ahora deslindado cuidadosamente, en cuanto incognoscible y sin validez
o
realidad objetiva, del ámbito de la experiencia[8].
En
este contexto, el
tratamiento dado a la noción de libertad en la Dialéctica
Trascendental
asume, sin más, una concepción inminentemente cosmológica de la
naturaleza, esencialmente
porque nos la presenta (a la libertad) como una
capacidad de empezar un estado espontáneamente [von selbts] (A 533/B 561), cuestión que
deberá ser contrastada con la llamada “causalidad
mecanicista” [causalidad según las leyes de la natuarleza],
que rige la
conexión de todos los eventos en el tiempo.
Con
todo, ya hemos propuesto la
imposibilidad de sustentar una teoría moral de la libertad sin antes
referirnos
a la problemática de la tercera antinomia, en
nuestra opinión la más importante de todas. En este sentido,
y de acuerdo
con la exposición de la
Dialéctica, mientras del lado de la tesis
se afirma la necesidad de apelar a una
primera causa a fin de encontrar el requerido sitio de reposo para la
razón, la
antítesis, por su parte, niega tanto la necesidad como la posibilidad
de apelar
a dicha causa[9].
Afirma, en cambio, que todo proceso causativo, sin excepción, debe ser
de tipo
mecanicista, obligándose a admitir la existencia de una cadena causal
infinita.
Conforme
a la prueba de la
tesis, se comienza en ella concediendo a su contraria el hecho de que la única causalidad existente en general
es la propia de las leyes de la naturaleza. Sobre esto, la
noción misma de
“leyes de la naturaleza” conlleva la determinación
omnímoda de que nada
sucede sin una causa suficientemente determinada a priori (A
446/B 474). Luego, todo cuanto sucede en la naturaleza implica,
necesariamente,
un estado previo. Pues bien, si queremos
salvaguardar los fenómenos del mundo, o mejor, el mundo de los
fenómenos, es
preciso admitir una “causalidad” distinta de la meramente natural, es
decir:
una causalidad espontánea “que inicie por sí misma una serie de
fenómenos”, los
cuales, por su parte, se atendrán a las condiciones de la experiencia[10].
Kant llama a esta causalidad libertad
trascendental: una libertad que obra en
el mundo, pero que no es del mundo.
Del
lado de la antítesis,
llamada por Kant “principio de
fisiocracia trascendental” (A 449/B 477), intenta
ésta resguardar la unidad de la experiencia estableciendo que
no hay libertad, y que todo llega a ser en el mundo solamente siguiendo
las leyes
de la naturaleza. En su estructura, dicha antítesis comienza
concediendo la
existencia de la libertad trascendental, esto es, la determinación
de una causa para comenzar de por sí una serie. Dicho
esto, se tiene por sentado el hecho de que la serie de causas posee un
comienzo
absoluto; mas, si bien es cierto todo
inicio de acción presupone un estado anterior (en el que se
encuentra la
causa), un absoluto inicio dinámico de una acción presupone una causa
que no se
halla ligada a ese estado (DUQUE:
2002; 141-142). Luego, sostener la existencia de una libertad
trascendental
sería lo mismo que violar la unidad de la experiencia, esencialmente
porque una
libertad de tales magnitudes se opondrá, sin más, al fenómeno de la
causalidad.
Siguiendo,
pues, la prueba de
la antítesis, será preferible que el
entendimiento permanezca sobre el terreno de la experiencia sin
aventurarse en
el ámbito de la razón; por lo demás, el entendimiento mismo
evita caer en
las ilusiones propias de la razón, tales
como el establecimiento de una causalidad libre que se entrometa en el
encadenamiento natural de los acontecimientos, cuestión que haría
incoherente la
relación entre los fenómenos[11].
El
problema es, pues, éste: ¿es correcta la disyunción según la cual todo
efecto en el mundo tiene que derivar, o
bien de la naturaleza, o
bien de la libertad?, ¿no habrá que decir, por
el contrario, que ambas
alternativas pueden
cumplirse simultáneamente y desde un punto de vista distinto en el
mismo
acontecimiento? (KrV, A 536/B 564).
Entonces,
¿qué es lo
que nos queda?, –se pregunta el filósofo alemán: nos queda, lógicamente, la consideración de
una casualidad por libertad, no la afirmación dogmática de la libertad
misma
como una “causa”, si por tal entendemos una “cosa existente”; al
contrario,
dice Kant, si los fenómenos son “cosas”, entonces la libertad es
insalvable… Y
es que la causalidad no es una cosa ni está en la causa, sino… en el
efecto[12].
Sobre esto último, no debe entendérsele como si existiera una causa y
además un
efecto, sino como determinación
del paso de una al otro.
Por ello es que el autor de la
Crítica
se refiere a una “causalidad de la causa”
(A 544/B 572), es decir, no a la
causalidad que está en poder de una causa y se deduce analíticamente de
ésta,
sino a la causalidad o determinación que da “poder” a esa causa, que
“tiene” y
“sostiene” a la causa[13].
Por tanto, y dado que la libertad no es inconsistente con la
naturaleza, la antinomia no es realmente una
antinomia,
sino dos proposiciones que pueden ser ambas verdaderas[14].
En
fin, será en este contexto
donde el maestro de Königsberg nos presentará su propuesta final en
torno a la idea
trascendental de libertad: por libertad,
entiendo, la capacidad de iniciar por sí mismo un estado; no se trata
de una
causalidad que se halle, a su vez, bajo otra causa que, siguiendo la
ley de la
naturaleza, la determine temporalmente; la libertad es en este sentido
una idea
pura transcendental que, en primer lugar, no contiene nada tomado de la
experiencia y cuyo objeto, en segundo lugar, no puede darse de modo
determinado
en ninguna experiencia, ya que hay una ley general, que regula la misma
posibilidad de toda experiencia, según la cual todo cuanto sucede ha de
tener
una causa (Cfr. A 533/B 561).
III
Libertad
Trascendental y Libertad Práctica.
De
la
Tercera Antinomia de la Razón
Pura a la
Ley Apodíctica
de la
Razón Práctica
No
hay una cuestión específica sobre la libertad de
la voluntad, sino
sólo una cuestión: la libertas de la razón. La
libertad de la razón teórica y la de la razón
práctica.
J.
Rawls.
“En la primera
función, la razón es teórica; en la segunda, es práctica;
el origen de la obligación moral (das
solen) es la razón, y no
la
experiencia de impresiones y objetos. Así, por
muchas causas naturales y estímulos sensoriales que pueda haber y que
me lleven
a desear algo, nunca podrían hacer éstos que me sienta obligado”
[15].
Dado que la tercera antinomia se ha
mostrado como el culmen de la exposición de la libertad en la Primera
Crítica, y
teniendo en cuenta que lo fundamental en toda exposición de una teoría
sobre la
libertad se encuentra en el modo en como ésta se ajusta al problema de
la
libertad humana y de la responsabilidad moral, es que, a nuestro
entender, la
exposición de la libertad en la dialéctica trascendental conecta en
forma
precisa con la temática desarrollada en la Critica de la
Razón Práctica, en
tales términos
que libertad trascendental y libertad moral bien
pueden ser miradas como dos caras de una misma realidad.
Luego, el concepto de libertad, en la medida
en que
su realidad pueda demostrarse mediante una ley apodíctica de la razón
práctica,
constituye la piedra angular de todo el edificio de la razón pura
(KpV, A4).
Siguiendo
la propuesta de Molina
Cantó, dos serían las nociones que dan sentido al tratamiento kantiano
de la
libertad en sus diversas acepciones: la
noción
de idea y la noción de experiencia. Conforme a la primera de
éstas, que no
es sino la de libertad trascendental, idea
pura trascendental, ni derivable ni referible a ningún objeto que pueda
ser
dado en la experiencia[16],
presenta Kant a la libertad como una “idea regulativa”, una especie de paradeigma (παραδειγμα)
cuya función será, por un lado, el dar
cumplimiento a la exigencia racional de “totalidad” de la serie de los
fenómenos y, por otro, el dar
cabida
a la posibilidad de una causalidad libre dentro de la serie misma de
los
fenómenos.
De
acuerdo, entonces, con la
exposición kantiana de la libertad trascendental, se le concibe a ésta
como la capacidad (vermögen) de empezar un
estado
espontáneamente (von selbst). En este sentido, la “idea” de
la libertad
trascendental se vincula de inmediato con la noción de la
espontaneidad, en cuanto realidad opuesta a
la mera
receptividad o pasividad en el orden fenoménico o natural.
Así, la idea de
una libertad trascendental corresponde, precisamente, a
la de una causalidad espontánea, ya sea que esta se dé al interior de
las series causales del mundo fenoménico (causa libre en el mundo), ya
sea
fuera de tal serie (causa libre fuera del mundo, como origen del mundo)[17].
La
libertad es
en este sentido una idea pura trascendental que, en primer lugar, no
contiene
nada tomado de la experiencia y cuyo objeto, en segundo lugar, no puede
darse
de modo determinado en ninguna experiencia, ya que hay una ley general,
que
regula la misma posibilidad de toda experiencia, según la cual todo
cuanto
sucede ha de tener una causa (Cfr. KrV,
A 533/B 561).
Ahora
bien, en lo que se
refiere a la segunda de las nociones que orienta la exposición kantiana
sobre
la libertad, noción de experiencia,
nos dirige ésta, inevitablemente, al problema de la libertad práctica o
moral
del ser finito racional. En este contexto es donde el autor de la Crítica
hablará –paradójicamente– de una “experiencia”
de la libertad o del “hecho” de la libertad (MOLINA CANTÓ:
2005; 23). El
pensamiento, de hecho, puede ir más allá de la experiencia, de modo que
a
través de sus ideas, principalmente la de libertad, el sujeto es capaz
de
trascender el nexo causal del mundo fenoménico en el que reside,
pudiendo
transitar a un mundo inteligible, desde el cual la misma libertad hace
posible
el principio de la realización moral del hombre en el mundo: la ley moral[18].
Volviendo
a nuestra idea
inicial, de que conforme a la propuesta kantiana la exposición de la
libertad
en la tercera antinomia se presenta como el punto de inflexión entre el
saber
especulativo y el saber práctico, entre la Crítica de la Razón
Pura y la Segunda
Crítica, es
que es posible sostener que para el maestro alemán ha sido posible compatibilizar las “leyes eternas” que
gobernaban la razón teórica, con los principios que fundamentaban una
libertad
irrestricta en el terreno de la ética[19].
Lo anterior, básicamente porque el hombre, como ser racional (finito), pertenece al mundo inteligible y no puede
pensar la causalidad de su propia voluntad sino bajo la idea de la
libertad, en
el sentido de independencia de las causas del mundo sensible.
Luego, junto
a la idea de libertad se encuentra unido el concepto de autonomía y el
principio universal de la moralidad, cuestión que es únicamente
sustentable
gracias a la distinción entre fenómeno y cosa en sí desarrollada por
Kant en la
Primera Crítica[20].
No
obstante lo anterior, sí es
posible distinguir una y otra noción de libertad. No hacerlo daría
lugar a una
inadecuada hermenéutica de la obra kantiana. Mas, del hecho de que una
y otra
noción sean claramente contrastables, no se sigue, en absoluto, que
sean
completamente independientes. En efecto, y tal y como ha sido sostenido
por
Rawls, libertad humana [libertad
práctica]
y libertad trascendental van de la
mano en la exposición kantiana. En este sentido, y dado que Kant
concibe a la
libertad práctica como una causalidad de
la razón en la determinación de la voluntad (A 803/B 831),
bien puede
presentársela como una “explicitación”
en el plano moral de aquella libertad trascendental (al menos en un
sentido
positivo) que en el maestro de Königsberg ha sido esbozada bajo el
alero de la espontaneidad[21].
Finalmente,
si conforme a la
tesis kantiana se define a la libertad práctica como independencia
de la voluntad respecto de la imposición de los impulsos
de la sensibilidad (A 534/B 562), es que no
podemos pues, cuando juzgamos las acciones libres con relación a su
causalidad, subir más que hasta la causa inteligible, pero no más allá;
podemos
reconocer que esta causa es libre, es decir, determinada
independientemente de
la sensibilidad, y que de este modo puede ser la condición
incondicionada de
los fenómenos (Cfr. B 584). Por ende, la moralidad
nos descubre, en Kant, el concepto de libertad[22].
Libertad y ley moral se condicionan una a otra, de modo que la libertad es el primer objeto inteligible, o
cosa en sí, que nos manifiesta el
análisis de la
obligación moral, así
como la moralidad es lo primero que nos hace patente la libertad.
Luego, la moralidad está destinada al agente
racional[23].
En
definitiva, el concepto de
libertad en cuanto a su realidad queda
demostrado por medio de la ley apodíctica de la razón práctica,
cuestión que constituye
la piedra angular de todo el
edificio
del sistema de la razón pura, incluyendo la especulativa[24].
Asimismo, el concepto de libertad
práctica se basa sobre esta idea trascendental, ya que en esta última se encuentra la verdadera fuente de
la dificultad que
siempre ha rodeado a la cuestión de la posibilidad de la libertad (A
533/B
561). De esta manera, la negación de la
libertad trascendental debería implicar, ciertamente, la eliminación de
toda
libertad práctica (A 534/B 562).
IV
Consideraciones Finales.
Del carácter fundante de la
Libertad Trascendental
Usando
la terminología misma de Kant…
el
hombre no es libre porque pueda apartarse del
nexo causal;
es
libre –o, acaso, se hace libre–
porque
no es enteramente una realidad natural.
J.
Ferrater Mora.
“Toda la línea
interpretativa del kantismo ha hecho del tratamiento de
las antinomias la clave de la
Filosofía Crítica; el
hecho de que en las antinomias de la razón
parezca enfrentada ésta consigo misma, es el motivo que lleva
a Kant, en
los Prolegómenos, a atribuirles el
título de inspiradoras de la Crítica de la Razón”[25].
Habiéndonos acercado al problema de las antinomias de la razón pura
desde el
prisma de libertad trascendental, y teniendo en cuenta que el motor de nuestra reflexión ha sido el
carácter axial que en la propuesta
kantiana se le ha otorgado a la idea pura de la libertad, hemos llegado
a
plantear la inequívoca conjunción que existiría entre la exposición de la Dialéctica
y la de la
Segunda Crítica,
todo con base en una cuestión principal: si
bien es cierto que libertad trascendental y libertad moral son
claramente contrastables,
son también, y fundamentalmente, perfectamente conciliables.
Y en esto nos
hemos querido detener.
Buscando
sustentos para nuestra
pretensión, hemos dado cuenta, primeramente, que el problema de la
libertad,
para Kant, se ha planteado inicialmente en el contexto del mundo: el conjunto de todos los fenómenos y sus
series, siendo la ley que unifica y organiza estos fenómenos
la “ley de
causalidad”. Lo anterior, esencialmente porque la
libertad es en primer lugar un tipo de causalidad que está en
estrecha relación con la causalidad de la naturaleza, pero que
precisamente
debe distinguirse también de ésta. En esta relación y
diferenciación radicaría,
sostiene Molina Cantó, todo el problema
de la libertad para el kantismo.
De
acuerdo con todo lo
expuesto, el concepto de libertad
corresponde a lo que el filósofo alemán entiende por concepto
problemático,
esto es, un concepto que no encierra
ninguna contradicción, pero cuya realidad objetiva no puede ser
conocida de
ninguna forma; y aunque no es inconcebible que algún objeto se
relacione con
dicho concepto, tal objeto no podría ser proporcionado por la
sensibilidad[26].
Por tanto, la libertad jamás tendrá un carácter fenoménico ni podría
ser
captada mediante la intuición sensible; ese
uso negativo del concepto de libertad no significa la existencia de una
contrapartida positiva, porque el concepto permanece vacío y no puede
ser
llenado por un objeto sensible, debido a que se trata de un concepto
limitativo[27].
Ahora
bien, la libertad, en el
plano del conocimiento teórico, sólo
puede ser pensada, no conocida, y esto no supone contradicción alguna. Su
Idea, paradojalmente posible a su
vez
por la libertad de la razón, constituye
en el plano cognoscitivo nada más que un problema[28].
De este modo, en la medida en que la libertad es un hecho de la razón,
o al
menos la conclusión inmediata que se saca de un hecho de la razón, la libertad es el objeto de un conocimiento
práctico: la libertad,
señala
Kant, es la única entre todas las ideas
de la razón especulativa, cuya posibilidad a priori sabemos, sin
penetrarla,
sin embargo, porque ella es la condición de la ley moral, ley que
nosotros
sabemos. La libertad no es
solamente
incognoscible en sí misma, sino también inexplicable (Cfr.
ZAMORANO
AGUILERA: 1987; 77-78). De esta manera, la
razón traspasaría todas sus fronteras si se atreviese a explicar cómo
la razón
pura puede ser práctica, lo que equivaldría enteramente a explicar cómo
es
posible la libertad. No existe, en efecto, ningún otro dato
teóricamente demostrable
que nos permita comprender cómo una ley puede ser de por sí y
directamente
fundamento determinante de la voluntad[29].
Volviendo
a la tesis de nuestro
estudio, el encuentro entre libertad práctica y libertad trascendental
es sólo
posible en cuanto dicha libertad pueda ser atribuida a los seres que no sólo sean fenómenos, sino también
cosas en sí. Y es el hombre, precisamente, el
ser que tiene un poder inteligible que le permite determinarse a la
acción únicamente por principios del entendimientos… el hombre es para
él
mismo, por un lado fenómeno y por otro, desde el punto de vista de
ciertas
facultades, es un objeto inteligible, ya que su acción no puede ser
atribuida
del todo a la sensibilidad[30].
El
misterio
inexplicable del hombre radica para Kant en su “independencia del
mecanismo de
toda naturaleza”, en una “espontaneidad”, en virtud de la cual el
hombre “puede
simplemente captar un estado y con él una serie de consecuencias del
mismo”.
Pero esta libertad trascendental (de la persona racional) no la tiene
Kant por
“científicamente” cognoscible, pues según él sólo es cognoscible como
“suma de
las apariencias”, y lo es porque el entendimiento con su categoría de
la
causalidad le dicta lo que en ella hay de regulable y legislable
(HÖRMANN:
1985; 750-751).
Conforme
con la propuesta de K.
Hörmann, la justificación kantiana del carácter moralmente libre del
hombre
procede de dos cuestiones principales, a saber: i) de la posibilidad de
pensar al hombre como un noúmeno fuera del orden causal de la
naturaleza y, por ende, como moralmente libre; ii) del hecho de que las
proposiciones “el hombre como noúmeno es
libre” y “el hombre como fenómeno
es
parte del orden causal de la naturaleza”, son perfectamente
compatibles. En
este sentido, el kantismo ha estimado que
la tercera antinomia de la razón pura sólo puede resolverse admitiendo
la
posibilidad combinada de ambas proposiciones, aceptando, con todo, el
llamado
idealismo trascendental.
Respecto
de esta Tercera
Antinomia, que encierra el problema de si existe o no libertad, tesis y
antítesis parten del supuesto de que todo
lo que sucede tiene una causa. Así, mientras la antítesis ha
dispuesto que
la única causalidad admisible es la causalidad de la naturaleza,
la tesis lo niega, en beneficio de una supuesta causalidad
de la libertad, en la cual la causa
no precede al efecto[31].
De esta manera, y tal y como ya se ha propuesto, la
clave para resolver esta postura antitética estará únicamente en una
acabada compresión de la distinción entre fenómeno y noúmeno, no como
una
distinción de carácter ontológico, sino como una distinción epistémica.
De
este modo, asumir que la distinción entre “fenómeno” y “noúmeno” es de
naturaleza ontológica, nos haría suponer la existencia de dos mundos
diferentes
y reales a la vez, y esto es insustentable. Entonces, como dicha
distinción es patentemente
inadmisible, las acciones humanas, y el
hombre como ser finito racional, pertenecen, al mismo tiempo, a estos
dos
mundos[32].
Con
todo, si nuestra propuesta
ha sido el conectar, con base en el problema de la libertad, el plano
teorético
con el práctico, hemos buscado, para ello, a una lectura “armonizante”
de una y
otra Crítica. En este sentido,
mientras
en la
Crítica de la Razón
Pura
establece Kant la posibilidad
de la libertad trascendental mediante la resolución de la
Tercera Antinomia, en la Crítica de la
Razón Práctica
establece su realidad al mostrar su necesaria conexión con la ley
moral: la ley
moral es la ratio cognoscendi de
la
libertad, en tanto que
la libertad es la ratio essendi de la ley moral[33].
Finalmente,
tal es la
importancia que Kant le ha otorgado al tratamiento de la libertad en la Dialéctica
Trascendental,
que, de acuerdo con los trabajos de R. Torretti, la autoconciencia
de la espontaneidad intelectual se identificaría, sin
más, con la libertad: el concepto
de
libertad constituye, entonces, la piedra angular de todo el edificio de
un
sistema de la razón pura, aún de la especulativa, de modo que tanto la
idea de
Dios y como la idea de inmortalidad, se enlazan al concepto de
libertad, y
adquieren por él y con él consistencia y realidad objetiva[34].
Por
último, y en atención a
esta clave complicidad existente
entre libertad práctica y libertad trascendental, la noción misma de libertad moral se halla fundamentada,
ineludiblemente,
en la idea pura de libertad. Asimismo, y de cara a la tesis
de H. Allison, la concebibilidad de la
libertad práctica
implica una referencia necesaria a la idea trascendental. Por
ello es que
la libertad trascendental posee una función regulativa
respecto de la concepción de la libertad práctica, lo que concuerda con
la
función de modelo, “paradeigma”,
asignada a la Idea
en la observación de la tesis de la tercera antinomia. Luego, y dado
que
considera Kant que la voluntad humana es libre en sentido práctico sí y
sólo sí
también es libre es sentido trascendental, la supresión de la idea
trascendental de la libertad
significaría, de inmediato, la supresión irremediable
de la libertad
práctica.
En suma, si bien es cierto que la
libertad se manifiesta en la naturaleza, ella misma no pertenece a la
naturaleza.
[10]
Cfr. DUQUE, op. cit.,
pp. 141-142.
[11]
Cfr. ZAMORANO
AGUILERA, op. cit., pp. 24-25.
[12]
Cfr. DUQUE, op. cit.,
p. 145.
[14]
Cfr. HARTNACK, J., La
teoría del
conocimiento de Kant, Madrid, Cátedra, 1984, pp. 140-141. En
efecto, así
como es del todo correcto decir, de acuerdo con la antítesis, que todo está sujeto a la causalidad y que,
por ende, no existe una primera causa que comience espontáneamente
–en el
supuesto, replica Hartnack, de que hablemos de lo que es intuido en el
espacio
y el tiempo–, es también correcta la propuesta de la tesis, que exhibe
un tipo
totalmente distinto de causalidad, que no está en el tiempo y que
consecuentemente no tiene comienzo: es
esta, en todo caso, la causalidad que determina lo que ocurre en el
tiempo y en
el espacio, pero lo determina sin ser ella misma un suceso, sin ser
algo que
sucede.
[15]
Cfr. KÖRNER, op. cit.,
p. 117.
[16]
ALLISON, op. cit.,
p. 476.
[17]
Cfr. MOLINA CANTÓ, E., Libertad,
experiencia y finitud. El problema de la libertad trascendental y la
doctrina
de la experiencia en Kant, Tesis para optar al grado de
Doctor en
Filosofía, Santiago, Facultad de Filosofía Pontificia Universidad
Católica de
Chile, 2005, p. 22.
[18]
SILVA CÁCERES, op.
cit., p.
32.
[19]
HERRERA DE LA FUENTE,
C., “La
tercera antinomia de la razón
pura y el problema de la libertad”, en,
Revista Digital
Universitaria, vol. 5 n° 11, 2004, pp. 2-15.
[20]
Cfr. EGUSQUIZA, A., Kant.
Su
filosofía crítica y el derecho, Buenos Aires, Emecé Editores,
1949, p. 69.
[21]
Cfr. MOLINA CANTÓ, op.
cit.,
p. 27.
[22]
Cfr. YAÑEZ MARTINICH, V.,
Kant.
Algunos aspectos de su influencia
moral y
jurídica,
Memoria para optar al grado de Licenciado en Ciencias Jurídicas,
Santiago,
Facultad de Derecho Pontificia Universidad Católica de Chile, 2002, p.
26.
[23]
Cfr. TAYLOR,
CH., “La teoría de la libertad en Kant”, en, Revista de Estudios
Públicos, n°
93, 2004, pp. 5-28.
[24]
KANT, I., “Crítica de la
Razón Práctica”, Ak. V., 3, 24-4, 6; citado en:
ALEU BENÍTEZ,
J., Filosofía y libertad en Kant,
Barcelona, PPU Ediciones, 1987, p.
30. En opinión de Aleu Benítez, libertad es ante todo, autonomía
racional,
independencia frente a toda legislación externa o psicológica, frente a
toda
legislación que no sea la que libertad racional se impone a sí misma.
De aquí
que la llamada voluntad sea, dentro de esta concepción ética absoluta,
la
facultad racional por antonomasia, la que impone absolutamente la ley
moral y
prescribe la acción de acuerdo con ella.
[25]
MOYA, E., ¿Naturalizar
a Kant?
Criticismo y modularidad de la mente, Madrid, Biblioteca
Nueva, 2003, p.
406.
[26]
Cfr. ZAMORANO AGUILERA, op.
cit.,
p. 39.
[28]
SILVA CÁCERES, op.
cit., p.
32. En este contexto, a juicio de Kant, la
libertad no es tratada en la KrV más que como una
idea trascendental, por la cual la razón empieza absolutamente por el
incondicionado sensible la serie de condiciones en los fenómenos, lo
que hace
enredarse en una antinomia con las propias leyes que ella prescribe en
el uso
empírico del entendimiento.
[29]
Cfr. CASSIRER, Ernest, Kant.
Vida
y doctrina, México D.F., FCE, 1968, p. 308. Ahora bien, y en
opinión de
Zamorano Aguilera, el conocimiento de la libertad permanece limitado
precisamente porque la realidad objetiva de tal concepto no puede ser
puesto en
evidencia según las leyes de la naturaleza: se
puede admitir que la libertad es posible, pero no se puede explicar
cómo es
posible; sabemos cómo la realidad objetiva práctica de la libertad es
establecida, que dicha realidad es establecida por intermedio de la ley
moral;
pero la conciencia de la ley moral es un hecho de la razón que se
impone por sí
mismo sin que se pueda explicarlo más.
[30]
ZAMORANO AGUILERA, op.
cit., pp.
32-33.